Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 17. De vida o muerte
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17. De vida o muerte

DE VIDA O MUERTE

—Quiere a Mary —dijo Céline.

—¿Qué?

—Ya me has oído, madre: el hombre que está haciendo todo esto la quiere a ella. —Y señaló a su prima.

Ésta seguía inmóvil en el centro del recibidor de la mansión Katterblack, a la que habían regresado con premura tras el siniestro evento en el mercado del pueblo. Cuando llegaron, al parecer, la tía Alice ya estaba al corriente de lo sucedido, puesto que las estaba esperando en la puerta.

—¿Por qué? ¿Cómo? —El rostro de la señora Katterblack era una máscara de confusión y pánico.

—Ha dejado un mensaje grabado en la piel del dorso de Westwick —explicó Abby, que había acompañado a las jóvenes para mantenerlas sanas y a salvo durante el trayecto de regreso; fue por orden expresa del sheriff Sawyer—.

Un mensaje de sangre. Decía, en la lengua perdida de las hadas, que quería a Mary. Si no, Blackfell sería el siguiente.

—¿Dónde está padre? —inquirió Céline.

—Ha salido —respondió su madre—. Richard acababa de llegar cuando recibió un mensaje mágico de Oakwater contándole lo que pasó; yo apenas alcancé a oír un poco.

Luego se marchó con mucha prisa. Dijo que se iba a reunir en el salón de los Viejos Conjuros para discutir sobre lo que iba a hacer el Gremio respecto a Westwick y la supervivencia de Blackfell.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Mary a Abigail en voz baja.

La joven la miró con el ceño levemente fruncido.

—Sé lo que estás pensando —afirmó—. Y no. Él no ha ido a por Darkling. ¿Por qué haría semejante locura? No sería propio de Andrew. —Sin embargo, sus palabras carecían de convicción.

Mary quiso preguntarle si estaba segura, pero la melliza se dio vuelta y salió del recibidor por la puerta principal, sin decir a dónde iba o qué planeaba hacer.

—¿Qué haremos ahora, madre? —chilló Céline.

En otras circunstancias, Mary la habría abofeteado. No había pensado que su prima podría llegar a ser tan insufrible como lo era en ese momento, y como lo llevaba siendo desde que el caballo negro y su carga siniestra irrumpieron en la avenida Long River Side, a mitad del mercado.

—No lo sé, cariño. —Su madre la rodeó entre sus brazos como si se tratase de una niña quejicosa. La propia Alice parecía al borde de un colapso nervioso—. Tu padre pensará en algo; no dejará que nada les pase a ustedes o a Mary.

Alguien tocó el timbre. El mayordomo Sutr salió de la nada y cruzó de forma recta el recibidor hacia la puerta.

—¿Philip? —musitó Elise.

Mary siguió su mirada. En efecto: Phil, con gesto turbado, cruzaba el recibidor.

Vestía pantalones gruesos, una camisa blanca bajo un abrigo de lana gris, y botas rústicas.

Tenía las mejillas encendidas. El cabello oscuro pegado a la frente con sudor.

Jadeaba. Saludó a las Katterblack con un amago de sonrisa y un breve asentimiento antes de enfocar su atención en Mary .

—Philip, ¿qué haces aquí? —preguntó Céline.

—Vine a buscar a Mary —dijo él.

—¿A mí?

—¿A ella? —soltó Elise.

—¿Adónde planeas llevarla, Philip? —quiso saber la señora Katterblack.

El joven la miró seriamente.

—Adonde le corresponde estar, señora —contestó Phil—. La llevaré al salón de los Viejos Conjuros.

—¿Por qué?

—Porque, al parecer, esta noche decidirán su destino.

La taberna de Hornwood estaba concurrida.

Desde la trágica muerte de su propietario, hace cuatro meses, la clientela habitual había optado por ir a empinar el codo a otros establecimientos similares del pueblo.

Sin embargo, ese día, Kenneth advirtió que las cosas parecían marchar un tanto diferentes.

En determinado momento entendió por qué.

Escuchó entre los asiduos que una montura negra como el abrigo de la noche había irrumpido más temprano en el mercado, arrastrando consigo el cadáver de uno de los hombres desaparecidos en el baile del solsticio de Katterblack.

—Se trata de Joseph Westwick —dijo uno de los clientes en la barra.

—Más ron, muchacho —ordenó otro hombre, ebrio como una cuba.

Ken acató. Mientras servía, escuchaba a un tercer hombre contando más detalles del macabro suceso de esa tarde.

Como que habían atado el cadáver de Westwick al caballo por el cuello, y que entre jaleo y jaleo, la cabeza había acabado desprendiéndose del dorso.

También refirió que el rastro de sangre se extendía desde el inicio de la avenida Long River hasta el corazón mismo del mercado.

Y, por último, había quien aseguraba que Joseph Westwick estaba vivo, y gritando, instantes antes de que la cabeza se le desuniera del cuerpo y el caballo por fin detuviera el galope.

Kenneth guardó silencio. No había nada que pudiera hacer o decir a la memoria de Joseph Westwick.

A duras penas lo había conocido. Sí, fue buen amigo de su padre por muchos años.

Lamentaba su muerte. Westwick en persona le había expresado su pésame por la muerte de su padre meses atrás.

