10. Hermoso caos #3
—Treddaway —jadeó—. Mahlon me dijo que le causaste problemas cuando intentaba raptar a la preciosa Mary.
—Lanzó una fría mirada de soslayo a la chica; después, la regresó hacia el muchacho que estaba a sus pies—.
Tú y tus amigos mataron a todos sus subordinados, pero aun así no pudiste salvar a su hermano.
—No —convino Andrew al instante; tenía los labios apretados y una mano en el hombro sangrante.
—Mírala —siguió Darkling con una sonrisa—. Es tan bella como su madre.
Mary quiso vomitar. Al mismo tiempo, quiso levantarse y cargar ella misma contra el asesino de sus padres.
Darkling le había dicho que él había sido el responsable de sus muertes; se lo dijo mientras bailaban.
Mary apretó los labios y se levantó. El extraño volcó de nuevo su atención en ella y sonrió .
—Vaya, vaya —expresó—. Y, por lo visto, eres tan valiente como tu padre.
Ella, a regañadientes, anunció:
—Iré contigo.
—¡No! —gritó Andrew; tenía los ojos grandes y sombríos, sin amago de azul—. ¡No puedes!
—Sí que puede —afirmó Darkling con una sonrisa, si cabe, más amplia y aterradora en los labios—. Y lo hará.
De pronto, en un visto y no visto, una sombra de pesado terciopelo emergió detrás del extraño como un tentáculo.
Mary contuvo el aliento un segundo. Darkling se volvió para mirar, y la cortina, que manejaba mágicamente Philip, le ciñó el brazo que no portaba la espada y lo alzó.
La expresión estupefacta en el rostro de Darkling fue poesía para Mary.
En otras circunstancias habría reído, sí, señor.
Pero reparó en Andrew, que se estaba levantando a duras penas.
Ella se aproximó, le ofreció su hombro como apoyo, y luego se quedaron viendo como Darkling, cual gusano, intentaba liberarse de la cortina animada.
—¡Suéltenme! —gritaba—. Los voy a matar, ¡los voy a.
..! —Y las palabras quedaron estranguladas, su rostro pareció ondularse como si una serpiente le transitara bajo la piel.
Darkling hendió la brillante Omophorys y cortó el tentáculo de terciopelo que lo izaba.
Hecho esto, cayó de rodillas y se levantó rápidamente.
Se escuchó otro estallido y el salón volvió a oscurecerse.
— Fiat lux —gritó alguien en las sombras en una lengua desconocida. Y la luz retornó.
Darkling ya no estaba.
—Mary —murmuró Philip con voz queda y una mirada de espanto .
Ella frunció el ceño; un segundo después, sintió como si una estaca de acero caliente la atravesara por la espalda.
Dolió, pero brevemente. Las piernas le flaquearon.
Un argón, pensó. Y su peso recayó sobre Andrew.
Su rostro, lleno de miedo, fue todo lo que vio, tal como la primera vez, antes de rendirse a la oscuridad.
—¿Dónde está Mary? —preguntó Alice Katterblack, que recién caía en la cuenta, tal como todas las demás, de la ausencia de su sobrina en el estudio.
—No lo sé, madre —dijo Céline con voz trémula—. La última vez que vi a Mary, me pareció que intentaba llegar hasta mi padre mientras él estaba con Andrew. Y, en éstas, ¿qué hacía Andrew aquí?
—¿Andrew? —repitió Gina Witheford, preocupada. Era bien sabido que llevaba un par de años enamorada, y no correspondida, del joven Treddaway. Solo Céline notó que la chica dijo el nombre de Andrew con aquel tono.
La señora Katterblack volvió sus ojos hacia Elise.
—¿Y tú? —dijo; parecía un poco eufórica, exaltada.
—Tampoco lo sé, madre —respondió Elise.
Y no aparecía que mentía, opinó Céline. Aunque tenía motivos para hacerlo.
—¡No puede ser! —Alice se apartó de su sollozante nuera y comenzó a moverse de un lado a otro, llena de preocupación—. Es la hija de mi hermano, ¡de mi difunto hermano! Debemos salvarla. Debemos traerla aquí, sana y salva. No puedo perderla a ella también .
—Tranquila. —Elise se acercó a su madre y la rodeó con sus brazos. Cruzó una mirada con Céline—. Nada de eso es tu culpa. Ella estará bien. Leo y padre están fuera, y no dejarán que nada le pase. Además, probablemente Mary pudo llegar hasta la segunda planta y esconderse en su habitación...
—Eso no me tranquiliza, Elise. Afuera hay hijos de Isidora que bien podrían subir a la segunda planta y derribar la puerta. —Inspiró hondo como si llevara un tiempo conteniendo la respiración—. Eso, en el caso de que haya podido abandonar del salón.
Su madre podía tener razón, reflexionó Céline. No obstante, prefirió callar. No era el momento para ser pesimista.
—Es probable que ambas tengan razón —intervino—.
Pero Mary ha pasado por cosas peores. Sabrá cuidarse.
Y en cualquier caso, confío en que Leo, padre, Lance Greystar, los Treddaway o cualquiera de los que estén allá fuera, evitará que algo le suceda.
—Se unió al abrazo de Elise y su madre. La estancia había quedado completamente en silencio.
Las mujeres que compartían aquel improvisado refugio poseían miradas afligidas y asustadas.
Ninguna lloraba. Ellas, en el fondo, también confiaban.
Tocaron la puerta.
Hubo un revuelo general. Céline sintió que su corazón se detenía; percibió lo mismo en su madre y su hermana cuando se apartó de ellas y vio que habían palidecido.
