18. Lazos de sangre
LAZOS DE SANGRE
Estimado Richard,
Se suponía que mi carta de este año llegaría a tus manos a principios de primavera.
Huelga decir que mis deberes como esposo y padre me han mantenido bastante ocupado y, ciertamente, distraído.
Con mis labores en el periódico, y la investigación en torno a Horace Holbrooke que llevo entre manos, apenas tengo tiempo de caer inconsciente en mi lecho un par de horas antes de empezar una vez más mi jornada.
Pero antes de seguir por otros derredores, agradezco tu respuesta sobre el. .. problema con Sylvia.
Lo cierto es que ha estado mejor, Richard, y hace nueve meses que no ha sufrido otra recaída.
Incluso me aseguró que el fantasma de su madre, el que creyó haber visto en una ocasión, no era más que una ilusión propia de su paranoia maternal, pues el pequeño Sam era bastante travieso en ese entonces.
Empero, no hubo explicación para lo demás: sus ojos brillantes, sus palabras ininteligibles, sus desequilibrados estados de ánimo y las largas noches de insomnio.
Ha decidido que ya está mejor, como si fuera su voluntad zanjarlo con estas palabras.
Como mencioné antes —lo que seguramente te habrá extrañado—, estoy en medio de algunas indagaciones sobre Horace Holbrooke, puesto que acabo de descubrir que el hermano de Lucas lleva algún tiempo viviendo en Boston.
No lo había visto en la ciudad hasta hace unas semanas.
Nuestro encuentro fue, meramente, una casualidad surgida por una de mis pesquisas en torno a una noticia por un triple homicidio y la desaparición de varios cuerpos.
Al parecer, Horace ha estado metido en algunos problemas.
Ninguno de carácter mágico, te lo aseguro.
Un asunto siniestro. Durante algunas horas, Horace y yo estuvimos bebiendo y conversando en una taberna, más bien tugurio, del centro llamada El Agujero Feliz .
Horace se exculpó de los hechos siniestros que lo rodeaban en Boston y, en un intento por evadir el tema, me reveló que estaba por regresar a River Town para hacerse cargo de sus sobrinos.
Regina, según me comentó tras varios tragos, estaba en sus últimas y, por tanto, necesitaba dejarlo al cuidado de sus pequeños.
Ha pasado un mes desde mi encuentro con Horace.
Como seguro supondrás al leer estas palabras, no le conté a Sylvia sobre el estado agonizante de Regina por miedo a que avive sus lóbregos episodios de paranoia o, mucho peor, decida regresar a River Town.
Tengo remordimientos, Richard. No mentiré.
Solo me consuela pensar que, si hace años ambas juraron no volver a verse, entonces no valdría la pena comunicarle que Regina ha fallecido o está a punto de hacerlo (me lo harás saber en tu siguiente carta).
Por cierto, Sam tiene preciosos ojos jade, como su madre, y Mary se parece a Sylvia. Somos felices, Richard. Estamos sanos y salvos. Temo que nuestra dicha acabe pronto.
No obstante, espero que ustedes, los Katterblack, gocen de buena salud y felicidad. Al menos eso deseo.
Atentamente,
MICHAEL
Abby se miró la mano y frunció el ceño.
—Mierda —espetó, y siseó entre dientes a consecuencia del ardor.
Oyó una risita a su espalda. Era Andrew.
—Una dama como tú no debería expresarse de esa forma —dijo éste con tono de burla.
—¿Qué sabes tú sobre cómo debería expresarse una dama?
—espetó Abigail, dirigiéndole a su mellizo una mirada airada—.
Además, esto es tú culpa. —Se miró el dorso de la mano con gesto contrito: tenía la piel enrojecida allí donde le había salpicado un poco de agua caliente que hervía en la cazuela—.
Sabes que este... —señaló la cocina— no es uno de mis muchos talentos.
Mientras Abby mojaba un paño y lo presionaba suavemente contra la quemadura, Andrew cruzó la estancia y apagó el fogón. Después, sonrió.
—Pues, deberías aprender —dijo él—. Algún día tendrás que cocinar para tu esposo e hijos y... —Se interrumpió ante la inminente mirada de su hermana; entonces comprendió, tardío, que había hablado de más. Suspiró y se encogió de hombros.
—Como sea, tú deberías estar haciendo esto. No yo. A ti se te da mejor.
—No, olvídalo.
—¿Por qué? —Abigail enarcó una ceja—. ¿Acaso hiere tu virilidad de alguna forma?
Andrew frunció el ceño.
—No tengo tiempo —dijo.
—¿Por qué?
—Porque tengo algo que hacer.
—¿Qué es? —Abby se lo quedó mirando fijamente. Andrew sabía que intentaba hacer: quería llegar a su mente, oír la voz en su cabeza, develar la cortina de sus secretos. Él sacudió la cabeza.
—No lo hagas —le advirtió Andrew con la mirada seria a más no poder—. No te atrevas a meterte en mi cabeza. Juraste que no lo harías de nuevo.
Abigail no dijo nada. Ya era muy tarde; lo había hecho.
«No digas nada», pensó Andrew, airado .
Su melliza también lo miró con el ceño fruncido y los ojos encendidos de rabia.
—¿Que no? —soltó ella.
—No —dijo Andrew con decisión, y le dio la espalda. Fue hasta sus aposentos y extrajo un par de nuxus de debajo de la cama. Cuando se irguió, Abigail ya estaba en la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué quieres pedirle a ella? —lo interrogó.
