23. Darkling
DARKLING
El carruaje traqueteaba sobre el camino desigual que precedía el terreno de los Katterblack.
El silencio que imperaba dentro permanecía desde que emprendieron el recorrido de vuelta, el cual, pensaba Mary, se sentía como una breve eternidad.
Ella guardaba silencio y apenas se removía en la butaca; tenía una postura recta, con los hombros hacia atrás y las manos, de las que no había apartado la vista, tomadas sobre el regazo. No se atrevía a mirar a Philip.
Philip también estaba callado. Como si de algún modo supiera cuánto apreciaba Mary aquel tiempo en silencio para asimilar el traumático suceso durante su partida del bosque.
Ella, ciertamente, agradecía su silencio; también que la hubiera defendido y consolado después del ataque.
En el interior del coche solo se escuchaban el soplo del viento entrando por las ventanas, y el ajetreo abrupto de las ruedas del carruaje sobre la calzada.
—Mary.
Ésta alzó la mirada y observó con fijeza a Philip. Los ojos del joven, que eran marrón claro, se habían tornado de un negro brillante en las sombras.
—¿Sí?
—¿Te sientes... bien ?
Mary esbozó una tenue sonrisa.
—Sí, Phil —dijo—. Tan bien como puedo estarlo dadas las circunstancias.
—Lamento mucho lo ocurrido —dijo Philip. A pesar de las sombras, ella podía ver en su rostro lo remordido que estaba. Tal parecía que esa era la verdadera razón por la que había estado callado todo el trayecto. Se culpaba—. Debí protegerte. Debí prever que algo así podía pasar... Pudiste haber...
Ella se irguió hacia adelante, extendió su mano y tocó las de Philip, que las tenía tomadas sobre el regazo.
—No es tu culpa —susurró Mary, mirándolo—. No te culpo, Phil. En absoluto.
Él sonrió levemente. Aunque no pareció «en absoluto» aliviado.
—Me protegiste —continuó Mary—. Hiciste lo mejor que pudiste. Te debo la vida. Y te lo agradezco.
Se miraron fijamente un instante. La contemplación de Phil era una mezcla entre sorpresa, confusión y desánimo.
Entonces bajó la vista, a donde la mano de Mary cubría las suyas.
Después, alzó los ojos hacia ella y se hallaron nueva e intensamente entre las sombras y el miedo, entre el frío y la desesperanza.
Mary pensó que, estando junto a Philip, era imposible no sentirse a salvo.
Un segundo sus miradas se rozaban; al otro, sus labios.
Se besaron. Al principio, suave. Después, con más ímpetu.
En algún momento, Philip se sentó su lado y empezaron a tantearse uno al otro.
Mary jadeó. Despacio, Philip la tomó por la nuca y la atrajo más hacia él a la vez que sus bocas se fundían en una, en la oscuridad.
Mary lo tomaba ligeramente por las mejillas, luego sus manos fueron hasta su espalda y lo acariciaron en descenso, notando que estaba tenso como una tabla.
Allí lo apreció, justo antes de que el rostro de Andrew destellara ante ella.
Se apartó de Philip.
—Lo siento, lo siento... —empezó él.
—No, fui yo.
—¿Tú?
—Sí.
Sobrevino un vergonzoso silencio. Al cabo, Philip volvió a insistir.
—Fue mi culpa, Mary. —Bajó la mirada. Volvió al asiento contrario. Parecía más arrepentido de lo que ella misma, debía admitir, se sentía. Casi como si lo lamentara—. No tenía por qué besarte. Fue un impulso... Oh, no, Elise...
—¿Elise?
Silencio absoluto.
Mary pensó. Philip era tímido, sí, quizás esa era la razón por la que nunca demostró sus reales sentimientos hacia Elise, quien, sin saberlo, le correspondía.
Se amaban mutuamente. Pero, se preguntó, ¿qué había detenido a Phil decírselo a Elise todo este tiempo?
Entonces recordó un edicto de la Enciclopedia: «Los seguidores de la luz no deben vincularse sentimentalmente con sus pares, a tenor de las revelaciones hechas por Ben Holbrooke, en 1814, donde aseguraba la venida de un Liberador nacido de la luz y la oscuridad para destruir el Mal Más Oscuro, según el oráculo del futuro.
Aquellos que vayan contra este estatuto, serán penados».
Pasados unos minutos, los únicos sonidos que podían oírse en aquel momento —el gélido viento y las ruedas del coche sobre el camino— fueron interrumpidos.
—¿Así que la amas? —preguntó, por fin, Mary .
Tardíamente, Phil alzó la mirada. Suspiró profundo, vacilando, y la volvió a bajar.
—Sí.
—¿Y por qué no se lo has dicho? ¿Temes ser castigado?
Philip arrugó el ceño.
—¿Castigado?
—Sí. Los Altos Seguidores...
—No; no se trata de eso.
Era el turno de ella de fruncir el ceño.
—Ah, ¿no?
Philip permaneció en silencio.
—Si no es eso, entonces ¿qué? —quiso saber Mary.
Philip abrió y cerró la boca.
De repente, escucharon un grito. Alto y fuerte. Al mismo tiempo el carruaje se detuvo. Instintivamente, Mary se asomó por la ventanilla y vio que se encontraban en el patio delantero de la mansión Katterblack. En efecto, habían llegado. Se giró hacia Phil, que fruncía el ceño a más no poder.
