20. Luciérnagas en el jardín #2
Mary suspiró. Su mano se desprendió de la de Andrew al apartarse de él y darle la espalda.
Estaban bajo la sombra de un arco de ramas, hojas y flores silvestres.
La muchacha lo cruzó para ver más allá, las columnas de mármol, más flores y arbustos y, adelante, los árboles.
Sorbió por la nariz. Cada recuerdo que evocaba de su familia era como un flechazo al corazón.
—Debe ser extraño —comentó Mary—. Vivir con alguien que sabe lo que piensas cada instante de tu vida.
Andrew se acercó a ella por detrás; lo supo al sentir el tenue aire de su respiración en la nuca.
—Abby juró que nunca más lo haría —dijo él—. Sin embargo, luego de la partida de mi padre, cuando ella comenzó a desarrollar más su don, no había ocurrido nada mejor entre nosotros. Además del lazo de hermanos, ella podía sentir lo que yo cuando vi salir a mi padre a mitad de aquella noche.
Mary se volvió. Apenas pudo contener un sobresalto al darse cuenta de la cercanía de Andrew.
—¿Tú lo viste partir?
Él suspiró y asintió.
—¿Y qué te dijo?
—Dijo que lo sentía —contestó; su tono era lúgubre, aún dolido—. Que tenía que hacerlo. Luego abrió la puerta y se marchó.
—¿Y no fuiste tras él?
—No.
—¿Por qué?
Andrew bajó la vista y suspiró profundamente. Mary no había visto a nadie así antes, a nadie excepto a su pequeño hermano previo al rapto: estaba vulnerable, con el alma abierta y el dolor centelleándole en los húmedos ojos .
—Porque era un niño y tenía miedo —dijo tardíamente—. Después de aquella noche, intenté buscarlo; incluso Katterblack me prometió que lo haría, pero nadie supo más de él. Se esfumó. Como por arte de magia.
—Oh, Andrew... —Mary le acarició la mejilla y lo abrazó con fervor.
Entonces pudo sentir su dolor, su tristeza, su rabia.
La pérdida era una herida que tardaba en sanar.
Tardío, como si reuniera valor, Andrew le devolvió el abrazo.
Ella percibió los latidos de su corazón en su mejilla: no estaba acelerado, sino herido.
Alzó un poco la cabeza, buscando su mirada, y la encontró.
Un minuto después, Andrew exhaló, y ambos se apartaron, aunque se mantuvieron tomados de las manos.
Reanudaron el paseo a través de los arcos entretejidos.
En algún punto, Andrew se adelantó, y Mary lo contempló, inmóvil donde se separaron, mientras el joven se alejaba.
De pronto, él se detuvo y se volvió hacia ella, sus ojos tenían el brillo de esquirlas de hielo azul.
—¿No vienes? —le preguntó.
Mary parpadeó.
—Sí, sí —dijo, y apuró el paso.
Entonces llegaron. La fuente de la ninfa.
Allí, al parecer, era adonde Andrew quería llevarla.
Cinco pilares de mármol sostenían el techo abovedado sobre la ninfa con el tarro bajo el brazo.
Mary se acercó al mirador y observó el otro extremo del jardín: una extensa planicie verde oscuro flanqueada por altos árboles de acacia.
Era hermoso. Y no pudo contener una risita.
—¿Esto querías mostrarme? —preguntó ella, dirigiéndose a Andrew. Éste estaba tan cerca, que Mary le rozó el pecho con la nariz al girarse. Esto causó un estallido de risa entre ambos. Cuando acabó, ella repitió su pregunta .
—No —contestó Andrew. Su tono era apacible. Alzó las manos y aplaudió una vez. Después, señaló la distancia con la mano—. Mira.
Y ella miró. Los árboles de acacia... los árboles estaban iluminados. Pequeñas luces doradas parpadeaban en las copas. Mary, absorta, sonrió llevándose las manos a la boca. Luciérnagas, supo. Y alrededor de ellos, danzando en el aire, había muchas más. Cientos. Miles, tal vez.
—Es bellísimo —musitó Mary. Entonces se volvió para comprobar que Andrew también las estuviera viendo.
La estaba mirando a ella.
—Sí —murmuró—. Bellísimo.
Durante un minuto, se limitaron a mirarse el uno al otro.
Al cabo, Andrew se adelantó hasta ella y, como antes, la rodeó con sus brazos a la altura de la cintura.
