Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 19. La propuesta #2
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19. La propuesta #2

—¿Te refieres a Loreen? —inquirió Katterblack; Mary asintió—.

Lo sabe. La Líder sabe muchas cosas, y no dudo que tu existencia y la de tu hermano estén entre ellas.

Sin embargo, nunca acudí a ella después de tu llegada.

Me pareció desconsiderado que no enviara a los Hijos a interferir en el asalto de Mahlon West aquella noche.

Tuvo que haber sabido lo que pasaría, y aun así, no hizo nada para salvarte a ti y a Sam, sus sobrinos .

—¿Qué pudo haber hecho? —soltó Mary sin medir su tono.

Katterblack no pareció notarlo. Con voz calma, respondió:

—Por ejemplo, pudo haber enviado a centauros y trolls a enfrentarse a Mahlon West y sus subordinados.

¡Demonios!, incluso pudo haber ido ella misma y neutralizado a los oscuros con su magia, o haber hecho cualquier cosa para impedir el rapto de tu hermano y el tuyo.

Pero esto no ocurrió, ¿o sí? Entre los miembros del Gremio, incluyéndome, hay quienes ponen en duda la verdadera probidad de la Líder del Bosque de River Town.

Mary no daba crédito. Su tía. Katterblack estaba hablando de su tía.

El único familiar de su madre que le quedaba en el mundo.

Y, según el hombre que se lo había estado ocultando, se trataba de una vil traidora que habría sido capaz de dejarlos morir a su hermano y a ella sin piedad alguna.

No podía creerlo. No lo creía. Lo hubiese abofeteado si no los separara un amplio escritorio.

Y también porque no quería entorpecer la oportunidad de saber más sobre el pasado de sus padres.

Así pues, Mary cruzó los brazos y se tragó su amargura.

Preguntó:

—¿Por qué mi madre y su hermana se separaron?

Richard volvió a suspirar.

—No lo sé, Mary —dijo. Parecía sincero—.

Tu padre, si mal no recuerdo, tampoco lo sabía.

Loreen y Sylvia así lo quisieron. No dijeron a nadie sobre la decisión de separarse; lo hicieron y ya.

Loreen llevaba tiempo viviendo en River Town, como Líder de los Hijos del Bosque.

Un día, Sylvia decidió visitarla; y poco después de aquella reunión entre hermanas, tu madre conoció a tu padre.

Pocos sabían del lazo que unía a Loreen y a Sylvia.

Y con muy pocos me refiero a tu padre, a mí y a. .. —Se interrumpió .

Mary frunció el cejo y descruzó los brazos.

—Fue ella —dijo Richard tras un largo instante de silencio. No era una pregunta—. Atwood. Ella te lo dijo.

Mary no respondió.

—No importa, ¿o sí? —dijo, en cambio—. Solo importa que ahora lo sé. —Después pensó—. ¿Alice sabe que...?

—No —se apresuró a decir Richard—. En el amor, a veces, es mejor guardar un secreto inofensivo que soltar una mentira dañina.

—Supongo que no querías herirla a ella también, ¿no?

—Cómo te dije, fue una promesa que hicimos tu padre y yo a Sylvia y Loreen de no decir la verdad sobre el vínculo entre ellas —contestó Katterblack—. El secreto incluye a hijos y a esposas. Al parecer, Val no hizo aquel mismo juramento.

—¿Qué hay de mi madre? —insistió la muchacha, determinada. Tenía una oportunidad, y no iba a desperdiciarla.

Richard la miró confundido.

—¿Qué sucede con ella?

—¿Qué le ocurría? —Mary mantuvo su postura—. En sus cartas, mi padre decía que mi madre tenía alucinaciones; que aseguraba ver fantasmas; que se despertaba a mitad de la noche con ojos brillantes y decía cosas ininteligibles. ¿Qué le sucedía a mi madre?

Katterblack daba la impresión de querer estar en cualquier otro lugar menos allí.

No podía disimularlo. Tenía muchas líneas en torno a los ojos, patas de gallina que parecían extenderse hasta sus sienes.

Como si hubiera envejecido, en los últimos minutos, unos diez años.

Quizás era la luz cada vez más opaca de la estancia.

—¿Por qué quieres saberlo, Mary ?

«Porque me están sucediendo —quiso decirle—. Porque he visto el fantasma de mi madre, y al mensajero Kedr». Respiró profundo.

—Porque era mi madre y tengo derecho a saberlo.

—Hay cosas que no...

—No, esto debo saberlo —insistió ella, y alzó la voz sin darse cuenta. Entonces preguntó—: ¿Y cómo obtuvo las cartas de mi padre? Las que usted le envió.

—Mary...

—¡Dime!

Oyó un sonido. La puerta se abrió.

—¿Qué sucede aquí? —Era Alice. Cruzó el estudio y se situó junto a su sobrina—. ¿Qué ocurre, Richard? ¿Mary?

Ésta observaba fijamente al señor Katterblack.

—Nada, querida. Mary...

—... estaba por irme —terció la aludida. Dicho y hecho, salió tan rápido del estudio que la tía Alice no tuvo tiempo de replicar.

Fue a sus aposentos. Allí pasó todo el día, leyendo las últimas partes de la Enciclopedia y también algunas cartas de su padre.

En ellas, no encontró más reseñas sobre su investigación de Horace Holbrooke o los extraños episodios paranoicos de su madre.

