Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 26. Un vínculo innegable #2
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26. Un vínculo innegable #2

—¿De qué estás hablando, Céline? —preguntó la señora Katterblack. La voz le salió débil.

—Sí, madre —repuso Céline; miraba a Mary.

Le tiritaban los labios. Un sollozo contenido, tal vez—.

Ya me has oído. Y sí, eso quiere decir exactamente lo que estás suponiendo: Mary.

.. Mary no es hija del tío Michael. Su padre, en realidad, es Henry Hornwood, antiguo amante de Sylvia.

Mi padre lo descubrió poco después de que Mary cumpliera los cinco años, entonces confrontó al tío Michael.

Mary es un hada y, en parte, seguidora de la luz, y tenía que saberlo, argumentó mi padre.

Michael se negó y, por eso, tomó la decisión de mudarse con su familia a Massachusetts.

El tío Michael no quería que Mary supiera la verdad, según mi padre, más allá de protegerla de los peligros que conllevaba la magia.

—No —murmuró Mary, absorta—. Eso no es cierto... Mi padre no pudo haber...

¿Su padre? ¿Qué sabía realmente de su padre, o de su madre?

Todo lo que sabía —bien poco— lo había leído en libros.

Y había leído sobre seguidores de la luz, servidores de la oscuridad, hijos del bosque, hijos de Isidora.

.. Nada de eso tenía sentido para ella. Un recuerdo destelló en su cabeza.

«Solo un seguidor de la luz puede evocar el fulgor de las armas mágicas», decía la Enciclopedia.

Y de pronto estaba de nuevo en la habitación de Abigail, con la daga en sus manos, y murmurando un nombre.

Con el destello que sobrevino de la « nuxus », Mary volvió en sí. Las miradas de todos en el comedor estaban puestas sobre ella. La miraban con pesar, sorpresa, dolor, lástima. Tan pronto como pudo salió de la estancia.

Subió a su habitación.

La puerta cerró y, en seguida, cedió a las lágrimas con la cara allanada contra la almohada, en su lecho.

Lloró a lágrima viva. Perdió el aliento entre intensos jadeos.

El pecho le dolía. Nunca se había sentido tan sola en toda su vida, ni siquiera después de saber de la muerte de sus padres, pensó sollozando.

Su vida entera había sido una farsa: su padre (que no era su padre) era un egoísta sin escrúpulos, y su madre, una adultera y mentirosa.

Su hermano no estaba. Oh, Sam. Alice no era su tía; Leo, Céline y Elise, no eran sus primos.

Se llevó la mano al pecho y suspiró profundamente.

Debía respirar. Debía volver a sus treces.

Estaba sola, pensó con la mejilla sobre la almohada y las lágrimas empañando su rostro; sola de verdad.

Más tarde, tocaron su puerta. Mary la había atrancado con la silla de la peinadora al caer en la cuenta, mientras sollozaba, de que en cualquier momento alguien podía entrar para intentar consolarla.

No lo quería. Minutos después, y aunque se cubría los oídos con el edredón, escuchó los golpes pausados contra la puerta.

Primero, el primo Leonard, que tocó un par de veces y, antes de marcharse, dijo: «Lo lamento mucho, Mary» .

Mary pensó que nadie lo lamentaba más que ella. Su mundo entero, o al menos el precioso recuerdo que tenía de él, se había resquebrajado como el cristal de un espejo.

Después, fue el turno de Céline.

—Lo siento, Mary —dijo—. No quería... No quería que lo supieras así. Padre debió decirte la verdad. Yo no. Perdóname.

Mary pensó que no tenía nada que perdonar, sólo sanar.

Luego, la tía Alice... No, ya no era su tía, sino la señora Katterblack. Fue la única que no insistió en que abriera la puerta. Habló desde el otro lado como los demás.

—Aún recuerdo la primera vez que te vi. Eras un bebé recién nacido.

Preciosa y sonrosada. Y tan frágil que temía hacerte daño cuando te pusieron en mis brazos.