Le preguntó:
—¿También lo oíste? ¿El grito?
—Sí. Pero, ¿quién...?
Philip no acabó la frase; lo oyeron de nuevo. Era un grito, sí: agudo, estridente, femenino, de auténtico terror.
—Quédate aquí —le dijo Philip. Y, sin más, salió del carruaje hacia la noche.
También Mary.
Philip la miró con frustración, y abrió la boca para oponerse, pero un desgarrador alarido lo interrumpió.
La que gritaba era Olee, que bajaba los escalones de la entrada como alma que lleva el diablo, acompañada por Tara y Giinet.
Parecían asustadas. Y tanto. Cuando Olee se acercó, con la respiración sobresaltada y el rostro tan rojo como una manzana, Mary temió que fuera a desfallecer a sus pies en ese preciso momento.
En cambio, comenzó a balbucir un montón de palabras ininteligibles, como si hablara en un antiguo dialecto o algo.
—Cálmate, Olee —increpó Tara, tomando por los hombros a la otra sirvienta.
En ese instante, la pobre Olee se desmayó. Por suerte, Philip llegó hasta ella a tiempo e impidió que golpeara el suelo. Mary miró a Tara y Giinet.
—¿Qué sucede? —les preguntó—. ¿Mis primas...?
—Aquel hombre... —vaciló Giinet—. Entró a la casa sin invitación. Exigía ver al señor Katterblack mientras amenazaba con cortarle el cuello a la señorita Céline.
«Oh, no», pensó Mary.
—¿Has visto a ese hombre?
Giinet asintió.
—¿Cómo es?
La mucama se lo describió. La sangre de Mary se le heló en las venas. Sabía de quién se trataba.
Avanzó hacia la mansión. Una mano se cerró en su mano y la detuvo en el acto.
Era Philip. Depositó a Olee en los brazos de Tara y Giinet.
Después, centró su atención en Mary. Su mirada era eufórica.
Como si se hubiese vuelto loca, y tal vez lo estaba, sí, por lo que pretendía hacer. No importaba. Había vidas en peligro.
—¿Adónde crees que vas? —le preguntó Philip a Mary.
—Voy a por mis primas —graznó—. Están en peligro por mi culpa. Necesito...
—¿De qué hablas ?
A Mary le bastó decir un nombre para que Philip aflojara el agarre al quedar preso de estupor.
—Darkling.
Dicho esto, ya libre, Mary echó a correr hacia la mansión.
La mansión Katterblack era un refugio de sombras.
El recibidor estaba oscuro y hacía más frío que en el exterior.
Durante un segundo, Mary se sintió perdida allí, en el recibidor, sin saber exactamente adónde ir.
Como si no hubiese paseado a la sazón un par de veces por esa estancia pasada la media noche.
Tenía la piel erizada. Su corazón le martilleaba el pecho.
Quiso gritar —llamar a voz en grito a sus primas o quien sea—, pero con eso solo alertaría a Darkling.
—¡Mary! —gritó Philip; entraba corriendo aferrando dagas en ambas manos.
—Elise... Céline; están en peligro —balbuceó ella con desesperación. Al mismo tiempo intentaba decidir qué rumbo de la mansión tomar—. Ha dicho que él estaba aquí.
—No estamos seguros —intentó tranquilizarla Phil.
—Sí, estoy segura de que él está aquí.
—¿Cómo?
No había forma de explicarlo, pero lo sabía. Lo sentía en su interior. Se le quedó mirando fijamente a Phil, suplicando su ayuda en silencio. Él asintió.
—Iré yo —dijo.
—¿Qué? —Mary lo observó como si se hubiese vuelto loco, la misma mirada que le había echado el muchacho hace unos minutos—. ¿Y qué haré yo mientras tanto ?
—Ve con Olee, Tara y Giinet —le dijo Phil—; espera afuera con ellas. Mantente a salvo.
Mary abrió la boca, pero no tuvo tiempo de responder; Philip echó a correr escaleras arriba.
Lo vio ascender y perderse de vista en la cima.
Entonces se quedó sola, asustada, tiritando.
Suspiró hondo. No estaba dispuesta a quedarse con los brazos cruzados en medio del recibidor sin hacer nada al respecto, ni mucho menos esperar la tragedia fuera, pensó.
Su familia, la única que le tenía, corría peligro por su culpa. Tenía que hacer algo.
Extraño, reflexionó Mary. Giinet había dicho que Darkling exigía ver a Richard Katterblack. No a ella.
Alguien gritó.
«Céline», supo de inmediato. En aquel momento Darkling debía estar en el estudio del señor Katterblack con Richard y Céline.
Segura de sí misma, Mary abandonó el recibidor.
Empero, se detuvo a mitad del trayecto, no porque el siguiente grito de Céline llegó repentinamente y la paralizó de miedo.
Sino porque, pensó ella, no iba a entregarse tan fácilmente a Darkling sin haber luchado por su vida y la de su familia.
Y no podía luchar desarmada.
Entonces empezó a caminar en sentido contrario.
Hacia el Arsenal. Sabía dónde estaba, cómo acceder, y a qué arma debía recurrir (más o menos); lo que no sabía era cómo utilizar aquellas armas mágicas para acabar con el asesino de sus padres.
Fuera como fuese, lo descubriría en el camino. Debía darse prisa.