17. De vida o muerte #3
—Quédate oculta. —Señaló aquí , discretamente, y luego se volvió hacia ella—. Así podrás oír lo que dicen. Si en algún momento crees conveniente mostrarte ante ellos, no te contengas.
—Pero...
—Lo sé. No lo tomarán bien. —Philip suspiró, le puso las manos en los hombros y la observó directamente a los ojos; marrón claro y verde primavera se mezclaron.
Pasó un silencioso segundo antes de que alguno de los dos pestañara—.
Yo asumiré la responsabilidad. A ti no te ocurrirá nada; no permitiré que seas intercambiada por nadie, ni siquiera por Blackfell.
Bueno era oírlo. Aun así, más que alivio, Mary sintió una creciente inquietud en el pecho.
Acto seguido, Philip se marchó y la dejó sola tras la columna.
Mary se desplazó hacia una columna que Phil le había señalado antes de que cualquiera de los hombres del Gremio advirtiera la llegada del muchacho .
—¡Al fin llegas! —habló uno de los presentes. Mary reconoció la voz fácilmente: Richard Katterblack—. Creímos que te habías perdido en el trayecto.
—No sería propio de un Holbrooke no encontrar el camino al salón de los Viejos Conjuros —contestó Phil, elocuente—. Pero antes debía encargarme de un asunto...
—¿Más importante que el Gremio? —lo cortó Stephen Reedstter.
—Mi familia es más importante para mí, sí —replicó Philip, que se había detenido entre Lance Greystar y el sheriff Christian Sawyer—. Siempre, señor Reedstter.
—Comprendo —siguió éste—. Se supone que Horace debe hacerse cargo de sus sobrinos, pero, es evidente, no es así.
—Mi tío hace lo mejor que puede —dijo Phil. Debía estar apretando los labios por su tono.
—Lo que es bastante poco.
—Basta ya, caballeros —intervino el alcalde Oakwater—. No hemos venido a discutir temas irrelevantes que no conciernen al Gremio. Estamos aquí para considerar el futuro de la señorita Cartwright, sobrina de Richard y Alice Katterblack, en el pueblo.
—Si ese es el tema a considerar —intervino Richard—, entonces yo no tengo nada que hacer aquí. La vida de Mary no será intercambiada por la de nadie en este pueblo. En lo que a mí respecta, no lo permitiré.
Mary se sintió aliviada al atender las palabras de Richard Katterblack.
Pensó en lo que le había dicho el primo Leonard, en el baile del solsticio, sobre empezar a llamarlo tío .
Al mismo tiempo sintió un regusto amargo en la garganta.
Mientras ella estuviera a salvo, Darkling y West seguirían atacando a las buenas personas del pueblo. ¿Su vida lo valía? No estaba segura .
—Eso no está en tela de juicio, Richard —dijo Eudoxio Belwolf—. Ya hemos discutido el asunto en nuestro cenáculo anterior.
—En efecto, Richard. —El que habló fue Oscar Witheford—. Solo queremos discernir qué quiere aquel hombre con tu sobrina, y qué está dispuesto a hacer para conseguirla. Además, ¿qué hará con ella cuando la tenga en su poder?
—Nada —exclamó Richard—. Porque nunca la tendrá.
Reedstter murmuró algo. Katterblack comenzó a maldecir en su contra.
Una algarabía alteró a los hombres del Gremio.
En medio de todo, alguien tomó a Mary por detrás, tapándole la boca con una mano e inmovilizándole los brazos con la otra mano.
Tiró de ella hacia atrás. Ella gritó y pataleó.
Su corazón amenazaba con abrirle un boquete en el pecho.
Ya estaban suficientemente lejos de los hombres del Gremio cuando su captor se volvió hacia ella, aun cubriéndole la boca e inmovilizándola contra una columna. Un rostro conocido emergió de las sombras. Mary profirió una maldición impropia de una dama al distinguir de quién se trataba.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Andrew.
Mary respondió algo ininteligible; él seguía cubriéndole la boca con la mano. Después, ya no.
—No —espetó Mary, y bajó la voz cuando recordó dónde estaba—. ¿Qué haces tú aquí?
—¿Yo? —Por un breve instante, Andrew pareció divertido—. Se supone que debes estar en la mansión Katterblack..., lejos del peligro.
—Philip me ha...
—Holbrooke —escupió Andrew; luego volcó su atención en ella—. Debes irte.
—¿Qué? —Mary lo miró con el ceño fruncido—. No .
—Sí. Es peligroso.
—¿Qué es más peligroso —desafió ella—, que me vaya sola a casa o que me descubran los Seguidores del Gremio?
Andrew torció la boca. Un gesto que no lo hacía ver menos apuesto. Su cabello rubio, la curva de sus mejillas, el perfil de su nariz, la línea de sus labios, el azul intenso de sus ojos; Mary jamás había visto a nadie tan hermoso. Le temblaban las piernas. Ojalá Andrew no lo notara.
Al menos, gracias a Dios, la opacidad de la atmósfera ocultaba el rubor de sus mejillas.
—Tienes razón —admitió—. Además, debo ir con el Gremio, de lo contrario yo mismo te llevaría de vuelta a la mansión Katterblack.
—¿Por qué? —quiso saber Mary—. ¿Por qué te importa si estoy a salvo o no?
Andrew apretó los labios.
—¿Que qué me importa...? —Se interrumpió; suspiró hondamente, entrecerrando los ojos, y se volvió—. Haz lo que quieras. Me voy.
