18. Lazos de sangre #2
Cuando Mary volvió fugazmente la mirada hacia su prima, ella ya no estaba.
—Me encantaría —dijo Mary, esperanzando que Elise recordara la conversación de la otra noche.
—¡Fantástico! —expresó Phil, feliz—. Te encantará, lo sé —añadió, y le cogió las manos en un impulso provocado por la emoción.
Ella solo se le quedó mirando, fija y pensativamente, evocando las palabras de su padre en la última carta que había leído esa misma mañana.
En ella se había referido al tío de Philip, y también a la madre, que había fallecido aquel año.
¿Por qué su madre y Regina Holbrooke habían jurado no volver a verse?
¿Qué clase de relación había existido entre ellas?
¿ En qué problemas se había metido Horace Holbrooke?
Cuando Philip cayó en la cuenta que le estaba tomando las manos, abrió mucho los ojos y apartó las suyas muy despacio, en un intento por no parecer descortés.
Durante un instante, Mary lo observó vacilar y ladear la cabeza de un lado a otro, como si. ..
Por fin, dijo:
—Lo lamento. No debí...
Mary esbozó una sonrisa.
—¿Por qué?
—Por...
Mary alargó su mano y tomó dulcemente la de él; amplió la sonrisa.
—No hay porqué, Philip —dijo—. Entonces, ¿cuándo será nuestra visita al bosque?
La cita quedó dispuesta para mañana, luego de las lecciones de piano.
Céline esperaba en el jardín, tal y como le había informado Olee.
Fuera, hacía un día precioso. El cielo era azul, y las nubes, blancas y pomposas, recortaban el sol radiante; la brisa, tenue y fresca, embestía las copas de los árboles del fondo y hacía cantar sus hojas.
También trovaba el chapoteo de la fuente de la trucha a pocos metros.
Céline no estaba sola. La acompañaban Caroline Reedstter y Meredith Belwolf, que el día anterior había estado paseando con Roland Falahee por el mercado antes del aciago suceso.
Mary pensó que quizá su prima no era una resentida.
Después, recordó lo que intentó hacerle a Elise el día previo al baile del solsticio.
Mary les contó sobre su cita con Philip mientras probaba un bocado de una empanadilla. Céline se mantuvo impasible; se limitó a alzar levemente la ceja y estirar el brazo para alcanzar un poco de pelusa dulce de Azur, que colocó sobre su bocadillo.
—Mary, ¿te gusta Phil? —inquirió de repente.
Mary, que había estado a punto de darle otro bocado a la empanada, la dejó en su plato y miró a Céline.
—¿Q-Qué? —balbuceó.
—Ya me oíste.
Mary bajó la mirada. No era la primera vez que Céline daba por hecho su interés de Philip, pero, en esta ocasión, había algo diferente en su voz, como si por fin se hubiera dado cuenta lo importante que era aquel joven para su hermana.
Caroline Reedstter sonrió.
—Por supuesto que sí —respondió ella, en cambio—. Míralo en su cara. Le gusta Philip Holbrooke.
—¿A quién no? —exclamó Meredith, que no era tan agraciada como su hermano Elmar—. Philip Holbrooke es... hermoso, tierno, talentoso con el piano, y cuida bien de sus hermanos. Estaría loca si no estuviera enamorada de Phil.
—¿Y qué dices tú? —le preguntó Mary a la joven Belwolf—. ¿Te gusta alguno de los jóvenes del pueblo? ¿Roland Falahee, tal vez?
Meredith pareció escandalizada y sorprendida. Compartió una breve mirada con Céline.
—No —respondió, con la voz temblorosa—. Roland es un caballero y yo...
—¿Una dama? —atajó Caroline, y carcajeó. Luego hizo un comentario indecoroso que incluía a Lloyd Blackfell, que provocó que Meredith se pusiera roja como un tomate y se marchara con premura antes de terminar su desayuno .
Más tarde, la señorita Atwood entró a la sala común con su habitual sonrisa.
