Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 16. El mercado de River Town
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16. El mercado de River Town

EL MERCADO DE RIVER TOWN

El constante traqueteo del carruaje evocaba en Mary recuerdos del día en que Mahlon West raptó a su hermano.

Mucho peor que el recuerdo del rostro del nigromante, era la mirada de Sam un segundo antes de desaparecer en un torbellino de ceniza y hollín.

Si tan solo lo hubiera aferrado más fuerte, se decía, jamás lo habrían apartado de su lado y ahora mismo estaría con ella.

Pensó: «Ojalá estuvieras aquí para decirte que todas las historias que nos contó nuestra madre son ciertas».

—¿En qué piensas, Mary? —oyó decir a Céline.

—Es evidente, ¿no? —señaló Elise, y volvió la vista hacia Mary—. Piensa en Sam.

Mary inhaló profundo.

—Sí. Pensaba en Sam.

—¿Quién sabe? —Céline arqueó una ceja. La cortina de su lado estaba abierta una rendija, por la cual se colaba un sesgo de luz vespertina que le iluminaba el lado izquierdo de la cara—. Tal vez nuestra prima ha estado pensando en Philip. Hacían una hermosa pareja en el baile.

—¿Por qué pensaría en Philip? —replicó Mary. Su voz la tomó por sorpresa, y se sorprendió aún más cuando notó que seguía el ejemplo de su prima al no aguardar respuesta—. Philip es encantador, sí, y muy buen bailarín; es educado, sensible, talentoso con el piano, y tenemos muchas cosas en común.

—¿Y acaso no son esas las características que busca toda mujer en su futuro marido? —Céline cerró la cortina y su rostro se opacó. Sin embargo, la atmósfera dentro del carruaje era íntima, la luz del exterior aún atravesaba el encaje de las cortinas—. Mary, ¿acaso Phil no te hace reír?

De reojo, Mary miró a Elise.

—Eso pensé —siguió Céline—. Si Philip fuera un par de años mayor que yo, y claro está, fuera acomodado, por supuesto que me arrojaría a sus brazos.

—¿Y qué hay de Roland? —Era Elise.

Céline entornó los ojos hacia su hermana. Mary contuvo las ganas de reír.

—Dime, hermana, ¿si nuestro padre no desaprobara el color de su piel no estarías con él?

Mary no habría creído jamás oír a la dulce, tierna Elise hablando con tanta mordacidad.

—Como sea. —Céline hizo un ademán con la mano enguantada—.

Antes estábamos hablando del pequeño Sam.

—Suspiró—. Padre estaba muy contento con tener al chico en casa, con nosotros, iba a ser un consentido.

Leonard, sin embargo, ha mantenido lejos a su pequeño hijo Vincent.

Sabiendo lo mucho que le encantan los niños a padre, nuestro hermano solo ha traído al bebé a la mansión Katterblack una vez desde que nació hace un año.

—Has dicho «iba» —murmuró Mary.

Céline frunció el ceño.

—¿Qué?

—Has dicho «iba» —repitió—. En pasado .

—Mary —intervino Elise, que estaba sentado junto a ella—. Lo que Céline quiso decir...

—Basta, Elise —la cortó Céline—. Estoy harta de que estés aleccionando lo que digo. Mary es lo suficientemente capaz de deducir lo que quise decir. Las personas entienden lo que quieren entender según su conveniencia.

—¿Quieres decir que quiero que mi hermano no vuelva? —Mary apretó el entrecejo.

Céline se encogió de hombros.

—Tú... —empezó Mary.

—Hemos llegado —anunció Elise, bosquejando una tensa sonrisa—. Mary, echa un vistazo.

Ella acató: apartó a regañadientes su furiosa mirada de Céline y miró por la ventana.

River Town. Su padre había nacido y crecido en ese lugar.

Allí había aprendido sobre magia aunque provenía de una familia de gente común; allí había conocido a Sylvia, la madre de sus hijos; allí se casaron y concibieron a su primogénita.

Mary no tenía recuerdos de su estancia en River Town, o de aquel pueblo.

Sus padres se habían trasladado a Boston tras la gran discusión que sostuvieron su padre y Richard Katterblack, cuando ella tenía cinco o seis años.

Su padre había querido mantenerla alejada de la magia, y Mary seguía sin saber por qué.

Recordó el mensaje en la carta de su padre: «Temo por Sylvia.

Últimamente se ha estado comportando sobremanera extraño.

Apenas come. Luce más pálida de lo normal.

Despierta sonámbula en las noches y mira sin ver por la ventana durante horas antes de, por cuenta propia, volver a la cama.

Y en una ocasión aseguró haber visto al fantasma de su madre. ..»

Su madre también los había visto. Fantasmas .

El pueblo era más grande de lo que había especulado Mary.

No tan grande como la creciente metrópolis de Boston, pero casi del tamaño justo para ser considerada una ciudad.

Pensó que seguramente había pasado por ese lugar cuando estuvo inconsciente tras el incidente con Mahlon West y sus subordinados en el camino del bosque.

Los carruajes y los carromatos pasaban de un lado a otro, tirados por monturas.

Un grupillo de niños jugaba a atacarse con palos que inexplicablemente llamaban nuxus , y se preguntó si ellos también sabrían sobre la magia.