Te miré a los ojos y, pensé, no te parecías a mi hermano.

En absoluto te parecías a Michael. Y, durante los siguientes años antes de tu partida y la de tus padres a Boston, seguí pensando en lo diferente que eras de tu padre.

Para entonces Michael ya debía saber la verdad.

Aun así, te amaba, Mary. No lo dudes. Hizo lo mejor que pudo para protegerte.

Suspiró.

—No estás sola, Mary —siguió—. Aunque, a tenor de las recientes revelaciones, parezca lo contrario. Estamos contigo. Somos tu familia. Siempre.

Luego, silencio. La tía Alice se había marchado.

Mary tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no ir tras ella; en cambio, se limitó a llorar en silencio con la mano apretada contra el pecho.

Le dolía el corazón. Lágrimas intangibles caían por su rostro.

Quería creer en las palabras de su tía, de verdad, pensó.

Y quizás con el tiempo lo terminaría haciendo.

Un rato después, la voz de Elise .

—Fue mi culpa —dijo ella—. Yo agregué polvo de ajinen a tu plato, todos ellos, antes de que sirvieran la cena. Lo siento. Lo siento mucho.

Mary se quedó absorta un instante. ¿De qué estaba hablando Elise? ¿Qué diablos era polvo de ajinen ?

Abrió la puerta.

—¿Por qué? —le preguntó a Elise al instante.

Su prima pareció tan sorprendida que tardó unos segundos en hallar las palabras. Por fin, dijo:

—Fue Céline. Fue su idea. Me metió en la cabeza que debías pagar por haber salido con Philip ayer, sabiendo que yo.

.. —Bajó la mirada. Parecía, más que abatida, remordida.

Continuó—: Todo fue mi culpa. No hubieras reaccionado como lo hiciste si no hubiera alterado tu cena.

Sabía que la ternera y la sopa de Adler eran muy propensas a adormecer los sentidos, pero, con el ajinen , aumentaba su potencia.

Céline tuvo la idea, pero yo la ejecuté. Lo siento.

Guardaron silencio un instante. Mary pensó que si Elise no hubiera echado el polvo, fuera lo que fuese, a la comida, quizás jamás se habría enterado que su padre no era en realidad Michael Cartwright, si no... Suspiró hondo. No quería pensar más en eso. Una parte de ella le estaba agradecida.

—Ayer, cuando Philip y yo regresábamos del bosque, nos besamos.

Ambos nos entregamos. Fue un brevísimo momento.

Existe un vínculo innegable y misterioso entre Phil y yo.

Como si, no lo sé, hubiéramos sido hechos el uno para el otro.

—Sonrió—. Pero, créeme, no en ese sentido.

Y entonces nos dimos cuenta de que no era la forma en la que debíamos estar juntos.

—¿A qué te refieres?

Mary la vio a los ojos y volvió a sonreír .

—Philip te ama, Elise —respondió—. Y esa es una verdad como un templo, te lo aseguro.

Elise abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

—Me has oído —dijo Mary; evitaba el impulso de cogerle las manos a su prima. Todavía no estaba preparada para tener contacto con otra persona—. Phil te ama.

—Eso... él... ¿te lo dijo?

—Sí.

—Pero, ¿por qué nunca...? —Alzó la mirada, brillante—. Mi padre. —No era una pregunta.

Mary asintió.

Céline no podía ser feliz con Roland Falahee y, por eso, descargaba sus frustrados anhelos con Elise. Si Céline no era acertada en el amor, nadie más lo sería. Posiblemente, meditó Mary, siempre había sabido que Philip correspondía al amor de su hermana. Y calló.

Elise parecía abrumada en aquel momento. No había dicho nada. Mary supuso que seguía sin creerlo. O tal vez sí.

—Gracias —le dijo a Mary.

—No. Gracias a ti.

Elise la miró con el ceño levemente fruncido.

—¿Por qué?

—Porque me has dado algo mucho más importante —respondió—. Mi verdad.