22. Collin´s Meadow #2
Así pues, decidido, dio un paso hacia el escritorio, colocó las manos sobre la planicie, e inclinándose hacia adelante, miró fulminante a la mujer hada.
—Habla —demandó Andrew.
Atardecía.
La luz que surcaba las copas de los árboles y se vertía en el entorno era, naturalmente, más opaca de la que los había recibido horas atrás.
Mary y Philip, seguidos por la centaura —Cleo, recordó se llamaba—, partían del bosque tras una maravillosa tarde.
Los Hijos fueron gentiles. También Loreen, quien, al finalizar su reveladora historia, encargó a la hija de Henna el cuidado de los jóvenes durante el trayecto de regreso. Por último, añadió:
—Recuerda, Mary. Aquí estaré siempre que me necesites: para hablar de tu madre o lo que sea, ¿entiendes?
—La chica asintió—. Lamento mucho no haber estado antes.
Conozco bien el sentimiento de soledad. A menudo me sentía sola a mi llegada al mundo exterior.
Pero cambió cuando me convertí en la líder del bosque, y fui parte de algo.
Tú eres parte de los Katterblack. —La miró con fervor y dijo—: No estás sola. Recuérdalo.
Sus palabras hicieron mella en Mary. La conmovieron sobremanera. «No estás sola».
Philip inquirió, rompiendo el silencio que ceñía la marcha:
—¿Qué te dijo Loreen?
Mary sonrió.
—¿Por dónde empezar? —El principio siempre era la mejor elección.
Le contó, en resumen, la historia de su vida antes de ascender al mundo exterior y convertirse en la líder del bosque de River Town, y también después de esto.
Según Loreen, ella y su hermana nacieron y crecieron en el reino de Azur.
Sus padres, por entonces sirvientes del rey Madon VII, fueron echados de la corte y el reino por razones que las hermanas jamás llegaron a saber.
La infame princesa Elleine, creían, había tenido que ver, pues el padre de las hermanas había descubierto un secreto de la heredera.
Pasaron los años, la familia estuvo errando de un reino a otro hasta que decidieron comenzar de nuevo en el mundo de los humanos.
Una vez allí, cada hermana siguió su camino y nunca volvieron a reunirse con sus padres—.
Me contó que, al llegar a River Town, en 1787, ayudó a la por entonces Líder del Bosque a idear un plan para mantener alejados a los argones.
—Conozco esa historia —intervino Cleo con la mirada turbada—. Madre me la contaba a menudo cuando era joven. Ella estuvo allí. Tristemente —añadió, bajando la cabeza y suspirando—, el plan no salió del todo bien.
—¿A qué te refieres? —preguntó Mary.
—Los Hijos consiguieron mantener alejados a los argones que amenazaban con atacar el bosque desde el norte, sí —explicó la joven centaura, que quizá no fuera tan joven—.
Nadie sabe quién los envió, en primer lugar.
Como fuese; solo unos cuantos de ellos lograron entrar en el corazón del bosque, y masacrar a varios Hijos, incluida Rowina, la líder en ese entonces.
—Oh —murmuró Mary, sorprendida.
—Yo también oí esa historia —expresó Phil, asintiendo—. Fue una época terrible, según mi madre. Ella también llegó a River Town por esos años. —Miró a Mary—. ¿Qué más te contó, Loreen? ¿Te dijo por qué ella y tu madre juraron no volver a verse?
—No —dijo Mary. Le causaba pesar. No fue capaz de preguntárselo después de oír aquellos dolorosos sucesos.
A ella, advirtió en su mirada, todavía la afectaban.
«Olvida todo», dijo la líder, y sus palabras hicieron cambiar de parecer a Mary sobre lo despreciable que decían que era.
Con ellas, Loreen hizo ver que también creía que Sam seguía vivo.
.., cuando muchos pensaban lo contrario.
Y si lo que decían sobre la Líder era cierto (que oía la voz en el viento), entonces sí valía la pena prestar atención a sus palabras—. Dijo que era... complicado .
—Ya. —Philip bajó la mirada y asintió.
Seguían caminando. La brisa se había tornado más fría a medida que pasaba el tiempo, y la luz reducía, proyectando las largas sombras de los árboles alrededor. El silencio imperaba, salvo por el batir de las hojas. El aire olía fresco: plantas, madera, tierra y...
—¿Escucharon eso?
Mary y Phil se detuvieron y volvieron la mirada; Cleo había hablado.
Parecía alerta. Meneaba la cabeza de un lado a otro con el ceño plegado a más no poder.
El silencio que sobrevino a continuación era tal que ni siquiera se oían el batir de las hojas o el trinar de las aves.
El corazón de Mary empezó a latir de bote y voleo.
Aferró la mano de Philip.
—¿Qué sucede? —preguntó éste.
Cleo no respondió. El cabello color canela le hondeó a la espalda y a los lados cuando sopló la primera ráfaga de viento (frío, por supuesto) en lo que parecían muchos años.
Estiró el cuello y se metió un mechón de cabello tras la oreja.
