Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 26. Un vínculo innegable
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26. Un vínculo innegable

UN VÍNCULO INNEGABLE

—¿Mi hermano?

Abigail asintió.

—Sí —le explicó—. Antes de irse, lo escuché pensar que iría a por tu hermano.

Estaban sentadas en el borde del estanque de la fuente de trucha que escupía agua. Un silencio ominoso procedió a la revelación de Abby. Mary sintió escalofrío. No pudo evitar pensar que ahora Andrew estaba en peligro por su culpa.

—¿Cómo? —le preguntó a Abby.

Ésta la miró sin entender. Mary reformuló:

—¿Cómo supo dónde estaba Sam?

Abby bajó la mirada y endureció la expresión; luego, se levantó con decisión y sacudió la cabeza.

—No puedo, yo... —dijo, y se marchó.

Mary se quedó sentada mientras la veía alejarse. Fue incapaz de llamarla o ir tras ella. En cambio, se quedó recordando que, la noche que paseó con Andrew por el jardín, éste se había alejado de ella de la misma forma.

«Quería decirte algo, además de mostrarte las luciérnagas.

Tal vez no deba, pero sería injusto callarlo».

Quizás, meditó Mary, Andrew había querido decirle que iba tras una pista que lo llevaría hasta Samuel, una pista de la que no le había hablado, y de la cual deliberó no sería justo escondérsela tratándose de su hermano.

Pero al final calló para evitar ilusionarla con falsas esperanzas diciéndole aquella noche la misión que estaba por emprender.

Más tarde, en su dormitorio, aún seguía pensando en los peligros que podía correr Andrew en su irracional misión de rescate.

Mahlon West, primeramente. Y puede que, además, se tope en su camino con otros nigromantes, hombres sombras e hijos de Isidora.

Se preguntó, anhelando que la respuesta entrara por la puerta o surcara su pensamiento de súbito, saber qué pista había hallado Andrew sobre el paradero de su hermano, y cómo dio con ella.

Seguramente, Abigail sabía más de lo que le había dicho, de lo contrario no habría salido de prisa y corriendo como lo hizo.

Una hora más tarde, Mary continuaba pensando —cada vez con más preocupación— en Andrew mientras intentaba retomar su lectura de Hechizos Sanadores, cuando, sin que lo advirtiera, alguien entró a su habitación y la arrancó de su ensimismamiento.

—Señorita.

—¿Sí? —dijo Mary, al principio distraído. Después enfocó el rostro de la criada.

Se trataba de Giinet.

—La señora Katterblack espera que la acompañe y a sus primos en el comedor para la cena.

«La señora Katterblack y sus primos», pensó Mary.

Tal parecía que el señor Katterblack no estaría presente y, por alguna razón (quizá porque era incapaz de mirarla a la cara y hablar con la verdad), aún se rehusaba a salir de su habitación.

Si en éstas estamos, se preguntó cuánto tiempo más pretendía Richard mantenerse oculto en su afán por evitarla y a la verdad .

—Sí —dijo ella— Allí estaré.

Giinet asintió y se marchó. Mary salió de la cama, fue hasta el cuarto de baño para refrescarse la cara y se cambió de ropa.

Seguramente la tía Alice se había encargado de organizar una cena monumental, en parte para impresionar a su hijo, en parte para celebrar que el enemigo que los asechaba ya no existía.

Mary no tenía ánimos de celebrar, claro está, pues su hermano seguía desaparecido, y Andrew...

Sacudió la cabeza. Lo apartó de su pensamiento.

Dos horas después, se reunió con los Katterblack, tal como prometió, en el gran comedor.

La mesa lucía portentosa; los cubiertos, brillantes; el mantel, impecable; las flores en el centro de mesa, frescas y colorida, y la luz era exquisita.

Céline estaba hablando con su madre en voz baja cuando Mary entró a la estancia.

Como previó, no se encontraba el señor Katterblack.

Leonard estaba en el puesto principal. Lucía el mismo traje elegante que Mary le había visto en su paseo por el jardín.

Estaba lúcido, su rostro era límpido, y la postura demasiado recta, como si intentara mantenerse en el asiento de su padre a pura fuerza de voluntad.

La tía Alice ocupaba el puesto contrario al de su hijo.

Céline y Elise la flanqueaban a la derecha y a la izquierda, en este orden.

Mary pensó que había mucha distancia entre Leonard, su madre y sus hermanas, así que procuró ocupar un asiento que uniera ambos lados.

Elise le sonrió cuando se sentó junto a ella.

Alice levantó una campanilla y la hizo tintinar. Mary no recordaba haberle visto hacer aquello en cenas anteriores. Decidió no preguntar. Después de todo era la señora de la casa .

Tras el llamado, las tres criadas de las Katterblack y el mayordomo, se presentaron llevando brillantes platillos metálicos en las manos, que, Mary observó, contenían ternera asada y cuencos de pan de maíz con trocitos de manzana confitada.

Al principio, Mary sintió que se le hacía un nudo en el estómago.

Después entendió que, en realidad, se debía a que tenía hambre.

A la ternera y los cuencos de pan siguió una sopa de pollo y tomate.

Estaba buena, sí, a pesar de la extraña contextura y el tono rojizo que le recordaba a la sangre fresca.

