23. Darkling #3
—Lo sé —musitó Mary, fingiendo satisfacción de oír sus palabras—. Lo espero con ansias. De verdad. Me hace muy feliz escucharlo. Por eso estoy aquí. Llévame con mi hermano, y contigo —miró a Céline y a su padre—, pero déjalos marchar a ellos.
Darkling lo pensó un instante. Al cabo, alzó la mirada y respondió:
—No.
Mary avanzó un paso.
—¿Qué quieres de mí, entonces?
—¿De ti? —La pregunta pareció pillar a Darkling. Al mismo tiempo, le satisfizo escucharla—. De ti quiero todo: tu cuerpo, tu sangre..., tu vida.
—Lo tendrás todo de mí —aseguró ella, sin vacilar—. No... No me resistiré. Sólo déjalos vivir y permite que Sam viva con ellos. Sam no merece estar lejos de su familia.
—Y tú, ¿sí? —inquirió Darkling seriamente—.
¿Acaso no importa lo que mereces tú? Te estás sacrificando.
—Suspiró; acto que permitió ver a Mary que Darkling era en parte humano, y que, como uno, también podía morir—.
Eres tan buena. Como tu madre. ¿Puedes creer que ella alguna vez me amó, así, como soy ahora?
Mary no supo qué decir. ¿De qué estaba hablando? ¿Acaso su madre conoció al hombre que, meses atrás, la asesinó junto a su esposo? ¿En serio lo había amado? ¿Su padre...?
En éstas, Katterblack escupió:
—Mientes. Sylvia no te amaba a ti, monstruo. Ella quería al hombre que se ocultaba tras tu espantosa cara. También amaba a Michael, por eso te vengaste. Ella nunca te quiso. —Y añadió rabia contenida—: Nadie nunca te querrá.
Darkling lo miraba con atención y una sonrisa. Si estaba sorprendido de las afirmaciones de Katterblack, no daba muestra de ello. Aunque su repentino silencio demostraba lo contrario. Sonrió .
—Por lo visto estás al tanto de la historia —dijo.
Su tono era irónico. Su expresión, en cambio, era anodina, y era imposible adivinar lo que estaba pensando o sintiendo—.
Supongo, pues, que es un secreto más que le ocultas a Mary, ¿no es así?
—Richard pareció hundirse, herido como estaba—.
Vamos, Katterblack, ¿por qué no le dices la verdad a la chica de una vez por todas?
—Padre, ¿de qué está hablando? —susurró Céline.
—Nada —masculló Richard con los labios tan apretados que apenas se le entendió la palabra.
Mary no comprendía de qué estaban hablando. Ahora no importaba. Tenía un cometido, se dijo. Avanzó algunos pasos mientras la atención de Darkling estaba puesta en el señor Katterblack. Cuando se volvió, ella se detuvo.
—Eres un vil mentiroso, Katterblack —bramó Darkling con una fuerte risotada—. Como Michael. En ese caso seré quien le cuente la verdad, después de todo yo fui su...
—¡No! —gritó Richard, exaltado. Contrajo el rostro al punzarle la herida del costado—. Cierra la boca. No tienes derecho. Michael hizo todo lo posible para proteger a su hija. La amaba como nadie.
El corazón de Mary latía muy rápido. (¿De qué estaban hablando?). Darkling no le había quitado la mirada de encima en todo ese tiempo; le respondía a Katterblack dándole la espalda.
—Mentiras es lo único que sale de tu boca —repuso Darkling—. Por eso debes morir.
—Te lo pido. —Mary se lanzó a sus pies—. No lo hagas, iré contigo. Adonde quieras. Solo... déjalos vivir.
Darkling la contempló desde arriba impasible. Luego, por un brevísimo instante, su rostro se relajó.
—Oh, Mary —dijo. Parecía conmovido. O lo fingía bastante bien.
Se inclinó un poco y le acarició la cabellera con infinita ternura.
Como haría un padre—. Como ya lo dije, eres tan buena como tu madre.
Ni los Katterblack ni aquel chico Treddaway te merecen.
Serás reina de las sombras y gobernaremos juntos; y si lo deseas, tendrás a los Katterblack como tus sirvientes.
Y Sam, tu hermano, podrá quedarse a tu lado. Yo te prometo...
—No quiero tus promesas —murmuró Mary. En tanto su mano recorría despacio el dobladillo de su falda y aferraba una empuñadura.
Pensó en la confesión de Darkling sobre el asesinato de sus padres y se infundo de valor, pero sobre todo de una ira reverberante, ciega—.
No quiero nada de ti, monstruo . —Y, a una velocidad impresionante, clavó la daga en el pecho de Darkling.
—Oh —exclamó él. A ojos vistas sorprendido. Cayó hacia atrás con una mano en la herida, y comenzó a arrastrarse con los brazos. Después, empezó a reír.
Las dagas destellaban y las flechas zumbaban de un lado a otro en una rápida, maravillosa, sucesión.
Un hombre sombra apareció de la nada, y atacó a Philip por la espalda; éste lo había divisado de antemano, lo que le permitió volverse a tiempo y clavarle una estocada al espectro a la par que otro estallaba al extraerle la daga que le había acertado en el pecho, hace un instante.
Abby combatía; usaba el arco y las flechas y los golpes.
