Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 19. La propuesta #3
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19. La propuesta #3

El señor Katterblack suspiró profundamente y se levantó.

Por el traje negro, Mary conjeturó que partiría a la iglesia Saint Peter para dar el pésame a la familia Westwick.

Según le había dicho Céline, los Westwick eran una familia de creencias católicas y, por tanto, la viuda, que provenía de una familia de gente común, organizó una vigilia de rezos y plegarias por el alma de su marido y demás inocentes que perecieron la noche del baile.

—Ha anochecido ya —anunció Richard Katterblack con la atención puesta en la ventana.

En efecto, el cielo estaba oscuro. Si bien, Mary no alcanzaba a ver si estaba estrellado o no.

—Será mejor que me apresure —siguió Katterblack—. No quiero...

—¿Qué hay de mi madre y sus... alucinaciones? —soltó Mary.

Katterblack se tensó; la sonrisa se disipó poco a poco de sus labios.

—Oh, Mary, ya habrá tiempo —respondió tardío—. Debo irme.

—Quiero saberlo —insistió ella.

—No, no quieres.

Y, sin más, Katterblack dejó tan rápido los aposentos que Mary no tuvo tiempo de objetar.

Se levantó de la cama y cruzó el dormitorio hacia la ventana.

El cielo era de azul intenso, casi negro absoluto, como un mar de brea, tal cual lo había descrito Olee.

Le sorprendió vislumbrar que la criada también tuvo razón en otra cosa.

Un sinfín de estrellas colmaba el cielo nocturno; titilaban y refulgían en torno a la inmensa luna redonda en su interminable batalla.

La salita de estar de la cabaña estaba casi a oscuras.

Solo un par de velas mantenía a raya la completa oscuridad.

Andrew y Abigail acababan de cenar un pastel de patatas que le había enviado la señora Katterblack con su mucama personal, Giinet.

Estuvo bueno. Andrew se encargó de fregar los platos mientras Abby salía al exterior para efectuar su primera ronda nocturna por el jardín.

A su vuelta, su mellizo se estaba poniendo una pesada chaqueta de tono ceniza que le hacía verse más pálido y robusto.

Abby lo miró con el ceño fruncido. Andrew, por lo visto, no la advirtió entrar.

—¿Adónde vas? —preguntó ella.

Andrew alzó los ojos.

—Tengo que algo hacer —dijo simplemente.

—¿Tiene que ver con Loreen? —Abby no lo había recordado en la cena, de manera que no sabía si la Líder del Bosque le había concedido a su hermano el conocimiento que deseaba, y a cambio de qué—. ¿Te dijo dónde encontrar al chico?

Andrew suspiró y enfiló la puerta. Abigail lo tomó por el brazo y lo obligó a volverse de cara a ella.

—Dime —exigió.

—Me ha enviado con alguien que puede decirme dónde encontrarlos —respondió él.

—¿Adónde?

—No puedo decirte. No ahora.

—¿Cuándo?

Andrew no respondió.

—¿Qué te ha pedido a cambio? ¿Te vas a reunir con ella?

—No con ella. —Él se aproximó a su melliza, le puso las manos en los hombros y bosquejó una sonrisa.

Su mejor sonrisa—. Está bien, Abby. Loreen no me ha pedido que asesine a nadie o robe algún objeto valioso.

Ella sólo me quiere a mí. A cambio, me ha indicado dónde comienza la senda que me llevará hasta el padre de Lloyd y el hermano de Mary .

Mary. Con ella iba a reunirse. Abby lo oyó en el pensamiento de su hermano cuando le preguntó a dónde iba.

—Debo acompañarte.

—No.

—¿No?

—No —repitió Andrew, firme; se apartó de ella y abrió la puerta—. En serio, no es necesario. Yo mismo me he metido en esto y, por tanto, seré yo quien se salga. No puedo permitir que más inocentes caigan en las garras de Darkling.

—¡Pero eres mi hermano! —protestó Abigail. Lloraba.

—Sé cuidarme solo.

Y, dicho aquello, se marchó.

Kenneth estaba en la bodega, haciendo inventario, cuando su hermano Clay apareció en el umbral con la respiración exaltada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ken.

Clay tomó una profunda bocanada de aire y respondió:

—Han vuelto.

—¿Quiénes?

—Los Reedstter.

Kenneth maldijo para sus adentros. La noche anterior, los hermanos Reedstter se aparecieron repentinamente en la taberna para amenazarlo con contar su oscuro secreto familiar.

