Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 31. Al fin reunidos
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31. Al fin reunidos

AL FIN REUNIDOS

Finalmente. Collin’s Meadow.

El lugar seguía tan inerme y abandonado como Mary a duras penas lo recordaba.

En el pasado, contó Lloyd, este pueblo habría igualado o, incluso, superado el esplendor de River Town.

Aquello había sido antes de que la peste lo devastara, dejando sólo un rastro de su antigua gloria; o, en palabras de Lloyd, una calavera apenas existente de lo que nunca llegó a ser.

A simple vista, el pueblo se componía de un conjunto de casas de dos plantas y alrededor de una docena de edificios derruidos que, de forma precaria, se conservaban erguidos.

Lloviznaba. La brisa, así como la notoria ausencia de habitantes, resultaba sobrecogedora.

Mary cruzó una mirada llena de zozobra con sus compañeros.

Entonces oyeron una algazara al final de la calle principal, lo que atrajo de súbito la atención de todos.

Grace hizo conato de desenfundar sus dagas; Abby la detuvo con un gesto.

—Sólo son niños —los calmó Ulises Witheford.

En efecto. Era un grupillo de niños que no superaban los nueve años; algunos escasamente tenían piel sobre los huesos y color en las mejillas; desnutridos y pálidos por el frío, el retrato que conferían era deprimente.

Mary sintió que le faltaba el aire. De un salto, bajó de la montura que compartía con Lloyd, e hizo ademán de encaminarse hacia ellos, quienes jugaban a espadachines con palos de madera.

Pensó que tal vez su hermano podría estar entre ellos.

—¡Mary! —oyó decir a Abigail desde atrás.

—¿Adónde va? —masculló Grace.

«Sam», pensó Mary, y una mano se cerró en su muñeca y la detuvo en el acto.

—Tu hermano no está ahí —dijo Ulises en tono suave cuando ella se volvió para mirarlo—. Son huérfanos de la peste.

Mary suspiró hondo y se mantuvo quieta, alternando la mirada con sus compañeros: Abby había bajado de la montura, Grace también, y además había enfundado sus armas; Lloyd seguía sobre su castaño con la vista turbada puesta en ella. Otro suspiro y se volvió hacia el grupo de niños.

Estos no habían parado sus juegos, aunque algunos veían muy quietos hacia donde estaban Mary y sus compañeros.

La joven todavía guardaba esperanzas de hallar a su hermano.

No obstante, ninguno de aquellos niños tenía el rostro de Samuel.

Qué estúpida, pensó ella con un golpe de abatimiento que le dobló las rodillas y cayó al suelo de tierra.

Desde luego que Sam no estaba allí, Mahlon West lo tenía en algún lugar oscuro y frío. .. Y Andrew...

«Debo ser fuerte —dijo para sus adentros al tiempo que se enjugaba los ojos con el dorso de la mano—. Sam y Andrew me necesitan».

Unas manos la abrigaron por la espalda. Mary se sobresaltó, solo un poco, pero se dio cuenta que solo se trataba de Abigail.

—¿Estás bien? —le preguntó suavemente a Mary .

—Sí. —Se puso en pie y se sacudió la tierra de la falda. Había dejado de llover—. Debemos encontrar la taberna.

Abby sonrió.

—No creo que eso suponga un problema —dijo. Y señaló con un dedo más allá de Mary.

Mary se volvió y miró. «LA ÚLTIMA MORADA», rezaba el cartel de madera, mecido por los embates del viento.

El edificio del que pendía era chato y cuadrado, con una fachada descolorida donde imperaban el óxido y el polvo.

Quizás era la estructura menos escalofriante del lugar, a simple vista.

Aunque nadie podía asegurar lo que había allí dentro.

Mary compartió una brevísima mirada con sus compañeros antes de avanzar con vehemencia hacia La Última Morada.

Una vez dentro, Mary sintió que se le erizaba la piel.

La iluminación era exigua rayana en lo oscuro absoluto; las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas, y el abandono se percibía en el aroma que pululaba en la sala principal: un almizcle seco y penetrante, una fétida mezcolanza entre el vómito rancio y el olor a cigarrillo.

En efecto, era un lugar aciago y deprimente como todo, al parecer, en aquel pueblo.

