Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 23. Darkling #4
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23. Darkling #4

—¿Por qué asesinaste a mis padres? —Las palabras le supieron ácido; Mary esperó que fueran lo suficientemente concisas para provocar que Darkling la soltara. Según éste, había ordenado las muertes. Pero ella ya no estaba tan segura—. ¿Por qué ?

—¿Por qué? —repitió Darkling con una risita de las suyas.

Tenía la mano en la herida, que en absoluto parecía dolerle.

Ya no sangraba—. Por lo visto, has descifrado, quizá sin ayuda o con ella, mi participación en el triste fallecimiento de Michael y Sylvia.

Así pues, quiero aclarar que solamente asesiné a tu padre.

Lo atravesé por el dorso y le fracturé las vértebras con un puñal; Michael Cartwright cayó al suelo, inmóvil, pero increíblemente vivo.

—Carcajeó; luego, continuó—: Después lo llevé a su lecho matrimonial, donde yacía su esposa ya muerta por los efectos del veneno que ella misma se procuró.

Es lo que hacen las hadas de su clase, según descubrí más tarde.

Acosté a Michael junto a Sylvia y Mahlon y yo empezamos a mutilarla, parte por parte, para que tu padre pudiera abandonar este mundo con esa última imagen de ella.

Mary sintió nauseas. Y furia.

—¡Mientes! —gritó; lloraba sin darse cuenta—. Ella no lo haría. —Hacía un auténtico esfuerzo para no vomitar; no podía, de la misma forma, contener las lágrimas. Su corazón estaba roto—. Mi madre... Mi madre no se quitaría la vida.

—Claro que sí.

—¡No!

—Sí —insistió Darkling. Y suspiró risueño, sin dar señal alguna de dolor por la herida que sufrió recién.

Parecía saludable. Su aspecto, por otro lado, aún era siniestro—.

Mary, no conocías realmente a tu madre. Y, dadas las circunstancias, dudo que jamás lo hagas.

Sin embargo, estás a tiempo para conocer a tu padre, Michael, un vil egoísta y mentiroso que te ocultó la verdad de tu origen.

Y Richard Katterblack sabe de qué estoy hablando, ¿o no, Richard?

—¡No lo escuches, Mary! —gritó el aludido, con la voz quebrantada. Seguía recostado en el regazo de Céline, sangrando, junto al escritorio. Padre e hija lucían tan pálidos como fantasmas.

—No creas nada de lo que te diga, Mary —insistió Richard. Esta vez su voz era un hilo apenas oíble. Contrajo el rostro—. Es malvado y mentiroso. No es nigromante ni nada parecido.

—Dile entonces qué soy —lo desafió Darkling.

—Eres... Eres una maldición —expresó Katterblack—. Henry me lo dijo. Darkling, eso eres: oscuridad pura. Solo oscuridad.

—Oh, Richard. —Darkling profirió un suspiro exuberante y se llevó una mano a la sien—.

Le mentiste a tu familia durante años. También a Michael Cartwright.

Y, huelga decir (y aquí no te lo reprocho), a los miembros del Gremio de River Town.

No eres solo un mentiroso. Eres un traidor, y sabes cómo pagan los traidores según las leyes de los Altos Seguidores, ¿verdad?

—Lo sé.

—Ya veremos.

Sonrió.

Mary preguntó:

—¿Pero?

—Pero me obedecerás —atajó Darkling, mirándola—. Te entregarás a mí en cuerpo y alma. A cambio, tu familia seguirá con vida y ninguno tendrá que sufrir las represalias de los seguidores de la luz cuando esta inicua trama salga a la luz.

—¿Dejarás también a Sam?

—Sam —dijo Darkling volviéndose— también irá conmigo.

—No —se opuso ella—. Sam se quedará con los Katterblack. Dijiste que no era como yo, y no lo necesitas para lo que fuese que estés planeando. —Y la voz se le quebró un poco al decir—: Samuel... Sam es inocente .

—Tú también.

