22. Collin´s Meadow
COLLIN’S MEADOW
Collin’s Meadow, o al menos lo que quedaba, era un pequeño pueblo casi abandonado a las afueras de River Town.
Andrew había escuchado historias sobre él —como que años atrás una peste asoló una parte de su población y ahuyentó a otra, aunque aún quedaba una minúscula sección, humilde y trabajadora (suicida, opinaba Andrew)—, si bien nunca había puesto un pie allí. .. hasta ahora.
El panorama era desolador.
La brisa era calurosa, pastosa, lejos del fresco y afable soplo de River Town.
Andrew no tardó en localizar la taberna que Loreen le había indicado.
El cartel de madera, que se mecía precariamente adelante y atrás con los embates del viento, rezaba «LA ÚLTIMA MORADA» en los dos lados.
Dentro, era tétrico y mísero, como había esperado.
Al parecer, no había mucha clientela, pensó Andrew con sorna; sólo un hombre dormitando en la barra con un vaso en la mano, y otros dos en una de las mesas del fondo.
Estos eran moles enormes, de cabezas calvas y ojos hundidos en los rostros curtidos; vestían camisas arremangadas hasta los hombros, mostrando sus brazos musculosos y cubiertos con espesas capas de vello negro .
Uno de ellos miró ceñudamente a Andrew. Apartó la mirada al oír un comentario de su compañero.
No estaba allí para buscar problemas, pensó el muchacho; sino para encontrar al hermano de Mary y al señor Blackfell.
Así pues, hizo lo propio y fue hasta la barra.
Una vez allí, una mujer alta y regordeta lo observó con ojos foscos mientras limpiaba la planicie con un trapo húmedo.
—¿Qué quieres beber, muchacho? —le preguntó a Andrew. Su tono era áspero. Él se sentó en un taburete, frente a ella y junto al ebrio que dormitaba.
—Nada —dijo.
—¿Nada?
—Sí. Nada.
Súbitamente, la mujer detuvo su labor, frunció el ceño y cuadró los hombros. Era ancha, mofletuda, y casi tan grande como los hombres del fondo.
—Si no quieres nada —dijo ella—, entonces lárgate.
Andrew hizo caso omiso.
—Busco a Claudine —soltó.
Si el nombre tomó por sorpresa a la mujer, ésta no dio muestra de ello.
—No sé quién es. No he escuchado ese nombre antes.
—¿Ah, no? —Andrew no estaba convencido.
—No —dijo la mujer con dureza, y golpeó la barra con el puño que apretaba el trapo húmedo—. Ahora, ¡lárgate!
—Loreen dijo que Claudine diría eso: «No he escuchado ese nombre antes» —citó Andrew—. En lugar de decir: «¿Qué clase de nombre es ése?».
—Loreen. —De repente, la tabernera parecía tan sorprendida como consternada—. ¿Qué te ha dicho Loreen?
—Muchas cosas. —Andrew relajó los hombros, satisfecho. Tenía la atención de la tabernera—. Dijo que le debías un favor, y he venido a cobrarlo en su nombre. Me pidió que te recordara que ella era la Líder de los Hijos del Bosque y que te convenía cooperar en lo que estoy por pedirte.
—Si no, ¿qué?
—Bueno —dijo Andrew con naturalidad—, mencionó que haría correr el rumor de lo que eres en realidad.
Claudine se inclinó hacia delante.
—¿Tú sabes qué soy, muchacho? —dijo en voz baja, temerosa de que sus clientes pudieran oírlos; Andrew lo notó cuando echó un vistazo a los hombres del fondo y otro al ebrio dormido sobre la barra—. ¿Sabes o no?
—No lo sé —contestó él, y cruzó los brazos sobre el pecho—. Según Loreen, si sabía lo que eras, morirías, y yo perdería la oportunidad de obtener el conocimiento que deseo saber. Así pues, no insistí.
Claudine asintió, ceñuda, y se irguió hacia atrás. Parecía aliviada.
—Pues bien —suspiró; luego, se aclaró la voz y preguntó—: ¿Qué es, exactamente, lo que quieres saber?
—Quiero encontrar a... —¿A quién? ¿Mahlon West?
¿Elio Blackfell y Samuel Cartwright? Podía equivocarse.
Loreen le advirtió que tuviera cuidado con lo que pedía.
Si exigía saber la ubicación de Mahlon West, corría el riesgo de hallar al nigromante, mas no a sus cautivos.
Lo mismo con Sam Cartwright; puede que el señor Blackfell no esté con el chico, y si salvaba a uno estaría condenando al otro.
Y no podría volver a ver a Lloyd a la cara —nunca más— sabiendo que había condenado a su padre.
Ni a Mary, si condenaba a su hermano.
—Habla —espetó Claudine.
El borrachín dormido despertó de repente. Alzó la cabeza con gesto abrumado y saboreando su paladar, y después examinó su vaso con una mueca chiflada que, en otras circunstancias, Andrew se habría echado a reír al verla.
—Sírveme otro, Magda —pidió el hombre.
—Magda —repitió Andrew, enarcando una ceja—. Así que te haces llamar de esa forma. Supongo que el nombre completo es Magdalena, ¿no?
—No es tu asunto, muchacho —escupió Claudine, hosca, mientras servía el trago al borrachín.
El fuerte aroma del ron flotó hasta las fosas nasales de Andrew, que ladeó la cabeza.
Al terminar la tabernera le hizo una seña con la mano para que la siguiera hacia una puerta ulterior a la barra—. Ven conmigo.
