12. Deseo de venganza
DESEO DE VENGANZA
La estancia olía a polvo y roca; un aire frío revoloteaba entre los hombres allí reunidos.
A través de los altos vitrales religiosos, la luz del atardecer se filtraba con fuerza menguante, y transformaba a los hombres ante ellas en sombras y ángulos oscuros.
A sus espaldas y los laterales, se alzaban imponentes columnas de mármol encabezadas por ángeles con alas extendidas y gestos terroríficos en sus preciosos rostros.
Richard Katterblack había sentido un escalofrío la primera vez que los vio hace muchos años; y aún ahora le producían el mismo sentimiento cada vez que los veía de refilón.
Después de la búsqueda infructuosa de los desaparecidos del baile del solsticio, los seguidores de la luz que componían el Gremio de River Town decidieron congregarse en el salón de los Viejos Conjuros para discernir quién, o quiénes, fraguaron el ataque, cuál habría sido su auténtico cometido y, más importante aún, qué harían al respecto.
—¡Ha sido Mahlon West! —sentenció Frederick Startclyde, airado. Richard no se había esperado menos de él—. ¿Quién si no? Es evidente que quiere venganza por la derrota que sufrió hace dieciséis años a manos de los nuestros.
Y a costa de la vida de su amada, faltó decir.
—¿Vengarse de quién, Frederick? —habló Félix Oakwater, el alcalde del pueblo.
Era un hombre alto y enjuto como un palo; nariz afilada y sonrisa serena en labios finos; la mata de cabello oscuro estaba, como siempre, bien arreglada, y sus ojos añil brillaban con un fulgor casi mágico.
Era más joven que la mayoría de los hombres allí reunidos (salvo Lance Greystar, el más joven), y aun así había logrado hacerse con el cargo que tenía gracias a su irrefutable carisma y a su precoz madurez—.
¿Y por qué? —seguía diciendo—. ¿Por la horrible cicatriz que le dejó tú primera esposa?
—Tú no estuviste allí, Oakwater —escupió el dolido Frederick—. Por entonces, si mal no recuerdo, eras un chiquillo llorón. No sabes de lo que West es capaz por cosas menores que una puta cicatriz.
—Quizás no, Frederick —terció Arnold Greystar, que estaba junto a su hijo Lance—.
Pero yo sí estuve, y sé de lo que es capaz West. Y pienso que Félix tiene razón: no es cosa de West. Al menos no del todo.
Sospecho que alguien, quizá un Gran Amo, logró convencer a Mahlon de unirse a su causa. Blackstarr, por ejemplo.
—Mahlon no ha servido jamás a nadie además de sí mismo —dijo Stephen Reedstter, sereno y sombrío, como era habitual.
Su expresión altiva y aquella tenue risita que constantemente tenía en la cara siempre sacaban de quicio a Richard.
Los Reedstter, como el resto de su estirpe desde hacía siglos, se creían superiores.
Y Stephen no era la excepción. Con todo, Richard lo sobrellevaba lo mejor posible (tan bien que ni él mismo se daba cuenta de ello); sus familias eran muy unidas, sus hijos eran casi primos, y sus esposas, confidentes.
Además, los Reedstter y los Katterblack tenían varios negocios en conjunto que estaban rindiendo sus frutos.
Quizás por esto, sobre todo, resultaba fácil hacerse la vista gorda en cuanto a la actitud de su estimado colega—.
No existe Amo Nigromante que pueda persuadir a Mahlon.
Nunca supimos cuáles eran sus verdaderas intenciones con este pueblo; por qué lo atacó hace dieciséis años.
Si un nigromante lo convenció de unir fuerzas, entonces debemos estar preparados, señores.
—Allí estaba, observó Richard, otra vez esa risita.
—¿A qué te refieres, Stephen? —inquirió Oscar Witheford, con el ceño fruncido.
—Es evidente a qué se refiere, Oscar —replicó el sheriff Christian Sawyer—.
Si un nigromante convenció a Mahlon West de servirle o de unirse a su causa, entonces ese nigromante fue capaz de ofrecerle lo que hace años West no consiguió al atacar River Town y asesinar a docenas de inocentes.
Un nigromante viejo y muy poderoso está por acometer.
Como dijo Greystar, bien puede tratarse del retoño del difunto Stefan Blackstarr, que murió a manos de Lucas Holbrooke.
—¿Qué podría querer? —preguntó Eudoxio Belwolf.
—Poder —increpó Startclyde—. Venganza. Eso quieren todos los nigromantes que han atacado en vano River Town.
