25. De ahora en adelante
DE AHORA EN ADELANTE
—Es evidente —dijo Stephen Reedstter— que se trató de un maleficio.
Kenneth Hornwood fue el medio que alguien más utilizó para entrar a la mansión Katterblack y llevarse a la chica.
Esto explicaría cómo aquel extraño consiguió colarse al baile del solsticio e invocar el poder de una de nuestras armas.
A Philip le habría gustado discrepar. Aquella era la primera vez que concurría a uno de los cenáculos del Gremio, en el salón de los Viejos Conjuros, como un miembro propiamente dicho en representación de los Holbrooke.
Sin embargo, tras rendir su declaración de los hechos de la noche anterior, fue ignorado y desterrado al costado más sombrío del círculo que formaban los seguidores de la luz más veteranos.
Philip se preguntó qué habría dicho su padre si estuviera allí en ese momento; con seguridad, pensó, habría expresado su opinión a pesar de la mirada de advertencia que le echó Reedstter cuando intentó hacer su primera intervención.
—¿Por qué estás tan seguro? —habló, ceñudo, Oscar Witheford—. Tú no estuviste allí, Stephen. No acudiste, a pesar de la urgencia que contenía el mensaje mágico que nos trasmitió Alice Katterblack a todos los presentes. Incluyéndote. ¿Por qué ?
—No creí que fuera tan importante. —Stephen suspiró y encogió los hombros con indolencia—. Pensé que si el extraño solo quería llevarse a la hija de Michael Cartwright a cambio de dejarnos en paz, yo no iba a interferir en su cometido.
Philip se contuvo de soltar un improperio. Reedstter era uno de los hombres más despreciables que conocía. No debió sorprenderle su comentario. Menos mal Eudoxio Belwolf intervino:
—¡Cómo te atreves, Stephen! —dijo, asqueado—. Mary es una joven inocente, y como seguidores de la luz, nuestro deber es protegerla de cualquier peligro.
Stephen profirió una risita ácida.
—Según me enteré, la mía no fue la única ausencia en la mansión Katterblack anoche.
—Te equivocas, Reedstter —replicó Christian Sawyer con un tono que hervía de rabia—. Eudoxio y su hijo iban de camino a la mansión Katterblack, cuando yo, personalmente, les avisé a través de un mensaje mágico que todo había terminado.
—En efecto —afirmó Belwolf—. La morada de mi familia es la más apartada del pueblo. Se trató de un retraso.
—También yo tuve un infortunado retraso y aun así llegué, Stephen.
—El alcalde Oakwater no había cesado de fulminar al Reedstter con la mirada desde su comentario—.
Luché contra algunos hombres sombras hacia el final de la contienda.
En lugar de seguir al resto después de terminar con los espectros hacia el estudio, subí a la segunda planta para asegurarme del bienestar del resto de los miembros de la familia.
Alice y su hija estaban escondidas en la recámara de Elise.
Uno de los espectros rondaba por el pasillo. Lo acabé...
—Bien hecho —lo cortó Stephen, ásperamente—. ¿A dónde quieres llegar con tu cháchara heroica, Félix ?
Oakwater abrió la boca para responder, airado. Al mismo tiempo, el viejo Greystar intervino:
—No nos desviemos del asunto principal: Darkling.
No creo que la actuación de Stephen haya sido correcta, pero, en lo tocante a su teoría, opino que es la más razonable.
Quizás el joven Kenneth fue víctima del conjuro de un nigromante.
Como sea, para saber la verdad, tendremos que esperar a que el muchacho decida contárnosla.
—¿Cuándo será? —quiso saber el señor Startclyde, enfurecido—. ¿Y si decide guardar silencio para siempre en una especie de escarmiento autoimpuesto o algo parecido? Kenneth no ha dicho una sola palabra desde que recuperó la conciencia.
—Calma, Frederick —habló Lance Greystar con tono conciliador—. Kenneth hablará cuando esté listo.
—Antes debemos asegurarnos de que no queda rastro de Darkling en su ser —señaló Félix Oakwater—.
Tenemos que esperar que pasen los días, vigilar a Ken día y noche, y percibir si hay algún cambio en su aspecto, en su voz o en su mirada; cualquier cosa que nos pueda indicar que Darkling sigue vivo en su interior.
—¿Qué pasará con Elio Blackfell? —preguntó Eudoxio a nadie en concreto.
