Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 14. El hombre de la mortaja #2
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14. El hombre de la mortaja #2

El hombre agitó las riendas. Enseguida el famélico caballo, la carreta y el inicuo celador del cementerio, se alejaron por el mismo camino por el que habían venido.

Horace no esperó a que la carreta se perdiera de vista; se volvió con premura y enfiló la casa.

Philip oyó cuando abría y cerraba la puerta.

Horace se disponía a subir las escaleras cuando Philip invocó otro hechizo.

Tanto las lámparas de gas del estrecho corredor como las de la salita de estar se encendieron con un ahogado estallido.

Horace se detuvo en el acto, a mitad del ascenso.

—Philip —dijo Horace notablemente sorprendido—. ¿Qué haces aquí, despierto?

—Me hacía la misma pregunta —replicó el muchacho.

Horace volvió a bajar las escaleras y entró a la estancia, al parecer, sin darse cuenta de lo que llevaba en las manos. Philip estaba sentado muy firme en el banco del piano. Se levantó despacio y le lanzó a su tío una mirada impasible. Luego a la mortaja que el hombre llevaba en brazos.

—¿Qué es eso? —le preguntó a Horace.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—No. Respóndeme.

Horace tragó en seco.

—Nada —dijo finalmente.

—No me parece que sea nada . Es evidente que se trata de un algo enorme. Habla.

—No es nada, Philip. —Horace se enserió, tal como lo había hecho ese día en el desayuno—. En serio, muchacho. Ocúpate de tus asuntos, y deja de meter tus narices en los míos. No quiero que me vuelvas a espiar.

—¿Qué es eso? —repitió Phil.

—Philip —advirtió Horace.

—Wallace dijo que tuvo que mutilar esos cuerpos.

En el cementerio oí más de lo que te dije.

—Phil avanzó un paso con decisión, y luego otro—.

¿Para qué necesitas cadáveres? ¿Qué es eso que estás haciendo en el ático?

¿Para quién es ese trabajo que no me has permitido ver?

¿Qué sabes de la desaparición de Elio Blackfell y Joseph Westwick?

¿Por qué no quieres que sepa la verdad? ¿Acaso ya no eres leal a los Seguidores de la Luz?

—¡Suficiente! —gritó Horace, y se volvió.

Philip no iba a permitir que le diera la espalda otra vez.

Alzó su mano y Horace se vio arrastrado hacia atrás; después, absorto, acabó sentado sobre el sofá rojo de terciopelo, bastante antiguo.

El impacto hizo que la mortaja se le cayera de las manos, y los dedos de un pie asomaron por la abertura.

Phil tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para no doblarse y vomitar allí mismo.

Sintió la bilis burbujeándole en la garganta.

Horace parecía tan horrorizado como él, pero no hizo amago de inclinarse para recoger lo que estaba en el suelo.

Philip señaló con el dedo y su tío, a regañadientes, bajó la mirada.

—¿A quién pertenece eso? —lo interrogó. Aunque bien ya sabía la respuesta.

Horace cerró los ojos, suspirando, y dijo:

—Probablemente a uno de los humanos fallecidos en el baile del solsticio.

—¿Por qué te lo ha entregado Wallace?

—Para... mi trabajo.

—¿Qué trabajo?

—No te lo puedo decir, Philip.

—¿Por qué no?

—Te pondría en peligro —exclamó Horace. Sonaba sincero a la vez que asustado e impotente—. Pondría en peligro a Jason y a Lucas. No estamos a salvo en esta casa, Philip. No estamos a salvo ni aquí ni en la luz o en la oscuridad .

Phil lo miró sin entender.

—¿De quién estás hablando?

—Me temo que eso tampoco puedo decírtelo. —Horace alzó la vista. Su ojos eran negros; su mirada, cansada—. Solo confía.

—No puedo. —Philip suspiró violentamente—. No si las vidas de mis hermanos corren peligro, maldita sea. ¿Cómo puedo confiar sus vidas en ti?

—Tienes que hacerlo —dijo Horace, y se puso en pie—.

Solo confía. Sé lo mucho que amas a tus hermanos.

—Se acercó a su sobrino evadiendo la mortaja—.

Sé que no quieres que nada les pase. Pero necesito que confíes en que cualquiera que sea la razón por la que estoy haciendo lo que hago, es para salvarlos.

A Jason, Lucas, y a ti. Te pareces mucho a tu padre.

Philip alzó la mirada. Los ojos le escocían intentando contener las lágrimas.

—¿Qué?

