13. Un lugar sin secretos
UN LUGAR SIN SECRETOS
La habitación estaba tenuemente iluminada.
El aire no había sido antes más frío, ni las paredes más grises.
Al menos así lo percibía todo Abigail desde que vio a Grace desplomada en los brazos de su padre: frío y gris.
Y allí seguía ella, batallando contra la muerte por el veneno de argón.
La piel de Grace también era gris, y rugosa, como grietas en la tierra causada por la sequedad; su cabellera, otrora ámbar, se había tornado reseca y opaca, y sus párpados y labios, del color de una magulladura.
Estaba tendida boca arriba en la cama, con una sábana que la arropaba hasta el pecho y le cubría los pies, sus brazos sobresalían de ella y sus manos estaban unidas a la altura de su pecho. Si no fuera por la tenue elevación de su dorso, daría la impresión de llevar muerta una semana y tres días.
«Pero estás viva —pensó Abby—. Y despertarás».
No se había apartado de su lado ni un solo instante.
Había seguido al señor Startclyde cuando éste alzó a Grace en sus brazos luego de que Vallery le curara la herida con su magia sanadora; le había insistido en ir con él.
Startclyde le había dicho que no, por supuesto.
Abby no se conformó. Horas después, tras cambiarse el vestido que llevó puesto en el baile (un modelo que le obsequió la señora Katterblack) y lavarse la sangre de argón y subordinado que le había salpicado la piel de las manos, el rostro y el pecho, se apareció en la casa Startclyde.
Eloise, la segunda esposa de Frederick, le abrió la puerta y le permitió entrar de buena gana.
El señor Startclyde no estaba en casa, le informó a Abby la señora; había acudido a la búsqueda de los desaparecidos del baile del solsticio, y posteriormente, se reuniría con los seguidores del Gremio en el salón de los Viejos Conjuros para discutir no sé qué.
Lo cierto era que no volvería hasta caída la noche, y Abby ya estaba preparada para encararlo una vez más.
Frederick Startclyde había sido el primero en oponerse a la relación entre su hija y Abigail.
Él esperaba descendencia de Grace y, además, estaba el qué dirán en el pueblo si supieran la verdadera naturaleza de su relación.
Sin embargo, «en River Town no había lugar para los secretos», era el dicho popular de quienes allí vivían; y el rumor se esparció.
Al principio, solo le llegaban miradas respingadas y señalamientos indiscretos con el dedo; luego, las habladurías.
Ni Grace ni Abigail les prestaron atención, y continuaron paseando juntas a la vista pública, eso sí, manteniendo la discreción.
Al cabo, River Town se fue acostumbrando.
No fue así con el señor Startclyde.
Grace le había contado la sarta de maldiciones que había proferido su padre cuando éste se enteró que ella había rechazado la invitación de Delmar Belwolf, y en cambio, había aceptado ir con Abigail al baile del solsticio.
Y si no fuera porque Grace le había insistido, Abby no habría asistido a la fiesta más memorable del año entre las damas y caballeros estirados del pueblo .
Pasado el mediodía, la señora Startclyde entró a la recámara llevando comida a Abby.
Ésta se lo agradeció con una sonrisa trémula, nerviosa.
Marcelus y Emma, los medio hermanos de Grace, ingresaron a la habitación con ella.
Eloise nunca fue del agrado de Grace, aunque ésta, en opinión de Abigail, no se había dado la oportunidad de conocerla mejor.
Cuando Eloise miraba a Grace recostada e inconsciente en aquella cama, los ojos le brillaban como le brillarían a cualquier madre.
«Pero qué sé yo cómo una madre ve a su hija —pensó.
La suya había muerto en el parto que los trajo al mundo a ella y a su hermano—.
Supongo que sí mi madre viviera, también me miraría de esa forma». Nunca lo sabría.
Lo que sí sabía, y era evidente, era que Eloise quería a Grace como una hija, y por tanto la hería verla en aquel estado.
Emma había salido sollozando de la habitación cuando tomó un mechón de cabello a su hermana y este se desprendió sin más de su cabeza.
La niña lo dejó caer y salió corriendo horrorizada.
Marcelus, en cambio, soltó una leve carcajada que intentó disimular para no ganarse una regañina de su madre.
El niño y el señor Startclyde compartían los mismos ojos dorados, y en algún momento recordó que en una ocasión Grace le dijo que había heredado los ojos azul intenso de su madre, una Treddaway.
(Sí, la difunta madre de Grace y Abigail eran parientes, primas lejanas.)
Margot Treddaway había muerto a los veintidós años, poco después de dar a luz a Grace, cuando Mahlon West atacó el pueblo.
Margot se enfrentó al nigromante, y casi lo venció, cortándole la cara con su daga.
West, a pesar de la herida, logró asesinar a la madre de Grace cuando ésta flaqueó hacia el final del encuentro.
—¿Se pondrá mejor, madre? —preguntó Marcelus a Eloise con una vocecita infantil .
La señora Startclyde estaba detrás el pequeño; le acariciaba los cabellos, que eran ámbar como los de su hermana mayor.