En aquel momento recordó que en River Town no había lugar para los secretos. Eso decían.

Céline rió desde dentro, y Mary metió la cabeza.

—Ya verás —avisó su prima, entusiasmada—.

Te llevaré a la tienda de Janeen Tawney, ¿recuerdas?

La modista que ultimó los detalles de tu vestido antes del baile.

—Mary asintió. Cómo olvidarla. Céline continuó—: Luego iremos a comprarte uno o dos pares de zapatos.

Después pasaremos por el mercado. Tal vez Elise quiera comprar al señor Baal los ingredientes para su poción lunar.

—¿Qué es una poción lunar? —inquirió Mary.

—Sí, Elise, dile qué es —instó Céline, un tanto burlona. Era evidente que ella sí sabía lo que era.

—Bueno, Mary —dijo Elise—. Explicar para qué sirve una poción lunar es casi tan complicado como prepararla, así que pospondré esta respuesta para después, ¿si te parece?

Ante la mirada suplicante que le echó su prima Elise, Mary no pudo negarse.

—Está bien.

El carruaje se había detenido. Mary no advirtió cuándo.

El cochero de los Katterblack, un haduno pelirrojo de rostro pecoso llamado Winston, abrió la puerta.

Las hermanas y Mary bajaron del coche que estaba aparcado frente a una línea de tiendas de ropa, entre las que se encontraba la de Tawney; el letrero al frente, pintado sobre la vitrina de cristal con letras doradas que imitaban una hermosa caligrafía femenina, lo indicaba.

—El precioso vestido azul que te obsequiamos para el baile del solsticio quedó hecho desastre —dijo Céline una vez entraron al local. El lugar era elegante; olía a lavanda y a la frescura del jazmín. Mary jamás había puesto un pie en un sitio como este—. La señorita Tawney te hará uno nuevo...

—¿Para qué necesito un vestido de fiesta nuevo? —preguntó Mary.

—Cómo te conté antes, Mary, los Reedstter hacen más celebraciones que los Katterblack —explicó Céline—.

En unos meses será el baile de Víspera de Todos los Santos, y después el de Acción de Gracias; por último, el de Nochebuena.

Y una pequeña recepción para Fin de Año a la que rara vez hemos asistido.

—Vaya.

—Sí. —Céline sonrió excitada—. Cualquiera pensaría que Stephen es más rico que mi padre. Pero no.

Había varias jóvenes asistentes. Tres, contó Mary. Una de ellas se acercó a Céline y le informó que en un minuto o dos la señora Tawney vendría a atenderlas en persona.

Elise ojeaba distraídamente el vestido aguamarina exhibido en un maniquí de cascote que estaba en la vitrina frontal de la tienda.

Mary se acercó a ella. La prenda que admiraba era hermosa, si bien un poco osada para el gusto de Mary.

Se preguntó si Elise pensaba lo mismo Y si le gustaba.

Entonces se fijó que su prima miraba el vestido con tristeza y profunda añoranza, como si pensara que ella nunca podría llevar algo como eso.

—¡Aquí están! —Era la señora Tawney—. Mis clientas favoritas. Las Katterblack. —Luego se fijó en Mary—. Y también la señorita Cartwright. No imagino a qué vienen.

—¿A qué más, pues? —dijo Céline, sonriente.

—¿Tal vez por algún vestido?

—En efecto.

Tawney sonrió.

—Maravilloso —dijo—. Desde mi último trabajo con la señorita Cartwright he pensado que tiene una figura perfecta, como muy pocas veces he visto. —Céline carraspeó, y la modista agregó rápidamente—: Por supuesto, también la suya y la de su hermana.

Una interminable hora después, salieron de la tienda con un par de vestidos para Mary, otro par para Céline y ninguno para Elise, que no pareció nada emocionada por las opciones de vestido que le mostró su hermana.

Y siguiendo con la lista de Céline, la siguiente parada fue a la tienda de zapatos, y después, el mercado.

Este último se encontraba a lo largo de la calle Long River Side, que era la más larga y se entrecruzaba diagonalmente con la calle Holt Dem.

El mercado era un montón de puestos situados a los laterales; en ellos había un sinfín de productos: desde comida hasta cosméticos y brebajes, reliquias y amuletos, y mucho más.

Mary recordó el mercado de Rowe’s Field, aunque mucho más alegre, colorido, y silencioso.

Allí nadie pregonaba a viva voz sus mercancías, era más tranquilo en ese aspecto.

Un tenue bullicio flotaba en el fresco aire.

Céline tomaba del brazo a Mary mientras le decía cuáles puestos se dedicaban a vender ingredientes mágicos por debajo de cuerda.

Elise se perdió de la vista de Mary cuando atravesaron la multitud en el centro del mercado.

—A pie enjuto ha ido con Baal —afirmó Céline—.

El viejo Baal vende lo mejor en ingredientes para pociones mágicas.

No se encuentra en el mercado, como los demás.

Su botica está al principio de la calle Yellowfield.

Algún día deberías pasarte por ella, aunque sea para comprar un amuleto de la buena su.

.. —No acabó la frase. Sus ojos se desviaron en otra dirección.

Mary le siguió la mirada.

—Roland —musitó Céline.