21. Los Hijos del Bosque #2
Ella miró. A unos metros de distancia, vislumbró a.
.. a un unicornio. Su corazón dio un bote de júbilo.
El unicornio estaba con su cría, que más parecía un poni en aquel momento.
Sus pelajes eran blancos como nieve virgen, y brillaba.
Un cuerno sobresalía de la faz de la madre.
«Un regalo sagrado de los Primeros Seguidores a sus leales prosélitos», había leído.
Madre y cría se alimentaban del pasto crecido en torno a un gran roble.
—¿Qué opinas? —preguntó Phil.
—Son hermosos.
Phil asintió.
—Sí. Hermosos. Y, sobre todo, valiosos.
—¿A qué te refieres? —dijo Mary. Lo miró con el ceño ligeramente fruncido.
—El polvo de cuerno de unicornio —explicó él— tiene propiedades mágicas muy poderosas. Los servidores de la oscuridad se valen de ellas para sus sombríos conjuros; o aumentar sus fuerzas, tal como hacen con la sangre hadúna. Además, los unicornios también son de gran atractivo para los...
—... Fenrirs —se adelantó Mary. Al mismo tiempo, se estremeció.
—En efecto.
Más adelante, se toparon con un afectuoso grupo de sátiras y faunos.
A Mary le resultó imposible quitarle los ojos a sus piernas velludas y a los retorcidos cuernos que surgían protuberantes de entre sus cabellos.
Philip se los presentó de uno en uno. Al parecer, cada especie de Hijos del Bosque tenía su propio líder o cabecilla.
—Mary, él es Tamlin —presentó Phil—, el líder de los faunos.
El fauno inclinó la cabeza y sonrió. Tenía mejillas sonrosadas, labios aleonados y llamativos ojos verdes.
—Oh, qué hermosa jovencita eres —dijo Tamlin .
Mary se ruborizó. Apenas pudo formular las palabras para agradecer el cumplido.
—Escuchamos sobre tus pérdidas —expresó uno de los faunos detrás de Tamlin. Tenía ojos grises y el cabello rizado color miel—. Sobre tus padres. Y, por supuesto, también tú hermano.
—Él es Hilig, señorita Mary —dijo Tamlin con los labios tensos—. Como ve, todo un imprudente. —Y le propinó un cocotazo al aludido. Éste profirió un «¡Ay!», sobándose la cabeza.
Mary apenas pudo contener una risa. Ladeó la cabeza.
Notó que Phil no estaba a su lado. Le extrañó.
¿En qué momento se habría alejado? No importaba.
Lo divisó, a cierta distancia, acompañado por un trío de sátiras sonrientes.
Si bien, una de ellas, se fijó, parecía desconsolada.
Mary se preguntó si se trataba de Misa, la sátira que acababa de perder a su hermana.
—No tenías por qué mencionarlo, tonto —seguía riñendo Tamlin. Mary volvió a enfocar a los faunos—. Lo que menos necesita la señorita en este momento es que le eches en cara sus pérdidas. Mucho menos, tu compasión.
Hilig protestó:
—Pero, merece saberlo... Saber que el muchacho...
—¿Saber qué? —preguntó Mary; fruncía el ceño.
Los faunos cruzaron una mirada. De improviso, antes de que alguno pudiera contestar, una banda de pequeños elfos voladores emergió de la nada sobrevolando alrededor de Mary.
Ella sonrió, fascinada. Eran seres diminutos, brillantes.
Tenían alas traslúcidas y narices y orejas afiladas.
Llevaban flores de varias clases: dalias, lirios y margaritas, entre otras.
Mary tardó un instante en darse cuenta de que se trataba de una corona floral .
—Debí advertírtelo —comentó Phil cuando reanudaron su camino hacia el corazón del bosque—. Rwin, Twin y Mwin hacen las mejores coronas florales.
Ella se limitó a sonreír. Estaba nerviosa.
Su corazón latía velozmente. Presentía que se estaban acercando.
Lo sentía en la boca del estómago. La verdad sea dicha, no era una sensación agradable.
Todo lo contrario. La consumía la incertidumbre.
¿Cómo sería? ¿Se parecería a su madre? ¿Le gustaría leer, o contar historias, tanto como a ella?
¿Sería buena o...? Debía tranquilizarse.
Entonces sintió, tal como le había advertido Phil, la esponjosidad del suelo bajo sus pies.
El pasto crecía más verde y frondoso en el corazón del bosque.
—Hemos llegado —anunció Philip.
En aquel momento el cielo se abrió sobre ella.
El sol vertió sus cálidas centellas sobre los recién llegados; los árboles quedaron atrás a medida que subían la colina que marcaba el centro del bosque.