—Te pareces a tu padre —repitió Horace—. Sé que dije que Jason se parecía a él. No es así.

—¿Mi padre confiaría en ti?

—No.

—Entonces, ¿por qué debería hacerlo yo?

Horace suspiró profundamente.

—Porque —respondió— anhelo que hayas heredado al menos eso de tu madre.

Mary despertó, no sabría decir después de cuánto tiempo, en el suelo del estudio del señor Katterblack.

La luna derramaba su fría luz sobre ella.

Se sentó erguida y ladeó la cabeza de un lado a otro.

Lo primero que pasó por su cabeza fue: «¡Las cartas!

». Revisó los bolsillos de su bata y descubrió que estaban vacíos.

No era posible, pensó, si las había sacado del cajón antes de. .. de...

¿Fue un sueño? No estaba segura. Quizás, en efecto, lo había soñado todo desde el principio.

Pero, Dios, pareció tan real. Tan real como el episodio de hace unas noches tras el cual terminó en la cabaña de los Treddaway.

No tenía sentido. Nada lo tenía. Para empezar, ¿quién era el hombre (o haduno) sonriente que la condujo allí?

Ciertamente jamás lo había visto. No que recuerde.

En fin, suspiró. Se levantó torpemente apoyándose del escritorio.

La cabeza le palpitaba. Dolía. Y las piernas le flaqueaban, aun así pudo mantenerse en pie al cabo de un instante.

Salió del estudio y regresó a sus aposentos.

Una vez allí, se desplomó boca arriba sobre el lecho y respiró hondo.

Torció la cabeza y vislumbró que la Enciclopedia y algunas cartas de su padre estaban sobre la mesita de noche.

No estaba tan cansada como para no leer un poco antes de pernoctar, ¿o sí?

, pensó. Mucho menos después del reciente episodio.

Leyó la primera.

En ella, su padre relataba algunos progresos del segundo embarazo de Sylvia.

La mujer hadúna —¿Leila Green?— que velaba el estado de la señora Cartwright predijo que sería un niño.

El padre, feliz a más no poder, decidió que se llamaría Samuel, como el difunto abuelo del retoño.

Samuel Cartwright. Mary no conoció a sus abuelos paternos, estos ya estaban muertos para cuando ella nació; y, salvo por Alice, su padre no tenía más familiares con viva.

Asimismo, sus abuelos maternos también estaban muertos, según su madre.

Y, en vista de que nunca mencionó algún hermano o hermana, u otros parientes lejanos, Mary supuso que no tenía más familia que Michael, Mary y Sam.

De pronto, destelló en su cabeza las palabras de la señorita Atwood sobre la persecución que vivían el pueblo haduno desde tiempos inmemoriales, y apartó la idea.

La primera carta también hablaba sobre los inicios de su padre como periodista, y los de su madre como bibliotecaria.

Así había conocido a la señorita Green. Su padre había sido muy cauto al escribir esas cartas, notó Mary.

Le sorprendía cómo evitaba aludir la magia, o la naturaleza hadúna de Leila Green, o incluso la de su antigua vecina, una ninfa.

Esto último Mary lo descubrió por sí sola tras leer la sección pertinente en la Enciclopedia.

En la segunda carta —más bien la tercera desde que Katterblack se las entregó—, refería un poco más de lo mismo en un tono, si cabe, monótono.

Al final, Michael reseñó tres hechos considerables del último año.

El primero: Samuel, de un año, había dicho su primera palabra: «Mary».

El segundo: su ascenso en el periódico, y el tercero sobre su esposa. ..

Temo por Sylvia. Últimamente se ha estado comportando sobremanera extraño.

Apenas come. Luce más pálida de lo normal.

Despierta sonámbula en las noches y mira sin ver por la ventana durante horas antes de, por cuenta propia, volver a la cama.

Y en una ocasión aseguró haber visto al fantasma de su madre.

Hace un par de noches despertó exaltada.

También yo. Noté que le brillaban los ojos y balbucía una sarta de incoherencias en la lengua perdida de las hadas.

Mencionó: «Un ático», «Hechizo nocturno», «Tiene ojos en todos lados», y cosas así.

Quizá eso tenga algún significado para ti, y si no lo tiene, te agradecería que emplearas tu gran instinto inquisitivo para descubrir lo que le ocurre a Sylvia y qué quieren decir sus ensoñaciones .

Temo que se esté volviendo loca, Richard; temo por los niños. Sobre todo por ellos.

Espero pronto tu respuesta.

Atentamente,

MICHAEL