—No... Yo no. —Mary ahogó un sollozo—. Me quieres hacer pagar algo de lo que no tengo conocimiento. La traición de mi madre, tal vez. Como fuera, quiero que mi hermano esté sano y a salvo. Nada más me importa. Yo...

Darkling levantó una mano. Mary entrevió una sombra que se movía a su espalda.

—Tienes razón, Mary.

—¿En qué? —preguntó ella.

—Sobre la traición de tu madre. —Darkling la miraba como si fuera la única persona en el mundo. Su voz sonaba más humana que nunca. Avanzó hacia ella con extraña y repentina urgencia—. Tienes que saber la verdad —dijo—, tienes que saber que...

—Saber ¿qué?

—Tú eres...

La sombra emergió. Tomó a Darkling por el cuello y jaló hacia atrás.

Todo sucedió rápido. Una mano se alzó, aferrando una estrella afilada; hendió la opaca atmósfera con su luz radiante, y se hundió en el centro del pecho de Darkling.

Mary retrocedió. Con todo, pudo reconocer la empuñadura dorada de la daga que había traído consigo del Arsenal.

Richard Katterblack la empuñaba. Al extraerla, Darkling la miró con una expresión de intensa sorpresa.

Luego se llevó las manos a la herida, retrocediendo, borbotando sangre, emitiendo una luz similar a la que despedía la daga. En ese momento, Mary recordó su nombre.

Rhiptus .

Richard retrocedió, daga en mano. La dejó caer.

Darkling también se desplomó en el suelo y se hizo un ovillo, en tanto el fulgor blanquecino que escapaba de su pecho anegaba más y más los rincones del estudio.

Entonces sobrevino una especie de onda expansiva.

Mary fue empujada hacia atrás varios metros; al caer, se cubrió la faz con el antebrazo para proteger sus ojos de la intensa luminosidad.

El mundo se tornó blanco ardiente, cegador.

Y una risa, estridente e insufrible, brotó de entre la espesa neblina que hace momento no existía. Parecía venir de todas partes.

Una vez aniquiladas todas las sombras, los seguidores de la luz bajaron sus armas y se reunieron en el centro del recibidor para, según Sawyer, decidir qué harían a continuación.

«Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y la respuesta no saltara a la vista—pensó Phil con irritación—.

Debemos salvar a los Katterblack. Y, si mis temores son ciertos, también a Mary».

Escuchó su nombre desde atrás mientras enfilaba el estudio del señor Katterblack.

Cuando dobló el último pasaje, oyó pisadas a su espalda. Tal parecía que no venía solo. El convoy completo de seguidores de la luz le pisaba los talones.

El grupo se detuvo de súbito al oír una risa aterradora, ominosa, que parecía provenir del otro lado de la puerta del estudio de Katterblack.

Philip sintió que se le helaba la sangre.

Frederick avanzó con decisión y se quedó mirando la puerta con profundo estupor.

Después murmuró «Miren» apuntando con el dedo hacia abajo, y todos llevaron la mirada allí de inmediato.

Una luz blanquecina envuelta por un rastro de humo escapaba por el surco inferior de la puerta .

—¿Qué diablos está pasando ahí dentro? —preguntó Oscar Witheford a nadie en concreto.

—Quizá Darkling esté conjurando un maleficio —expuso Christian Sawyer con los ojos como platos.

—¿Adónde ha ido Félix? —dijo Frederick como de pasada.

—A la segunda planta —contestó Lance—. Abigail dijo que allí estaban Alice y Elise.

«Elise», pensó Philip.

Frederick Startclyde, alto e imponente, soltó un bramido y se volvió.

—Debemos derribar esa puerta —habló con vehemencia—. Richard puede estar muriéndose en estos momentos mientras nosotros estamos aquí afuera deliberando.

—Frederick tiene razón —dijo el sheriff Sawyer—. Debemos derribarla. Ahora mismo...

Bastó una fuerte embestida de Startclyde para que las puertas dobles se abrieran ante ellos como un par de alas. Una extraña e intensa luz blanquecina salió del interior del estudio, acompañada por una levísima cortina de humo blanco.