—¿Qué más se puede esperar de un sitio en medio de la nada y a esta hora de la madrugada? —increpó Lloyd contemplando todo con un gesto de absoluto desagrado. Seguramente había olido el vómito rancio.

—¿No hay nadie? —preguntó Ulises a nadie en concreto.

Pero alguien respondió. La voz vino de entre las sombras, en un extremo de la barra donde yacía el que parecía ser el único cliente de la taberna.

—¿Qué hacen aquí?

La mujer emergió, con una expresión en el rostro que emulaba el tono agrio de su voz .

Mary había ahogado un sobresalto al momento de la inesperada irrupción.

Se fijó en el resto de sus compañeros antes de que Abigail se adelantara hasta la barra; la mujer que estaba tras el largo y polvoriento mesón era muy alta y repolluda, con una papada robusta y tambaleante como una cortina de piel.

Sus ojos eran negros... al menos esa era la impresión que daba desde la distancia.

—¿Tú eres Claudine? —le preguntó Abigail con firmeza.

—¿Quién pregunta?

—Abigail Treddaway. Y busco a mi hermano.

Grace se adelantó y se plantó como un tronco junto a la otra joven.

—Ella no hace las preguntas, Abigail —espetó. Desde ese ángulo, Mary no alcanzaba a ver la cara de la joven Startclyde, pero se podía imaginar aquellos fieros rasgos taladrando el rostro de la tabernera—. ¿Eres Claudine? Loreen nos ha enviado contigo.

La mujer se inclinó hacia adelante y colocó las manos sobre la barra; con el ceño fruncido, estudió a cada uno de los desconocidos.

Lloyd primero, luego Ulises, y después Mary, donde la mirada se demoró un poco más pero se mantuvo impasible.

Por fin, observó a Grace y a Abby, a quien dedicó una reluciente sonrisa.

—Tu hermano, sí —respondió—. Se parecen mucho, ahora que reparo en ese rostro tan bello que tienes, muchacha. —Profirió una risita escalofriante; la papada osciló—. El joven Treddaway estuvo aquí hace cuatro días. La Líder del Bosque se está cobrando al doble el favor que me hizo, y no es justo.

—¿Adónde lo enviaste? —preguntó Abigail. La voz le salió más trémula de lo habitual.

—No muy lejos .

—¡¿Dónde?!

Si el exabrupto de Abby sorprendió a Claudine, ésta no dio muestra alguna. De igual forma respondió:

—Las ruinas de la fábrica Cartwright. —Encogió los hombros con descaro—. El joven y guapo caballero quería encontrar a un niño llamado Samuel Cartwright. No sé quién es.

«Es mi hermano», se contuvo de decir Mary, apretando las manos a sus costados. Tragó aire.

—¿Por qué lo enviaste a ese lugar? —intervino Lloyd, acercándose a las dos jóvenes—. ¿Ahí está Samuel Cartwright?

Mary se acercó más y logró ver mejor los rasgos de Claudine, apenas pudo dominar la sorpresa cuando advirtió enormes ojos jades en las sombras. Claudine sonrió en su dirección, como si acabase de notar la fijeza de la muchacha.

—¡Tú! —exclamó la tabernera. Le brillaban los ojos con avidez—. Eres una de nosotros.

—¿Te refieres a un ser haduno? —repuso Grace con acritud—. Sí, eso ya lo sabemos. ¿Andrew y Samuel siguen en las ruinas de la fábrica Cartwright?

Claudine tornó los ojos.

—No —increpó—. El nigromante se los ha llevado hace dos días. Hizo una parada aquí.

—¿Mi hermano estaba con él? ¿Qué hay de Samuel? —Abby se adelantó, acelerada, excitada por la posibilidad.

—¡Ah! Ya estoy harta de preguntas —Claudine golpeó la mesa y balbució una sarta de maldiciones en la lengua perdida de las hadas; sus lecciones con la señorita Atwood ayudaron a Mary a comprender cada una de ellas—.

Váyanse ya, o van a despertar al pobre Angus —dijo, y señaló al hombre que dormitaba en la barra con una botella de ron a un lado de la cara achatada .