Las jóvenes Katterblack y Mary esperaban sentadas en los cómodos sillones.
Luego de la lección conjunta sobre las armas mágicas y sus correspondientes poseedores, Atwood prosiguió con la clase de idioma para las Katterblack.
En esta ocasión, Mary se quedó para escuchar un poco de la complicadísima lengua de los Seres del Mar Oculto.
—h’tiij-aati flu’ty-choe —profirió Céline, con las mejillas hinchadas. Se suponía que debía inflar un poco las mejillas y apretar ligeramente la boca como en un beso al hablar, de tal forma que las palabras sonarían amortiguadas bajo el agua—. Att’ii-muft tadg.
—¿Qué dijo? —preguntó a continuación Mary.
Val sonrió.
—Dijo que tengo lindos zapatos y que hacía un dedo precioso. —Frunció el ceño sin abandonar la sonrisa—. Céline, querida, debes intentar soplar las palabras cada vez que haya espacio entre ellas. Así: att’ii-muft tadtt, hace un día precioso.
—¿Un dedo? —repitió Elise, intentando disimular una risita.
—Sí, querida Elise. Me parece que tu hermana confundió día con... dedo —explicó Val.
—Ah —dijo Elise.
Y entonces hubo una carcajada general entre las jóvenes aprendizas y su oradora.
Después fue el turno de Mary. Atwood la congratuló con emoción, dado que entendió con suma rapidez la conjugación de ciertas palabras y la etimología de la mayor parte de ellas; asimismo, que el lenguaje haduno era una mezcla de varias lenguas de Europa occidental y el ohs-j , un complemento lingüístico de la oscuridad que mancilló para siempre la lengua de las hadas .
—La próxima semana, iniciaremos con la pronunciación —anunció Vallery antes de levantarse; la lección había terminado—. Lo has hecho muy bien Mary. Más que bien. Me recuerdas a tu padre.
—¿A mi padre?
—Por supuesto —repuso Val, animada—. Los Cartwright no eran seres mágicos, pero cuando supieron de la existencia de la magia, no sé cómo (tal vez por el hecho de vivir en River Town, donde, se dice, no hay lugar para los secretos), tus abuelos...
—¿También conociste a mis abuelos? —El corazón de Mary latía tan rápido, como las alas de un colibrí.
—Oh, sí —dijo Val—. Samuel y Judith Cartwright eran personas amables; los recuerdo muy bien. Por lo que escuché, tu joven hermano sacó de su abuelo su nombre. —Y frunció sin turbar su sonrisa—. ¿Tu padre nunca te habló de ellos?
Mary negó con la cabeza.
—Oh, vaya —murmuró Val.
—¿Y a mi madre? —dijo Mary—. ¿La recuerdas a ella también?
—No. —Atwood bajó la mirada, cavilando—. Quizá la vi una vez, sí, pero no la recuerdo. Ella no era de River Town, pero su hermana sí.
—¿Su hermana? —Mary abrió los ojos como platos. Era la primera vez que oía de la existencia de alguna hermana de su madre. Era decir, su tía. Un familiar más para ella y Sam. Un familiar de carne y hueso. De sangre. Lo que le significaba que no estaban solos después de todo.
Val la miró con atención.
—Sí. Loreen.
—¿Quién es Loreen ?
—La Líder de los Hijos del Bosque.
—Quiero conocerla.
Vallery se enserió de repente.
—Oh, Mary, no debería yo decirte estas cosas. No debí decirte eso —dijo. Era una de las pocas veces que Mary la veía sin una sonrisa en los labios—. El señor Katterblack...
—¿Él lo sabe? —atajó ella.
Val no respondió.
—¿Dónde está? —quiso saber Mary—. ¿Dónde está... mi tía?
Val no respondió. Se marchó con premura. Daba igual. Ya le había dicho todo lo que necesitaba saber: si Loreen era la Líder de los Hijos del Bosque, pensó Mary, entonces debía comenzar por buscarla allí. En el bosque.