Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 27. La maldición de Hornwood #2
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27. La maldición de Hornwood #2

»La primera noche que sentí los efectos de la maldición estaba solo en la taberna, por suerte; tres noches después de la muerte de mi padre.

Trataba de apagar las ascuas de la hoguera vertiendo agua y, de pronto, las piernas me fallaron.

Me derrumbé sobre el suelo, como una estatua, inmóvil.

Más bien, tenso. Era como si alguien me hubiera cubierto la boca con una mano y me doblegaba desde dentro, amordazándome.

Hubo un estallido de luz blanca en mi cabeza. Y, un instante después, desaparecí.

»Entonces, Darkling tomó mi lugar.

»Miré su reflejo distorsionado en una de las botellas de ron que había en una de las mesas. A menudo mi mente solía disiparse por completo segundos después de que Darkling emergiera de la oscuridad. A veces... a veces parecía hablarme.

»—Si hablas, tu madre morirá —me amenazaba—. ¿Quieres eso, Kenneth? ¿O prefieres terminar cómo Weston?»

»Yo negaba con la cabeza rápidamente, como un niño asustadizo. Y lo era.

»De algún modo sabía que las amenazas de Darkling no eran vacías.

Las cumpliría si se daba el caso. Una vez me contó que el tío Weston había estado a punto de contarle todo a Marcus Startclyde, que era de su entera confianza, pero Darkling indujo al tío Weston a cortarse las muñecas y, de esa forma, pasó al siguiente cuerpo: el de mi padre, que, como ven, guardó silencio para no correr con el mismo destino que su hermano.

Darkling estaba siempre en mi cabeza, observándome a través de mis propios ojos y oyéndome con mis propios oídos.

Él se aseguraba de que callara y evitara decir su verdadero nombre: Receperint tenebris , en el dialecto de los seguidores de la luz, «Bienvenida la oscuridad». Prefería que lo llamaran Darkling.

—Basta de nonadas, muchacho —interrumpió Frederick Startclyde con tono austero—. Dinos, ¿cómo adquirieron la maldición los Hornwood ?

—Frederick, deja hablar al muchacho —interpeló Oscar Witheford.

—Frederick tiene razón —repuso el señor Reedstter—. Kenneth le está dando muchas vueltas al asunto.

—Que diga dónde tiene a mi padre —bramó Lloyd, eufórico.

—Sí, qué hable —secundó Eudoxio Belwolf. Philip no recordaba haber visto antes a Belwolf con una actitud tan poco benevolente o, como le gustaba decir, nada católico. Se armó una algarabía—. ¡Que nos diga dónde está Elio!

—¡Silencio! —vociferó Lance Greystar. Y, en cuanto el galimatías de voces ininteligibles hubo mermado, el padre de éste tomó la palabra.

—Sean pacientes —dijo el viejo Arnold—. Están asustando al chico.

Ha estado confinado a una celda fría y oscura los últimos cuatro meses.

Al menos permítanle que se tome su tiempo.

Esta es la primera vez en semanas que se puede expresar con libertad.

El joven Ken tiene muchas cosas que contarnos.

Y nosotros disponemos del tiempo suficiente para escucharlo.

—Hablarás por ti mismo —replicó Stephen Reedstter con aspereza.

Torció la mirada como si le repeliera la visión de Kenneth—.

Yo tengo asuntos más importantes que atender.

A diferencia, al parecer, de todos ustedes, caballeros.

Y, dicha sea la verdad, no tengo ánimos para oír los desvaríos de un muchacho caído en desgracia.

Félix Oakwater, con cierta ironía, expresó:

—Como quieras, Stephen. Eres libre de irte. Nadie te detendrá.

Stephen cruzó los brazos y endureció la expresión. No se movió .

—Bien —siguió Oakwater, y ladeó la cabeza—. Continúa, Kenneth. Te aseguró que a partir de ahora no habrá más interrupciones.

—Lo siento. Casi he olvidado dónde quedé —dijo Ken.

—Oh, Dios no lo quiera —murmuró Reedstter.

Kenneth no prestó atención —los demás tampoco, salvo Oakwater, que fulminó a Stephen— y continuó:

—Omitiré los detalles que, estoy seguro, la mayoría de ustedes no considerarían valiosos...

»Así pues, Frank Hornwood, mi bisabuelo, narró la historia a su hijo, quien a su vez se la contó a mi padre y a su hermano.

Mi padre debía contármela a mí, pero, como mencioné antes, creía innecesario hacerlo ya que confiaba en obtener la conjugación que rompiera de una vez por todas con la maldición.

Esto no ocurrió. Sin embargo, tras su muerte, mi madre me entregó una carta que padre le había dado a finales de abril; le pidió, explícitamente, me fuera transmitida si algo le pasaba.

En la carta me contaba la historia de la maldición.

.. una parte de ella, eso sí, sin entrar en detalles.