Así y todo, comió. Lo hizo como si llevara semanas sin probar bocado.

Entonces, con el rabillo, advirtió la mirada entre divertida y extrañada que le echaba Céline.

También la miraban Leonard, Elise y la tía Alice.

No entendía. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué estaban mirando?

¿Tenía que ver con que se había precipitado sobre la comida más como una bestia hambrienta que como una joven educada y de buenos modales?

¿O con que había tomado el cuenco de pan y la ternera con las manos y los había destrozado con feroces mordeduras?

¿O, acaso, con que se estuviera bebiendo la sopa sangrienta directo del tazón sin darse cuenta?

¿Qué le estaba pasando?

Elise le preguntó que si estaba bien y ella respondió que sí y continuó bebiendo del tazón, impasible.

—¡El postre! —exclamó alegremente Céline.

El postre constaba de una suculenta rebanada de pastel de chocolate con una cubierta de queso crema y pelusa azucarada del reino de escarcha.

Mary lo tomó con las manos en cuanto Olee lo dejó ante ella y mordió.

Se le humedecieron los ojos. No había probado nada parecido en años.

Mejor dicho, en la vida. Comió sin reparar en la mirada atónita que le echaban los miembros de su familia ni el silencio que imperaba en el comedor a causa de su extraño —vaya sí que extraño— comportamiento.

Elise carraspeó.

—¿Cómo está el pequeño Vincent? —le preguntó a su hermano.

—¡Tu padre es un mentiroso! —vociferó Mary. Y mordió en pastel. Tenía la vista obnubilada y sentía la lengua densa y la cabeza tan liviana como una burbuja. No importaba. Solo importaba aquel pastel, se dijo. Tragó el último pedazo—. Tu padre es un infame mentiroso —repitió. Miró a Céline.

—Mary —murmuró Alice, absorta—. ¿Estás bien?

—¡Richard Katterblack es un mentiroso y un egoísta! —gritó Mary. Carcajeó. Luego, se levantó de la silla con un bote y barrió a todos en la mesa con la mirada desenfocada—. Les ha mentido a todos ustedes. Richard es un...

—CÁLLATE —la cortó Céline, airada, y también se puso en pie—. No sabes de qué estás hablando. Mi padre...

—Sé perfectamente de lo que estoy hablando. Estoy diciendo que tu padre es un mentiroso y tú lo has sabido todo este tiempo. ¡Tú también eres una mentirosa! ¡Mentirosa, mentirosa, mentirosa!

—¡Cierra la boca! —gritó Céline.

—¡Céline! —se horrorizó su madre.

—Vamos, Céline —atizó Mary—. Cuéntales a todos la verdad.

Diles que tu padre, el honrado Richard Katterblack, estaba al corriente de la existencia de Darkling mucho antes de que éste se presentara en el baile del solsticio, tras el que fingió no conocerlo.

¡Pero mintió! ¡No dijo nada, ni al Gremio ni a su familia! ¡Mintió!

—Eso no es cierto —negó Céline .

—¿Qué le ocurre a Mary? —le preguntó Leo a su madre sin quitarle la mirada a su prima.

—Eso es lo que pasa cuando comes la sopa de Adler —contestó ella, aturdida—. Se te duermen los sentidos.

—¡Es un mentiroso! —gritó Mary.

—¿Quieres decir que está... ebria? —dijo Leonard a su madre con el ceño fruncido.

—Sí —indicó Alice, sin darse cuenta—. Eso, o... ha sido hechizada de alguna forma.

Mary continuó:

—Apuesto a que tu padre ni siquiera te dijo que un ser como Darkling existía antes de anoche.

No te previno y casi mueres. Tu madre y tu hermana también.

¡Nos ha estado ocultando secretos a todos nosotros!

Sabía que mi madre... que mi madre tenía un amante.

Y Richard y mi padre, poco antes de la muerte de mis padres, acordaron visitarnos en Boston, y estoy segura de que eso tampoco se los dijo.

—Miró a Céline. Se agarró la falda y, sin apartar la vista de su prima, subió a la mesa ante la mirada atónita de los Katterblacks—.

¡Tú me quitaste las cartas! ¡Eres cómplice de tu padre! ¡Mentirosa, mentirosa, mentirosa!

Y comenzó a saltar sobre la mesa de un lado a otro. La loza se partió, los cubiertos tintinaron.

—¡ES CIERTO! —reconoció Céline a viva voz.

Mary dejó de saltar. Alice se detuvo en el acto justo antes de llamar a la servidumbre con la campanilla.

Elise permaneció quieta, impávida, y Leonard no se movió de su asiento pero mudó la expresión de atónita a fruncida—.

Mi padre sabía quién era Darkling mucho antes del baile del solsticio, sí. Y que Sylvia tuvo un amorío...

—Céline —musitó su madre, llevándose una mano a la boca .

—Con Henry Hornwood —dijo Céline.

Mary tuvo que hacer un genuino esfuerzo para no caerse de sopetón.

Aturdida y confusa, bajó de la mesa con la mirada de Céline puesta en ella todo ese tiempo.

Un silencio sobrevino a sus palabras. El aire estaba tenso como una cuerda, y hacía frío.

El corazón le martilleaba el pecho, sintió Mary.

De pronto, fue consciente realmente de lo que acababa de pasar. «Oh, no».