Parecía sincero. También Richard Katterblack, el día del funeral del padre de Kenneth, había dicho lamentarlo.

«Claro que lo lamenta —dijo Ken, cáustico, para sus adentros—.

Sin duda. Tanto así que hizo su baile a pesar del luto que aseguró guardar por su gran amigo».

—Quizá se trate del mismo asesino que acabó con nuestro estimado Henry —comentó el ebrio que estaba en la barra—. ¿Tú qué piensas, chico?

—El asesino de mi padre fue una mujer. —Ken apretó los labios; no debió decir eso.

El ebrio resopló una carcajada.

—Una mujer —exclamó—. Eso no lo sabía, chico. —Alzó el vaso de ron que le había pasado Ken y bebió.

—Deja tranquilo a Kenneth, Barry. —El otro hombre en la barra le dedicó una mirada airada—. No necesita que evoques el recuerdo de la muerte de su padre; estuvo allí, aún ha de tener pesadillas con eso cada noche. —Y miró a Ken un momento.

Éste pensó: Preferiría soñar cada noche, una y miles de veces, con la muerte de mi padre a sufrir atormentado por la maldición que cayó en él tras aquel trágico incidente.

No obstante, Kenneth jamás olvidaría el instante en el que retiró la invitación a Cateryna Dur y la nigromante fue arrastrada mágicamente hacia el exterior, no sin antes de que la hoja de su Bloodish seccionara el cuello de su padre.

Henry se desplomó al piso al tiempo que la puerta se cerraba; Ken había echado a correr hacia él a pocos intervalos de que golpeara la superficie.

Luego lo sostuvo, agonizante, sobre su regazo.

La sangre salpicó la cara de Kenneth. Su padre no dijo nada, no podía, el corte era profundo. Murió con los ojos abiertos.

—Muchacho —dijo la voz áspera y gutural del ebrio—. Creo que alguien viene a verte.

Kenneth parpadeó. «¿Qué hacen aquí?»

Al principio creyó que tal vez estaba equivocado. No podía tratarse de ellos. Ni en un millón de años. Los miembros de esa familia jamás, hasta donde sabía, habían puesto un pie en la taberna de Hornwood. Además, siempre miraban a la familia de Kenneth con desprecio y por encima del hombro.

Pero no estaba equivocado. Los hermanos cruzaron el salón robando la atención de los escasos seis comensales (tres más de los que la taberna había recibido en un mismo día desde hace meses) antes de detenerse frente a la barra. Solo entonces Ken confirmó que, en efecto, se trataba de ellos.

—Kenneth —saludó Caroline Reedstter con voz profunda.

Era una belleza de cabello oscuro, ojos cobrizos y piel tan blanca y tersa como la porcelana.

Casi tan alta como Kenneth, que tenía que alzar ligeramente la vista para verla a la cara.

Sus labios carnosos exhibían un color rosa tan pálido como el capullo de una flor apunto de florecer—.

Mi hermano y yo, como ves, hemos venido a hablar contigo.

En efecto. Ian Reedstter, su hermano, la acompañaba.

Éste era más bajo, delgado y enjuto que su hermana.

Su cabello era tan oscuro como el de Caroline, y tenía la misma tez blanquecina.

Sus enormes ojos eran esquirlas de hielo azul.

Cejas negras y pobladas acentuaban el gesto altivo de su rostro.

Saltaba a la vista que le desagradaba estar allí.

Con todo, Ken percibía un amago de sonrisa en los labios del joven Reedstter.

Kenneth salió de su estupefacción.

—¿Conmigo?

—Sí —repuso Caroline—. Contigo. En privado, de ser posible.

—No puedo abandonar mis obligaciones... —empezó a decir Ken.

—No nos tomará mucho tiempo. Además, tu hermano se puede hacer cargo mientras tanto —apuntó Ian.

Lanzó una brevísima mirada hacia el hermano menor de Kenneth, que estaba limpiando el desastre que dejó un borrachín en una de las mesas más temprano.

Después, miró de nuevo a Kenneth y su sonrisa se ensanchó a más no poder sin separar los labios—.

Él también debe aprender a manejar el negocio familiar, ¿no?

En estos tiempos que corren no sabemos qué puede ocurrir.

Ken pensó un instante. ¿De qué querrían hablar los Reedstter con él?

¿Qué podía ser tan importante para hacerlos venir a la taberna de mala muerte que, en su opinión, dirigían los Hornwood?

¿Acaso Reedstter había enviado a sus hijos para negociar la compra del local como ya lo había intentado en el pasado?

Entonces Henry Hornwood había dicho, rotundamente, que no estaba interesado.

A lo mejor había pensado que Kenneth sería harina de otro costal.

Fuera lo que fuese, no lo descubriría a menos que tomara una decisión pronto .

—Está bien —dijo por fin. Estiró el cuello, se llevó dos dedos a la boca y silbó para llamar la atención de su hermano—. Clay, acércate.

Clayton, de tan solo trece años, era tan alto y fornido, que con verlo cualquiera podría pensar fácilmente que tenía la misma edad que Ken. Si bien, una vez lo conocías, te dabas cuenta por su actitud un tanto de niño timorato que no tenía la edad que aparentaba.