»Fue en 1802 cuando Frank Hornwood viajó a Roma siguiendo el rastro de una cadena de asesinatos cometidos contra jóvenes hadúnas de un tipo privilegiado entre las suyas (no sé a qué se refería con eso), halladas en los callejones de la ciudad, muertas sin una gota de sangre.

Frank había escuchado rumores de que una orden de servidoras de la Madre Isidora rondaba por la ciudad durante las noches, e inevitablemente, sospechó que esta podía estar detrás de aquellos atroces crímenes.

»Me refiero a las Banshees.

»Como todos en esa época, Frank pensaba que las banshees habían sido totalmente exterminadas del mundo hace más de trescientos años.

Le sorprendió descubrir que aún quedaba un reducido grupo de ellas, presididas por una vieja banshee que se hacía llamar Hermana Mayor.

Las Hermanas de Sangre, como se hacían llamar, usaban a las hadas privilegiadas, a las que aludió Frank, para crear más banshees con el poder de la corona de Isidora, la cual poseía Hermana Mayor.

Tal parecía que la magia de la corona solo funcionaba en las hadas privilegiadas.

Sin embargo, una pequeña parte no sobrevivía al ritual.

Sus cadáveres eran encontrados al día siguiente en los oscuros callejones de Roma.

»Las que sobrevivían, seguían a Hermana Mayor como su líder, la líder de la Orden del Destino.

»Frank reunió a varios de los mejores combatientes seguidores de la luz de Europa Occidental, algunos de ellos lo habían acompañado en la Cacería Sangrienta, tras la Guerra del Eclipse Rojo, de modo que podía confiarles la naturaleza de la peligrosa empresa que estaban por realizar.

Tenían que matar a criaturas hermosas, de aspectos juveniles y febriles, pero cuyas almas estaban corrompidas.

Diciendo esto, Frank intentaba asegurarse de que ninguno de sus hombres quedara prendado de alguna de las hermanas de sangre.

»A finales de octubre ocurrió el encuentro.

Hermana Mayor estaba transformando a más hadas en banshees en el antiguo coliseo romano, entre las ruinas y bajo la luz de la luna.

Frank y sus hombres las pillaron en el acto y atacaron.

Lucharon hasta el alba. Las banshees resultaron ser oponentes fuertes.

Y tenían dones. Entre ellos, el vuelo, puesto que poseían enormes alas de murciélago; extendían sus alas, hundían sus garras metálicas en sus rivales y se alzaban a alturas jamás imaginadas antes de dejarlos caer.

También eran veloces y, lo que era mucho peor, proferían una especie de chillido insufrible que te hacía explotar los oídos con un intenso dolor .

»Frank Hornwood y otros dos seguidores de la luz fueron los únicos que sobrevivieron la noche.

Hermana Mayor fue la única banshee que resistió hasta el amanecer.

Antes de que la luz del alba se vertiera sobre los antiquísimos muros del Coliseo, y la líder banshee fuera consumida por el albor hasta quedar reducida a cenizas, ésta arrojó la maldición a Frank.

»Tras conjurar el maleficio, y poco antes de morir, la banshee agregó: “Estás maldito, Hornwood. A partir de este momento tú y toda tu prole dará bienvenida a la oscuridad, Receperint tenebris . Una oscuridad que los consumirá generación tras generación. De los recovecos de tu alma, y los tuyos, resurgirá un monstruo vil y oscuro que se alimentará de tu linaje hasta lograr su cometido”.

Entonces las primeras luces empezaron a asomar por la cresta de los antiguos muros del Coliseo y la banshee estalló en gritos.

»Más tarde, sobre un montón de cenizas, Frank halló la corona de Isidora con sus seis gemas intactas.

»Las palabras de la banshee se cumplieron.

El monstruo vil y oscuro del que habló la líder banshee emergió de la nada y comenzó a nutrirse de la fuerza vital de Frank; después, de su hijo Johan, y, seguidamente, sus nietos, Weston y Henry.

Con el tiempo, esta criatura, resultado de la maldición, cobró conciencia propia y empezó a tramar un plan para regresar a la vida a Hermana Mayor, su hacedora, el cometido para la que fue creada.

»No sé cómo lo piensa lograr.

Sobrevino un largo silencio. Al cabo, el sheriff Sawyer inquirió:

—¿Sabes por qué atacó durante el baile del solsticio? ¿Cuáles eran sus intenciones?

—No lo sé. Supongo que intentaba raptar a la sobrina de Katterblack .

—¿Por qué desea con tanto plomo llevarse a la sobrina de Richard? —preguntó Félix Oakwater.

—Él siente que la joven le pertenece. Cree que, con su ayuda, podrá obtener su cometido.

—Mary es inocente y... —empezó a decir Katterblack. Su voz sonaba rasgada.

—Lo sabemos, Richard —comentó amablemente Oscar Witheford. Después, miró a Kenneth—. ¿Sabes dónde está Samuel Cartwright?

—¡Y mi padre! —exclamó Lloyd, furibundo—. Dime ¿dónde está mi padre, infeliz?

—Cálmate, Lloyd —intervino Lance Greystar—. Ya nos dirá lo que sabe.