Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 15. Pociones lunares
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15. Pociones lunares

POCIONES LUNARES

Céline arrojó el fajo de cartas sobre el escritorio de su padre.

Éste alzó la mirada; frunció el ceño y abrió la boca apenas una rendija. Era evidente que no se lo había esperado.

—¿Dónde las conseguiste? —le preguntó.

Céline sonrió.

—Yo no, padre —respondió—. Fue Mary.

—¿Mary?

—Sí. Mary. Las consiguió anoche.

—¿Y cómo las obtuviste tú?

Céline se dejó caer en el sillón frente a su padre profiriendo un suspiro cansino y dramático.

—Anoche la seguía hasta aquí —empezó—. Fue casualidad.

No podía dormir. Quería pedirle a Olee que me preparara un poco de leche tibia.

Cuando salí de mis aposentos, vislumbré a Mary saliendo de los suyos con aire misterioso.

La seguí. Luego la vi entrar al estudio.

Antes de asomarme a dentro la escuché hablando con alguien (¿o quizás estaba hablando sola?).

En algún momento no oí nada más. Tras un instante, abrí la puerta apenas un resquicio y la observé mientras se enderezaba con las cartas en las manos.

Entonces murmuró algo ininteligible y se desplomó en el piso.

—¿Qué hiciste, después? —preguntó su padre. Parecía absorto .

—Entré al estudio y fui hasta ella. —Céline tenía fresca aquella imagen en su cabeza—. Mary se estaba agitando como una sardina fuera del agua; se retorcía y decía cosas confusas, los ojos le brillaban como esferas mágicas. Fue espantoso. Y tuve miedo.

Entonces, de improviso, se detuvo. Céline se inclinó para comprobar si seguía viva o no.

Vivía. Intentó despertarla, hacer que se incorporara para llevarla hasta su habitación, pero le fue imposible.

En medio del forcejeo, las cartas salieron de algún lugar y rodaron por el suelo.

Céline las recogió, vio de qué se trataba y se marchó con ellas, previendo que Mary estaría bien y que despertaría más temprano que tarde.

Richard Katterblack se irguió hacia atrás.

—¿Sabes si las leyó? —preguntó una vez su Céline terminó de hablar.

—No —respondió ella—. Solo vio lo que decían en el reverso y las guardó.

—¿Y tú las leíste?

—Ya me conoces, padre. —Céline no pudo dominar una sonrisa—. Me picó la curiosidad. Además, en ellas no había nada que tú no me hubieras dicho antes.

Con la ausencia de Leonard en la mansión Katterblack, Céline se había convertido en la confidente de su padre. Él le había contado toda la historia de su prima un día después de la inesperada llegada de Mary al pueblo.

Céline siguió:

—En efecto habría sido terrible que Mary las hubiera leído y se hubiese enterado, así pues, de esa verdad. Hubiera sido un duro golpe para ella... y para mi madre. Ella también sufrirá cuando todo salga a la luz.

—Lo sé —convino su padre con una expresión entre pensativa y preocupada—. Por eso he evitado decírselo todos estos años. No quiero que Alice sufra. Pero es inevitable. Mary... Mary es muy querida para ella.

Céline también le había agarrado cariño a la joven.

E inevitablemente sentía compasión, y cómo no, dada su trágica situación familiar.

Debía ser terrible perder a toda su familia de la noche a la mañana; no se podía imaginar el sufrimiento que debía sobrellevar cada día.

Recordó el llanto de su prima cuando Vallery destrozó sus esperanzas de hallar al pequeño Sam a través de un hechizo localizador.

—Ahora cuéntame, padre —inquirió Céline—. ¿Qué ocurrió ayer en la reunión con el Gremio?

—No mucho. —Su padre carraspeó y cuadró de hombros—.

Algunos creen que nosotros, los Katterblack, dejamos entrar al nigromante que atacó a Mary la noche del baile; quien presumimos fue el autor del ataque de los argones y los subordinados.

Eudoxio expuso otra teoría al respecto, una un tanto más siniestra.

—¿Cuál?

—Es probable que aquel hombre no haya sido un nigromante sino seguidor de la luz —abundó—.

Algunos vimos cómo hizo refulgir una Omophorys poco antes de entrar en combate con Andrew.

Esta noche habrá otra reunión y tanto el joven Holbrooke como Andrew estarán presentes para ayudarnos a decidir si aquel extraño era un servidor de la oscuridad o no.

—¿Y si no, padre? —quiso saber Céline.

—Oh, querida, no quiero pensar en cuán terrible sería eso —dijo—. Nadie estaría a salvo.

Cierto. Si aquel hombre era un seguidor de la luz que obraba a favor de los Oscuros, meditó Céline, entonces no habría encantamiento de protección que le impidiera asesinar fría y libremente a los seguidores del pueblo en sus propios lechos.

Notó que su padre la estaba mirando fijamente como si hubiese escuchado sus pensamientos o, en todo caso, advertido sus temores.

—Entiendo —dijo ella.

Mary despertó apacible. Olee le preparó la tina; el agua, además de fría, tenía un inusual color verde aguamarina y olía a sándalo.

La criada le explicó que era un remedio del pueblo haduno para devolver las fuerzas al cuerpo.

Cuando Mary se sumergió en ella, lo percibió, sí, la fuerza recorriéndola, empezando por los dedos de sus pies y ascendiendo hasta su pecho y el semblante.

