Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 24. Heridas del alma
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24. Heridas del alma

HERIDAS DEL ALMA

Al día siguiente nada volvió a la normalidad.

Mary se preguntó si alguna vez volvería aquella normalidad a su vida. Probablemente no.

Guardaba silencio. Su familia debía pensar que aún estaba conmocionada por los hechos de la noche anterior.

Y, dicho sea de paso, puede que no estuviera tan alejada de la verdad.

Había vivido un par de sucesos traumáticos el día anterior que bien podían argumentar su silencio.

Primero, el aterrador encuentro con los Fenrirs en el bosque.

Después, la irrupción de Darkling en la mansión Katterblack.

Dios, el mismo día estuvo a punto de morir en dos ocasiones, pensó.

Era mediodía, y aún seguía tendida en su cama.

Cuando Olee le llevó el desayuno, Mary le dijo —casi suplicando, más con la mirada que con palabras— que no quería más interrupciones el resto del día.

Quería descansar. Quería estar sola, pensar y, más que nada, aceptar de una buena vez que no volvería a ver a su hermano ahora que Darkling estaba muerto.

Desde luego, y sin ninguna sorpresa, Olee no le trasmitió sus deseos al resto de su familia.

Ni siquiera al resto de la servidumbre. Tara entró a su habitación una hora después para recoger el desayuno casi intacto y llevarle una jarra de agua y unas galletas saladas.

Seguramente supuso que no tendría estómago para comer algo más pesado que una pluma.

Más tarde, apareció Céline, con un jarrón de porcelana lleno de flores de varias clases y colores.

Lo colocó sobre la peinadora y aseguró:

—Dará un poco de color a tus aposentos, Mary.

«¿Ah, sí? —quiso decirle Mary—. ¿Y qué le dará color a mi alma?» Calló y esbozó una tenue sonrisa.

Céline la tomó como una invitación a sentarse a su lado.

—Lamento lo que ocurrió anoche —empezó—. Philip también nos contó del suceso en el bosque. Debió ser, por mucho, el peor día de tu vida.

«En realidad no», pensó Mary. El segundo o tercero, tal vez.

El peor día de su vida fue cuando supo que sus padres habían sido asesinados y tuvo que decírselo a su hermano.

El asalto en el camino del bosque, que resultó en el rapto de Sam, fue el segundo peor.

El día anterior ocupaba el tercer puesto.

Céline le acarició el dorso de la mano y la miró con una fijeza dulce y sincera con la que no lo había hecho antes.

—Mary —dijo—. Si hay algo que pueda hacer para aliviar tu pena, dímelo.

Mary calló. Lo único que podía aliviar su pena era el regreso de Sam.

Pero ambas sabían que eso no era posible.

Así que no, no había nada. Con todo, había algo que su prima podía hacer para distraerla por unos instantes de sus ominosos pensamientos.

Quizás no al punto de aliviar por completo el profundo oscurecimiento que embargaba su alma y su corazón, pero al menos la haría olvidar por breves momentos de lo funesta que se había vuelto su vida en la última semana.

Céline compuso una sonrisa al oír de qué se trataba.

—Haré que Olee traiga algunos para ti —dijo, asintiendo—.

Luego, cuando te sientas mejor, me encargaré personalmente de mostrarte la biblioteca de los Katterblack.

Eso sí, no es la más grande del pueblo. Esta la poseen los Blackfell.

Pero estoy segura de que igual te asombrará verla con tus propios ojos.

—Hizo una pausa y frunció el ceño—. En serio, Mary, no entiendo tu afición por los libros.

Mary quiso decirle: «Los libros nos conectan con el pasado. Con nuestros sueños. Con mundos que sobrepasan nuestra realidad».

Se limitó a sonreír.

Minutos después, Céline se disponía a irse cuando Mary la llamó.

—¿Sí?

—¿Cómo está tu... padre?

—Mucho mejor.

Mary abrió la boca para preguntarle algo más. Su prima se esfumó antes que lo hiciera.

Como si huyera. Céline debía saber más de lo que se atrevía a contar por cubrir las espaldas a su padre.

Mary se recostó de nuevo. Entonces, con un sombrío destello, los recuerdos de la noche anterior empezaron a suceder uno tras otro en su cabeza, y no los apartó.

Cada palabra dicha. Cada risa proferida.

Cada movimiento hecho. Quizás había pasado un detalle por alto.

Darkling. Richard Katterblack hundiéndole la daga — Rhiptus — en el pecho al infame hombre.

.. muchacho. Era, y siempre había sido, un muchacho ocultando su verdadera apariencia bajo un encanto.

O esta era la teoría que exponían los seguidores del Gremio.

Kenneth Hornwood, se llamaba.

Mary seguía sin entender por qué Kenneth —que no debía tener más de diecisiete años— aseguró haber conocido a su madre. Y que habían tenido un amorío .

