27. La maldición de Hornwood
LA MALDICIÓN DE HORNWOOD
Pasados tres días de los sucesos en la mansión Katterblack, el Gremio se reunió en el salón de los Viejos Conjuros para escuchar la confesión de Kenneth Hornwood.
Más temprano, Ken había hablado por primera vez desde su encierro, según el sheriff Sawyer, para expresar su deseo de confesar a uno de sus guardas. Y allí estaban, horas después.
Philip recibió el mensaje de la convocatoria esa mañana. El sello de laca dorada, «GDRT», del Gremio de River Town, lo había hecho feliz por unos segundos antes de leer el contenido. Le entristecía la situación de Kenneth.
Lloyd Blackfell estaba en el salón de los Viejos Conjuros cuando Phil se presentó.
Le sorprendió gratamente. Empero, de refilón, advirtió que no había rastro de Abigail.
El hecho de que fuera mujer y tuviera una relación cercana con Grace Startclyde había sido tema de discusión días antes entre los miembros del Gremio.
Quizás nadie le avisó, o, sin más, ella decidió no asistir.
Hacía frío. A diferencia del calor agradable que había imperado en el aire la última vez que estuvo en el salón de los Viejos Conjuros, ese día era particularmente —quizás dada la naturaleza de aquel encuentro— gélido, sobrecogedor.
Casaba, así pues, con la opaca iluminación que se vertía sobre el círculo de hombres a través de los amplios ventanales.
Era natural que hiciera frío, pensó Philip.
Confiaba en que todo pasaría pronto con el esclarecimiento de los hechos provocados por Darkling y el rescate de los cautivos que éste había tomado.
La presencia de Lloyd no fue la única que pilló por sorpresa a Philip.
Más allá, bajo uno de los ventanales y con aspecto taciturno, se hallaba Richard Katterblack, con las manos tomadas a la espalda y cabizbajo.
Philip no recordaba haber visto tan desmejorado al señor Katterblack.
Estaba pálido. Su cabello parecía marchito y cubierto de canas blancas.
Sus labios eran finas líneas febriles, resecas, bajo su nariz congestionada y ojeras pronunciadas que colgaban de sus ojos, inyectados en sangre.
Llevaba puesto un traje poco favorecedor.
Y, lo que era más extraño, se apoyaba en un bastón de madera blanco que, Philip identificó, era un illuminatus .
En River Town había hablillas sobre los Katterblack desde hace días.
Ninguno, por supuesto, mencionaba el incidente con Darkling o sobre la implicación de Kenneth Hornwood en el hecho, ni su apresamiento.
Nada de eso. Hablaban de la reciente partida de la señora Alice, quien dejó su morada hace días y se marchó junto a su hijo Leonard a pasar una temporada —o quizá más— fuera del pueblo.
Había quien acusaba a Richard de haber engañado a su esposa con alguna de sus sonrientes criadas; otros, en cambio, alegaban que el matrimonio tenía problemas debido a la afición por la bebida del señor Katterblack.
Cual fuese la razón de la marcha de la señora Katterblack, Philip no le daba importancia.
Éste solo esperaba retomar pronto sus lecciones de piano con Elise, a quien, dicho sea de paso, no había visto desde la otra noche .
Tampoco a Mary. No había parado de pensar en ella.
Le preocupaba que su vida aún estuviera en riesgo.
Y, desde luego, no había dejado de recordar el beso que se dieron en el coche (la primera vez que sentía los labios de una joven en los suyos, dicho sea), pero no románticamente.
Ella lo había cautivado en otros sentidos; no podía sacarla de su cabeza, ni de su corazón, preguntándose si ella había sentido aquella conexión incomprensible que reverberaba entre ellos cada vez que estaban juntos.
Y qué significaba. Pero, más que nada, le encantaba conversar con ella sobre sus hermanos y la pérdida de sus padres.
No había nadie más con quien pudiera hacerlo, y lo entendiera, pensaba.
Phil parpadeó y sacudió la cabeza para apartar sus telarañas mentales.
El salón de los Viejos Conjuros estaba en silencio y se preguntó cuánto tiempo llevaba de esa forma.
El silencio, como la atmósfera del lugar, era denso y frío.
Los miembros del Gremio, que formaban un círculo en torno a una aparatosa silla de madera de alto cabezal, tenían miradas tan austeras como los asistentes a un funeral.
Philip aún no comprendía ciertas cosas del Gremio: si había que hablar después de que lo hicieran los miembros más veteranos, o si debía esperar a que ellos se dirigieran directamente a él.
Quizá estaba exagerando.
Lloyd Blackfell, a su lado, permanecía firme y con las manos tomadas a la espalda, la mirada tan austera como el resto puesta en el asiento que estaba a punto de ser ocupado.
Escucharon pasos. Un instante después, cinco figuras emergieron de entre las sombras.
Las precedía el sheriff Christian Sawyer.
Escoltado por una comitiva de tres oficiales (dos seguidores de la luz y un haduno con la expresión más sobria que Phil hubiera visto en uno de sus pares), avanzaba Kenneth Hornwood .