Despierta y vivificada, Mary desayunó en el jardín con la tía Alice y la prima Céline, que se mostraba muy animada esa mañana.

Mientras desayunaban, escuchó la melodía del piano en la sala común, flotando en el aire fresco del exterior hacia ellas.

Al parecer Philip y Elise habían reanudado sus lecciones.

—¿Cómo te sientes esta mañana, Mary? —preguntó Alice con una radiante sonrisa en la cara.

—Mucho mejor —dijo Mary—. Olee me ha preparado un baño en la tina, con sándalo; ya había despertado descansada, pero aquel baño... —suspiró— fue magnífico.

Céline sonrió.

—Sé de qué hablas —afirmó—. Sándalo. Olee me lo prepara muy seguido, por eso siempre estoy lúcida.

Mary se preguntó si Tara y Giinet hacían esos mismos baños para Elise y la tía Alice. Seguramente .

—Yo creo que ya es tiempo de que tengas a tu propia mucama —dijo Alice, y se llevó a la boca un trozo de panecillo que tenía ensartado en un tenedor—. La pobre Olee debe estar a punto de desfallecer con tantos deberes.

Si ese era el caso, la criada no lo demostraba.

Entraba cada mañana a la habitación de Mary con una amplia sonrisa y una mirada radiante en sus peculiares ojos jade.

Nunca parecía rezagada, exhausta, o atareada cada vez que llevaba toallas limpias a su recámara.

Y a menudo disponía de algunos minutos para cotillear sobre el resto de la servidumbre de la mansión, lo cual resultaba hilarante.

Si bien, el cotilleo del día anterior no estuvo en absoluto divertido.

—La señorita Elise vino a visitarla —le había dicho Olee—. Tuve que decirle que estaba con el joven Philip.

La criada también debía estar al corriente de los sentimientos de Elise por Phil, pensó Mary.

—¿Y qué ha hecho? —le preguntó a Olee. En absoluto deseaba herir los sentimientos de su prima haciéndole pensar que estaba interesada en Philip. Porque no era así, ¿verdad?

—Se ha ido en silencio a su habitación —respondió.

De vuelta al presente, Mary reiteró:

—Ya he dicho que no es necesario. Olee puede limitarse a cumplir sus deberes con Céline. —«Mientras tenga tiempo para hablar conmigo unos minutos al día»—. No estoy acostumbrada a tener servidumbre a mi disposición; he crecido sin ella. No supondrá un sacrificio para mí no tenerla.

—Oh, Mary, ya hemos tenido esta conversación —repuso Céline—.

Sí necesitas una criada para ti. Digo, no me molesta compartir a Olee, pero mi madre tiene razón.

Sé que has crecido en un ambiente diferente al de nosotros, pero esto no quiere decir que no te puedas adaptar.

—Volvió la vista hacia su madre—. Además, madre ha encontrado a dos nuevas candidatas para el puesto.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—¿Y son hadas?

—Una lo es —dijo Céline—; la otra es una ninfa.

—¿Y también pondrán a disposición de Sam una sirvienta, cuando lo encontremos? —se oyó decir Mary.

Céline y su madre intercambiaron una mirada. Una leve brisa azotó la mantelería de la mesa de jardín y los cubiertos vibraron.

—No. —Alice suspiró risueña—. Creo que tú y la nueva criada se podrán hacer cargo del pequeño Sam.

Cuando regrese. —Hizo especial énfasis en las últimas palabras—.

Asimismo, tus primas y yo, y el resto de los habitantes en esta casa estaremos atentos de su cuidado.

Puede, incluso, que la señorita Val comience a instruirlo en las disciplinas de conocimiento, conjugación y dominación.

—Pero Sam no es... —empezó a decir Mary.

—Sam es en parte haduno, Mary —indicó Céline—. Como tú. Por tanto, también debe aprender sobre la magia y el Mundo Mágico.

Mary se imaginó revelándole a su hermano que todo lo que les había contado su madre era verdad. Sonrió.

—Está bien —dijo—. Pero seré yo quien le diga toda la verdad desde el principio.

Y así quedó zanjado el asunto.

Más tarde, Mary se sorprendió al entrar a la sala común y descubrir que estaba en perfecto estado tras el caos y la destrucción de hace dos noches. Se preguntó cómo lo consiguieron los Katterblack en tan corto tiempo .

«Magia —murmuró una vocecita en su cabeza—. O bien un batallón de asistentes como los que dispusieron todo para el baile». Daba igual.

Allí se encontró con Philip, que estaba por marcharse.

Le preguntó a Mary cómo estaba. Ella respondió que mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo.

Su felicidad sería completa si Sam estuviera con ella, pensó.

Con una mirada brillante, Philip se le quedó mirando como si supiera exactamente lo que estaba pensando, lo cual no era difícil de adivinar.

Al cabo, Philip se marchó e inmediatamente apareció la señorita Atwood.

—Oh, Elise, querida —profirió Val, risueña—, me alegra que estés de vuelta con nosotras.

—Sí. —Elise hizo un intento por sonreír, pero no lo consiguió. Sus mejillas blancas se tornaron rosadas—. Me recuperé favorablemente, Val.

—Eso me pareció, querida. —Val sí que sonrió con autenticidad—. En el baile.