Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 19. La propuesta
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19. La propuesta

LA PROPUESTA

Andrew y Lloyd avanzaban hombro con hombro a través del bosque.

A mitad de la tarde, la límpida luz del día empezaba a disminuir hasta convertir el entorno, árboles y arbustos, en una escena íntima, sublime.

La brisa hendía, las hojas se agitaban. En ese momento, Andrew oyó la canción del bosque: una armonía tan ininteligible como eminente que arrugaría el corazón de cualquier hombre como una pasa.

—¿Qué hacemos aquí, Andrew? —preguntó Lloyd en voz baja y con la vista en el suelo, ceñudo—. Hoy no toca hacer de oteadores.

—Lo sé. Necesitaba que... me vinieras conmigo.

Lloyd alzó la mirada y arrugó más el cejo.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Por qué? ¿Qué hay de Abby?

—Abby... —Andrew suspiró, y pensó: «Ella no está de acuerdo con lo que voy hacer, y con justa razón, pues es una completa locura». En cambio dijo—: Tiene cosas más importantes que hacer.

—¿Y, acaso, crees que yo no?

—Si tuvieras algo más importante que hacer, no habrías aceptado tan de buena gana y de inmediato cuando me presenté en tu morada. ¿Estoy equivocado? No lo creo .

Lloyd no respondió; bajó la mirada.

El señor Blackfell continuaba desaparecido.

Lloyd estaba al corriente del escalofriante mensaje que dejó su captor en el cuerpo mutilado de Joseph Westwick, que irrumpió en el mercado, el día anterior.

Andrew lo vio con sus propios ojos, grabado en la piel del abdomen del pobre hombre probablemente mientras seguía con vida.

Decía: «Entréguenme a Mary o el siguiente será Blackfell».

—Lo siento, Lloyd —repuso Andrew, poniendo una mano en el hombro de su amigo—. Pero no hay nada más que puedas hacer para encontrarlo. Debes dejarlo en manos del Gremio.

—No puedo hacer eso —gimoteó el joven. Se habían detenido en un espacio abierto entre árboles, arbustos, animales silvestres y unos elfos voladores que danzaban como un enjambre alrededor de la cabeza de Henna, la líder de los centauros, que los acompañaba junto a la impasible pero gentil Atar, y el gruñón Rumos—. Es mi padre...

—Entiendo —lo cortó Andrew—. Bien sabes que lo entiendo; yo también busqué a mi padre por mucho tiempo...

—Pero es diferente —empezó Lloyd—. Tu padre...

—... me abandonó —atajó Andrew.

La herida no era reciente, pero dolía como si lo fuera. Una ráfaga de viento liberó un mechón de cabello de su oreja y, como una tenue cortina, le nubló el campo visual por un breve momento. Cuando se lo apartó, Henna y Rumos estaban frente a él.

—Loreen sabe que estás aquí y que vienes a verla —informó la líder centaura—. Te espera, Andrew.

—¿Vienes a verla? —Lloyd pareció confundido—. ¿Por qué?

—Necesito un favor.

—¿Qué ?

Lloyd lo miró como si se hubiese vuelto loco.

Y puede que así fuera. Mientras seguían la marcha de los centauros hacia el centro del bosque, Andrew le contó sobre su breve idilio con la Líder; cómo había acabado y también de la extraña red de conocimientos que flotaba en el viento y que sólo la Líder del Bosque, dada su privilegiada posición, era capaz de escuchar.

—La llama «La voz en el viento» y, a veces, «El susurro de la Madre». —También le dijo que planeaba encontrar al pequeño Sam y al señor Blackfell.

Como esperaba, Lloyd abrió los ojos como plato y detuvo la marcha en el acto al oír el nombre de su padre.

—¿Encontrarlo? —repitió, a ojos vistas dominando su ansia por saber la respuesta—. ¿Cómo?

Andrew respondió:

—La voz en el viento.

Lloyd, como si recién lo hubiera entendido, asintió.

—Pero, ¿no deberías decirle esto al Gremio?

—Debería, sí. —Andrew asintió. En tanto, reanudaron la marcha—.

Pero, si lo hago, ¿entonces quién cuidará del pueblo si todos se unen a la búsqueda de Mahlon West?

Y no dudes que el Gremio entero querrá formar parte de la empresa.

Frederick está enceguecido por la venganza; Oakwater, como alcalde, no dejará que los demás se lleven el crédito mientras él se queda de brazos cruzados; lo mismo el sheriff Sawyer y señor Witheford; Lance tal vez se quedaría, pero, aunque es muy capaz, tan solo sería un hombre contra las hordas de la oscuridad que acechan River Town.

—¿Qué hay de Katterblack?

—Katterblack —repitió Andrew—. Recuerda que su sobrino es uno de los cautivos de Darkling, por supuesto que querrá participar en su rescate.

Eudoxio Belwolf, además de Lance, puede que tampoco haga parte, pero seguro enviará a su hijo, y Stephen Reedstter.

.., bueno, ya lo conocemos. Reedstter, que sueña con que se escriban historias sobre su familia en las Crónicas de la Luz y la Oscuridad, querrá llevarse algo de crédito y la eterna gratitud de Katterblack.

Lloyd parecía impresionado.

—Vaya observación —dijo, al cabo—. Lo has pensado todo. En ese caso, yo iré contigo.

—¿Qué? —Era el turno de Andrew de impresionarse. Maldijo en su fuero interno—. No quise decir eso.

—Me contaste todo esto con un propósito, ¿no? —señaló Lloyd—. No esperarás que me quede de brazos cruzados mientras tú...