El cual, según ellos, descubrieron la noche del baile del solsticio.

Ken no tenía motivo para no creer esto. Al fin y al cabo, lo sabían.

E intentó persuadirlos de mantener la boca cerrada contándoles toda la historia que rodeaba aquel maldito secreto.

No funcionó. Los Reedstter no recularon con sus inicuas intenciones.

Ian, además, lo chantajeó con decirle la verdad al Gremio si Ken no les hacía un favor a cambio.

Al oír de qué se trataba, Kenneth exclamó:

—¡No puedo hacerlo! Yo...

—¿Por qué no? —intervino Caroline—. ¿Qué es un pecado más para un condenado?

—Lo que me piden...

—No es tan difícil —atajó Ian—. Y no es nada que no hayas hecho antes, ¿recuerdas? Joseph Westwick y las personas que fallecieron en el baile del solsticio, son la prueba más reciente de ello. Claro, sin incluir a tu padre, Henry Hornwood.

—¿Mi padre?

—Sí. Seguramente, el otro tú también tuvo que ver con su muerte.

—¡Ya te lo dije! —gritó Kenneth—. ¡No fue así!

—Nadie te creerá cuando la verdad salga a la luz.

Ken parpadeó, despejando las oscuras nubes mentales en su cabeza.

Su hermano esperaba una respuesta. Lo miraba fijamente.

Ya respiraba con normalidad, si bien aún parecía tenso.

Kenneth recordó su actitud, hostil y grosera, tras la visita de los hermanos Reedstter el día anterior.

Había tenido que pedirle disculpas a su hermano al final de la jornada por haber desquitado su furia con él.

Su padre no habría estado nada orgulloso.

—Está bien, Clay —dijo Kenneth, por fin—. Que vengan.

—¿Aquí? —Su hermano lo miró como si hubiese perdido la cabeza. Y tal vez así fuera.

—Sí. Aquí.

—Pero —indicó Clay, vacilante—, este no es el lugar más adecuado para recibir a una señorita.

—¿No ha venido Ian ?

Clay negó con la cabeza.

—Da igual. Que venga.

Su hermano asintió. Luego desapareció. Kenneth soltó la respiración.

Se pasó la mano por la cabeza. Tuvo que apoyarse en un tonel para no caer al suelo.

Desde la muerte de su padre se sentía el doble de cansado.

Como si dos personas habitaran en su cuerpo.

Respiró profundo. Debía enfocarse en Caroline Reedstter.

No podía permitir que nadie supiera que Darkling y él.

.. No, nadie podía saber la verdad, el oscuro secreto que atormentaba a su familia desde hace casi un siglo.

Lo ahorcarían. ¿Quién, entonces, cuidaría de sus hermanos y de su madre?

Durante las noches, su único consuelo era saber que él no era el responsable de los recientes asesinatos en el pueblo, y podía dormir.

«No son mis manos las que están manchadas de sangre».

—Qué lugar tan... sombrío. —La bella silueta de Caroline Reedstter apareció recortada en el umbral—. Debo admitir que, con todo, me gustaba más tu habitación. Era más... íntima.

Sin introitos, Ken preguntó:

—¿A qué has venido?

Como si no lo supiera. El leve bullicio de la taberna sobre sus cabezas llegaba hasta la bodega.

Caroline suspiró. Lucía un pesado abrigo parduzco de piel de zorro.

Sus ojos negros centelleaban al mirarlo.

Entró a la bodega y barrió con la vista el almacén mientras se acercaba a Kenneth a un paso casi felino.

Ken se humedeció los labios. Caroline era tan bella, quizá la más bella de River Town.

—¿Has pensado en la propuesta que te ofrecimos? —preguntó ella. Su voz era profunda, sensual. Estaba a una distancia peligrosamente cerca de él .

—Sí.

Caroline le pasó el pulgar por los labios.

—¿Y qué has decidido?

Tras una pausa, Ken respondió.

—No lo haré.

—¿Estás seguro? —musitó Caroline. Pero no parecía decepcionada.

Kenneth asintió. Ella guardó silencio un instante.

Sus ojos centellaban. Entonces lo pilló por sorpresa, y lo besó en la boca.

Aturdido, Kenneth tardó un instante en devolverle el beso.

La apretó contra sí. Dios, era tan menuda que temía quebrarla.

Sus labios surcaron los suyos con fiereza.

