Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 17. De vida o muerte #2
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17. De vida o muerte #2

Ken dio instrucciones a su hermano, quien al fijarse en los visitantes se mostró sorprendido; luego les indicó a los Reedstter que lo siguieran hasta la escalera que ascendía al siguiente piso, un corredor oscuro y frío que conectaba la taberna con el hostal, ambas propiedades de los Hornwood.

En este pasillo, hacia el final, estaba la habitación de Ken, entre las de sus hermanos y la de sus padres (ahora solo de su madre).

Kenneth se acercó a la puerta, abrió, y se hizo a un lado para que los Reedstter pasaran. Después entró él.

—Tu habitación —observó Caroline con gesto divertido—. Había pensado que los dueños del lugar tendrían aposentos algo más... no sé... acomodados.

Ken cerró la puerta y se giró hacia los Reedstter.

En aquel momento, sintió como si la habitación se hubiera encogido con la entrada de los hermanos.

Las sombras imperaban. Ken, mientras oía los resoplidos de Ian y la risita de Caroline, abrió la ventana —poca luz entró a través, había anochecido hace un par de horas—, y encendió las lámparas de gas.

Su habitación constaba de una cama justo del tamaño de Kenneth; una mesita de noche, una silla de madera junto a la ventana y un baúl al pie del lecho, que en otrora había pertenecido a su bisabuelo Frank Hornwood.

Caroline se sentó en la cama, profiriendo un suspiro. Ian se quedó de pie, envarado, junto a la ventana .

—¿De qué quieren... hablar? —preguntó Ken.

—Doy por hecho que ya has oído sobre el trágico suceso de hoy en el pueblo —empezó Caroline.

Joseph Westwick, pensó Ken. Asintió.

—¿Dónde estuviste hoy por la tarde? —quiso saber Caroline.

La pregunta pilló a Ken por sorpresa. Aun así, respondió:

—Aquí. En la taberna.

—¿Todo el día?

Ian Reedstter seguía mirando por la ventana, callado, con las manos tomadas a su espalda. Kenneth se cruzó de brazos y frunció el ceño.

—¿Qué quieres saber, exactamente?

—Sabemos la verdad. —Ian se volvió—. Estuviste aquella noche en el baile del solsticio.

—Yo no... —empezó Ken; casi al instante comprendió que no valía la pena mentir—. ¿Cómo?

—Eso no importa —replicó Ian, y se apartó de la ventana—. Sé que tuviste que ver con el ataque al baile, la desaparición de Blackfell y Westwick, y la reciente aparición de este último.

«No —pensó Kenneth—. No, no, no». Mantuvo la calma.

—Si es cierto, ¿por qué no le han dicho al Gremio? —dijo sereno.

—Porque —intervino Caroline—, pensamos, tal vez, que tu doble personalidad podría sernos de utilidad.

—¿Qué?

Caroline se puso en pie.

—Ya me oíste —expresó—. Queremos un favor a cambio de nuestro silencio.

—No. —Ken retrocedió y se pegó de espalda contra la puerta—. No, no puedo. Nada de esto es mi culpa, no. Él... Ha sido él… No puedo controlarlo, él me obligó. Lo juro, lo juro. Ha sido toda culpa suya...

—Oh, por favor, Hornwood —resopló Ian airado—. Has disfrutado haciendo todas esas cosas. Claro que sí. Nunca me imaginé que fueras capaz de hacerle eso a Joseph Westwick. —Avanzó—. Dime: ¿dónde tienes a Blackfell?

Solo Henry Hornwood, en paz descanse, sabía que decía la verdad.

Ken había leído la carta que su padre le había dejado unas semanas tras su muerte.

Después, tan solo habían bastado algunas pocas noches para comprender lo que quería decir aquella carta.

Lo que en realidad quería decir. Aún había enigmas por descifrar.

Y, a decir verdad, dudaba que algún día pudiera hacerlo.

—No sé dónde está Blackfell —dijo Kenneth, y tragó saliva—. Ya se los he dicho: ha sido él , no yo.

—Él, ¿quién? —Caroline avanzó un paso hacia Ken; luego otro—. Dinos su nombre.

Ken volvió a tragar saliva. No quería decirlo, no quería...

Lo dijo.

Mary y Philip llegaron a la iglesia Saint Peter cuando el cielo estaba completamente negro.

Durante el trayecto, ninguno de los dos habló.

Ella estuvo pensando en lo que había dicho Philip en el recibidor de la mansión Katterblack.

Sus palabras fueron: «Porque, al parecer, esta noche decidirán su destino».

Después, Céline le preguntó qué quería decir con eso. Él respondió:

—El Gremio se reunirá en el salón de los Viejos Conjuros esta noche para decidir si intercambiar la vida de Mary por la de Elio Blackfell.

Por eso, creo conveniente que ella esté allí presente cuando los nobles Seguidores de la luz del pueblo den su fallo —añadió con tono mordaz y miró a la aludida—. Cualquiera que este sea.

Dentro, la iglesia estaba a oscuras. Sin embargo, un brillo luctuoso se vertía en la amplia estancia a través de las enormes ventanas a los lados.

Esta exigua luminiscencia repelía las sombras y hacía visible el pasaje entre los bancos que llevaba hasta el altar.

El techo, más que curvado, parecía un hoyo negro suspendido sobre ellos.

Daba escalofríos. Dios, debió traer sus guantes, pensó.