—No lo escuchaste también, ¿eh?
—Ella se aprovechó de ti, Andrew. Eras muy joven.
Andrew fulminó a su hermana con la mirada mientras se guardaba el par de dagas en el cinturón.
—No, no lo era —dijo—. Y tampoco debiste meterte en mi mente aquella vez.
—Tienes razón, no debí —reconoció Abigail—. Tú tampoco debiste caer en su juego. —Se acercó a su hermano que estaba tan tenso como la cuerda de una guitarra—. ¿Qué quieres pedirle?
Andrew ladeó la mirada y suspiró con violencia.
«Sé muchas cosas, te dije. Y ese conocimiento tiene un precio», pensó, evocando lo que le había dicho la mujer hada aquel día del solsticio, sabiendo que su hermana lo oiría.
Y lo hizo. Así pues, ella encogió el ceño y entrecerró un poco los ojos como preguntándole que tenía qué ver aquello con su encuentro con la Líder del Bosque.
—Quizá sepa dónde hallar al hermano de Mary —repuso él—. Tal vez pueda decírmelo, Abby.
—¿Por qué quieres encontrarlo? ¿Acaso deseas convertirte de alguna forma en el próximo Lucas Holbrooke? Ya sabemos cómo terminó .
Andrew volvió los ojos hacia su hermana. No pudo evitarlo, y se le escapó el pensamiento; lo supo al entrever el ligero levantamiento de sus cejas.
—Lo haces por ella —murmuró Abigail. No era una pregunta. La siguiente sí—. ¿Acaso tú...?
No acabó la frase. Andrew volvió a suspirar con violencia y bajó la mirada.
—No... No sé.
—Entonces, no lo hagas.
—Tengo que hacerlo.
—Loreen te pedirá algo a cambio; ella misma te lo dijo.
—Abby se acercó a él y puso las manos en sus hombros.
Ella había nacido un par de minutos antes que Andrew, por tanto era mayor, más sabía y había heredado el don de los Treddaway; pero había cosas que ni ese don era capaz de develar.
Como el paradero de Samuel Cartwright—. ¿Estás dispuesto a pagar ese precio?
De nuevo, Andrew alzó la mirada.
«Sí».
La música del piano flotaba hasta su habitación aquella mañana.
Mary, con los ojos cerrados, escuchaba el concierto mientras Olee le alisaba la falda del vestido.
Probablemente era Philip quien tocaba. Si bien, sabía, podía estar desatinada.
Elise, pese a su breve práctica, podía defenderse; Mary la había oído y, por tanto, alcanzaba a diferenciar si quién tocaba era el joven maestro o la aprendiza.
Por ejemplo, cuando Phil tocaba su música se extendía hasta el final sin interrupciones, etérea y hermosa en el aire; Elise, en cambio, dejaba pausas entre las notas musicales en las que, presumía Mary, recibía las debidas correcciones de su maestro.
Quizá en este momento Elise no necesitaba correcciones, y por ende no habría de hacer aquellas pausas.
—Listo, señorita —dijo la criada.
—Gracias, Olee.
—Para servirle, señorita. —Olee se enderezó y añadió—: Debo informarle que la señorita Céline espera por usted en el jardín para desayunar, como cada mañana.
—¿No la acompaña la tía Alice?
—No. La señora Katterblack ha salido más temprano. Fue a reunirse con la señora Blackfell, que ha estado deprimida, y un poco paranoica, desde que Joseph Westwick apareció en el mercado.
«¿Apareció? —Mary asintió sin decir nada—. Westwick no apareció simplemente». Aún recordaba la expresión de profundo terror plasmada en el rostro del muerto cuando el sheriff Sawyer volvió la cabeza para ver de quién se trataba.
Cuando emergió de su habitación, ya no se oía la música del piano.
Escuchó las voces de su prima y Philip a medida que se acercaba al tope de la escalera.
Los vio hablando muy animados en el recibidor cuando ella divisó la estancia desde arriba.
Al menos, Philip hablaba; Elise solo se limitaba a mirarlo y a asentir de vez en cuando mientras enfilaban la puerta.
Mary comenzó a bajar. Sus pasos sobre los peldaños de mármol debieron atraer la atención de Phil, que desvió la mirada y exclamó su nombre con auténtico regocijo.
—Me alegra verte, Mary —dijo—. Justo hay algo que quería decirte .
—¿Ah, sí? —Mary soslayó a Elise, que seguía tiesa e impasible donde Philip la había dejado.
—Sí —vaciló él—. Bueno, no algo. Más bien, quería invitarte a un lugar.
Al decir aquello, se fijó Mary, Elise arqueó las cejas.
—¿Adónde?
Philip sonrió.
—Al bosque.
—¿Qué hay en el bosque?
«Los Hijos», se respondió a sí misma en su fuero interno.
—Elise me estaba contando qué hacían Céline, ella y tú en el pueblo ayer cuando ocurrió lo del caballo y el cuerpo de Westwick siendo arrastrado por el mercado —abundó—.
Me dijo que todavía no habías conocido River Town en su máximo esplendor y, según Elise, Céline tuvo la idea del paseo.
Así que, pensé que sería buena idea que por fin conocieras el bosque. Y a los Hijos del Bosque.
Elise se fue en algún momento mientras Philip extendía su invitación a Mary.