Arriba, un árbol de corteza blanca y hojas púrpuras la coronaba.
Sus ramas, bellamente entretejidas, parecían rasguñar el cielo.
Absorta, Mary tomó la mano de Philip mientras ascendían.
Olvidó, por un breve momento, con quién estaba a punto de reunirse.
Una tenue ráfaga de viento agitó su cabello. Sonrió.
Entonces, llegaron. Allí estaba ella. No hizo falta que las presentaran.
La reconoció como si la hubiese visto de antes, pintada en un retrato o algo parecido.
Como si un aura mágica la envolviera en un halo de luz.
Loreen. Su cabello era dorado pálido como oro blanco, su piel tan clara como la corteza del árbol que se erguía a su espalda.
No podía parecerse menos a su madre, pensó Mary.
No obstante, mirándola mejor, cambió de parecer.
Tenía la misma naricilla y los ojos color jade, por supuesto, que su difunta hermana.
La curva en sus labios, al sonreír, también era parecida .
No estaba sola. Con ella, en ese momento, estaban un viejo fauno de expresión arisca, y el troll más enorme —si bien estaba arrodillado ante la líder del bosque— que Mary hubiera visto hasta ahora.
Este tenía la cabeza gacha. Más que solemne, parecía triste.
Loreen, que había estado mirando a Philip y a Mary mientras se aproximaban, volvió su atención hacia el troll.
—Lamentamos tu pérdida, querido Ulloa —dijo la líder del bosque.
Puso su mano suavemente en la cabeza del troll—.
Saelon era valiente, vivió siendo lealtad, y así murió.
Siempre lo recordaremos. Su memoria será honrada mientras este bosque, y todas sus criaturas, permanezcan.
—Cerró los ojos un instante, e inspiró hondo—. Su alma ha vuelto con la Madre.
Sobrevino un silencio. Al cabo, Loreen abrió los ojos y dijo:
—Ahora, levántate.
Y el cabecilla de los trolls se levantó y Phil y Mary quedaron ocultos por su sombra.
—Gracias, señora. —Ulloa asintió con la cabeza y se fue cabizbajo, sin notar la presencia de los jóvenes recién llegados.
Quien sí advirtió sus presencias —desde el principio, dicho sea de paso—, fue Loreen.
—Oh, Philip, cariño. —Se acercó al muchacho y le rodeó el cuello con los brazos efusivamente—. No había vuelto a verte desde que... —Sonrió—. Ya no recuerdo desde cuándo.
—Hace mucho tiempo, sí —reconoció Philip, bajando la mirada—. Lo siento. Debí haber venido antes.
—No, cariño —dijo Loreen—. Está bien. No tienes por qué disculparte conmigo.
Sé que has estado dando lecciones de piano a la hija de Richard Katterblack.
Además, has estado entrenando con Greystar cada tarde y velando por el bienestar de tus hermanos.
No tengo derecho a reclamarte nada. Yo..
. —No terminó. Miró a Mary como si se tratase de un fantasma—. ¿Sylvia? —musitó.
—Mary —la corrigió Philip—. Su nombre es Mary, no Sylvia.
—Sylvia era mi madre —dijo Mary.
Philip la miró con el ceño fruncido.
—¿Sí?
—Sylvia era mi madre —repitió Mary—. Ella y Loreen se conocían. —Centró la mirada en la Líder, que seguía impasible y enmudecida—. Eran hermanas.
—¿Hermanas? —Philip, a ojos vistas absorto, se giró hacia Loreen—. ¿Es cierto?
La Líder parpadeó.
—Te pareces tanto a ella —murmuró, en cambio—. A tu madre, quiero decir.
—Eso he oído —afirmó Mary.
Loreen se acercó a ella más despacio de lo que había hecho con Phil. La abrazó.
Pasó un minuto. Mary, envuelta por los brazos de la líder del bosque, permaneció inmóvil, incapaz, por alguna razón, de devolverle el gesto.
No entendía el aprensivo sentimiento que la detenía.
O, más bien, sí. Aquella mujer, que bien podía ser la única familia de parte de su madre que le quedaba —sangre de su sangre—, era una desconocida para ella.
No quería resultar herida, mucho menos traicionada.
Y, tal como había leído en la Enciclopedia, los seres hadúnos eran propensos a traicionar por naturaleza.
No la mayoría, y muchas veces no por propia voluntad.
Incluso su madre, pensó ella, pudo haber traicionado a su padre con el hombre que éste refirió en su carta.
«No. Basta de pensar en el pasado» .