Caroline no era como las demás jóvenes del pueblo; Ken lo supo la otra noche, y en ese instante lo estaba confirmando.

Entonces se apartaron. Ella preguntó—: ¿Lo harás ahora?

—Yo no... —empezó él.

Y antes de que pudiera continuar, Caroline dejó caer su abrigo. Estaba completamente desnuda.

—¿Y ahora?

Kenneth percibió los labios secos. Sentía las mejillas ardientes y un cosquilleo en la entrepierna. Caroline bajó la mirada y sonrió. Kenneth se sintió avergonzado, aun así, no hizo ademán de cubrirse la erección; más que sorprendida, Caroline parecía maravillada.

—Veo que estás dispuesto —dijo ella, acercándosele—. Quiero que lo asesines, Kenneth.

Éste la recibió entre sus brazos.

—Lo haré —jadeó Ken al tiempo que la besaba apasionadamente—. Sí, sí, lo haré.

—¿Cuándo?

—Mañana .

Caroline lo empujó hacia la pila de toneles en un rincón y le bajó los calzones.

Luego, se irguió y lo tomó por la camisa.

Los botones saltaron cuando la abrió a la fuerza.

Ken era inexperto. No había estado con una mujer antes.

Sin embargo, Caroline parecía tener más experiencia. Ella lo guiaría, sí.

Esa noche, y mañana.

Después de la cena con la tía Alice y Elise —Céline acompañaba a su padre en el réquiem de Westwick—, Mary regresó a su dormitorio.

Mientras se colocaba el camisón para dormir, pensó en las palabras del señor Katterblack.

Y seguía pensando en ellas al meterse entre las suaves sábanas de algodón y coger una de las cartas de su padre que estaban en la mesita de noche sobre la Enciclopedia.

Necesitaba respuestas. Así pues, rompió el sobre con el abrecartas y sacó el escrito. Se adecuó la almohada, y empezó a leer:

Estimado Richard,

Han ocurrido varios sucesos reseñables este último año. Me gustaría poder contártelos en persona, pero, tras tu última carta, pude comprobar que aún después de tantos años no apruebas los motivos que causaron la separación de nuestras familias y, asimismo, nuestra marcha hacia Boston.

Con todo, siempre serás bienvenido a mi hogar, mientras no tengas la intención de exponer ante mis hijos la magia o cualquier ente relacionada con ella; por favor, díselo a mi hermana. Sé que a ella le dará gusto saberlo, y quizás sea la única que pueda hacerte cambiar de opinión.

Hace unas semanas recibimos una visita inusual desde River Town. Al menos, para Sylvia .

En la carta, su padre mencionaba que había vuelto a casa más temprano de lo que acostumbraba y encontró a un hombre desconocido hablando con Sylvia.

Según su padre, no había visto a su esposa más feliz desde hace mucho tiempo.

Michael los observó con discreción por la ventana hasta que aquel caballero se marchó.

Solo hablaron y bebieron té. Como dos buenos amigos del pasado.

Hablaron sobre los niños. En especial, Mary.

.. Temo que ese hombre sepa la verdad sobre ella, o que Sylvia se lo haya revelado.

No quiero perder a mi hija, a mi pequeña niña.

Sé que Sylvia estuvo enamorada de él antes de que lo estuviera de mí, o al menos eso fue lo que ella me aseguró cuando la encaré con respecto a la visita.

Esa noche tuvimos una discusión, y se negó a decirme qué más le había dicho a aquel hombre sobre nuestra hija.

Sylvia no dijo nada. Más tarde, la oí susurrándole historias al pequeño Sam sobre su hogar, el Reino de Escarcha.

Sé que eso no puedo arrebatárselo.

Y no volvimos a hablar del tema. Ahora nuestras cenas son silenciosas, y nuestras noches tan frías como el beso de la muerte.

Atentamente,

MICHAEL

¿De qué hombre estaba hablando su padre?, se preguntó Mary al bajar la carta; ¿a qué se refería con aquella última frase «nuestras noches tan frías como el beso de la muerte»? ¿Qué verdad no quería su padre que aquel hombre supiera?

Mary dejó la carta a un lado e hizo ademán de tomar otra cuando sonaron unos golpecillos contra la puerta. El sonido llegó tan súbito, que el corazón le subió acelerado hasta la garganta. Se le puso la piel de gallina. En aquel momento, la puerta se abrió, y una sombra penetró en su habitación.