Al mismo tiempo, Mary, que contenía el aliento sin darse cuenta, le envolvió el cuello con su brazo y lo atrajo hacia ella.
El beso fue inminente. Una sensación insuperable e intensa.
Cálida. Mary nunca había experimentado tales sensaciones.
Ni siquiera las había imaginado hasta ese día.
Y se dejó llevar, tanto por el beso como por el suave roce de las manos de Andrew en su rostro.
Sus dedos eran ásperos y callosos. Sus labios, en cambio, eran suaves, etéreos, volátiles.
Si hacía frío, Mary era incapaz de sentirlo; su cuerpo ardía, y el de Andrew también; sentía su calor a través de sus labios, de su tacto, de sus breves miradas cada vez que abría los ojos a penas una rendija.
Por primera vez desde que llegó a River Town —quizás en meses—, Mary no se sentía perdida, ni sola.
Andrew la había encontrado y estaba con ella.
En la oscuridad, la llama que manaba de él la había conducido a casa.
Esta vez no se alejaría de ella. Se apartaron un poco.
Andrew aún le ceñía la cintura y le devolvía la mirada con intensidad.
Como quien contempla una joya valiosa antes de desprenderse de ella.
Ante este pensamiento, Mary no pudo evitar estremecerse.
—¿Estás bien? —preguntó él; tenía el ceño levemente fruncido.
—Sí.
—¿Estás segura?
—Estoy bien. De verdad.
Andrew le apartó un mechón de la cara.
—Pensé que... —Sacudió la cabeza—. Nada.
—¿Qué?
—Nada.
—Sabes que seguiré insistiendo hasta que me digas lo que pensaste. Soy insufrible, ¿recuerdas?
Andrew soltó una risita. Después, dijo:
—Es que... por un momento creí que no me corresponderías.
—Debo confesar que me tomaste por sorpresa, sí; pero, la verdad, es que eres impredecible, Andrew. Como cuando me trepaste la falda para comprobar mis heridas, ¿recuerdas? Tan impredecible que ni tú mismo te das cuenta.
—Tal vez —dijo Andrew, asintiendo con la cabeza—. Pensé que te gustaba Holbrooke.
Mary abrió los ojos.
—¿Qué? —dijo, anonadada—. ¿Philip?
—Sí. Siempre lo miras y te brillan los ojos y sonríes. Confías más en él que en mí.
—Él me abrió su corazón primero. —Mary suspiró.
¿Había sido tan sencillo para Philip abrirle su corazón con respecto a su familia como lo fue para Andrew?
, se preguntó—. Él me habló sobre sus padres y sus hermanos, y pensé que teníamos mucho en común.
Y, en efecto, así es. Me siento identificada con él, eso es todo.
—¿Y cómo te sientes respecto a mí? —Andrew la miraba fijamente.
Mary caviló.
—Segura —dijo finalmente.
El muchacho la miró un instante. Sus dedos le alcanzaron la mejilla, el brillo de sus ojos siguió el movimiento.
—Yo siento —empezó él— todo lo contrario.
Mary frunció el ceño.
—¿Qué? ¿Te sientes inseguro conmigo?
—No. —Andrew apartó la mano; mas no la vista de ella—. No, no es lo que quería decir.
—Explícame.
Él suspiró.
—Siento que estás en peligro —dijo por fin—. Y temo que no podré protegerte cuando algo terrible ocurra. No quiero que termines herida, Mary. O peor.
—Nada me ocurrirá si estás cerca.
—¿Por qué estás tan segura?
—Confió en ti. Tú me has salvado la vida, en más de una ocasión.
Andrew sonrió y le acarició los labios con la yema del dedo pulgar. Un gesto de infinita ternura.
—Y lo haría de nuevo —dijo él—. Mil veces más.
Una hora después de haber salido al jardín, Mary regresó a la mansión.
No dejó de sonreír en todo el trayecto. Ni siquiera el frío que imperaba dentro fue capaz de congelar su buen ánimo.
En su habitación, se quitó el abrigo y, en seguida, se metió en el lecho, cubriéndose las piernas con la pesada colcha de lana.
Pegó la mejilla a la almohada y cerró los ojos.
El rostro de Andrew destelló en la oscuridad.
Evocó, asimismo, el paseo de vuelta a la mansión Katterblack a través del jardín, junto a Andrew.
El entorno parecía más brillante entonces, opinó.
Una vez en la puerta de acceso a la cocina, ella se volvió hacia el joven, y sin problema advirtió que estaba tenso de hombros.