Acto continuo, llevó la mano hacia atrás, tomó una flecha del carcaj que cargaba a la espalda; la tensó en el arco y, sin previo aviso, se lanzó a la carrera hasta que Mary y Philip la perdieron de vista entre árboles y matorrales.
—Se supone que debía cuidarnos, ¿no? —masculló para sí Mary. Su corazón latía frenético.
—Quizá eso esté haciendo. —Phil parecía más tranquilo, pero alerta; meneaba la cabeza de un lado a otro—. Ella es joven, inexperta, y ansía el peligro.
En la voz de Philip, la palabra «peligro» sonaba ajena, algo distante. Con todo, Mary no pudo evitar estremecerse .
Cuando volcó de nuevo su atención en Philip, éste estaba extrayendo un par de nuxus , que emitieron un susurro metálico al contacto con el aire.
Escucharon un gruñido... y, de pronto, vieron emerger una silueta de entre los árboles. La enorme bestia —de pelaje negro y ojos rojos como brasas— empezó a trazar un círculo en torno a ellos. Gruñía.
—¡PHILIP! —vociferó ella.
Philip se volteó. Al mismo tiempo, el Fenrir saltó hacia el muchacho.
Mary gritó, aterrada. Se alejó mientras Phil caía de espalda empujando a la bestia con los pies hacia arriba.
El lobo Fenrir rodó hacia adelante e impactó contra un árbol.
Mary intentó retroceder, pero tropezó y cayó, sin quitar la mirada de la contienda.
El lobo se estabilizó rápidamente. También Philip; dagas en mano, estaba más que listo para enfrentarlo.
Entonces ocurrió, y más rápido de lo esperado: la bestia y el muchacho combatieron ferozmente.
Philip blandió sus armas; su poder incluido; necesitaba hacer acopio de todas sus pericias para enfrentarse a aquella monstruosa criatura, que lo superaba en fuerza y tamaño a ojos vistas.
De súbito, en un visto y no visto, el lobo Fenrir le arrebató a Philip una de las dagas con un zarpazo.
Phil no mostró preocupación. En un acto, quizás desesperado, movió una de sus manos (la que no tenía la nuxus ), y el Fenrir fue arrojado hacia atrás.
Golpeó contra un árbol y profirió un sonido estrangulado.
Pero eso no lo detuvo. Lo hizo la daga perdida de Philip, que éste levitó como un dardo hacia el lobo.
Un gruñido. Lo oyó a su espalda. Mary se volvió.
Una segunda bestia surgió de un conjunto de árboles.
Su feroz gruñido la heló un instante. Tenía dientes, muchos dientes, largos, blancos, afilados; y ojos tan rojos como los de su semejante.
Dio un paso hacia Mary; después, otro. Ella estaba inmóvil, presa del terror.
Así y todo, logró levantarse y empezó a retroceder, lentamente, al compás del lobo, que la observaba con ojos hambrientos.
Mary, en un punto, previó que estaba a punto de arrojarse sobre ella.
Entonces, una flecha apareció en el cuello de la bestia, que, gimiendo, se dobló hacia atrás.
En seguida se escucharon más flechas zumbando y otro gruñido agonizante.
Mary lo auscultó, más que vio, pues se había acuclillado con la cabeza metida entre las rodillas y los ojos cerrados; aunque se cubría las orejas con las manos, pudo oírlo todo: las flechas, los lobos, y el galope de docena y media de centauros —tal vez más— que irrumpía en la escena.
Supo que sus oídos no la habían engañado cuando, por fin, irguió el cuello y se atrevió a mirar.
En efecto, había un grupo que superaba por poco los doce centauros; Philip estaba junto a ella, instándola a que se pusiera en pie a la vez que le susurraba que todo había terminado.
Mary temblaba como un flan, aunque, a la sazón, no se daba cuenta.
Los cuerpos de los lobos Fenrirs yacían a escasa distancia de ella.
Minutos después, apareció Loreen galopando un fastuoso unicornio.
Probablemente el mismo que Mary había visto a su llegada al bosque.
La líder se bajó y se acercó con premura a su sobrina.
La estrechó como un bebé entre sus brazos y, con un tono maternal, le murmuró al oído que todo había terminado.
Mary, contra el pecho de Loreen, deseó que así fuera.
Lo dudaba.
—Te lo dije, Mary —murmuraba Loreen, acariciándole el cabello—. No estás sola. Ya no corres peligro.
En su voz, la palabra «peligro» tenía un tono sombrío.
Al anochecer, Andrew se encauzó a las ruinas calcinadas de la antigua fábrica de textiles Cartwright.
A medida que se aproximaba a la velada estructura pudo oler el aroma del hollín elevándose en el gélido viento nocturno.
Esto solo podía significar dos cosas, pensó Andrew: o había servidores de la oscuridad cerca o aquello solamente era un rastro aún persistente del incendio que arrasó con la construcción hace más de cincuenta años.
No, estaba seguro de que se trataba de Servidores.
Un servidor, en especial. Mahlon West.