14. El hombre de la mortaja
EL HOMbrE DE LA MORTAJA
«Sí, querida Mary. Yo ordené la muerte de tus padres».
Una nube de polvo negro —hollín— se alzó ante ella y la arrastró hacia un abismo oscuro y de vuelta a la luz.
—¡No! —profirió Mary, irguiéndose. Meneó la cabeza de un lado a otro, suspirando exaltadamente mientras el sudor frío le correteaba por el rostro, el cuello y el pecho.
Fue solo un sueño, se apaciguó. No, más bien una pesadilla.
Y había despertado. Aun así, adonde quiera que ella mirase, el mundo continuaba plagado de sombras entramadas en cada uno de sus rincones.
Emergió de la cama. Caminó hasta la ventana mientras el camisón le hondeaba levemente a causa de una brisa que, tal parecía, provenía de ningún lugar.
Miró. Al principio, como si buscase algo, concretamente, cerca de la fuente de la trucha.
El fantasma de su madre, con seguridad. Lo hacía sin darse cuenta.
Por último, en su fuero interno, al ver que el jardín se hallaba solitario, suspiraba resignada.
Extendió la mano y tocó el frío cristal.
Después se volvió y ahogó un grito, llevándose una mano a la boca.
Allí estaba. Un fantasma. Pero no el de su madre.
Esta vez era un hombre corpachón, de cabeza calva y abundante pelo rulo tras las orejas; todo él era blanco, plateado y traslúcido brillante.
Una sonrisa afable hendía la parte inferior de su cara.
Estaba de pie junto a la puerta; le hizo una seña a Mary para que lo siguiera.
Acto seguido, el espíritu traspasó la puerta.
«No es posible», pensó Mary. Un grito histérico pugnaba por salir de su garganta.
Sin embargo, un pensamiento la detenía. Quizá aquel espíritu quería guiarla hasta su madre.
Mirándolo así, Mary cogió su bata, se la colocó y, con rapidez, salió del dormitorio.
Fuera, el pasillo de las habitaciones estaba frío e inhóspito.
Precisó al fantasma flotando hacia el final del corredor y, después, desapareciendo en el tramo de las escaleras.
Mary avanzó con premura hacia él. Su madre podría estar aguardando por ella, o tal vez todo era un engaño de Darkling para conducirla hacia una trampa.
Imposible, pensó. En tal caso, correría el riesgo.
Continuó. Bajó las amplias escaleras del corredor y siguió el pálido destello del espíritu hacia el pasaje que Mary ya conocía. El estudio de Richard Katterblack.
Mary giró la perilla y, sin más, la puerta se abrió.
Dentro, el estudio de Katterblack se hallaba tal y como lo recordaba de la primera vez que estuvo allí; no obstante, estaba más oscuro y plagado de sombras.
Mary sintió un escalofrío rectándole por la espalda como una serpiente.
Entró en el estudio. La única luz que mantenía a raya a la oscuridad, era la que entraba a través de los amplios ventanales tras el escritorio; aquella luz era ominosa y tan gélida como el aire. El fantasma estaba junto al escritorio.
Viró la cabeza. Su madre —su fantasma, al menos— podía estar en alguna parte de la estancia.
No la vio. En cambio, el espíritu del hombre de permanente sonrisa afable la miraba con fijeza.
Sus ojos brillaban. Alzó uno de sus brazos traslucidos y señaló el mueble junto al que estaba parado.
Mary se acercó, despacio. Se preguntó qué quería mostrarle.
Sobre el buró no había nada que fuera de su interés.
Pero a medida que se acercaba, sin embargo, pudo precisar mejor al extraño sonriente.
Si no fuera porque carecía de color, Mary casi podría afirmar que se trataba de un ser haduno.
Esto parecía sugerir sus ojos enormes y su inmutable sonrisa.
Notó, asimismo, que no estaba señalando la planicie del escritorio, sino la parte trasera.
—¿Quién eres? —le preguntó al fantasma.
Éste se mantuvo impasible.
—¿Qué quieres mostrarme? —insistió Mary—. ¿Quién eres?
Sin respuesta.
Se limitó a cruzar el escritorio hacia su parte ulterior.
Detrás solamente había unos cajones con hermosos pomos dorados.
Mary las revisó. Para su sorpresa, todos estaban vacíos.
Solo uno de ellos contenía un manojo de cartas, un montón de sobres duros y amarillos.
Resultaban familiares. Mary los tomó. Alzó la mirada y advirtió que el fantasma había desaparecido de su lado. Se puso en pie.
Leyó el reverso de uno de los sobres:
De: Richard Katterblack
Para: Michael Cartwright
305, Rowe’s Field Avenue, Boston, MA
Su antigua dirección.
—No es posible —musitó Mary, absorta. Eran las cartas que Richard había enviado en respuesta a las de su padre en los pasados diez años. ¿Cómo las había conseguido?
Daba igual. Las guardó en el bolsillo de su bata y, con premura, se dispuso a marcharse.
Sin embargo, le cerraron el paso. Mary abrió los ojos como platos.
