Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 22. Collin´s Meadow #3
76%

22. Collin´s Meadow #3

El silencio prevalecía. Excepto por un insoportable coro de grillos.

Andrew avanzó con cautela a través de la hierba crecida en el campo abierto que separaba el bosque colindante con la arruinada estructura.

Vestía su pesada capa verde oscuro, que lo resguardaba tanto del frío como de los peligros de la noche; guantes de cuero con fondo de piel, que evitaba la entumición de sus dedos; un jubón, también de cuero, sobre doble camisa de lino, y calzaba botas con las suelas tan finas que podía sentir cada piedrita en el suelo.

Pensándolo ahora, no tenía un plan. No había considerado en lo que haría si, dado el caso, se encontraba cara a cara con Mahlon West o con el mismísimo Darkling.

Combatir, supuso.

Claudine le había dicho que Samuel Cartwright estaba en la fábrica.

Una deducción que, dicho sea de paso, Andrew había hecho por sí solo segundos antes de que la tabernera se lo revelara después de pasar por una especie de «estado de avistamiento».

Como Mary. Presintió que no podría sacarse aquella turbadora imagen de la cabeza en mucho tiempo.

Debía intentarlo, con todo, a tenor de la peligrosa empresa que estaba realizando.

La fábrica de Cartwright había ardido a mediados del presente siglo.

Sin embargo, aún quedaban en pie secciones de la devastada estructura en aquel terreno gris e inhóspito.

La luna resplandecía. El canto de los grillos se extinguió en cuanto penetró en la parte posterior de la fábrica que aún seguía (más o menos) intacta; la parte delantera estaba caída y arruinada, observó Andrew.

Los ladrillos que alguna vez la sostuvieron, estaban desparramados y ennegrecidos por el hollín de las llamas que los lamieron.

Había quien decía que las llamas habían sido avivadas por Liam Reedstter —su donum lucis era manipular el fuego—, que, al ser rechazada su oferta de negocios por el señor Cartwright, alzó un muro de fuego rojo y dorado y barrió la manufactura de afuera hacia dentro, oculto donde nadie pudiera verlo.

El incendio sucedió a mitad de la noche. Nadie hubiera visto al culpable de todas formas, pensó Andrew. Así y todo, no descartaba la participación de Reedstter en los hechos.

Avanzó. «Un paso a la vez —se decía. Su corazón latía pesadamente, un latido sonante que lo ahogaba.

Debía calmarse—. Demasiado fácil». Tenía un mal presentimiento.

Aun así, avanzó. La oscuridad era tal que tuvo que empezar a guiarse a través del tacto de sus manos contra las paredes y las fuertes pisadas sobre un suelo de tierra y matojos, y quizás hasta uno que otro brote.

En algún punto, se detuvo y extrajo sus armas.

Más adelante, previó, había un espacio abierto iluminado.

Llevaba nuxus : atadas a los talones, bajo los pantalones, en las mangas de la capa, y también en los bolsillos de la parte interior.

Las nuxus eran sus dagas favoritas. Las elegía incluso sobre las letales Daxarus y Omophorys , porque eran mucho más fáciles, prácticas, de portar.

Eran, sobre todo, eficaces si sabías utilizarlas como dardos.

Avanzó. La sala de producción, más adelante, estaba extrañamente iluminada por tragaluces.

Extraño, pensó, porque fuera era noche cerrada, y no había explicación para el origen de aquella luz que anegaba el centro de la estancia formando una especie de isla en medio de la oscuridad.

Empero, eso era lo que menos importaba. En la sala había hombres.

.., más bien, subordinados. Y entre ellos estaba Mahlon West.

Nunca olvidaría su feo rostro después de aquel último encuentro en el camino del bosque. Aquella cicatriz y el parche en su ojo lo hicieron localizable de inmediato. Andrew murmuró el auditus incantatores , y escuchó lo que el nigromante le decía a sus sirvientes. Uno de ellos era otro nigromante.

—¿Dónde está el hijoputa de Spyder? —profería Mahlon West con enojo.

—Mi hermano ha tenido que ir antes al Oeste —respondió el otro nigromante. El estallido de furia de West no pareció alterarlo—. Luego se reunirá con nosotros.

—¿Qué es eso tan importante que Spyder no pudo dejar pasar para otro momento?