«Eres tan buena. Como tu madre. ¿Puedes creer que ella alguna vez me amó, así, como soy ahora?», fueron sus palabras.

Tampoco podía olvidar que Richard Katterblack guardaba secretos.

Secretos sobre sus padres y quién sabe sobre qué más.

Según Darkling, Katterblack estaba al tanto de su existencia mucho antes de la noche del baile del solsticio.

Pero calló. Como fuera, Mary pensaba que Kenneth Hornwood era demasiado joven para haber conocido a su madre, y más extraño todavía, que Sylvia lo hubiera amado como él había asegurado, dada su naturaleza.

Mary se negaba a creer, asimismo, que su madre hubiese amado a alguien más que a su padre. .. Entonces recordó las cartas.

En las cartas su padre había referido a Katterblack la misteriosa visita de un desconocido, el cual, según ponía el propio Michael Cartwright, era un amor del pasado de su esposa.

Sin embargo, este dato, más que arrojar luz al opaco pasado de sus padres, solo resultaba en lo contrario.

Quizá Kenneth, o Darkling, tuviera razón en parte de sus afirmaciones.

Quizás Darkling conoció a su madre a través de alguien más.

No tenía sentido.

Más tarde, Céline cumplió con su palabra: Olee entró a la habitación llevando tres pesados volúmenes.

Su prima había prometido que habría más cuando estuviera lo suficientemente sana para mostrarle la pasmosa biblioteca de los Katterblack.

Los títulos eran: Los secretos de la magia blanca, un compendio que reunía sapiencias sobre la magia blanca, y cómo usarla correctamente, desde el punto de vista de varios de los seguidores de la luz más representativos de toda la historia; Pociones y encantamientos , cuyo nombre daba por sentado el contenido en sus páginas, y, asimismo, Hechizos sanadores .

Al parecer, descubrió Mary, los seres hadúnos no eran los únicos que podían sanar heridas con magia.

También le sorprendió, a la sazón de los hechos de la noche anterior, que Phil hubiera podido sanar la herida de Katterblack con hada-sanación .

Ella estaba al corriente de que Philip —como ella— tenía sangre hadúna de parte de su madre.

No obstante, ignoraba que un híbrido entre seguidor de la luz y ser haduno pudiera hacer tal gestión.

Bastante oportuna, además. En las primeras cincuenta páginas de Hechizos Sanadores también se mencionaba que las heridas físicas no eran las únicas que afectaban a mortales y mágicos por igual, pues, citaba, existían heridas mentales infringidas por la magia oscura, y heridas del alma, por amores perdidos.

Supo finalmente qué era una de esas pociones lunares de las que había hablado Elise.

Y pensó, de golpe, que debía prevenirle de usarla y contarle sobre Philip y sus sentimientos por ella.

Horas más tarde, y con mejor ánimo, decidió salir un rato al jardín. A decir verdad, esperaba —no, necesitaba — encontrarse con Andrew, quien, extrañamente, estuvo ausente durante los acontecimientos de la noche anterior.

Fuera, hacía un día espléndido, fresco. El cielo lucía un azul radiante; el sol vertía una luz cálida y en absoluto fatigosa, y el viento embestía con ternura las copas de los árboles que se hallaba en el lado contrario del jardín.

Caminó por el sendero de piedra y, con una sonrisa, evocó el paseo de hace dos noches.

—Veo que te encuentras mejor.

La voz vino de atrás. Una voz varonil. Familiar.

Mary se volvió.

—Sí —dijo—, me siento mucho mejor... —Y entonces descubrió que no se trataba de él .

—Vine en cuánto pude. —Era Leonard, que lucía tan elegante como la noche del baile del solsticio—.

Recibí la noticia de mi madre a través de un mensaje mágico, hasta donde sé, después de lo sucedido anoche.

Llegué hace una hora más o menos. Este tiempo estuve hablando con mi padre de lo ocurrido.

Me contó sobre... —Se interrumpió, y miró a Mary extrañado.

—¿Sobre Darkling? —terminó ella, impasible.

—Sí.

Caminaban juntos a través del sendero que, hace algunas noches, ella recorrió con Andrew.

—Ha sido terrible —dijo Leonard.

—Sí. Mucho.

—Pero, no te hizo daño, ¿verdad?

—No —dijo ella. Sin añadir: «Solo que asesinó a mis padres y raptó a mi hermano».

No eran heridas físicas, pensó Mary; sino emocionales, del alma, como decía el libro de hechizos sanadores.

—Bien —continuó Leonard, con la vista baja—. Mi padre ha estado preguntando mucho por ti. Madre le ha dicho que te encuentras mejor, pero que necesitas descansar.

—¿Y qué más ha dicho? Tu padre.

Leo alzó la mirada, confundido.