Entonces se alejó de ella. Un instante después, Mary lo siguió.
Una vez más se ocultó tras la columna que le había señalado Philip, y allí se mantuvo mientras el galimatías del Gremio disminuía con la llegada de Andrew.
Los seguidores volvieron a sus lugares, formando un perfecto semicírculo, en el preciso momento en el que Arnold Greystar tomaba la palabra, dirigiéndose a Philip y Andrew, que estaban uno al lado del otro.
—Philip, Andrew, los hemos hecho venir porque existe una gran incógnita sobre la naturaleza del hombre que intentó raptar a la sobrina de Richard la noche del baile del solsticio —empezó el anciano—.
Solo ustedes dos, además de la joven Mary, estuvieron lo suficientemente cerca de aquel hombre para llegar a advertir el aroma de los Servidores en él.
Mary sabía a qué aroma se refería Greystar. Hollín.
—¿Y si no es así? —inquirió Andrew, con el ceño fruncido—. ¿Qué ocurre si no es un nigromante?
—Entonces sabremos que se trata de un traidor —sentenció Stephen Reedstter—. Eso también explicaría cómo consiguieron entrar al hogar Katterblack ese hombre y su horda de subordinados y argones.
Había algo sobre el señor Reedstter que no le daba buena espina a Mary. Lo mismo había visto en las miradas y expresiones de sus hijos, Caroline e Ian, la noche del baile. Quizás, pensó ella, solo se trató de la forma en la que dijo la palabra «traidor» sin un ápice de vacilación.
—Todavía no han contestado nuestra pregunta —profirió Frederick Startclyde, mirando duramente a Philip y después a Andrew—. ¿Era un nigromante aquel hombre?
—Sí —respondió Philip.
—No —dijo Andrew al unísono con el otro muchacho.
Startclyde resopló.
—¿Sí o no?
De ambos obtuvo la misma respuesta: sí y no.
—Quizá Philip se haya confundido con el aroma de la sangre de argón flotando en el aire de la sala común —aventuró el sheriff Sawyer—. Es fácil cometer ese error.
—Tal vez sea Andrew el que esté equivocado, Sawyer —señaló Oscar Witheford.
—No —increpó el aludido—. No me equivoco. Ese hombre no olía a nigromante porque no era nigromante. Estuvo a centímetros de mí mientras luchábamos. No olía a nada, ni a hollín ni a otra cosa. Nada. —Echó a Philip una mirada arisca—. Holbrooke solo lo hizo volar por los aires, ¿qué va a saber él ?
—Te equivocas —aseguró Phil, impávido ante la implacable mirada de Andrew—. Ese hombre era un nigromante.
—No es cierto.
—¿A quién creerle? —preguntó Eudoxio Belwolf a nadie en particular.
Los miembros del Gremio comenzaron a parlotear unos sobre otros; sus voces creaban una mezcla insufrible de sonidos airados, resoplidos, gruñidos y maldiciones.
Mientras emergía de su escondite y atravesaba el espacio de separación que había entre ella y el Gremio, Mary se preguntó de dónde provenía la luz, aparentemente diurna, que atravesaba los enormes ventanales.
—Andrew tiene razón —expresó Mary. Todas las miradas se volvieron hacia ella.
La que le echó el señor Katterblack fue de auténtico asombro—.
Ese hombre no es un nigromante, y no sé lo que sea.
Pero antes ya he tenido un encuentro cercano con uno de los servidores de la oscuridad más peligrosos.
Y de algo estoy segura: Darkling no es uno de ellos.
—Mary —murmuró Richard, aún boquiabierto.
—¿Qué hace ella aquí? —soltó Stephen Reedstter—. Ella no debería estar aquí.
—Jovencita —dijo Arnold Greystar con tono más amable—, ¿quién es ese Darkling del que hablas?
—Darkling fue el que envió a Mahlon West a raptarme y quien tiene cautivo a mi hermano —habló Mary—.
Fue el que planeó el ataque al baile del solsticio, raptó a Elio Blackfell y a Joseph Westwick, asesinando a este último.
También fue el monstruo que ordenó la muerte de mis padres.
Él mismo me lo dijo, en el baile. —Entonces recordó su piel tan blanca como la nieve y su rostro inhumano, las protuberancias blanquecinas que tenía en la frente, en el mentón y en el cuello, y sus ojos tan negros como pozos profundos, carentes de luz.
«He preparado una sorpresa para ellos esta noche; he dispuesto un hermoso caos en tu honor, querida Mary», le había dicho.
—¿Y qué quiere de ti, jovencita? —siguió el viejo Greystar.
—No... lo sé —barbotó Mary—. Dijo que mi hermano no había heredado el don de mi madre, y supongo que necesita averiguar si lo hice yo.
—¿Cuál don ? —quiso saber Startclyde, con su mirada severa.
—¡Ya basta! —intervino Richard, y se colocó junto a ella, poniéndole los brazos en los hombros como si intentara protegerla—.
¿Es que no lo ven, caballeros? Mary aún es muy joven, ha crecido desconociendo el Mundo Mágico.
—Arrugó el ceño y miró detenidamente a cada uno de los miembros del Gremio—.
No pueden pretender que ella lo sepa todo.
—No todo —dijo Stephen; su voz destilaba amargura—. Quizá sí una buena parte.
—No, no sé más nada —replicó Mary, incapaz de mirar a Reedstter por temor a derrumbarse—. Lo juro.