—No nos iremos —gruñó Grace mientras empuñaba las daxarus — hasta que hayas respondido todas nuestras preguntas.

—Pues, no responderé nada más —interpeló la tabernera con aire despreocupado—. ¿Qué harás al respecto?

Grace avanzó con fiera disposición, pero se detuvo al oír su nombre en una voz estrangulada.

—Grace —murmuró Ulises.

Cuando el grupo se volvió, divisó al joven Witheford ceñido por los enormes brazos de un hombretón que amenazaba con quebrarle el cuello.

Ulises se había mantenido más atrás que el resto, y también más silencioso, y era evidente por qué; los demás no habían advertido la presencia de aquel hombre.

Un pálido reluciente y fantasmal había calado rápidamente el rostro del muchacho; su expresión era de auténtico terror.

El corpulento que lo apresaba era el hombre más formidable que Mary hubiese visto en su vida, tanto que Ulises parecía un niño de cinco o seis años entre sus brazos.

El corazón de Mary empezó a latir con rapidez. Oyó una risita agria desde la barra y se volvió, para advertir que el resto también se giraba hacia Claudine.

—Les presento a Brutus —dijo, e hizo un gesto con la mano hacia el hombre que retenía a Ulises—.

Y a Moray. —Señaló hacia la oscura esquina de la que había salido; un hombretón, tan corpulento y calvo como el primero, emergió de la penumbra—.

Son mis hijos. Mis dulces y queridos hijos.

Tienen una oportunidad para irse. —Se encogió de hombros—.

A las ruinas de Cartwright o a casa, como gusten; les estoy dando una última oportunidad de largarse con vida de mi local. Y la oferta está por expirar.

Su mirada se oscureció .

Mary aspiró hondo y le sostuvo la mirada, dado que la mujer la veía con tanta intensidad.

Se preguntó qué había querido decir con que era una de ellas.

Las daxarus de Grace, desenfundadas, relucían en la oscuridad emitiendo siseos bajísimos que no parecía intimidar a la tabernera, así como la joven no se intimidaba por la presencia de aquellas moles que Claudine había presentado como sus hijos.

El aire se había impregnado de una tensión tan punzante que se podía cortar con un suspiro. Mary temía tanto a lo que fuera a hacer Claudine como a lo que fuese a pasar con Ulises en consecuencia de los vigorosos impulsos de Grace Startclyde.

—Está bien —dijo por fin Lloyd. Se había mantenido en silencio y parecía conservar la misma serenidad de siempre. Lanzando una mirada aplacadora a Grace y a Abby, hizo un gesto conciliador con las manos—. Nos iremos.

—¿Qué dices? —estalló Grace.

—Sí. —Suspiró profundo—. Si mi padre y sus hermanos siguen en las ruinas de la fábrica, debemos acudir de inmediato. No hay tiempo que perder —añadió apremiante.

—¿Sus... hermanos?

La voz vino de la barra. Claudine tenía una expresión de evidente consternación en el rostro. Entonces su mirada se cruzó de nuevo con la de Mary. Claro, la mujer hada no sabía que Samuel Cartwright, el niño que había estado buscando Andrew, era en realidad su hermano; nadie lo había mencionado.

Creció la tensión. Algo extraño había cambiado en la postura de aquella mujer hadúna, percibió Mary.

—¡Brutus, Moray —ordenó por fin Claudine—, asesínenlos a todos! ¡Háganlo ya !

De pronto, antes de que cualquiera hubiese hecho algún movimiento, se oyó que una puerta abrirse.

La sombra de una pequeña persona cruzó el lado contrario de la barra corriendo hacia Claudine, a quien abrazó con fervor.

La mujer hada abrió los ojos de hito a hito, con una expresión de profundo espanto.

Las armas de Grace destellaron. La tensión en el ambiente se tornó asfixiante.

Mary apenas pudo contenerse cuando aquel jovencito alzó sus enormes ojos color jade hacia el grupo de extraños que se hallaba en la estancia.

—¿Mary? —dijo el chico, con voz vacilante, mientras se apartaba del resguardo de Claudine.

—¿Lo conoces? —le preguntó Lloyd a Mary.

—Sí —respondió ella. Y dando un paso al frente, extendiendo los brazos, añadió—: Sam.