—No, Lloyd —interrumpió Andrew—. Necesito tu ayuda, sí, pero no se trata de ese tipo de ayuda.

—Ah, ¿no?

Andrew estaba por responder, pero llegaron a la pequeña colina de pasto verde espeso, coronada por el árbol blanco que hacía de morada para la Líder del Bosque.

Loreen se acercó a los jóvenes en cuanto los vio surgir de la linde junto a los centauros.

Lloyd le dedicó una sonrisa tensa a Andrew antes de retirarse a quién sabe dónde.

—Andrew, cariño, qué magnífica sorpresa. —Loreen sonreía de oreja a oreja; el joven la conocía lo suficiente para saber que de esa manera encubría su confusión—. No creí que volverías tan pronto después de nuestra última conversación. ¿Por qué has regresado?

—Dímelo tú —dijo él, cortante—; tú eres la Líder, y posees todo el conocimiento de la Madre.

—Oh, Andrew —suspiró Loreen—. ¡Qué cosas dices! No lo sé todo . No soy la única Líder del Bosque en el mundo; hay muchos bosques, y también otras líderes. —Sonrió—. Pero, puedo suponer por la mirada en tu rostro que no vienes aquí para saludar, ¿o sí?

—En efecto.

—Eso pensaba. —Como si hubiera esperado esa respuesta, Loreen se acercó un paso más al muchacho y puso una mano en su hombro con una delicadeza casi imperceptible—. Entonces dime —preguntó ella—, ¿qué deseas?

Andrew se lo dijo, y sus palabras no turbaron la sonrisa que aleteaba en el rostro de la mujer hada.

En cambio su mirada, repentinamente sombría, no pudo esconder sus auténticas emociones.

Una ligera brisa agitó sus cabellos de oro blanco, y también sus largas pestañas a juego.

Era bellísima, sí. Quizás la criatura más bella de todo el mundo.

Pero, en el fondo, estaba tan vacía como un jarrón antiguo.

—No has atendido a mi advertencia —murmuró Loreen, al cabo—. Si lo que quieres es condenarte, Andrew, entonces te daré lo que deseas. No obstante, como te dije, sé que no has olvidado que este conocimiento tiene un precio.

—¿Cuál? —preguntó Andrew, hosco.

—Ser mío —expresó la Líder, y se arrojó sobre los brazos de Andrew para plantarle un beso breve y apasionado—. Ser mío, solo mío, para siempre.

Sobrevino un largo silencio. Al cabo, con el ceño fruncido, Andrew dijo:

—¿Para siempre? —No pudo evitar reírse—. ¿Qué sucederá cuando envejezca? ¿Me seguirás queriendo como ahora? —Ella no respondió—. Eso pensé.

Loreen suspiró, con un semblante austero.

—No había pensado en eso.

«Ambos sabemos que sí», quiso decir Andrew. En cambio, preguntó :

—Entonces, ¿qué quieres ahora a cambio del conocimiento que te pido?

—Te quiero a ti —repuso Loreen—. Al menos, una noche por cada favor que te haga. Por cada conocimiento que necesites. Por cada vida que salves gracias a mis palabras. Al menos una noche, o dos, si logras salvar a Elio y al chiquillo de las garras de Darkling.

«Sabe su nombre —pensó Andrew—. Sabe quién es». Se mantuvo inexpresivo.

—¿Y querrás que esté contigo antes o después de que me digas lo que quiero saber?

Loreen volvió a acercársele, se inclinó y lo besó en las comisuras de los labios.

—Después. Confío en tu palabra.

Mary entró en el estudio de Katterblack y cerró de un portazo. Richard alzó la vista y bajó la pluma.

—¿Qué sucede, Mary? —preguntó, levemente sobresaltado.

Ella se acercó al escritorio y, con ojos furiosos, se limitó a mirarlo sin hablar. Un minuto después, dijo:

—Loreen.

Al escucharla, Katterblack elevó un poco las cejas y se removió en su asiento.

—¿Cómo...?

—No importa —lo cortó Mary; hacía un auténtico esfuerzo para no levantar la voz—. ¿Por qué no me dijo que mi madre tenía una hermana, aún viva, llamada Loreen?

El señor Katterblack se levantó y le señaló el asiento frente a él. Mary meneó la cabeza .

—No, gracias —dijo secamente. Richard asintió varias veces y luego volvió a sentarse—. Respóndame. ¿Por qué no me dijo nada sobre la hermana de mi madre?

—No podía.

—¿Por qué?

—Se lo prometí a Michael y a Sylvia.

—Ellos están muertos. —Aquellas palabras le supieron a bilis—. Tenía que decirme toda la verdad desde el principio, cuando me llevó al Arsenal y me contó sobre los Seguidores de la luz, los Hijos del Bosque y los nigromantes. Debió decirme la verdad incluso antes que eso.

—¿Debí? —El tono de Katterblack lo ponía en duda—.

¿Debí, en serio? Oh, Mary, aún eres muy joven.

No quería darte más impresiones tras contarte la verdad que por tantos años tu padre te había escondido.

Ya habías tenido suficiente. —Y, tras un suspiro, prosiguió—: Debo admitir que no recordé a Loreen el día que te llevé al Arsenal; la olvidé, tenía muchas cosas en la cabeza esos días: la búsqueda de Sam, la reaparición de Mahlon West, la noticia de la muerte de Michael y Sylvia, la muerte sin resolver de Henry Hornwood, y sí, también los preparativos para el maldito baile del solsticio. Lo olvidé, lo olvidé por completo.

—¿Qué hay de ella? ¿Sabe que existo?