Despacio, Loreen se apartó, sin reducir la sonrisa. Al verla a los ojos, Mary sintió un escalofrío en la piel expuesta de sus brazos y su cuello. Esbozó una sonrisa.
—No lo sabía —oyó balbucir a Philip; seguía boquiabierto.
—Pocos lo saben —indicó Loreen, bajando los brazos—. Me extraña que Katterblack te lo haya dicho.
—¿Por qué?
—Me culpa del rapto de... oh... el chico.
—Samuel —dijo Mary—. Prefiere que lo llamen Sam.
—Sam —repitió Loreen—. Bello nombre. También Mary.
—No fue Katterblack quien me lo dijo —indicó Mary, pragmática. Como si de verdad importase ahora aclarar ese punto—. Fue...
—Val —la interrumpió Loreen.
—Sí. ¿Cómo... lo sabes?
Loreen sonrió. Tal parecía que le complacía oír esa pregunta.
—Te contaré más tarde —dijo—. Me hace feliz que por fin hayas venido y sepas la verdad, Mary. Soy casi la única familia que te queda.
—No es así. —El tono de Mary sonaba casi mecánico, incluso a sus oídos; no podía evitarlo—.
La tía Alice, y mis primos Leonard, Céline y Elise, son mi familia.
Y, desde luego, también Sam..., donde quiera que esté en este momento.
—Su hermano no estaba con ella, sí, pero sentía en su corazón que aún seguía con vida.
—Por lo visto, no pierdes las esperanzas —dijo Loreen. La miraba atentamente—. Eso es bueno. Y tienes razón. Todavía tienes familia, sí. Mucha más de lo que crees.
Mary frunció el ceño y preguntó:
—¿Qué quieres decir ?
Loreen abrió y cerró la boca. En aquel momento, alguien carraspeó.
—Señora. —Era el viejo fauno que estaba con Loreen cuando Mary y Philip aparecieron. Parecía haber vuelto de algún lugar al que había ido tras la llegada de los dos jóvenes. Su postura era encorvada—. ¿Qué hay del... asunto?
—Más tarde, Salim —contestó la líder del bosque con voz levemente imperiosa—. Como ves, estoy atendiendo un asunto más importante. —Y amplió la sonrisa.
—Sí, señora. —Salim hizo una inclinación con la cabeza y se alejó una vez más.
Loreen miró a Philip. Su amplia sonrisa relampagueaba cuando lo tomó por los hombros.
—Philip, querido, me alegra tenerte de vuelta y pasar un rato ameno en tu compañía después de mucho tiempo. Más que nada, te agradezco de corazón que hayas traído a Mary hasta mí. Me encantaría pasar un momento a solas con ella. —Miró a la aludida—. Tenemos mucho de qué hablar.
Philip y Mary cruzaron una larga mirada. Ella quiso suplicarle que se quedara.
—Sí, claro —dijo, por fin, Philip—. Nos vemos más tarde.
Una vez solas, Loreen repuso:
—Imagino que tienes muchas preguntas. Muchas. Sobre tu madre.
—En efecto.
—Entonces, sin más preámbulos, hazme la primera.
Mary caviló un instante. Sí, tenía muchas preguntas sobre su madre.
Quería saber, para empezar, el motivo por el que ella y Loreen juraron mantenerse alejadas de por vida.
¿Qué sabía acerca de las visiones sobre fantasmas que también le afectaron?
¿Y qué había sobre el hombre que mencionaba su padre en las cartas?
¿Cuántos años, realmente, tenía su madre la última vez que se vieron?
Y, en éstas, ¿por qué no intervino el otro día durante los hechos que llevaron al rapto de su hermano en el camino del bosque?
Dios, ¿de verdad quería saber todo eso? ¿Cuánto estaría dispuesta a contarle Loreen?
Loreen suspiró una risita.
—Vaya —expresó—. Tal parece que son tantas preguntas que te has quedado sin palabras.
—Mary abrió la boca para decirle que en realidad ya sabía qué le iba a preguntar, pero calló—.
Pues bien. En ese caso, te contaré todo sobre nuestras vidas antes de venir al mundo exterior; sobre tus abuelos y el lugar donde Sylvia y yo nacimos; cuándo nos separamos tu madre y yo y por qué, y cómo terminé siendo la Líder del Bosque. La historia completa. ¿Estás preparada?
—Sí.
—Bien. —Loreen la tomó por el brazo y, con cuidado, la condujo hacia el árbol blanco que coronaba la colina en el corazón del bosque. Y empezó—: Tu madre y yo nacimos en Azur, el feudo más próspero e importante de los nueve que conforman el Reino de Escarcha. Quizá hayas oído hablar de él...