—Hace frío —había dicho Andrew; el labio inferior le temblaba levemente—. Deberías entrar ya.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
—Nada. —Andrew esbozó una sonrisa para respaldar su respuesta. Pero eso no convenció a Mary.
—No has dicho nada de regreso. Ha sucedido algo. ¿Te arrepientes?
—¿Tú te arrepientes? —reversó él.
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿qué sucede?
—Quería decirte algo, además de mostrarte las luciérnagas —reveló Andrew, y ella lo oyó suspirar profundamente; Mary se había fijado en que ese era un rasgo característico del muchacho cuando dudaba—. Tal vez no deba, pero sería injusto callarlo.
—¿Qué es, Andrew?
Él volvió a suspirar.
—No hagas eso —exclamó Mary.
—¿Qué? —Andrew la miró turbado.
—Eso. Suspirar.
—Debo hacerlo.
Mary dio un paso hacia él y lo miró directo a los ojos .
—¿Por qué? —interrogó ella, con voz sosegada—. ¿Qué tienes que decirme, Andrew? ¿Se trata de nosotros?
— ¿Nosotros? —La miró con el ceño fruncido. Suspiró—. Será mejor que me vaya.
Hizo ademán de volverse, pero Mary lo tomó de la mano.
—¿Me dirás?
Él ya no la miraba. Observó cómo su espalda ascendía y descendía en otro suspiro.
—Dime —le pidió en un susurro.
Andrew se volvió, la tomó entre sus brazos y la besó, dulce y apasionadamente.
Luego, se marchó sin mirar atrás.
No fue capaz de llamarlo. Hacía tanto silencio fuera que el mínimo sonido podía alertar a los señores de la casa, o a sus empleados, y Dios no lo quiera.
A lo mejor no era tan importante lo que tenía que decirle, pensó ella.
En tal caso, ¿por qué calló? Y su mirada.
.. Quizá, después de todo, sí se arrepentía de lo que pasó esa noche.
«No, no —dijo en su fuero interno—. Se trata de otra cosa, lo siento.
De lo contrario, no me habría dicho que me salvaría mil veces más».
Resopló y se irguió, apartando bruscamente la colcha.
Sabía que con esos pensamientos no podría dormir.
Necesitaba despejar su cabeza, y solo había una forma de hacerlo.
Así pues, cogió las últimas dos cartas de su padre de la mesita de noche.
Las abrió al mismo tiempo. Leyó la primera.
Esta no revelaba nada de gran preeminencia, salvo el macabro descubrimiento que había hecho su padre sobre Horace Holbrooke (que mencionaba sin entrar en detalles; según su padre, el tío de Philip había sido acusado de cometer prácticas antinaturales con otro hombre, el cual fue castrado y, más tarde, murió desangrado); Horace, decía su padre, había recuperado el cuerpo de su amante e intentaba, mediante magia oscura, traerlo de vuelta .
No funcionó, claro. Horace Holbrooke era Seguidor de la luz y no iba a dejar de serlo, menos si sabía que sus sobrinos iban a necesitarlo dado que su cuñada estaba en sus últimas.
De modo que Horace había desistido de sus intentos y volvió a River Town para cuidar de ellos.
Mary bajó la carta. ¿Y si, después de todo, Horace no había desistido en sus intentos?
Según Philip, su tío pasaba día y noche encerrado en el ático de la casa Holbrooke, apenas lo veía una o dos veces por semana.
Probablemente había retomado su funesto propósito de traer a la vida a su amante. Y Phil podía no estar al tanto de ello.
Mary dejó la carta a un lado y tomó la siguiente, la última que había recibido Katterblack de su padre. Según la fecha en el reverso del sobre, había sido enviada un mes antes de su muerte. Mary inhaló y exhaló. Después, comenzó a leer. Le sorprendió su brevedad.
Estimado Richard,
No sabes cuánto me complace que, por fin, cambiaras de opinión y que aceptaras mis condiciones, después de tantos años.
Supongo que tu flamante esposa —mi hermana— tuvo mucho que ver con esto.
Le agradezco en tal caso. Sylvia y yo estamos ansiosos por recibirlos en nuestro hogar.
Tus sobrinos, sin duda, se llevarán una grata sorpresa.
Mary es toda una señorita, y el joven Samuel, un niño ávido que está próximo a cumplir diez. Le dará gusto conocer a sus tíos.
Atentamente,
MICHAEL