Como si hubiese oído su pensamiento, Philip le tomó las manos y su calor se transfirió al cuerpo de Mary en tenues pulsaciones.

—¿Estás bien? —preguntó el muchacho en voz baja.

Mary estuvo a punto de negar. Estaba confundida, más bien. Pero asintió.

—¿Dónde están todos?

—Supongo que el reverendo debe estar en la casa de los Westwick, dándole su pésame a la viuda —contestó.

Entonces comenzó a caminar a través del pasillo hasta el altar.

Allí había una enorme mesa cubierta con un mantel blanco, y un atril de madera con un hermoso acabado.

Mary aún no entendía por qué estaban en la iglesia.

—Creí que iríamos al salón de los Viejos Conjuros —dijo mientras cruzaban el altar.

—Espera un poco —dijo Philip—. Ya casi estamos ahí. Ven, por aquí.

Y cruzaron una puerta pasando el altar, donde fueron engullidos por una oscuridad remota.

Más adelante, comenzaron a aparecer una serie de lámparas de gas que conducían hacia un corredor que terminaba en una escalera caracol, y descendieron en una lobreguez casi absoluta.

Mary se sintió levemente mareada, torpe.

¿Adónde la estaba llevando? Entonces emergieron en otro pasillo.

Al final, aguardaba una enorme puerta que parecía destellar frente a ellos.

—Bienvenida al salón de los Viejos Conjuros —anunció Philip, y se hizo a un lado mientras abría la puerta para que Mary entrara primero. Ella, dudando, entró.

—Oh —murmuró.

El salón era amplísimo; daba la impresión de haberse construido solo con mármol blanco y gris.

El techado, tres veces más alto e imponente que el de la iglesia, era abovedado.

Un sinnúmero de columnas que se perdían de vista a los lados de la estancia destacaban entre las sombras, coronadas por ángeles de mármol que miraban a los recién llegados con gestos satíricos, las alas extendidas a sus espaldas; éstas parecían sostener el arco inclinado del techo.

Al fijarse mejor en los rostros de los ángeles, Mary ahogó un gritico.

—No te preocupes —la calmó Phil con una risita; era evidente que la expresión que tenía la muchacha lo divertía—. No saltarán sobre ti. Aunque den esa impresión.

—¿Qué son?

—Ángeles —dijo Phil—. Aunque hay versiones que dicen que son los Primeros Seguidores.

—¿Tenían alas? —Mary volvió a mirarles, esta vez más fascinada que asustada.

—Algunos, sí; otros, según las historias, tenían cuernos o una cola. Y hay relatos que hablan de dos cabezas.

—Creí que el símbolo de las alas estaba relacionado con los Servidores y su jerarquía.

—Caminaban por el amplio salón a paso lento.

Mary ladeaba la cabeza de un lado a otro mientras hablaba—.

Eso leí en la Enciclopedia. Esta era la intención cuando los Primeros Oscuros crearon al pegaso: que representara la jerarquía por la que se rigen los Servidores de la Oscuridad, unos a otros.

¡Y no se diga de los cuernos, o una cola!

Phil profirió una risa por debajo.

—Cierto —asintió—. Por esa razón, lo que acabo de decir sigue siendo una antiquísima conjetura.

—¿Y por qué lo llaman el salón de los Viejos Conjuros? —inquirió Mary, y se preguntó para sus adentros si Philip sabía hacia dónde se dirigían. No lo parecía. Tampoco lo preguntó en voz alta, claro. Supuso que sí sabía, pues, hasta el momento, no había dado muestras de lo contrario.

—Bueno —respondió Philip—. Ese nombre se le ocurrió a uno de mis antepasados, el primer Holbrooke en llegar a este pueblo, hace casi ochenta años.

—Ben Holbrooke —recordó Mary. Phil ya le había hablado sobre Ben.

—Sí. —Phil asintió—. Cuando Ben lo descubrió... Bueno, cuando William Oakwater y Ben descubrieron su existencia, éste olisqueó el aire y dijo que olía a magia antigua.

—¿Eso dijo? —dijo Mary, absorta y divertida.

—Sí. Y, antes de que lo preguntes, no sé a qué huele la magia antigua y dudo que alguien alguna vez la haya olido.

—¿Incluso Ben Holbrooke?

—Incluso Ben, sí. Creo que hablaba metafóricamente.

Mary advirtió que había zonas, más allá del lado este y del lado oeste, que se perdían en la oscuridad como si continuaran hacia una eternidad inexorable. Más adelante, entrevió una especie de luz blanquecina que bifurcaba las altísimas columnas del salón. Al parecer, se dirigían hacia ella.

—Hemos llegado —anunció Phil.

Permanecieron ocultos detrás de una columna. De reojo, Mary logró divisar siluetas bajo los amplios vitrales de colores que exhibían figuras religiosas; asimismo, auscultó el murmullo tronante de sus voces. En aquel momento, de hecho, una de ellas preguntó por el paradero del joven Holbrooke.

Phil comentó en voz baja:

—No creo que el Gremio se vaya a tomar muy bien tu presencia.

—¿Y por qué me has traído?

Philip estaba tenso y notablemente nervioso.

—Ya te lo he dicho —dijo categórico. Y Mary recordó: «Porque, al parecer, esta noche decidirán su destino»—. Además, las damas, en especial las jóvenes, no son bienvenidas a las reuniones del Gremio.

—¿Qué debo hacer?