Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 20. Luciérnagas en el jardín
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20. Luciérnagas en el jardín

LUCIÉRNAGAS EN EL JARDÍN

—¿Qué haces aquí? —profirió Mary, airada.

Andrew se puso un dedo en los labios y susurró.

—Baja la voz —dijo—. Katterblack acaba de regresar y no quiero que nos escuche.

Mary se puso en pie y cogió la bata que reposaba sobre el dosel de la cama.

—Para empezar —dijo ella, en voz baja—, no deberías estar aquí.

Andrew cruzó la habitación. Mary abrió mucho los ojos; él se detuvo ante ella, muy cerca, lo suficiente para un beso. En su lugar, solo recibió un roce de manos. Mary bajó y alzó la mirada. Sus ojos se hallaron.

—Quiero mostrarte algo —susurró Andrew. Luego la miró de arriba abajo—. ¿Tienes algo más... abrigado?

Mary frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Que si tienes algo más abrigado?

—¿Por qué?

—Tengo que mostrarte algo. Fuera.

—Andrew —enunció Mary, cauta pero firme—. Es de noche. Y fuera hace mucho frío .

—Nada de eso te va a matar, Mary. —Hablaba en voz baja, dulce, con un poco de urgencia. Realmente quería que lo acompañara. Ante su silencio, Andrew le tomó la mano—. Ven conmigo, por favor.

Mary sintió un hormigueo en la boca del estómago.

Los ojos azules de Andrew relucían a través de las sombras que resguardaban su rostro.

Su mano —que sostenía la de Mary con ternura y súplica— era áspera y callosa; sus dedos, gráciles y delgados.

Él suspiró. Mary levantó una mano, la que Andrew no le sostenía, y le acarició suavemente la mejilla.

El muchacho no pareció notarla; su atención, su mirada, su respiración, pertenecían a ella.

Entonces parpadeó y se aclaró la garganta.

—¿Vienes conmigo?

Mary, avergonzada, se apartó de él y le dio la espalda para que no la viera enrojecer. Tragó saliva.

—No, Andrew...

—¿Confías en mí?

Ella se volvió.

—Apenas te conozco.

—Te salvé la vida... más de una vez.

«Oh, Dios», pensó Mary; tenía razón.

—¿Adónde iremos?

—No muy lejos.

—¿Dónde?

Andrew resopló airado y se pasó la mano por los dorados cabellos.

—Eres insufrible, ¿no? —dijo, la voz baja—. Confiaste en Holbrooke la otra noche, cuando te llevó al salón de los Viejos Conjuros. ¿Por qué no confías en mí?

Otra vez, tenía razón.

Mary apretó los labios y cruzó los brazos.

—Bien —resopló Andrew—. Iremos al jardín. Quiero mostrarte algo.

—¿Por qué?

—No. —Andrew sonrió; después, caminó hacia la puerta—. Ven conmigo y te muestro. —Y abrió.

—¡Andrew! —protestó Mary con voz sosegada en cuanto lo vio salir. Tal y como lo había hecho la noche antes del baile del solsticio, pensó ella. Era exasperante.

Mary pisó fuerte y profirió una maldición con los labios apretados. Acto seguido, fue al armario y cogió un abrigo de pana marrón y un par de guantes de cuero; se los puso mientras salía hacia el pasillo de las habitaciones. Una vez fuera, vislumbró a Andrew bajando las escaleras. Apuró el paso.

La mansión Katterblack estaba a oscuras y en silencio.

Mary alcanzó al muchacho al final de la escalera.

Continuaron por el pasadizo lateral que llevaba a la cocina.

De pronto, Andrew se detuvo, y Mary impactó contra su espalda.

Susurró «Shhh» con un dedo en los labios.

El pasillo estaba sombrío, naturalmente.

Mary temió que los hubieran pillado en plena faena nocturna.

Entonces, Andrew se giró y, cubriéndole la boca, la llevó consigo hasta la pared.

Ella ahogó un gemido. Escucharon, a la distancia, la rasposa voz de Sutr conversando con la mucama de la tía Alice en la lengua hadúna.

Mary a duras penas podía respirar, en parte por el temor de que los pillaran, en parte por la presión del cuerpo de Andrew contra el suyo: sus músculos estaban tensos, y tenía su rostro a la altura de sus cabellos.

Mary advirtió el tenue aroma a lavanda que impregnaba su camisa.

Su respiración era cálida; su tacto, frío.

Las voces se alejaron. Andrew siguió aglutinado contra ella.

Lento, asomó la cabeza, y Mary vio brillar sus ojos azules a través de la irresoluta opacidad.

Se miraron fijamente. Ninguno sabría decir cuánto tiempo.

Un minuto, diez. No importaba. Bien pudo haber sido una corta eternidad.

Por último, Andrew susurró algo a regañadientes —una maldición, tal vez—, y la besó en los labios.

Al principio, torpe. Después, entre dulce y apasionado.

Mary, absorta, apenas pudo seguir el pausado movimiento de la boca sobre la suya.

Era la primera vez que alguien la besaba.

¡La besaban de verdad!

Entonces lo razonó. No era un sueño. Era real.

Y le rodeó el cuello a esta maravillosa realidad para atraerla más hacia ella.

En tanto, Andrew —su realidad— le ceñía su menuda cintura con los brazos y la apretaba contra su cuerpo con tanta delicadeza como si temiera quebrarla o algo parecido.

Sus labios eran suaves a la vez que fríos.

Podía estar en ellos durante horas, pensó Mary.