Ken, al parecer de Philip, que lo había visto pocas veces en el pueblo, era un joven avispado y predispuesto, tranquilo, con quien le resultaba imposible no sentirse identificado recientemente tras el asesinato de su padre, hace cuatro meses.
Desde entonces, Kenneth había tenido que convertirse en cabeza de familia: cuidar de su madre y sus hermanos.
Como Philip. Y, por si fuera poco, también tenía que administrar los establecimientos de Hornwood, entre los que contaban una funeraria, una taberna y un hostal en el centro del pueblo.
En aquel momento, Kenneth, observó Phil, tenía una apariencia más lúcida que la noche de su captura.
De hecho, parecía mucho más joven de lo que era a la sazón.
Probablemente su buen aspecto se debía a que había sido purgado de la oscuridad —o maleficio, según Reedstter— que contuvo en su interior por un tiempo aún no determinado.
Tenía grilletes en las muñecas y en los tobillos que le impedían desplazarse con soltura.
El círculo se abrió a regañadientes y Kenneth avanzó hacia el centro.
—Siéntate, Kenneth —ordenó Félix Oakwater. Este era, hasta donde Philip tenía entendido, el Principal del Gremio, por tanto era el primero en tener la palabra y mediar entre los otros miembros.
Kenneth obedeció y el trio de oficiales que lo flaqueaban, se retiraron a la orden de Sawyer. Aun así, no se alejaron del todo... por si acaso.
Una vez sentado, Kenneth guardó silencio con la cabeza encorvada.
Parecía tan indefenso, vulnerable, que nadie podría pensar que noches atrás intentó asesinar a Richard y Céline Katterblack y raptar a Mary.
Philip escuchó un leve chirrido. Era Lloyd, que apretaba la mandíbula y las manos en tanto fulminaba a Ken con la mirada.
El secuestrador de su padre, debía pensar.
El silencio que sobrevino fue prolongado y tenso.
—Bien, Kenneth —comenzó, por fin, el viejo Arnold Greystar—. ¿Quién es Darkling?
Ken alzó la vista y respiró hondo.
—Una maldición —dijo.
—¿A qué te refieres? —inquirió Stephen Reedstter con impaciencia.
—Primero se llamó Frank Darkling —expresó Ken. Su voz no emitía vacilación. Parecía tranquilo—. Tras la muerte de Frank, pasó a llamarse Johan Darkling.
—¿De qué está hablando? —oyeron murmurar a Eudoxio Belwolf. Se santiguó.
Nadie respondió. Kenneth continuó:
—Al morir Johan, cambió a Weston Darkling. En esta ocasión por poco tiempo. —La voz de Ken se fue apagando como la luz de una vela a punto de consumirse—. Después se convirtió en Henry Darkling. Y, por fin, llegó a su último nombre…
Philip comprendió.
—Kenneth Darkling —murmuró.
Las miradas se volvieron hacia Phil, expectantes. Entonces irrumpió Stephen Reedstter.
—Esto es absurdo —espetó—. El muchacho no ha respondido a la maldita pregunta...
—Te equivocas, Stephen —intervino Lance Greystar. Miró a Ken—. Sí respondió. Lo que quieres decir es que la maldición de Darkling ha ido pasándose de generación en generación, desde Frank Hornwood hasta ti, ¿no es cierto?
—No es la maldición de Darkling —lo corrigió Ken—. Es nuestra . La maldición de los Hornwood .
—¿Qué sabes de esta maldición, Kenneth? —preguntó Oscar Witheford con tono diplomático—. Cuéntanos.
Kenneth volvió a suspirar.
—Lo haré —dijo después—. Se los contaré todo, al menos lo que sé. Darkling apenas habitó en mí cuatro meses, de modo que quizás no sea demasiado. —Inhaló, exhaló—. Pues bien, empezaré por el principio...
»Mi padre nunca me preparó para lo que pasaría tras su muerte, y con eso me refiero a la maldición que fue arrojada sobre los Hornwood, hacía ya noventa años.
Él, supongo, debió pensar que no sería necesario revelarme la historia, pues confiaba en obtener aquello que no pudieron sus antepasados: una liberación absoluta de nuestra maldición familiar.
La maldición de Hornwood. Esta fue la razón por la cual, la noche que resultó en su muerte, consintió reunirse cara a cara con Cateryna Dur.
Ella aseguró saber cómo librarlo de la maldición, y lo haría a cambio de una de las gemas de la corona de Isidora. Pero era una trampa.
»Mi padre cayó en ella. La nigromante no tenía la conjugación que deshacía la maldición.
Antes que mi padre se diera cuenta de su error, ella lo tomó por detrás, sorpresivamente, y le puso su espada, Bloodish , bajo la garganta.
Mi padre me gritó que revocara su invitación.
Y eso hice. Cateryna fue absorbida fuera de la taberna.
.., pero en el instante en que era arrastrada, la hoja de su espada cortó el cuello de mi padre.
Luego apareció una luz blanca. En aquel momento pensé que se trataba del resplandor de la nieve que se filtraba copiosamente al interior de la taberna.
Al mismo tiempo, una risa estridente, lunática, reverberaba en el aire.
»¿La risa de Cateryna Dur?, me pregunté.