—Sí, cariño.
Abigail notó que el niño no quedó tan convencido. Los niños no eran tan fáciles de engañar como se creía. Pero, ¿quién podía culpar al pequeño Marcelus?
—No todos poseemos la misma fuerza —añadió Abby; tanto el chico como su madre se volvieron paulatinamente hacia ella—.
Algunos son más fuertes que otros, o más débiles.
No es cuestión de capacidad física, sino mental, superar una prueba.
Cualquier prueba. —Esperó que Marcelus no le preguntara a qué se refería con eso, así no tendría que responderle que «a pesar de la fortaleza que trasmitía Grace, ésta poseía una mente frágil debido a la trágica muerte de su madre»—.
Se pondrá bien, Marcelus. Tu hermana es fuerte —dijo.
En cambio había pensado todo lo contrario.
El niño asintió, y la tensión en sus pequeños hombros disminuyó. La señora Startclyde le sonrió con levedad y bosquejó una palabra muda en sus labios: «Gracias». Luego se fueron, y Abigail y Grace se quedaron a solas en la habitación una vez más.
La habitación se había oscurecido con el paso de las horas, y la señora Startclyde había vuelto brevemente para encender las lámparas de gas y comprobar el estado de Grace.
Seguía igual, y eso la decepcionó a ojos vistas.
Abby vio cómo se le humedecieron los ojos antes de marcharse.
En algún momento después de eso, Abigail se quedó dormida en el sillón en el que había estado sentada las últimas horas.
—Abby —murmuró una voz. Un sueño, quizás.
Abigail abrió los ojos, y allí estaba Grace, con los ojos entrecerrados y la pálida mano extendida hacia ella .
—Abby —volvió a decir con voz tenue.
Abigail se levantó y, con premura, se sentó a su lado y le cogió la mano.
—Sigues débil, Grace —murmuró—. No hables. Estoy aquí. Estaré aquí hasta que estés bien.
Grace cerró los ojos con pesadez y suspiró una grácil sonrisa. No volvieron a hablar, la muchacha ya se había dormido, y Abby se había apartado de su lado y vuelto a su lugar en el sillón, donde se quedó dormida por lo que le pareció un siglo. Al cabo, despertó.
—Ya es hora de que te vayas, Abigail —dijo una voz en las sombras.
Era el señor Startclyde. Éste estaba de pie junto a la ventana del costado, donde la luz entrante de la noche lo convertía en una silueta grande y negra, casi como un Hombre sombra.
—Grace —soltó Abby, sin prestar atención al tono de desprecio de Frederick Startclyde—. Despertó hace un momento.
—Mi hija estará bien —replicó Startclyde, y se volvió hacia ella. El dorado de sus ojos parecía atravesar la negrura impuesta por las sombras sobre su rostro; era escalofriante—. No necesita más de tus cuidados, es hora de que te vayas.
—No.
—¿No?
—No me iré —afirmó Abigail—. Ella me necesita.
—Grace necesita descansar, eso es todo. —Frederick dio un paso hacia el lecho de su hija y su rostro anguloso y sombrío emergió de la penumbra; estaba demacrado e inconcusamente cansado—. ¿Qué sabes tú lo que es mejor para mi hija?
—Ella dijo mi nombre cuando despertó —espetó Abby.
—Eso no quiere decir que te necesite —insistió Startclyde, airado—. Eso quiere decir que está delirando, que los efectos del veneno ya están pasando, que necesita descansar más. Grace no te necesita. No quiero volver a verte junto a ella.
—Me temo que no será posible, señor Startclyde.
—¿Por qué no? —bramó éste—. ¿Por qué no te alejas de ella y la dejas ser feliz? ¿Por qué no es posible?
—Porque la amo —gritó Abigail, sin el menor rastro de duda o vergüenza de sus sentimientos—. Y porque ella también me ama.
Frederick parecía haber sido abofeteado. Quizá así era, metafóricamente.
—Es imposible —murmuró él, abrumado; se dejó caer sentado en el borde de la cama de su hija y se llevó las manos al semblante—.
Imposible —añadió, turbado—. No sabes de lo que estás hablando.
Todavía son muy jóvenes, es peligroso que quieran exponer su naturaleza invertida de esta forma, y a los ojos de todo el pueblo. Serán heridas y burladas y...
—... y seremos felices —atajó Abby—. Juntas.
—No puedo aceptarlo.
—¿Por qué no?
—Mi nombre —soltó Frederick—. ¿Qué hay del legado Startclyde?
—Estarán Marcelus y Emma para continuarlo... —Abby no daba crédito de que realmente estuvieran hablando de eso en aquel momento.
—¡No! ¡Me niego! —vociferó Startclyde; se puso en pie con decisión—. Lárgate de mi casa, aléjate de mi hija, o me encargaré de que el pueblo entero y los seguidores se pongan en tu contra y en contra de tu hermano —amenazó—. Tú decides, Abigail. —Y levantó la mano para señalarle la puerta.
Abby parpadeó. Una vez salió, se preguntó si aquella había sido en realidad su decisión.