Y, en aquel momento, sus bocas se apartaron profiriendo una honda exhalación.

—No quería hacer esto aquí —jadeó Andrew.

—¿No?

—Quería que fuera en el jardín.

—Eso querías mostrarme, ¿eh? —Ella sonrió.

Andrew tenía la respiración un poco exaltada.

—Sí... Quiero decir, no. —Sonrió nervioso—. No era mi intención inicial.

Por la intensidad del beso, pensó Mary, parecía todo lo contrario. Reanudaron la marcha y atravesaron la despejada cocina hacia la salida al jardín.

Una vez fuera, el cielo estrellado se abrió ante ellos.

Sí, era la primera vez que Mary veía un cielo tan abundante como aquel; era la primera vez que salía con un muchacho de paseo; y era primera vez que alguien la besaba.

La primera vez en tantas cosas. Estaba tan abrumada por las emociones que revoloteaban como mariposas de fuego en su estómago, que no apreció la oleada de frío que embistió contra ellos en la primera ráfaga de viento; notó, en cambio, cómo el agarre de la mano de Andrew se tensó en la suya.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

—¿Estás segura? Como predijiste, hace mucho frío.

Allí fue cuando ella cayó en la cuenta: hacía frío, mucho. Y tiritó.

Andrew sonrió.

—Qué bueno que te pusiste ese abrigo —dijo—. Ahora vamos; casi es medianoche.

—¿Qué ocurrirá a medianoche?

El muchacho hizo un mohín divertido.

—¿Algún día dejarás de hacer tantas preguntas?

Mary no supo qué responder. Encogió los hombros.

—Eso creí —repuso Andrew, y se volvió, con la mano de Mary en la suya, para guiarla.

Ella ya conocía el camino. Pero le gustaba que Andrew la condujera; nadie conocía mejor aquel lugar que Andrew y que su hermana.

Con él estaba a salvo. Luego pensó en la historia de Sutr sobre el asesinato del mensajero del primer Katterblack por un argón.

Respiró profundo. No se iba a mostrar cómo una joven asustadiza, no ahora que estaba con Andrew.

Continuaron por el camino de piedra. Lo flanqueaban arbustos bien podados hasta la primera fuente —la trucha—, donde, noches atrás, Mary tuvo un escalofriante encuentro con el fantasma de su madre.

Andrew no la miró al pasar junto a ella y seguir por el camino hasta la siguiente fuente.

Mary había contado al menos tres de ellas en un breve recorrido que hizo con Céline a su llegada: la primera fuente tenía una trucha botando agua por la boca; la segunda, un tritón que blandía una espada en vez de un tridente; y la tercera, una ninfa que sostenía bajo el brazo un tarro, del que surgía el agua que caía en el estanque.

Cruzaban la mirada de piedra del tritón cuando uno de los dos habló.

—¿Qué quieres mostrarme, Andrew? —acabó preguntando Mary.

—Cuando lleguemos a la ninfa, lo sabrás —respondió Andrew con una sonrisa exasperada.

—Ya. —Mary suspiró. Luego recordó—: ¿Cuándo ibas a decirme que podías leer mentes?

De súbito, Andrew se detuvo en seco; se giró hacia ella y la miró con el ceño fruncido. Tal vez por eso se había atrevido a besarla en el pasillo sabiendo que no lo rechazaría, pensó ella. Porque podía escuchar sus pensamientos. Él rio.

—Yo no —dijo. Se calmó y le explicó—. Me temo que te has equivocado, Mary, yo no puedo leer mentes.

—Supe que ese era el don de la luz de los Treddaway. Leer mentes.

—E imagino quién te lo dijo —repuso él, al tiempo que retomaban el paseo, la mano de ella en la suya.

En esa parte, incurrían los arbustos recios engalanados con preciosas rosas rosadas, azules y blancas (estas últimas eran para honrar a los muertos, había leído en la Enciclopedia).

Arcos de ramas y flores entrelazadas se elevaban sobre el camino interrumpiendo la vista de la luna y el cielo estrellado; estos también estaban adornados, no con rosas, sino con claveles y crisantemos amarillos, rojos y púrpuras, que, bañadas por las sombras, parecían negros—. Fue Olee, ¿no es cierto?

—No importa —dijo Mary—. Siempre supiste lo que pensaba... —«Lo que pensaba cuando te tenía cerca». Se preguntó, casi de inmediato, si Andrew habría escuchado eso.

Éste no lo demostró.

—Quien fuera que te lo haya dicho, se ha equivocado terriblemente —replicó él—. Yo no puedo leer mentes.

—Ah, ¿no?

—No.

—Entonces...

—Abby —la cortó Andrew, paciente—. Ella nació unos minutos antes que yo.

—¿Y qué? Son mellizos, ¿no?

—Sí. Pero, al parecer, la magia es bastante puntual al momento de entregar el don al primero de cada descendencia, incluso entre mellizos. —Andrew relajó los hombros—. Abby tiene el donum lucis de nuestra familia porque es la primogénita por unos minutos.

—Vaya. —Mary hizo un auténtico esfuerzo para no parecer aliviada. Quería desternillarse.

—Sí. Lo sé.

—No es justo.

—La vida no es justa. Y, aun así, no me quejo.

—Tienes razón —dijo ella, casi sin advertir sus palabras. Andrew se detuvo.

—Lo siento —expresó él, apenado—. La vida, ciertamente, ha sido más injusta contigo que conmigo. Has perdido a tus padres y a tu hermano, quien, estoy seguro, sigue vivo aunque ahora no esté contigo. Al menos, yo tengo a Abby .