—Hay algo que tal vez algunos no recuerden, pero yo sí —oyeron decir a Stephen—.
El hombre que vestía de oscuro y estaba forzando a la muchacha, la sobrina de Richard, a acompañarlo.
Era evidente que la quería a ella a toda costa.
Y, pensándolo ahora, este sería un interés que comparten West y el extraño, dados los acontecimientos de la llegada de la joven al pueblo.
Ese es el nigromante del que estamos hablando, claramente, y lamento decirles esto —lanzó una mirada de reojo nada sutil a Richard—, pero algún Katterblack lo dejó entrar a la fiesta sin invitación.
—¿Qué estás insinuando, Stephen? —soltó Richard, que no había hablado hasta ese momento .
—Alguien dejó entrar al nigromante a la casa, alguien de tu familia —explicó Reedstter—. A menos que los encantamientos de protección hayan fallado a causa del solsticio, que es poco probable, dudo que el nigromante pudiera ingresar espléndidamente sin la invitación de uno de los dueños.
—Pero ¿qué querría ese nigromante de la muchacha? —dijo Felix Oakwater.
—A lo mejor Richard lo sabe —masculló Stephen.
En aquel momento Richard lo despreció como no lo había hecho antes, y dejó que este odio se evidenciara en la mirada fulminante que le lanzó a Reedstter. Luego se fijó en que todos lo estaban mirando.
—No sé qué puede querer ese nigromante de Mary —se oyó decir—. No sé por qué atacó durante el baile y, en definitiva, no sé el motivo por el que raptó a Westwick y a Blackfell...
—Es evidente que se los llevó para hacer un trueque —interrumpió Frederick—. Quiere a la muchacha, y no descansará hasta tenerla.
—Y no la tendrá —alegó Richard con firmeza—.
No permitiré que nada le ocurra a Mary; ella es inocente.
Recién perdió a sus padres, y tal vez a su hermano, y acaba de descubrir que el mundo no es el que ella creía conocer.
En absoluto la entregaré a Mahlon West para salvarnos el pellejo.
¿Qué clase de hombre sería si dejara que algo le pasara?
—¿Qué clase de hombres serías si dejaras que los hijos de Joseph crecieran sin su padre? —exclamó Reedstter.
—¿Qué propones que haga? —replicó Richard airado—.
¿Qué le entregue a una joven inocente a cambio de las vidas de Westwick y Blackfell?
¿Eso sería lo que ellos querrían? ¿Vivir a cambio de una vida inocente?
—Suspiró profundo, como si hubiese dejado de respirar unos segundos.
Con más calma, continuó—: Joseph Westwick luchó a mi lado contra argones y subordinados la noche anterior, y hubiera muerto luchando si alguien no lo hubiese raptado primero. Él no querría eso.
—¿Qué dices de Blackfell? —insistió Stephen.
—Elio tampoco lo querría. —«Tal vez se haya ocultado bajo la mesa del banquete —pensó Richard—. Pero Blackfell tiene dos hijos». ¿Qué clase de hombre sería si dejara que algo le ocurriese a uno de ellos? Elio Blackfell era miedoso, sí, mas no un cobarde.
—Entonces, ¿qué haremos? —dijo el joven Greystar. Tenía los brazos cruzados ante el amplio pecho.
—Primero lo primero, Lance —le contestó su padre—. Debemos hallar a nuestros amigos sanos y salvos.
—¿Cómo? —sonsacó Frederick.
—Todavía no hemos utilizado un hechizo localizador con Blackfell —respondió Arnold Greystar—. Lloyd es un joven capaz, y si es puro, tal vez eso le ayude dándole el poder necesario para encontrar a su padre a través de la sangre que los vincula.
—Mi padre tiene razón —corroboró Lance—. Lloyd es competente, y si es puro de cuerpo, será capaz de encontrar a su padre a través del hechizo localizador.
Ya lo habían intentado con Westwick. Fallaron.
Su primogénito era aún muy joven y, por tanto, carecía de la fuerza vital necesaria para que el hechizo diera resultados.
Así pues, encontrarlo por ese medio era sencillamente imposible.
No obstante si el nigromante que atacó a Mary la noche anterior no era tan astuto como se presumía, entonces, quizás, Westwick tenga la fortuna de estar en el mismo lugar que Blackfell .
—Si hallamos a nuestros amigos, probablemente también atinemos con la guarida de Mahlon West —dijo Frederick.