No tuvo tiempo de gritar. El fantasma sonriente se arrojó sobre ella, tal y como ella misma se había arrojado a los brazos de su madre la otra noche.
Y la demoledora sensación fue la misma. Como si una enorme roca le cayera encima.
Sus piernas no aguantaron el peso, y se desplomó.
Phil aguardó que la noche cayera y que sus hermanos por fin estuvieran dormidos para deslizarse entre las sombras y el silencio hasta la salita de estar, en la planta baja de la casa Holbrooke.
Una vez allí, se asomó por la ventana y observó la luna.
Su madre le había enseñado una vez cómo medir el tiempo a través de un simple vistazo a este cuerpo celeste.
De esa forma pudo determinar que era medianoche cuando oyó el lejano traqueteo, que pronto dejó de estar lejano.
Se asomó por la ventana. Solo una rendija. Y miró.
«El hombre de la mortaja», pensó Philip.
Divisó la carreta tirada por un caballo famélico y al hombre que ocupaba el puesto de conductor.
La carreta se detuvo a cierta distancia de los límites de la propiedad.
Phil supuso que era una manera de prevenir que fueran oídos por alguno de los jóvenes habitantes de la casa.
El hombre sobre la carreta tenía un amplio sombrero de copa alta que dejaba caer sobre su rostro una espesa sombra negra como el cielo nocturno.
Solo bastó que un amago de luz de luna le salpicara la parte baja de la faz para que Philip pudiera confirmar de quién se trataba .
No hubo sorpresa. A decir verdad, Phil no había esperado que fuera otra persona el hombre de la mortaja.
El sepulturero. Si bien todavía no entendía por qué Lucas había apodado al viejo Wallace Flint como «El hombre de la mortaja».
¿O tal vez lo que quería decir era «El hombre en la mortaja»?
Era evidente que Wallace no estaba envuelto por una. Entonces...
Oyó algo. Pasos. Horace se aproximaba. Philip cerró la cortina que había abierto una rendija y la oscuridad de la salita de estar lo engulló.
Con todo, pudo vislumbrar a su tío, al menos en parte, que bajaba las escaleras del recibidor.
Lo siguiente, más que verlo, lo escuchó: Horace abriendo la puerta; sus pasos sobre el pórtico de madera y como bajaba los tres peldaños de la entrada.
«He sido un hombre cruel, un hermano terrible, y he de merecer el castigo que los Primeros me hayan dispuesto», había dicho su tío frente a las tumbas de su hermano y de su cuñada. Philip no se podía sacar aquellas palabras de la cabeza.
Volvió a abrir el pesado cortinaje una rendija y observó a Horace y Wallace hablando en voz muy baja y lanzando miradas nerviosas de un lado a otro, o al menos eso era lo que hacía su tío.
Phil había tenido que cerrar apresuradamente la cortina en dos ocasiones cuando Horace se giró brevemente hacia la casa.
No podía escuchar lo que aquellos hombres se decían, y a duras penas lograba verlos.
—Partes... —oyó decir a Wallace, exaltado, que alzó momentáneamente la voz—. No todo...
Philip invocó el auditus incantatores, el mismo hechizo que había utilizado el otro día en el cementerio. Entonces pudo oír mejor.
—Solo me faltan algunas partes —musitaba Horace, airado—. No necesito uno completo; ya te lo he dicho .
—Eres una molestia, Holbrooke —replicó el sepulturero con voz áspera.
—Sabes perfectamente qué estoy intentando hacer con los cadáveres. —Horace cuadró los hombros—. Él fue muy claro al decirme que no podía ser un hombre entero; que tenía que ser un hombre hecho de muchos semejantes. No quiero que se enoje conmigo.
—¿Y a mí qué? —escupió Wallace—. No tengo porqué servirle a él. Mis sombras me resguardan.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Wallace no respondió.
—Eso supuse —siguió Horace—. Le tienes tanto miedo como yo, ¿verdad?
—Cierra la boca, Holbrooke —espetó Wallace—. O me marcharé con mi mortaja. —Le hizo una seña hacia atrás al otro hombre—. Tienes suerte de que me tomara la molestia de mutilar esos cuerpos por ti. Coge la mortaja y deja que me vaya.
Eso hizo Horace. Rodeó la carreta y, de nuevo, volvió ante Wallace.
Esta vez el tío de Philip no tenía las manos vacías.
«Mortaja», pensó él. Horace cargaba trabajosamente una especie de saco de un lienzo blanco sepulcral: adentro parecía haber algo pesado, punzante e inerte.
Pensó en lo que acababa de decir el sepulturero.
«Tienes suerte de que me tomara la molestia de mutilar esos cuerpos por ti».
Eso era. Partes de un cuerpo. Pero, ¿de quién?
«Maldita seas, Horace, ¿en qué demonios andas metido?»
—Dime una cosa —pidió Horace—. ¿Son de Blackfell o Westwick?
Wallace murmuró una risita ácida.
—Ninguno de los dos —respondió—. Al parecer, él tiene otros planes para ellos .