Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 11. Después del caos #2
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11. Después del caos #2

—Sí —dijo Philip—. Ocurrió durante los apagones.

Blackfell estaba oculto; cuando todo terminó, nadie volvió a verlo.

Joseph Westwick, en cambio, combatía contra los argones, pero se desvaneció durante el segundo apagón.

—También el hombre que intentó raptar a Mary se había desvanecido; Philip no creyó necesario mencionarlo.

—Yo también liquidé algunos argones —se ufanó Jason, fachendoso. Era verdad, en parte. Lo que calló fue que Philip lo salvó en más de una ocasión cuando bajaba la guardia; los argones habían intentado atacarlo por la espalda—. Al menos una docena.

—Te felicito —dijo Horace, volviendo en sí; bosquejó una sonrisa y le palmeó el hombro a Jason—.

No esperaba menos de ti. La sangre de Lucas Holbrooke corre por tus venas.

—Jason envaneció. Horace miró Philip—. ¿Quién habrá fraguado tal ataque?

¿El Gremio tiene alguna idea? ¿Tuvo que ver Mahlon West?

Phil frunció el ceño. Le sorprendía que Horace estuviera al corriente de los últimos acontecimientos en River Town.

Pero no dijo nada. En aquel momento los cuatro estaban desayunando en el comedor, la estancia menos frecuentada (en lo que a comidas respecta) de toda la casa Holbrooke.

Phil y sus hermanos siempre optaban por la mesa redonda que estaba a un extremo de la cocina.

Allí se sentía más grato, familiar; en cambio, el comedor era cerrado.

Solo una ventana en la parte frontal impedía la sensación de enclaustramiento .

Sin embargo, Phil notó que a Horace le gustaba más ese lugar que el pequeño espacio en la cocina.

A mansalva porque le recordaba al ático, pensó.

Horace, además, se había hecho cargo de preparar el desayuno esa mañana (huevos revueltos, bacon y tortitas y compota de arándanos para untar en pan tostado).

Lo que pilló por sorpresa a Philip al entrar a la estancia más temprano.

—Mahlon West no apareció durante ni después del ataque —indicó Phil, untando compota en el pan—. Salvo por el extraño que intentó raptar a Mary, sólo hubo argones y subordinados.

—¿Cuál extraño ? —interrogó Horace.

Phil le contó esa parte de la historia. Horace no se inmutó, tal como había esperado.

—Pero, ¿ese hombre no era un nigromante? —preguntó después de que Philip finalizara.

—No estoy seguro. —Phil lanzó una mirada de reojo a Lucas que parecía un poco distante esa mañana—. Empuñaba una Omophorys . Yo vi cuando él invocó la hoja.

—Tal vez era un Seguidor traidor —expuso Jason masticando sus huevos revueltos—. He oído que los hay.

—Quizás —repuso Philip. También él había escuchado al respecto.

Solo un seguidor de la luz podía invocar el albor de una de sus armas.

Además, había algo extraño, pensó mientras engullía bocados de pan, que resultaba familiar y escalofriante a partes iguales.

Pero si no era un nigromante ni un subordinado, entonces qué era—. Podría averiguarlo —divagó.

—¿Qué cosa, Philip?

Éste alzó la vista.

—Si tan solo pudiera acceder a la Habitación de los Conjuros —empezó el muchacho—, podría encontrar conocimientos que ayuden a descubrir qué era ese extraño .

Se produjo un instante de silencio.

—De ninguna manera —soltó Horace, al cabo—. No puedes entrar al ático.

—¿Por qué no?

—Lo sabes, Philip.

Phil se empinó y entrecerró los ojos.

—No —repuso—. No lo sé. Nadie, en realidad, sabe qué demonios estás haciendo en el ático. Salvo Lucas.

Horace se levantó de súbito, rodando estruendosamente la silla hacia atrás. Parecía furioso.

—No subirás al ático —aseveró, devolviéndole la mirada desafiante y enfurecida a su sobrino—.

No entrarás en la Habitación de los Conjuros ni tomarás nada que esté en ese lugar.

Todo el conocimiento que necesitas saber está en los libros que yo bajé para ti tras la muerte de tu madre; en el ático no hay nada que te pueda servir.

«Ambos sabemos que eso no es cierto».

—Eso lo tendría que decidir yo —espetó Phil, y se levantó tal como lo había hecho Horace.

Éste ni se inmutó.

—No lo harás, Philip —dijo él—. Al menos, no hasta que yo acabe mi trabajo allí —agregó—, hasta entonces olvídate de esa idea. —Y tras otra mirada fulminante, se marchó.

Escucharon sus pisadas mientras subía las escaleras y luego caminaba hacia el ático.

Después, todo quedó en silencio. Phil suspiró profundo.

Al momento de sentarse, notó que Lucas lo estaba mirando fijamente.

«Si quieres saber lo que está haciendo el tío Horace en el ático, espera al hombre de la mortaja.

Viene por las noches cada vez que alguien muere en el pueblo», le había dicho su hermano.