Era un hombre alto y de cuerpo grueso, imponente, ojos amarillo oscuro como monedas de oro; su mirada se ensombrecía cada vez que se mencionaba a su difunta primera esposa, que murió hace dieciséis años a manos de Mahlon West—. Y también del nigromante.
«Y puede también que allí esté Sam», pensó Richard.
—Debemos caer sobre, ellos todos juntos —propuso Stephen—. Por lo que vimos anoche, tal vez no sea un cometido fácil de conseguir.
Por primera vez, Richard estuvo de acuerdo con las palabras de Reedstter.
—Es probable que por fin demos descanso al alma de nuestro amigo Henry —dijo Oscar Witheford—. Han pasado cuatro meses desde su muerte, y aún no sabemos con claridad quién fue su asesino. Sospecho que el secuaz de Mahlon tiene algo que ver en todo eso.
—El joven Kenneth lo dijo —apuntó Sawyer—. La muerte de su padre fue causada por Cateryna Dur.
—¿Y qué has investigado al respecto, Christian? —preguntó el alcalde Oakwater.
—Los Dur son legendarios en Escandinavia e Inglaterra, de donde son oriundos —contó el sheriff—.
Se dice que ellos, de alguna forma, intervinieron en la disputa entre las casas York y Lancaster en la Guerra de las Dos Rosas.
Después no se supo más de los Dur hasta que Arrow Dur, apodado la Flecha Veloz, se puso al servicio del Gran Amo Mormont.
Arrow murió en un asalto a su fortaleza, y su hija, Cateryna Dur, pasó a ocupar su lugar como Gran Ama del dominio de los Dur.
Poco después, ella desapareció, según se afirma, para cumplir alguna ordenanza impuesta por su Gran Amo. Eso explica qué hace aquí.
—¿Quieres decir que Mormont puede estar involucrado en todo esto? —Frederick parecía impresionado.
—No exactamente —respondió Sawyer—. Mormont tal vez haya enviado a Cateryna a vigilar a los descendientes de Ben Holbrooke.
Ya conocemos la historia que se traen esas dos familias.
Lo que me resulta un poco confuso es qué tenía que ver Hornwood con Cateryna Dur.
Kenneth Hornwood señaló que Dur había irrumpido esa noche en la taberna porque había acordado reunirse con su padre, pero no especificó para qué fin.
—Hay un detalle que hemos pasado por alto, caballeros —habló Eudoxio Belwolf—. Sobre el hombre misterioso. El nigromante del que estábamos hablando hace un instante.
—¿Qué sucede con él, Belwolf? —le preguntó Witheford.
Richard tuvo una sospecha de lo que Eudoxio estaba por decir, y estas no tardaron en confirmarse.
—Quizá yo fui el único en verlo, señores —continuó Belwolf—. Pero aquel hombre fue capaz de darle luz a su arma cuando se enfrentaba al joven Treddaway. Si fuera un nigromante, la Omophorys no hubiera correspondido a su invocación.
—Es verdad —murmuró Oakwater—. Yo también lo vi.
—Y yo —afirmó Lance Greystar.
—¿Qué quiere decir eso, entonces? —dijo Stephen Reedstter—. ¿Que aquél hombre no era un nigromante sino...? —Al parecer su propia voz mental respondió a su pregunta, pues no terminó la frase—. No es posible —añadió anonadado.
—Puede que sí. —Sawyer tenía una mirada pensativa—. Se ha escuchado de Seguidores que traicionan su cometido, ¿por qué no iba a ser diferente con ese hombre ?
—Pero no es posible —insistió Reedstter—. Ese... Eso no parecía humano.
—Eso no quiere decir nada, Stephen —replicó Richard—. Los peores monstruos se esconden bajo máscaras de pieles hermosas y miradas inocentes; puede que, en este caso, sea invertido. Eso explicaría como consiguió entrar a mi hogar sin invitación.
—Richard tiene razón —convino Lance—. Tal vez se trate de un Seguidor, envuelto por un hechizo de camuflaje para ocultar su identidad.
—Posiblemente —murmuró el padre de éste.
—Solo hay una forma de corroborarlo —dijo Richard—. Debemos traer a Andrew Treddaway y a Philip Holbrooke a nuestro siguiente cenáculo. Ambos se encontraron cara a cara con aquel hombre. De ese modo sabremos si alguno de los dos percibió el aroma de los Servidores de la Oscuridad en él.
—¿Y si no? —quiso saber Oakwater.
«Y si no», repitió Richard para sus adentros. No quería pensar en esa posibilidad.