11. Después del caos
DESPUÉS DEL CAOS
A la mañana siguiente, todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Salvo, claro, que los desaparecidos seguían desaparecidos, y la sala común exhibía un aspecto anárquico llena de sangre y cadáveres de argón; por otro lado, los subordinados sobrevivientes fueron trasladados a una celda en la prisión del pueblo, y encargaron a Wallace, el sepulturero, enterrar a los muertos en una fosa común en los límites entre el bosque y el cementerio.
Entonces, Richard Katterblack pensó que nada estaba tan bien como había supuesto.
—¿Adónde vas, cariño? —Su esposa estaba en la cama, con el rostro demacrado.
—Blackfell y Westwick siguen desaparecidos —respondió Richard mientras se colocaba la camisa—. Debo ayudar a Sawyer y a los demás a encontrarlos.
Alice murmuró algo.
—¿Qué? —Richard se volvió hacia su esposa y la vio enderezándose.
—Te he preguntado si crees que el ataque fue obra de Mahlon West —explicó Alice.
Richard no respondió. Había visto cuando aquel hombre calvo con la gabardina intentó llevarse a Mary a la fuerza durante los momentos finales de la batalla.
Si no hubiera estado tan afanado con los argones —también Leonard, que luchaba a su lado—, habría intervenido para salvarla.
No hizo falta; Andrew Treddaway y Philip Holbrooke la salvaron en su lugar (y Alice no tenía por qué enterarse de ello, ¿verdad?).
Entonces ocurrió el apagón. Segundos después, Frederick Startclyde gritó Fiat Lux , «hágase la luz», y la luz regresó.
Richard, preocupado, barrió el salón con la mirada buscando a Mary.
Se fijó que Leonard corría hacia la misma dirección en la que habían visto a la joven por última vez.
Allí vio que la cola de un argón asomaba tras la muchacha.
Richard y su hijo llegaron en el momento en el que ella se desplomaba en el suelo.
Temió lo peor. Después de llevarla a sus aposentos y asegurarse de que Sutr la sanara debidamente, la habían dejado sana y salva al cuidado de Andrew, que insistió en quedarse con ella toda la noche mientras la sanación mágica surtía efecto.
Richard, en honor a la verdad, no tardó más de un segundo en aceptar dadas las caóticas circunstancias en la primera planta.
Así pues, bajó y se reunió con los demás, que se encargaban de recoger los cuerpos o simplemente marcharse sin mirar atrás.
Elio Blackfell, a quien Richard divisó ocultándose bajo las mesas del banquete, había desaparecido.
También Joseph Westwick, que lo hizo tras el segundo apagón durante la batalla.
Grace Startclyde resultó herida por un argón —su estado era aún más grave que el de Mary— y seguía inconsciente a pesar de la sanación mágica que había usado en ella Vallery Atwood.
Y, por si esto no fuera suficiente, murieron siete humanos comunes atacados por argones, y tres seguidores de la luz de las familias de la franja baja del pueblo.
Algunas pérdidas que lamentar, sí, pero Richard confiaba en que lo peor aún estaba por venir.
—Darkling —susurró Mary, sobresaltada, y así despertó.
Fue tanto el terror que prosiguió a su avivar que a duras penas logró recordar dónde estaba (sus aposentos, en la mansión Katterblack).
La habitación estaba nebulosa. Se miró de arriba abajo.
Llevaba el mismo vestido que la noche anterior; había perdido uno de sus guantes de seda.
Percibió que una sombra pasaba delante de ella (no hacia ella), y el corazón le golpeó fuertemente el pecho.
Esa sombra abrió las pesadas cortinas y dejó que entrara a raudales la luz nacarada de la mañana.
Ella contrajo el rostro y se cubrió los sensibles ojos con el dorso del brazo.
—¿Estás bien?
Mary reconoció la voz de la última persona que vio antes de desfallecerse la noche anterior.
Andrew.
—Sí —respondió. Se talló los ojos y, después, lo miró—. Solo... un poco exhausta.
Andrew seguía junto a la ventana. Parecía un ángel fiero.
Tenía el rostro pálido y cansino, el cabello dorado alborotado como un nido de pájaros y los labios hinchados por el sopor del que, al parecer como ella, acababa de despertarse.
Vestía una camisa blanca holgada bajo una chaquetilla gris abierta y pantalones oscuros, rotos a la altura del muslo.
No era difícil distinguir cuál era la sangre de argón y cuál la de humano —una era negra, la otra roja—, puesto que ambas salpicaban la camisa y el rostro del muchacho.
Mary suspiró, apartando la mirada antes de que Andrew reparara en ella .
—Es evidente. —Andrew se volvió; caminó hacia ella y se sentó en la cama, ligero y cansado.
Se le veía exhausto, y lo estaba, concluyó Mary tras escuchar el suspiro que profirió al sentarse y la mirada lánguida que se cubrió con una mano, que luego pasó por sus cabellos—.
Has estado toda la noche, y parte de la mañana, atrapada en el mismo sueño.
—¿De qué hablas? —preguntó Mary. Frunció el ceño.
Estuvo a punto de decir que no había soñado nada cuando, de pronto, recordó la pesadilla donde el hombre pálido con el rostro perverso de la muerte la perseguía por los corredores de la mansión Katterblack empuñando una espada.