Era evidente que Richard, en otro acto de cobardía y engaño, se había negado a recibirla en su habitación para no tener que mirarla a la cara y responder, por primera vez, toda la verdad sobre sus padres.

Solo Céline, además del propio Kenneth Hornwood como Darkling, fueron testigos de la inusitada confesión del señor Katterblack.

Por supuesto, Céline tenía lealtad (y devoción) hacia su padre.

Mary lo comprendió al descubrir que su prima fue quien le arrebató las cartas de Richard a su padre hace varias noches cuando quedó inconsciente.

Tal y como le había dicho Elise una vez, Céline se había convertido, de cierta forma, en la mano derecha de su padre tras el abandono de su primogénito.

Mary siguió recorriendo el jardín de los Katterblack junto a Leonard. Se detuvieron en la fuente con la ninfa cuya jarra se desbordaba. Pensó en Andrew. Sí, otra vez, y deseó volver a verlo en cuanto terminara su imprevisto paseo con Leonard.

—Todavía no puedo creer que Kenneth sea el culpable de tan atroces actos —decía Leo, contemplando el claro que, durante las noches, era cubierto cientos de luciérnagas. Mary se preguntó si su primo estaría al tanto de aquello—. Lo recuerdo bien de cuando era chiquillo...

—Ya no es un chiquillo —dijo fríamente Mary—. Es un asesino. —Le sorprendió su propio tono.

También a Leonard, que se volvió despacio hacia ella y la miró con preocupación.

—Lamento lo que pasó —dijo.

—No tienes porqué lamentarlo —replicó Mary—. Nada de esto ha sido tu culpa.

Leo calló. Sobrevino un minuto de silencio.

—Por cierto —preguntó Mary, al cabo—. ¿Sabes qué ha hecho el Gremio con él?

Kenneth sobrevivió a la puñalada de Katterblack.

Toda una sorpresa, dada la gravedad de la herida.

La noche anterior, mientras el Gremio se marchaba, Mary oyó decir a Oakwater y a Startclyde que la Rhiptus , un arma purificadora, había roto alguna especie de extraño maleficio al purificar la sangre de Kenneth.

Según Leo, los miembros del Gremio tenían encerrado a Kenneth en unas celdas mágicas en el ayuntamiento del pueblo.

Temporalmente, puntualizó, hasta que comprobaran que no quedaba rastro de Darkling en su interior.

Mary preguntó cuánto, con exactitud, podría durar eso.

Leonard no lo sabía. Tampoco el Gremio. Ella quería encarar al asesino de sus padres y, así pues, preguntarle el porqué de lo que había hecho, qué pretendía lograr llevándosela a ella consigo, y dónde estaba su hermano.

Sobre todo, quería saber el paradero de Sam.

—Reedstter señaló a Kenneth como el culpable de la muerte de su propio padre —dijo Leonard, y sonrió pesaroso—. Pero todos saben que Ken no lo hizo.

—¿Sabes que Kenneth fue capaz de asesinar a mis padres y ordenar el rapto del coche donde veníamos mi hermano y yo?

—preguntó Mary. Su voz sonó crispada e intentó moderarla.

Leonard no respondió—. Eso pensé. Porque el mismo Kenneth, o Darkling, confesó con lujo de detalles como asesinó a mi padre y después despedazó a mi madre para que mi agonizante padre lo viera.

Leonard parpadeó.

—No sabemos de lo que son realmente capaces las personas, primo. No sabemos qué tan oscura es la sombra que cubre su alma y ennegrece su corazón hasta que la tenemos en frente y lo vemos en sus ojos mientras nos hieren a muerte.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Leonard.

«Por Kenneth —pensó Mary—. Y por tu padre».

Ella no respondió. Sonrió. Después apuró el paso de regreso por el sendero que llevaba hasta la mansión.

Por encima del hombro divisó que Leonard no le pisaba los talones.

Bien. Porque quería estar sola. O esto pensaba antes de encontrarse con Abigail, en un tramo del trayecto, en tanto ésta retiraba hojas sueltas del estanque de la fuente con la trucha con una red atada al extremo de una vara de madera .

—Mary —saludó Abby. Pareció sorprendida.

—Abigail —preguntó Mary, sin preámbulos—, ¿dónde está Andrew?

—¿Andrew? —La muchacha repitió el nombre de su hermano como si fuera la primera vez que lo escuchaba. Por su postura erguida y su mirada distante, confusa, Mary tuvo la impresión de que algo no iba bien—. No sé dónde está.

—¿A qué te refieres?

—Eso: que no sé dónde está Andrew.

—¿Hace cuánto se fue?

—La otra noche. Después de su encuentro... contigo... en el jardín.

«Oh», pensó Mary. Desterró el sentimiento de vergüenza para otro momento.

—¿No dijo... o pensó... nada antes de irse?

Abby bajó la mirada y se mordió el labio.

—Dime —insistió Mary.