—¿Y con el niño que secuestró Mahlon West? —oyeron decir a Oscar Witheford—. Samuel Cartwright aún sigue cautivo por Mahlon West. Quizá Blackfell también lo esté. Como sea, en tal caso de que la teoría sea cierta, dudo que West esté detrás del maleficio de Kenneth, o que esté actuando solo.
—¿Quieres decir que le sirve a Darkling..., mejor dicho, Kenneth? —preguntó Startclyde, alto, de hombros achos y expresión pétrea como la de una enorme roca—. No creo que West se tuerza ante nadie. Mucho menos, ante un chiquillo como Kenneth.
—No sabemos que ha hecho Mahlon West con Elio o con Samuel —habló Oakwater—. Quizá nunca lo sabremos a menos que Kenneth recuerde lo que hizo estando bajo el dominio de Darkling. Sawyer y yo hemos dispuesto a nuestros mejores hombres para que salvaguarden a Kenneth día y noche.
—¿Dónde está Katterblack? —inquirió Reedstter, mordaz—. Se supone que debería estar aquí.
—Richard fue herido anoche... —empezó a decir Félix—. Lo sabrías si hubieras acudido a la mansión.
—Qué considerado, Félix —dijo Reedstter—.
Pero no me refiero a Richard. Según me enteré, Leonard llegó esta mañana, en un tiempo increíblemente corto, desde Nueva Orleans.
Debería estar abogando aquí en nombre de su familia.
También debería estar aquí el muchacho Treddaway, que ya es casi mayor y, por tanto, debe ocupar su lugar en el Gremio.
Cierto. Andrew no estaba aquel día en el salón de los Viejos Conjuros. Pensándolo bien, tampoco estuvo la noche anterior durante el ataque de Darkling a la mansión Katterblack. En cambio, Abigail, su melliza, había combatido a su lado contra la horda de hombres sombras en el recibidor.
—Leonard acompaña a su familia en estos momentos difíciles.
Como corresponde —dijo Arnold Greystar con tono diplomático al tiempo que le echaba un vistazo a Lance—.
En cuanto a Richard, pienso que es vital que cuente su versión de los hechos, tal como lo hizo el estimado Philip Holbrooke, que a mi parecer, merece estar en el Gremio tanto como los jóvenes Lloyd y Abigail, en representación de sus honorables familias.
—Estoy de acuerdo, padre. —Lance rodeó los caídos hombros de su padre con un brazo .
—Yo no —increpó Stephen Reedstter—. Elio tal vez siga con vida, y su hijo no está preparado para interferir en los asuntos del Gremio; Abigail, menos aún —dijo con tono hastiado y mirada ponzoñosa—; es mujer, y las mujeres no son bienvenidas en el Gremio.
Además, la chica tiene... preferencias antinaturales —Y echó un vistazo para nada sutil a Frederick Startclyde.
—Todos somos antinaturales, Stephen —apuntó el viejo Greystar—. Lo más antinatural que existe. Debemos estar unidos. No separarnos ni rebajarnos a discernimientos mundanos.
Stephen lo miró como si hubiera hablado en un dialecto desconocido.
—Sabes a qué me refiero —dijo. Luego puso su atención en Phil—. Con respecto a Holbrooke, espero que su desempeño cuidando a sus jóvenes hermanos y a su tío eremita, no le impida reunirse con nosotros de vez en cuando.
Philip no respondió; se limitó a apretar los labios, decidido a no darle gusto a Reedstter.
—Todos somos hombres ocupados, Stephen —señaló Oakwater—. También tú. Y, aun así, jamás nos privas de tu encantadora presencia, ¿no es verdad? —Enarcó una ceja.
Stephen calló a regañadientes. Philip sonrió en su fuero interno.
—Bien —siguió Oakwater, y echó a Philip una mirada solemne—. Porque de ahora en adelante, Philip Holbrooke, eres parte del Gremio de River Town.
«De ahora en adelante», pensó Philip, orgulloso y satisfecho, también nervioso. Esperaba estar a la altura.
Sonrió. No podía esperar llegar a casa y contarle la buena nueva a sus hermanos: Jason actuaría como si no le importara, y pondría mala cara, antes de marcharse a sus aposentos; en cambio, Lucas lo congratularía, le rodearía el cuello con sus brazos y lo estrecharía: un consuelo entre tanta dicha.