En la pesadilla, además, asesinaba brutalmente a sus primos Leonard, Céline y Elise, y a su tía Alice; en cambio, a Richard Katterblack lo dejaba escapar por alguna (o ninguna) razón.
Por último, lograba atraparla a ella. Y fue cuando despertó.
Andrew se irguió despacio y ladeó sus ojos de azul tan intenso como el océano más allá de los puertos de Boston. Mary bajó la mirada.
—Darkling —murmuró Andrew. Y, de pronto, la mente de Mary se oscureció con el recuerdo del rostro del extraño.
«Sí, querida Mary —le había respondido Darkling la noche anterior—.
Yo ordené la muerte de tus padres». Andrew la estaba mirando fijamente—.
El hombre que intentó llevarte era Darkling, ¿verdad?
Mary bajó la mirada y asintió.
—Sí.
—¿Quién era?
—Solo sé que es el asesino de mis padres —respondió ella, incapaz de ver a Andrew a la cara—.
Me lo dijo mientras bailábamos; dijo que dio la orden de ejecutarlos y sonrió.
—No pudo evitar echarse a llorar. Se llevó las manos al rostro y cedió a las lágrimas.
Notó que la cama se estremecía, y de pronto Andrew estaba junto a ella, rodeándola con sus brazos, prestándole su hombro para que pudiera llorar sobre él, llorar la muerte de sus padres, la traición y la muerte de la señorita Green, el rapto de su hermano.
La mano de Andrew le acariciaba con dulzura la cabellera; Mary lo oía decir en voz muy baja: «Lo siento, lo siento, lo siento mucho. ..»
No sabría decir, más tarde, cuánto tiempo exactamente estuvo así, llorando a lágrima viva.
Al cabo, sorbió por la nariz, se enjugó las mejillas con las manos y, despacio, apartó su rostro del hombro de Andrew; su tímida mirada halló el nítido azul de sus ojos.
Dios, estaba tan cerca de ella que podía oler su sudor y la mezcla de sangre e icor que desprendía; también le dio la impresión de que podía escuchar los pálpitos de su corazón, que, tal parecía, se aceleraba cada vez que Mary le miraba los labios o los ojos.
Quería besarlo, lo quería como jamás había querido otra cosa.
—¿Estás bien? —preguntó ella con voz queda.
Andrew parpadeó.
—¿Eh?
Mary se alejó un poco más y, con una mano en la boca, se aclaró la voz antes de repetir la pregunta.
—Sí, estoy bien —afirmó Andrew, como si tal cosa—. ¿Qué te hace pensar lo contrario?
—Tu hombro —dijo ella, y lo señaló con la mirada. La tela exhibía una amplia hendidura con salpicadura de sangre roja (humana) a la altura del hombro derecho. Recordó a Darkling alzándose ante Andrew tras haberlo herido.
—No te preocupes —contestó Andrew, deslizándose hasta el borde de la cama con la mirada gacha—. Estoy bien. Gracias a Olee, que hizo un buen trabajo.
—¿Olee ?
—Sí. La mucama de Céline, ¿la conoces? —Enarcó una ceja. Había una chispa de diversión, ironía, cuando alzó la mirada.
—Me estás tomando el pelo —espetó ella sin evitar una risa, y se vio tentada de arrojarle una almohada al muchacho cuando éste asintió. Si bien intentaba disimularlo, Andrew también reía—. ¿Y yo estoy bien? —preguntó después, más seria, esperando que Andrew le respondiera sinceramente.
—Al parecer, sí —dijo Andrew con tono crítico—. El argón te hirió en la espalda, y Sutr te sanó con su magia, ya sabes, hada sanación . —Suspiró hondo y se levantó—. Yo diría que luces magnífica, pero estás hecha un desastre.
—Tú no te ves mejor —replicó ella con buen ánimo.
Y las puertas se abrieron. Céline, Elise y la tía Alice entraron causando un alboroto.
La última se arrojó sobre Mary y comenzó a besarle las mejillas, la frente y el cabello mientras le decía lo preocupada que había estado por ella desde que supo lo ocurrido.
Mary se sintió conmovida; nadie antes había demostrado tanta preocupación por ella, salvo sus padres.
Como cuando se perdió en un mercado de Boston y sus padres casi se volvieron locos.
Aquello parecía haber sido hace un siglo o más.
Tampoco sus primas escatimaron en muestras de cariño y palabras de preocupación por ella. Elise y Céline la abrazaron como una hermana, y la última le soltó una regañina sobre que la próxima vez que algo así pasara que se limitara a seguir a las demás y no se quedara atrás como una niña asustadiza.
Al sonreír, Mary cayó en la cuenta de que Andrew ya no estaba en la habitación.
—Ha pasado toda la noche aquí, cuidando de ti —comentó Elise en voz muy baja, posiblemente, al ver el efímero desconcierto de Mary por la ausencia del muchacho.
«Toda la noche», pensó Mary. Suspiró y asintió.
—Desaparecidos —murmuró Horace. No era una pregunta, notó Phil. El gesto difuso en su cara daba la impresión contraria—. Blackfell y Westwick desaparecidos.