Así y todo, los seguidores de la luz se abrieron paso al interior a pesar del insólito resplandor.

Encontraron primero a Mary. Ésta estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada contra una repisa, y el brazo alzado ante el rostro para proteger sus ojos del resplandor, o esa fue la impresión que le dio a Phil.

El muchacho, confirmandos sus temores, se acercó a ella para asegurarse de que estuviera bien.

Lo estaba, además de aturdida. Después, hallaron al señor Katterblack, inconsciente, herido en el costado, pero aún vivo.

La siguiente fue Céline, que se cubría la cara con las manos y sollozaba ahogadamente de forma incontrolable.

Lo primero que pensó Philip al ver la escena, una vez cesado el brillo de la misteriosa luz, fue que algo realmente terrible acababa de ocurrir en ese lugar.

«Cuanta sangre».

—Hay que curarlo —dijo el señor Startclyde, colocándose a un lado de Katterblack para examinarle la herida—. ¡Necesitamos a un haduno! ¡Avisen a alguno de sus empleados! ¡Rápido!

—No —dijo Philip—. Yo lo haré.

—¿Qué dices, muchacho?

—Yo sanaré a Katterblack. —Acto seguido, y ante la vista atónita de todos en la estancia, se acercó al señor Katterblack y colocó sus manos suspendidas sobre la herida.

Cerró los ojos, respiró profundamente y recordó las lecciones que había recibido hacía algunos años de Loreen.

Phil era en parte haduno, algo que muchos quizá habían olvidado hasta ese momento, o simplemente no lo creían posible.

La verdad era que Phil podía usar hada-sanación en otros.

Y eso hizo. Sus palmas dimitieron la luz curadora sobre la herida de Katterblack, que empezó a sanar gradualmente. Un instante estaba allí. Al otro, ya no. Con una honda inhalación, el señor Katterblack pareció regresar de entre los muertos. Abrió los ojos.

—¡Padre! —exclamó Céline. Se arrojó ferviente a su lado y lo abrazó con cuidado—. ¿Estás bien, padre...? Creí que...

—¿Dónde está Mary? —inquirió Richard con la voz y miradas confusas.

—Está aquí —oyeron decir a Abigail. Ésta y Grace ayudaban a Mary a ponerse en pie—. Está sana y a salvo.

Al menos así parecía por fuera. Mary estaba impávida; su mirada era distante y sus labios formaban una línea prieta.

Tenía rastros de sangre en el cuello, la mejilla izquierda y las manos: eran leves salpicaduras que revelaban que no era la suya.

(Entonces ¿de quién?). Philip pensó en la palabra que le había dicho Elise intentes antes de salir de su habitación: «Cuídala».

Tal vez se había referido a Céline. «O tal vez oí mal y lo que dijo en realidad fue: Cuídate », se dijo Phil.

—¿Quién es él? —profirió Grace Startclyde. Miraba ceñuda la silueta de un hombre que estaba ovillado en el centro del estudio.

Céline chilló.

—Darkling —dijo Richard Katterblack con voz febril y mirada huidiza—. ¡Es Darkling!

—No, ese no es Darkling —afirmó Ulises Witheford, que, sigiloso, se acercaba al desconocido.

Entonces, un momento antes de que Ulises lo hiciera volverse boca arriba con un puntapié, Philip también lo reconoció.

Estaba más pálido de lo normal, sí, pero su rostro era el mismo.

El cabello, la forma de su mandíbula y sus ojos, surcados por profundas ojeras color magulladura, también eran los mismos.

En definitiva, no se trataba de Darkling.

Al menos no a simple vista.

—Es el hijo de Henry —dijo el sheriff Sawyer boquiabierto—. No es posible.

—¿Ken? —dijo Grace.

—¿Es Kenneth? —inquirió Abby.

Sí, observó Philip, ese era Kenneth Hornwood. Y seguía con vida.