—Me temo que no lo sé. —El otro subió y bajó los hombros—. Mi hermano no me dice todo.

—No, claro que no —escupió Mahlon West—. Eres su lameculos.

—Yo... —empezó a decir el lameculos del tal Spyder, pero Mahlon West alzó una mano para hacerlo callar.

La discusión continuó.

«Ahora o nunca», pensó Andrew. Debía valerse de ese momento para localizar a Sam o a Blackfell en la estructura.

Quizás no hubiera mejor ocasión que aquella, o ninguna otra.

Ya presto, se aunó a las sombras de las paredes y rodeó a nigromantes y subordinados mientras los primeros seguían con su interminable querella.

Encontró una puerta de metal a pocos metros. Entró por un angosto pasillo de techo arqueado y a duras penas iluminado que estaba tan frío y silencioso como un sepulcro. Lo flanqueaban una serie de puertas de hierro.

Extraño, deliberó Andrew. Resultaba inquietante que hubiera celdas dentro de la fábrica, y que se conservaran después del terrible incendio (y cincuenta años de abandono, si en éstas estamos).

Resolvió que esta parte de la fábrica había sido construida no hace mucho tiempo con un solo propósito: albergar cautivos.

Andrew miró a través de las venillas de metal corredizas que había en la parte superior de cada una de las puertas; casi todas las celdas estaban vacías.

No todas.

En una de ellas, completamente a oscuras, escuchó una.

.. respiración. La puerta estaba cerrada a cal y canto con un enorme candado.

El acero no era mágico ni estaba encantado, supo al tocarlo.

Conocía un hechizo. Aperta cincinno . Lo murmuró y dio resultado: la cerradura repiqueteó contra el suelo un segundo después.

«Demasiado fácil». Con mucho cuidado, abrió la puerta.

Levantó una de sus dagas y susurró « nuxus ».

Cuando la luz colmó la celda, vio a una silueta ovillada en un rincón.

Al acercarse, Andrew descubrió que sus sospechas eran ciertas después de todo.

Era Elio Blackfell.

—¿Quién... eres? —barboteó éste, cubriéndose el rostro de la intensa luz de la nuxus con el antebrazo .

—Soy Andrew.

—¿Andrew?

—Sí. Andrew Treddaway. Y he venido a salvarlo.

Blackfell bajó la mano. Dios, estaba demacrado.

Su rostro apenas era reconocible, huesos afilados sobre piel flácida y gris, y ojeras purpúreas.

Sus labios eran blancos y fibrosos; sus ojos, rojos y plagados de lagañas; su rojiza melena peinaba más canas de las que Andrew recordaba.

Vestía pantalones sucios, una camisa desgarrada de un brazo que dejaba al descubierto marcas sangrantes en su piel, y un grillete en el tobillo que lo mantenía sujeto al piso.

—¿Has traído algo de... comer? —dijo; su voz era áspera y apenas un hilo inteligible—. Tengo sed... y hambre..., Andrew.

Andrew sintió mucha pena. Le resultó difícil decirle que no al pobre hombre dadas sus circunstancias.

Éste no pareció lamentarlo. Parecía, más bien, resignado.

—¿Lloyd? —preguntó después, mientras Andrew intentaba ponerlo en pie para salir.

—Su familia está a salvo, toda... — Maldita sea. Blackfell aún pesaba lo suyo a pesar de su estado. Tuve que hacer un auténtico esfuerzo para no desfallecer con el peso de aquel desventurado—. Apóyese contra la pared mientras le quito el grillete —le dijo—. ¿Ha oído a otros cautivos en la fábrica?

—Joseph —musitó de inmediato Blackfell—. Hace un tiempo lo oí; luego, ya no.

Andrew zanjó que no era el momento oportuno para decirle la verdad sobre Westwick. Aunque tenía la sospecha de que el señor Blackfell ya lo sabía.

—No hablo de Westwick —siguió Andrew—. Alguien más... joven. ¿Un niño, tal vez?

Blackfell lo miró con ojos como rendijas .

—¿Un niño? —repitió.

—Sí.

—No he oído a ninguno niño. Lo siento. ¿Por qué lo preguntas?

Por fin los grilletes cedieron, y Blackfell quedó libre. El hombre se tambaleó un poco.

