23. Darkling #2
Frío y tenebroso, el corredor se extendía, al parecer de Philip, hasta perderse de vista.
Respiró profundo y empezó a recorrerlo, armado de valor.
El brío no era su única arma; aferraba en cada mano dagas nuxus , que despedían una radiante luz blanquecina, la cual repelía las sombras a medida que avanzaba.
El pasillo estaba flanqueado por las puertas de los dormitorios.
Elise, pensó Philip; oh, sólo esperaba que estuviera a salvo.
No sabía cuál de aquellas puertas era la de los aposentos de Elise, de modo que tuvo que escoger una rápido y al azar (si bien guiándose por un presentimiento). Seguido, se acercó a la que podía ser la primera de muchas, y tocó.
Tras un instante de silencio, alguien respondió:
—¿Quién es?
Phil reconoció la voz de la señora Katterblack.
—Soy yo —dijo él—. Philip Holbrooke, señora.
—¿Philip? —repitió otra voz. Era la de Elise.
La puerta se abrió una rendija y la señora Alice Katterblack asomó medio rostro, aprensiva, para confirmar que se trataba del muchacho.
Al comprobarlo, metió de nuevo la cabeza y abrió enteramente la puerta.
Philip sintió un alivio terrible cuando vio que Elise estaba a espaldas de su madre. Sana y a salvo.
—Philip —graznó la joven, y echó a correr hacia él con los brazos extendidos. Se abrazaron fuertemente.
La sensación era indescriptible; Philip fue consciente de que nunca la había tocado así, de hecho, solo habían compartido ligeros roces de sus manos en las lecciones de piano.
Ahora estaba entre sus brazos. Elise, su querida Elise, pequeña y menuda como una muñeca de fina porcelana.
Tuvo miedo de quebrarla si la ceñía con demasiada fuerza.
Pero era inevitable. Su cabello negro se le enredó entre sus dedos como hilos de seda. Philip la sintió reír contra su pecho.
Alguien carraspeó.
—Qué bueno que estás aquí, Philip —habló Alice Katterblack con un tono sereno, mirándolos.
Elise y Philip se apartaron, avergonzados.
Él apenas podía creer lo que acababa de pasar—.
Necesitamos ayuda; han irrumpido en nuestra casa y han tomado cautivos a mi hija y a mi esposo. ¿Alguien más vino contigo?
—Nadie más, señora. Lo siento. ¿Dónde está el señor Katterblack?
—En el estudio.
—Tienes que ir a por él, Philip... —dijo Elise—. ¿Dónde está Mary? Creí que...
—Está a salvo fuera de la casa —dijo Phil. O eso creía—. Me pareció peligroso traerla hasta aquí.
—Oh, no, pero está sola e indefensa. —La señora Katterblack con evidente horror en la cara, se llevó las manos a las mejillas y meneó la cabeza con asomo de lágrimas en los ojos—. Debes ir a por ella y buscar ayuda.
—Ustedes... —empezó Philip.
—Nos quedaremos aquí —aseguró la señora Alice mientras Elise se acercaba a su madre—. Estaremos bien, no te preocupes. Enviaremos un mensaje mágico a los miembros del Gremio solicitando ayuda. Ellos vendrán. —Y, con un tono taciturno, añadió—: Solo espero que no sea demasiado tarde.
Momentos después, Philip emergió de los aposentos pensando en la mirada que le echó Elise antes de salir.
—Cuídala —había dicho.
Sabía que se refería a Mary .
Philip había asentido. Escuchó cuando la señora Katterblack cerró la puerta a cal y canto mientras se alejaba por el pasillo hacia las escaleras.
Su corazón se detuvo un instante. Siguió avanzando a través del pasillo.
De nuevo empuñó las dagas que había guardado en su cinturón antes de tocar la puerta de Elise.
Llegó a la amplia escalera del recibidor.
Desde la cima, se fijó qué Mary no estaba allí (ninguna sorpresa), y que la puerta de la entrada continuaba abierta, permitiendo el paso de la luz nocturna que formaba un charco azulado sobra el suelo de mármol.
«¿Adónde ha ido?», pensó, bajando los escalones con apuro.
Escuchó un grito. Su corazón se detuvo un segundo nuevamente y se le puso la piel de gallina.
Tras el grito, auscultó una serie de pisadas que se aproximaban al recibidor.
Philip, presto, susurró « nuxus », y las dagas se encendieron en sus manos como un par de estrellas relampagueantes.
Se volvió en la dirección de la que provenía el sonido de las pisadas.
Un instante después, apareció Abigail, tensando una flecha en un fino arco de madera.
—¡Philip! —exclamó Abby con auténtico alivio; la oyó suspirar—. No esperaba verte a ti. ¿Has oído eso?
—¿El grito aterrorizado? Sí.
—Ha sido Céline. ¿Sabes qué ocurre?
En resumen, Philip le contó a Abby que el hombre llamado Darkling —el mismo que intentó tomar cautiva a Mary durante el caos del baile del solsticio— había irrumpido en la mansión, exigiendo hablar con el señor Katterblack mientras amenazaba con cortarle la garganta a Céline.
Al finalizar, Abby pareció horrorizada. Y con razón.
Philip no pudo evitar preguntarse dónde estaba Andrew, a quien pocas veces se le veía sin su hermana melliza.
