16. El mercado de River Town #2
El joven Falahee se detuvo ante ellas. Era tan apuesto como Mary lo recordaba del baile. Una joven, baja y de piel clara, bastante bonita, iba de su brazo. Mary la recordó del baile y la reunión de té. Meredith Belwolf.
—Céline —dijo Roland. Parecía sorprendido.
—¿Qué haces...? —empezó a decir su prima, pero Mary no acabó de escucharla.
«Andrew».
El joven estaba a pocos metros de ella, adquiriendo alguna clase de panecillo.
Abby y Ulises Witheford lo acompañaban. Ulises señaló algo al otro lado de la calle y Abby lo siguió, dejando a Andrew solo junto al puesto de panecillos.
Mary no lo había visto desde la mañana del día anterior, tras los eventos del baile del solsticio.
Casi sin proponérselo (más bien, sin proponérselo en absoluto), avanzó hasta él abriéndose paso entre los compradores del mercado.
—¿Qué haces... aquí? —exclamó el muchacho en cuanto la vio; casi se atragantó con un trozo de panecillo. Comenzó a toser.
—Mis primas creyeron que sería buena idea visitar el pueblo. —Mary sonrió con timidez—. No lo había hecho antes .
—Sí, sí lo habías hecho —indicó Andrew cuando la tos remitió. Mordió otro pedazo de pan. Habló mientras masticaba—. Estabas inconsciente e ibas en el lomo de Sombra.
—¿De quién?
—Sombra —repitió Andrew—. El caballo del subordinado que… bueno... ya conoces la historia.
—Ah.
—¿Así que Céline y Elise andan cerca?
—Sí.
—Al menos veo a Céline. —Los profundos ojos azules de Andrew la guiaron hacia la mayor de las Katterblack que conversaba alegremente con Roland Falahee. Sintió pena por la pobre Meredith Belwolf, que parecía olvidada a espaldas del joven Falahee—. Pero ¿dónde está Elise?
—Céline ha mencionado un nombre: Baal.
—¿Baal? ¿Qué buscaría Elise en el establecimiento de Baal?
Mary se encogió de hombros.
—Katterblack no debió dejarlas salir de su propiedad —continuó Andrew mientras masticaba el último trozo de su panecillo; que poco decoroso hablar con la boca llena, pensó Mary. Tragó y añadió—: Estás en peligro. ¿Es que no se dio cuenta lo que intentaba aquel extraño la noche del baile?
Mary borró la sonrisa que había estado bosquejando desde que vio a Andrew. Éste se refería a Darkling.
—Te quería a ti, Mary.
—¿A mí? —Ella actuó como si no lo supiera de antemano—. ¿Qué querría ese hombre de mí?
Fue el turno de Andrew de encogerse de hombros.
—No lo sé —dijo—. Me pregunto lo mismo. —Y la miró fijamente como si Mary le pudiera dar la respuesta .
—No me mires de esa forma —replicó ella, airada—. Desconozco el motivo tanto como tú. No sabía que ese hombre existía hasta aquella noche.
—Él tiene nombre. —Andrew dio un paso hacia ella; ahora estaba muy cerca—. Darkling.
—Sí. Darkling —escupió Mary, y dio un paso atrás, esperando que el muchacho no notara la coloración de sus mejillas—. Él asesinó a mis padres.
—Eso ya lo dijiste.
—Es verdad.
—Te creo —dijo Andrew con absoluta convicción—. ¿Se lo has dicho a alguien más? ¿A Katterblack, por ejemplo?
—No se lo he dicho a nadie.
—Bien.
—¿Bien? ¿Por qué?
—No te lo puedo decir ahora, Mary. —Andrew volvió a dar otro paso hacia ella; esta vez, Mary no retrocedió. Él le apartó un mechón de la cara—. Debes tener más cuidado, él puede estar cer...
Se oyó un grito estridente. Un bullicio, en parte de los comerciantes en parte de los compradores del mercado, interrumpió el tranquilo ambiente en Long River Side.