Andrew acató.
Momentos después, entraron a una especie de despacho.
Allí estaba un chico, entre ocho o nueve años, sentado tras el escritorio.
Tenía cabello castaño oscuro y enormes ojos jade.
Quizás se trataba de un mestizo. El resultado de una idílica aventura de Claudine con algún humano.
Sí, Claudine era un hada. Andrew lo había advertido al entrar al cenceño despacho mejor iluminado, si cabe, que la taberna.
Sus ojos eran jades, característicos de su pueblo; su nariz, ganchuda; sus mejillas, rojizas; y su cabello, oculto bajo una incipiente pañoleta, era de un tono rosado pálido.
—Newt —dijo Claudine con voz dulce—, ve y ocúpate de limpiar la barra mientras atiendo a...
—Andrew —dijo éste.
—Pero no he terminado de hacer cuentas —protestó el chico con un mohín.
En efecto, se fijó Andrew, sobre el escritorio había un montón de centavos apilados como torres.
—Déjalo, Newt, yo terminaré .
El chico agachó la cabeza, como si intentara evitar la mirada de Andrew a toda costa, y salió del despacho.
Una vez la puerta se cerró, Andrew preguntó:
—¿Quién es?
—No es tu asunto...
—Respóndeme.
La tabernera resopló.
—Un huérfano —respondió a regañadientes—. Sus padres murieron en la peste, hace años; al menos su madre murió, ya que era humana. Su padre, un haduno, se largó y lo dejó a su propio cuidado. Durante un año estuvo perdido, hasta que me encontró. Ahora, es como el hijo que nunca tuve.
—Ya. —Andrew asintió, turbado. Esa historia le resultaba familiar. Demasiado.
El despacho, si bien cenceño, contaba con varias ventanas que daban vista al frente y a los lados.
La vista, por supuesto, no era una maravilla.
Un montón de casas abandonadas y en ruinas, y, más allá, la sombra de dos enormes estructuras de ladrillo.
Fábricas. Inmediatamente, Andrew recordó el incendió que acabó con la fábrica de textiles de los Cartwright.
«Cartwright —pensó—. La familia de Mary». Abrió mucho los ojos.
—¿Qué sucede? —oyó decir a Claudine, hostil como de costumbre.
Andrew parpadeó y meneó la cabeza.
—Nada.
—No te creo.
—Da igual. —Andrew cuadró los hombros—. No importa. No tiene nada que ver con lo que me ha traído. Y no quiero perder más tiempo. Apuesto que tú tampoco. Así que, quiero saber dónde encontrar a Sam Cartwright. Quiero decir, Samuel .
La mujer lo miró impasible. Entrecerró los ojos.
Se había sentado en la cómoda butaca detrás del escritorio tras la salida de Newt; en cambio, Andrew había permanecido en pie, firme y decidido, ante ella, mientras recordaba para sus adentros la historia del incendio que terminó con la fábrica de Cartwright durante la administración del abuelo de Mary.
Sucedió en 1842, hacía ya cincuenta años.
Pensó: «Quizá allí, entre las ruinas y el polvo, se halla lo que estoy buscando».
Claudine se irguió hacia delante.
—¿Estás seguro de que es eso lo que deseas saber? —preguntó ella, despacio—. ¿No te gustaría saber algo más?
«Algo más...».
Su padre. La idea de por fin conocer su paradero le cruzó la cabeza. Al fin podría saber si estaba vivo o no.
En cambio, dijo:
—Estoy seguro.
Claudine asintió.
—Bien —dijo ella, y se echó hacia atrás—. En ese caso, te diré lo que quieres saber.
Cerró los ojos, y por un largo instante, nada pasó. Después, los abrió. Para sorpresa de Andrew, brillaban. Y más.
«No es posible...», pensó él, mirando boquiabierto como los ojos de la mujer hadúna refulgían.
La imagen era aterradora. Y tanto. Claudine tenía la espalda recta, los brazos tendidos hacia adelante en la planicie del escritorio, y las manos engarfiadas.
Murmuraba palabras confusas con los labios apretados.
El ligero temblor de la tabernera hizo que las torres de monedas se tambalearan y cayeran.
Mientras la contemplaba, Andrew solo podía pensar en una cosa: Mary.
Aquella noche en el jardín de Katterblack, Mary había manifestado los mismos síntomas: los ojos brillantes, la expresión tensa en el rostro, las palabras incomprensibles, el cuerpo agitándose espasmódicamente; Claudine parecía controlar esto último bastante bien.
Al cabo, la mujer volvió a cerrar los ojos un largo minuto e inspiró profundo antes de abrirlos. Ya no brillaban. Miró a Andrew.
—Tengo la respuesta que...
—¿Qué acaba de ocurrir? —la interrumpió él.
Claudine pareció confundida un instante.
—¿Qué?
Andrew repitió la pregunta, inflexible, incapaz de percibir su tono. Quería saber qué acababa de ocurrir.
Claudine balbuceó:
—Yo... eh... Si respondo tu pregunta, moriré, y conmigo, el conocimiento que deseas saber, ¿eso quieres?
Lo quería.
Al mismo tiempo, estaba allí con una misión. Tenía que recordarlo. Vidas dependían de ello. Claro está, le encantaría volver a River Town con algo más que el hermano de Mary. Y esto era la respuesta a cuál era su verdadera naturaleza. Sin embargo, pensó, la vida era un asunto más apremiante.