Entonces escucharon otro alarido; esta vez pedía «¡ayuda! » con palpable terror.
Philip y Abby se miraron. En acuerdo tácito se dispusieron a socorrer a los Katterblack.
Pero, de repente, un fuerte crujido los detuvo.
Phil fue el primero en volverse y divisar un extraño movimiento cerca de la puerta, todavía abierta.
Una sombra. En el charco de luz nocturna se hallaba la silueta de un hombre armado con una daga de hoja curvada, que parecía estar contemplándolos desde el suelo.
—¿Qué ocurre, Phil? —preguntó Abby. Le tembló la voz. Ella no la podía ver desde su posición; a simple vista, no había nadie en la puerta que proyectara aquella sombra.
—Ahí... —Phil alzó la mano y señaló—. Mira.
Entonces, como si de una invocación se tratara, la sombra se levantó del suelo, como el desprendimiento del alma de un cuerpo.
Solo que no había ningún cuerpo. La sombra avanzó hacia ellos.
Phil escuchó un zumbido junto a su oreja derecha.
Una flecha se incrustó en la silueta, que estalló en un torbellino de humo negro, profiriendo un quejido que se desvaneció en el viento.
Cuando se volvió, Abby bajaba su arco. No del todo.
Philip sospechó que aún no había acabado. Y tenía razón.
Al girarse de nuevo hacia la puerta, divisó a una docena de Hombres sombras, armados, entrando a la mansión Katterblack en una ominosa estampida.
La daga que sujetaba era dorada y tenía una hoja parecida a una punta de lanza; Mary la había tomado sin pensarlo del Arsenal.
Era bonita, sí. Sin embargo, al volver arriba, recordó que no sabía su nombre.
En definitiva no era una nuxus , pensó; tampoco una daxarus o una frax , que si bien éstas eran más pequeñas, tenían cierto parecido con la que portaba en ese momento.
Tanto daba. Ya no había tiempo de volver atrás. Su prima y el padre de ésta corrían peligro.
Escondió la daga, en tanto enfilaba el estudio de Katterblack, en un dobladillo en la parte superior de la falda.
Pidió a Dios que, por favor, Darkling no la descubriera.
Su plan era pillarlo desprevenido. ¿Y luego qué?
, se preguntó. ¿Lo apuñalaría fríamente?
¿Sería capaz llegado ese momento? Pensó en sus padres masacrados.
«Sí, querida Mary. Yo ordené la muerte de tus padres».
Apretó el paso.
Al detenerse ante la puerta del estudio, escuchó otro fuerte alarido de Céline. Mary abrió y entró impetuosamente.
Fue Darkling lo primero que vio. Él se volvió.
—Maravilloso —enunció con una horrible, amplia, sonrisa—. Miren a quién tenemos aquí.
—Mary, ¡vete de aquí! —Era Richard.
Mary lo divisó tirado en el suelo con el dorso recostado en el regazo de Céline.
Se presionaba la parte superior de la cadera con las manos; entonces Mary reparó en el hilo rojo sangre que le surcaba entre los dedos.
A continuación, vislumbró el arma que empuñaba Darkling. Ella conocía su nombre: Omophorys .
—No —profirió Darkling—. Que se quede. Quiero que presencie lo que está por suceder. —Le hizo un gesto con la mano a Mary—. Ven, querida. Acércate. No tengas miedo.
Mary acató. Se acercó con el semblante impasible. Por dentro, estaba muerta de miedo. Darkling se hallaba de pie cerca del escritorio; Céline y su padre, al pie de un mueble que dejaba caer sobre ellos una sombra nebulosa. Se escuchó un siseo metálico y el arma de Darkling dejó de refulgir.
—Ya estoy aquí —vaciló Mary—. Ahora, déjalos ir.
—No, querida. Me temo que esta vez no he venido a por ti.
Vengo a asesinar a tu tío por orden de..
. de... —Empezó a balbucear de forma casi incontrolable.
Como si luchara con las palabras. Su tez en extremo pálida se tornó roja un breve instante.
Al cabo, tomó aire y continuó—. Como decía, he venido en esta ocasión para asesinar al poco respetado señor Katterblack.
Y a Céline... oh, si tan solo la pobre no hubiera visto quién era yo realmente.
—No —espetó Mary. Con decisión, avanzó un paso. Sintió el duro metal de la daga justo a la altura de su estómago—. Me querías a mí, y aquí estoy. Me entrego a ti por voluntad propia, sin resistencia alguna, a cambio de las vidas de Céline y su padre. Solo... solo déjalos ir, por favor.
Se le quebró la voz.
—No —se opuso Céline. Habló sin vacilar. Su mirada no mostraba temor, sino ira y desespero—. No lo hagas, Mary. Por favor. Piensa en... Sam...
«Eso hago —quiso decirle Mary. Y callarse—: Pronto estaremos juntos, de un modo u otro».
—Sam —repitió Darkling con un tono entre malicioso y risueño—. El pobre chico está bajo mi protección. O, más bien, la protección de Mahlon West..., si eso les tranquiliza un poco. No le ha faltado nada. Está sano y a salvo. Te reunirás con Sam pronto, Mary. Te lo prometo. —Sonaba sincero.
Con todo, ¿podía creerle?