A mitad de la tercera carta se interrumpió cuando Olee entró a su habitación con la merienda de la tarde.

—Qué rápido ha pasado el tiempo —murmuró Mary.

Olee, con una amplia sonrisa, se irguió tras dejar la bandeja sobre la cómoda junto a la puerta.

—¿Cómo dice, señorita?

—Nada... Solo que el tiempo... ha pasado rápido.

—Sí —asintió la criada—. En una hora podrá ver el anochecer por su ventana. Hoy auguro una noche estrellada .

—Ah, ¿sí?

—Sí. El cielo, en River Town, pocas veces cede el paso de la luz de las estrellas —explicó Olee—. Casi siempre es oscuro, negro, como un océano de brea.

—Pero la luna... —empezó Mary. Había visto la luna.

—Sí, señorita —suspiró la criada—. La luna. Ella sola batalla contra las sombras cada noche. Es una guerrera.

Mary no lo había pensado así, pero Olee tenía razón.

La puerta resonó poco después de que la criada saliera. Mary pensó que a lo mejor se le había olvidado algo, como cambiar los cortinajes, o las sábanas...

—Adelante —dijo.

Hizo conato de levantarse, pero se detuvo apenas la puerta se abrió.

Richard Katterblack cruzó el umbral después de asomar solícitamente la cabeza por la hendidura.

Vestía diferente: en lugar de un traje gris, lucía uno negro, fúnebre.

Mary suspiró y volvió a sentarse en la cama. Katterblack se acercó.

—¿Puedo? —inquirió éste, observando una de las esquinas del lecho.

Mary asintió, y Katterblack procedió a sentarse.

—Mary —empezó—. He estado hablando con Alice, y.

.. —Tragó aire—. Lamento lo que pasó hace un rato.

No debí ser tan inflexible. Comprendo lo difícil que debe ser para ti descubrir la verdad dado lo reciente de la tragedia de tus padres y el rapto de tu hermano.

Bueno... No, no me imagino cómo te sientes.

«No se imagina el dolor», dijo ella para sus adentros. Se mantuvo en silencio, con la vista puesta en sus manos unidas sobre la falda.

—En el estudio me hiciste una pregunta —prosiguió Katterblack—. Las cartas, dijiste. Sobre las cartas que yo envié a tu padre y cómo llegaron a mis manos. Céline me contó que las hallaste en mi escritorio la otra noche.

—¿Céline?

—Sí. Ella te encontró inconsciente en el estudio.

—Yo...

—Céline me entregó las cartas. —Katterblack suspiró y se pasó la mano por el pelo—.

Como te dije al principio, no sabía de la muerte de tus padre y que tu hermano y tú venían camino a River Town, de modo que envié a un investigador a Boston.

Él revisó tu antiguo hogar y el de la mujer hada antes de hacerme llegar un informe preliminar sobre lo que en verdad ocurrió.

Me confirmó que, en efecto, Sylvia y Michael fueron masacrados brutalmente en su lecho.

—¿Y las cartas?

—Las encontró en un cajón entre utillajes de costura, en la casa de la señorita Green, la mujer hada que cuidó de ti y Sam las semanas tras el asesinato de tus padres.

—Pero ella...

—Sospecho que, en algún punto, la verdadera señorita Green que conociste fue asesinada y usurpada por la sierva de Mahlon West —teorizó Katterblack—.

Dijiste que su nombre era Leila Green, pero mi investigador no halló nada sobre una tal Leila, sino sobre Maebe Green.

¿Has escuchado antes ese nombre? ¿Maebe?

«Maebe», pensó Mary.

—Tal vez, sí —barbotó—. Pero... todo es confuso ahora. No recuerdo.

—No te preocupes, Mary. —Richard extendió su brazo y puso su mano sobre las de ella, un gesto dolorosamente paternal—.

Leila Green era una impostora, un hada malvada, traidora; no la mujer buena que cuidó de ti y de Sam luego de.

.. ya sabes... —Apartó la mano despacio—.

Es comprensible que, en medio de la dura situación por la pérdida, tu hermano y tú no advirtieran la usurpación.

—No tiene sentido —murmuró para sí Mary, la mirada baja.

Recordó a la señorita Green, aquel día de su llegada, haciendo sus labores de costura; hilo dorado penetrando la seda blanca del pañuelo que obsequiaría a Katterblack. Mary lo aludió en voz alta, confusa.

—¿Te refieres a este? —y Richard lo sacó del bolsillo interior de su americana y se lo entregó a la joven.

Ella lo examinó: era la misma seda blanca con el bordado a un lado que rezaba Katterblack en una hermosa caligrafía dorada. Sí, pensó, ese era el pañuelo; pero aquella no era la escritura de la señorita Green. Ahora lo veía.

—¿Estás segura? —preguntó Katterblack.

—Sí.

—Eso confirman mis teorías sobre la usurpación.

—Richard se irguió y bosquejó una tenue sonrisa orgullosa—.

Aunque otras incongruencias se mantienen en su lugar; por ejemplo: ¿por qué Mahlon no ordenó a su amante que te llevara directamente hasta él?

¿Por qué hacer un viaje hasta Georgia y concebir todo aquel teatro con los subordinados?

Por supuesto, Mary no sabía las respuestas. Guardó silencio.