«Pero no ha muerto nadie en River Town en los últimos cuatro meses, desde el asesinato de Hornwood», oyó decir aquella tarde al viejo Wallace, en el cementerio.

En el baile del solsticio habían muerto humanos y seguidores de la luz, sabía Philip.

Entonces comprendió.

«Vendrá esta noche —pensó—. El hombre de la mortaja vendrá esta noche».

La tía Alice insistió en que reposara. Le advirtió que, en algunos casos, las sanaciones mágicas podían causar estragos si la persona en cuestión no tomaba un debido descanso y evitaba hacer hasta el mínimo esfuerzo, lo que incluía caminar más de lo necesario.

Así que, pasado el mediodía, Mary seguía en cama, con la Enciclopedia en el regazo y un par de las cartas de su padre a la mano.

—¿Cuánto tiempo debo estar así? —le había preguntado a su tía.

—Solo por hoy.

—¿Qué hay de mis lecciones con la señorita Vallery? —insistió Mary.

—Val no dará lecciones hoy. —Céline la había mirado con un gesto entre divertido y turbado—.

Tampoco Phil dará sus lecciones de piano a mi hermana.

Hoy el pueblo está de luto por las muertes en el baile.

Mi padre ha salido muy temprano para reunirse con el Gremio y trazar un plan de búsqueda para hallar al señor Blackfell y al señor Westwick.

El alcalde Oakwater, el sheriff Sawyer y parte del Gremio, asimismo, están visitando a los humanos que escaparon con vida de la recepción tras haber visto a los argones.

—¿Por qué ?

—Para borrarles los recuerdos —dijo Céline como si tal cosa—. Hay un hechizo bastante efectivo, se llama memoriam delere , y…

—Céline —la cortó su madre—. No agobies a la pobre Mary. Necesita descansar.

Qué horror, había pensado Mary. Sonaba un tanto escalofriante que alguien pudiera borrar sus recuerdos con solo murmurar unas palabras en la lengua de los Primeros Seguidores.

Aunque, bien mirado, ojalá ella pudiera olvidar su espeluznante encuentro con el señor Darkling de la noche anterior.

Su rostro, pálido y grotesco, destellaba en la oscuridad cada vez que cerraba los párpados.

—Señorita Mary. —La puerta se abrió; Olee asomó el rostro, entre sonriente y tímida—. Alguien ha venido a verla.

—¿Quién?

—El joven Philip.

«Phil».

—¿Puede entrar, señorita? —Olee le echó un vistazo particular de arriba abajo.

Mary tragó saliva y parpadeó.

—Sí —farfulló. La voz le salió más débil de lo normal.

Olee salió sin más. Mary se irguió y dejó la Enciclopedia y las cartas sobre la mesita de noche.

«Phil», pensó. La última vez que vio a Phil, éste había evitado que Darkling le diera la estocada final a Andrew.

«Dios, y está aquí». Se pasó la mano por el cabello y se palmeó los cachetes.

Como si fuera a servir de algo. Andrew se lo había dicho esa mañana: estaba hecha un desastre.

Cabellos enmarañados, ojeras moradas. Sin añadir que vestía camisón de dormir.

La puerta se abrió.

—Mary.. .

—Sí, Philip.

Éste entró a la habitación, ladeando la cabeza y abriendo alegremente los ojos al verla sentada en la cama.

Quizás, después de todo, Andrew había exagerado lo suyo sobre su apariencia, o tal fue la impresión que le dio Philip.

¿Por qué pensaba en Andrew a cada momento?

Sacudió la cabeza y esbozó su mejor sonrisa.

—Mary —dijo Phil—. ¿Cómo estás?

—Bien —contestó ella con tono trémulo. «Viva —bien pudo haber dicho—.

Gracias a ti». No debería sentirse nerviosa.

No era la primera vez que estaba a solas con un muchacho en su habitación, y este no era cualquier muchacho.

Miró a Philip. Él estaba de pie, muy erguido, frente a ella; tenía los hombros tensos, la cabeza un poco gacha y una mirada tímida.

A diferencia de Andrew, no se atrevería a sentarse en la cama sin su aprobación, consideró Mary.

Philip era educado; Andrew, un atrevido sin sentido del decoro.

«Otra vez pensando en Andrew»—. Me siento un poco débil, sí, supongo que es porque he estado en cama las últimas doce horas o poco más.

Era cierto. Las criadas le habían llevado el desayuno a la cama, y más tarde, el almuerzo; le habían cepillado el cabello estando sentada entre las sábanas, y de la misma forma la habían vestido cómodamente para pasar el día entero acostada en su lecho.

Sí, estaba enferma (más bien, hastiada ) de estar postrada.

Y, para colmo, sentía un regusto amargo en la boca que le había quitado el apetito.

—Es normal —repuso Philip adoptando una postura más relajada; tenía las manos cogidas a la espalda—. El veneno de argón funciona de varios tipos en diferentes cuerpos: las ninfas tienden a morir más lento, los seguidores de la luz más rápido, las hadas... bueno, se pueden curar a sí mismas .

—Sí. Leí al respecto.

Mary echó un vistazo a la mesita de noche, donde estaba el grueso volumen.