El alboroto parecía tener lugar al otro extremo de la calle.
Mary no alcanzaba a ver entre el montón de gente apelotonada ante ella.
Otro grito. Reconoció la voz de su prima Céline.
Andrew la tomó de la muñeca como si presintiera que algo realmente malo estaba pasando.
El cielo se tornó más opaco; el aire, más frío.
Más personas se congregaban. Alguien gritó: «¡Calmen a ese animal!
»; una mujer chilló: «¡Está muerto!»; otra preguntó: «¿De quién se trata? ». Nadie respondió.
Andrew se volvió y la miró con fijeza con sus intensos ojos azules .
—¡Quédate aquí, Mary! —le dijo, y luego se perdió entre las personas que se apiñaban ante ella.
«No puedo quedarme aquí —pensó Mary—. Céline. Elise». No pudo evitar pensar que si algo les sucedía a sus primas, sería por su culpa.
Se armó de valor y comenzó a abrirse paso entre la multitud.
Se ganó algunas miradas airadas y puede que hasta un par de maldiciones.
Pero logró partir una brecha para cruzar hacia el otro lado, donde se abría un círculo de personas en torno a un caballo negro encabritado que intentaba domar Abigail.
Mary se sintió mareada. Tras el animal había un cadáver mutilado y semidesnudo.
Nadie sabía si se trataba de Blackfell o de Westwick dado que no tenía cabeza.
Y entonces la vio. La cabeza. Estaba a sus pies.
Mary se dobló hacia un lado y comenzó a vomitar.
Céline estaba llorando sobre el hombro de Roland Falahee al otro extremo del círculo.
Andrew estaba de pie junto a la parte del cuerpo que alguien había atado del cuello a las riendas del caballo.
Algunas damas apartaban el rostro; otras gritaban y se alejaban del siniestro teatro que, claramente, había orquestado Darkling.
Mary se sobresaltó cuando una mano cayó en su hombro. Era Elise.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí —mintió. No, no estaba bien.
El sheriff Sawyer y varios de sus hombres atravesaron la multitud hacia la macabra escena.
Mientras, Elise ayudó a Mary a retroceder para que evitara ver la cabeza cercenada que había vislumbrado a sus pies.
Céline por fin salió de su aflicción y se apartó de su amado Roland para reunirse con su hermana y su prima .
—Westwick —oyeron decir a Sawyer.
—Seguramente el caballo acabó por seccionarle la cabeza mientras lo arrastraba hasta aquí —aventuró uno de los oficiales.
—¡Hay que asesinar a esa bestia! —gritó alguien del pueblo, un espectador enfurecido por el deceso de Joseph Westwick.
—¡No! —exclamó Abby, que había conseguido apaciguar al animal. Éste era un caballo vigoroso, de brillante pelaje negro como los que habían cabalgado West y sus subordinados durante el rapto de Sam—. No tiene la culpa.
—¡No ha sido el animal! —gritó Ulises Witheford.
Mary quiso gritar que era obra de Darkling.
Prefirió callar al recordar las recientes palabras de Andrew.
Quizás fuera mejor que nadie supiera que ella era lo que quería aquel monstruo; quizás, si se entregaba a él, pensó, podría reunirse con su hermano y evitar más muertes.
Andrew apareció ante ella tan repentinamente como lo había hecho Elise.
Le ofreció un pañuelo. Era el primer gesto considerado que tenía con ella desde que lo conoció. Mary lo aceptó.
—Límpiate un poco —murmuró él—. Estás hecha un desastre. —Y sonrió levemente antes de volverse hacia Sawyer.
—Hay un mensaje, señor —avisó uno de los hombres de Sawyer que había estado ojeando el cadáver mutilado atado al caballo—. Dice... dice...
Mary no llegó a escuchar lo que decía. Tiró del hombro de Andrew para que éste le dirigiera la mirada.
—¿Qué dice?
Se produjo un largo silencio. Andrew parpadeó.
—Quiere que te entreguemos a él —respondió—. O el siguiente será Blackfell.