Entonces escucharon un tañido y la puerta se abrió. Mahlon West estaba en el umbral. Una docena de subordinados aguardaba a su espalda.

—Vaya —habló el nigromante, y amplió la sonrisa—. Miren a quién tenemos aquí. El joven Treddaway. No le bastó con arruinar mis planes de la última vez. Por lo visto, ha venido a terminar lo que comenzó.

—No. —Andrew se irguió, dejando a Blackfell a un lado y aferrando las nuxus —. He venido a terminar contigo.

—¿Tú y cuántos más?

—Conmigo es suficiente.

El nigromante se echó a reír.

—Ya veremos —dijo después—. Me encargaré de enviarle tu cabeza a los Katterblack cuando todo esto acabe. Pero antes, nos divertiremos tú y yo.

Céline caminaba a través del pasillo de las habitaciones. Se preguntaba por el paradero de Olee, su ocupadísima asistenta, cuando escuchó que tocaban la puerta en la planta baja.

—Céline —dijo una voz.

La aludida se sobresaltó. Se trataba de Elise, que asomaba la cabeza por la puerta de su dormitorio.

Su mirada era lánguida. ¿Era cansancio, o el resultado de haber pasado horas llorando contra la almohada debido al romántico paseo que Mary y Philip estaban haciendo ese día por el bosque de River Town?

El par había partido tras las lecciones de piano de Elise, quien se retiró a su habitación incontinenti una vez el carruaje se perdió de vista.

—¿Qué sucede? —susurró Elise. Su voz sonaba soñolienta.

—Nada. Vuelve a dormir.

—Han tocado la puerta.

—Lo sé —la tranquilizó Céline—. Vuelve a la cama. Yo misma me encargaré de averiguar de quién se trata. —«Quizás Mary haya vuelto del paseo», estuvo a punto de decir.

—Ten cuidado —dijo Elise. Y, despacio, se metió de vuelta en su habitación y cerró la puerta.

Tocaron la puerta, otra vez. Céline maldijo.

¿Dónde estaban Tara y Olee en aquel momento?

Continuó buscando a las sirvientas en el resto de las recámaras, llamándolas, en tanto enfilaba las escaleras y, después, el recibidor hasta la puerta principal.

Durante el breve recorrido pensó que la ausencia daba un aura escalofriante al hogar de los Katterblack.

Como si fuera la única persona viva en el mundo.

Bueno, al menos en determinada estancia, pues su madre estaba un poco enfermiza y había pasado todo el día en cama; su padre, en cambio, acababa de regresar de una importante reunión con el señor Reedstter que, según dijo antes de retirarse al estudio, «no terminó en buenos términos».

De nuevo, tocaron la puerta. Esta vez con más estruendo.

Y, mientras otra serie de golpes embestían, Céline cruzó el recibidor y abrió.

Se había esperado a casi cualquier persona. Salvo...

—¿Kenneth?

El muchacho se bajó la capucha, y, se fijó Céline, el labio inferior le tiritaba .

—¿Qué haces aquí? —le preguntó.

—He venido a reunirme con tu padre —respondió Ken con una voz que no parecía la suya—. El señor Katterblack. ¿Dónde está?

Céline no tenía intención de decirle a Kenneth que su padre estaba en el estudio. Le resultaba escamada la situación.

—Mi padre duerme —dijo, en cambio.

—¡MIENTES! —gritó Kenneth, y su rostro comenzó a ondularse—. Quiero ver a Richard Katterblack. ¡Y quiero verlo ahora!

Un segundo era Kenneth Hornwood. Al siguiente, ya no.

Su rostro cambió en un visto y no visto.

Era lo más horroroso que Céline hubiera visto jamás.

Un ser desagradable con la piel tan blanca como la leche y protuberancias en la cara, el mentón y el cuello.

Era calvo. Tenía ojos negros como pozos profundos, sin luz, a simple vista llenos de maldad. Y la veían a ella.

—Llévame con tu padre —exigió el desconocido—. Ahora. —Céline rumió que se trataba de un nigromante.

—No podrás cruzar esta puerta sin invitación. —«Dentro estoy a salvo —pensó—. Dentro estoy segura»—. Y no estás invitado.

—Ah, ¿no?

—No.

El extraño esbozó una terrible sonrisa y adelantó un paso. De pronto, ya estaba dentro.