La estancia estaba tenuemente iluminada, de modo que era casi imposible avistar a las sombras moverse entre ellas.
Por suerte, Philip conocía un hechizo. Obscura visione , visión oscura.
Lo había murmurado, y había instado a Abby para que lo hiciera también.
Era la primera vez que apreciaba los efectos de la visión oscura .
Le sorprendió y maravilló a partes iguales el estallido de colores estridentes que rebosaron su campo visual una vez musitó el hechizo.
Las sombras, como resultado de esta visión, eran de un blanco traslúcido y fantasmal que emitía una especie de halo de luz alrededor de ellas.
Al contrario, la silueta de Abigail destacaba con un llamativo rojo intenso.
Phil estaba preocupado. La inquietud, que reverberaba en su interior, agitaba su corazón incontrolablemente, sobre todo, después de advertir los efectos del hechizo. Al principio, todo cuanto vio fue negro; después, estallaron los colores.
Se preguntó dónde estaba Mary; si estaría a salvo.
Intuía en el fondo, y esperaba estar equivocado, que la muchacha había acudido al estudio de Katterblack para evitar que algo le ocurriera a los miembros cautivos de su familia; quizás, incluso, para entregarse a la criatura que intentaba llegar hasta ella.
Darkling, se llamaba. Tenía la impresión de haber oído aquel nombre antes. Pero no recordaba dónde ni cuándo.
—¡Detrás, Philip! —avisó Abby.
En efecto; la sombra sin origen saltó sobre él con una zarpa curvada, y proyectó tajos que tardíamente Phil consiguió evadir.
Lance Greystar lo tenía en alta estima; según había oído, el orador había dicho que Phil era el mejor combatiente que conocía.
Sin embargo, él no creía merecer aquel reconocimiento; en varias ocasiones vio combatir con tenacidad a Andrew, Lloyd y Ulises.
Ahora estaba contemplando la silueta roja que se movía como una gacela, golpeando y lanzando flechas, y pensó que tal vez Greystar sólo había dicho aquello porque era un Holbrooke y las personas —mejor dicho, la Comunidad Mágica— esperaban grandes hazañas de los descendientes de Rokar.
Philip no era tan bueno como aseguraba. Como muestra, la sombra que combatía lo hirió en el hombro con su zarpa, y le hizo sangre.
Si no fuera por Abigail, que desvió la carga del espectro a último minuto, la herida hubiera sido mortal.
Había estallidos de nubes de humo blanco (negro, sin el efecto de la visión oscura ).
Hedía a hollín. Los hombres sombras los tenían rodeados.
Abby y Philip se juntaron, espalda contra espalda, en tanto se movían rotatoriamente para avistar el avance de los espectros.
«¿Qué hacemos ahora?», pensó Philip, sabiendo que Abby lo oiría con su don.
—Necesitamos refuerzos —respondió ella.
«La señora Katterblack dijo que avisaría al Gremio; podrían llegar en cualquier momento», dijo Philip en su fuero interno. «¿Dónde está tu hermano?»
—Quizás lleguen en los siguientes minutos —dijo Abby, avizora—. Respecto a Andrew, no está...
—¡¿No está?! —exclamó, sin poder evitarlo, Philip.
Una sombra, de las que los rodeaban en círculo, se lanzó contra Phil. Éste se adelantó un paso, giró la daga de forma invertida, y la clavó en el pecho al espectro, que estalló acto continuo en una profusa nube de humo blanco.
—No, no está. Se ha ido...
Aquel balbuceo hizo comprender a Phil que Abby no sabía a ciencia cierta dónde estaba su mellizo.
El círculo de hombres sombras se iba cerrando en torno a ellos.
Phil pensó en el día que siguió a Horace hasta el cementerio, cuando casi era atacado por un espectro.
Recordó lo que le había dicho su tío sobre los nidos de sombras y el poder que tenía el viejo Wallace sobre ellas por permitirle la entrada al mundo terrenal desde el dominio sagrado que custodiaba.
Un relámpago tronó en la puerta principal.
Abigail y Philip se sobresaltaron. Luces azules y doradas destellaron en la entrada como un espectáculo de fuegos artificiales.
Una pieza de cristal estalló en la parte superior, produciendo una lluvia de esquirlas brillantes en el momento exacto en que los miembros del Gremio atravesaban el umbral.
Philip divisó entre ellos a Lance Greystar y Frederick Startclyde, cuan altos e imponentes eran; también a Grace, Lloyd Blackfell, Oscar Witheford y el sheriff Christian Sawyer.
Por un momento le pareció entrever que las sombras que los rodeaban quedaban tiesas ante la súbita irrupción de los seguidores de la luz en la contienda.
En otras circunstancias, Philip habría reído.
—¿De verdad pensaste que podrías deshacerte de mí tan fácilmente?
—Darkling retiró la daga. Un surtidor de sangre empezó a manar de la herida entre el hombro y el pecho.
Por desgracia, no la suficiente para matarlo—.
Qué tonta, niña. Si te quisiera muerta, ya lo estarías.
West pudo haberte asesinado el día del asalto; o su amante, la mujer hada que se hizo pasar por la señorita Green.
Y, con destemplanza, arrojó la daga a un costado del estudio. Sonrió.