El aire se tensó. Las mujeres se apiñaron en el fondo de la recámara, temblando, sollozando, rezando el Padre Nuestro o simplemente con una expresión aterrada. Más golpes contra la puerta.
—¡Madre! —dijo una voz conocida al otro lado—. Céline, Elise. Soy yo.
—¡Leonard! —exclamó Coselin, que se puso en pie de un salto y, a una velocidad pasmosa, comenzó a quitar los muebles que las mujeres habían apilado contra la puerta.
La señora Katterblack y sus hijas la respaldaron mientras las demás, a sus espaldas, se limitaban a observar.
Finalmente la puerta se abrió—. Leonard, ¡Leonard!
Coselin se colgó del cuello de su esposo y empezó a besarlo por toda la faz, casi de forma indecorosa.
En pos, entró Lance Greystar, cubierto de icor de argón en el rostro.
Parecía exhausto. Se produjo un alboroto general entre las mujeres, segundos después, cuando anunció que todo había terminado, que tanto los argones como los subordinados estaban enteramente muertos. Céline suspiró aliviada.
—¿Hay fallecidos? De los nuestros, quiero decir —preguntó la señora Katterblack a su hijo.
La mirada de éste se ensombreció.
—Elio Blackfell y Joseph Westwick desaparecieron tras el segundo apagón —respondió Leo—. Grace Startclyde fue herida por un argón; la señorita Atwood la está atendiendo.
Céline buscó a la señora Blackfell o a la señora Startclyde con la mirada, pero ninguna de ellas estaban en el salón. La mayoría ya había salido para encontrarse con sus maridos e hijos.
—¿Dónde está padre? —preguntó ella.
—Sí, Leonard —repuso su madre con el ceño fruncido—. ¿Dónde está tu padre?
—Con Mary.
—¿Mary? —Céline, incontinenti, le puso una mano en la espalda a su madre cuando ésta le dio la impresión de que iba a desfallecer—. ¿Qué le ha sucedido a Mary?
No por primera vez —y probablemente no la última, podías apostarlo— Andrew impidió que el suelo ascendiera hasta Mary Cartwright al perder ésta el conocimiento. Esto ocurrió hace unos doce minutos en la sala común.
Ahora, se encontraba en la habitación de Mary, observando cómo el mayordomo de Katterblack, el viejo Sutr, usaba su magia sanadora para curar la picadura de argón de la joven.
La picadura era letal, huelga decir. El señor Katterblack, así pues, había procedido a abrirle el vestido por la espalda para descubrir la herida.
La piel afectada, se fijó Andrew, era gris y presentaba pequeñas grietas como la tierra yerma de un desierto.
Los efectos del veneno, asimismo, empezaban a evidenciarse en el resto del cuerpo; el cabello opaco sin brillo, la piel descolorida, las puntas de los dedos purpúreas.
—La muchacha es en parte hada —le decía Richard Katterblack a Sutr—. ¿No puede curarse por sí sola?
—Se curaría por sí misma si fuera enteramente un ser haduno —respondió el viejo Sutr mientras derramaba la luz de sus manos sobre la espalda de Mary—.
Pero no lo es, mi señor. Observe cómo el veneno de argón la ha afectado con suma rapidez.
La muchacha no es enteramente hada ni enteramente humana.
—El mayordomo cerró las manos y la luz se ahogó en sus puños arrugados.
La piel de Mary continuaba gris. Sutr informó que debían esperar algunas horas tras la sanación para que se notaran los efectos.
«No es humana», pensó Andrew. En aquel momento estaba sentado en el sillón junto a la cama de Mary, mientras tanto la criada de Céline utilizaba su magia sanadora en su hombro herido.
Andrew sentía cómo la luminiscencia penetraba su piel a través del corte, y recorría su brazo como una ráfaga de calor desde dentro.
Gimió con los labios apretados. Al mismo tiempo, la herida se cerraba .
—Listo, joven Andrew —dijo Olee, con las mejillas rubicundas y los ojos sobremanera abiertos. Aunque sonreía, tenía los labios tensos.
—Gracias —murmuró Andrew, y volvió la mirada hacia Katterblack y su mayordomo.
—No te apoyes mucho en el brazo las siguientes horas, o te quedará una marca —le advirtió Olee.
—Sí, sí —dijo él distraídamente.
Katterblack y el mayordomo le daban la espalda; estaban hablando en voz baja.
Andrew no alcanzaba a oír lo que decían.
Volvió a pensar en lo que había dicho Sutr.
«No es humana». Si Mary no era en parte humana, entonces eso quería decir que.
.. Recordó cuando la encontró con la nuxus brillando en sus manos después del extraño incidente en el jardín Katterblack.
Olee se acercó a Mary y, sin más, le cerró el vestido antes de volverla boca arriba sobre la espalda.
Y todos se fijaron que las mejillas de Mary volvían a tener color. La magia sanadora estaba funcionando.
Richard suspiró aliviado.
—Funciona, Sutr —dijo.
—Sí, mi señor. —Sutr le hizo una seña a la criada cuando Katterblack no los estaba viendo, y ambos salieron en silencio de los aposentos. Después solo quedaron Richard Katterblack, Andrew y Mary, que yacía plácidamente inconsciente en su lecho.
—¿Qué quiso decir con que Mary no es humana? —preguntó sin más Andrew.
Richard se volvió; lo miró largamente como si no lo hubiera hecho en una década o así, y sonrió.
Esta visión resultaba un poco siniestra tomando en cuenta que Katterblack estaba cubierto de sangre roja y negra a partes iguales, de humano y de argón.
Además, tenía el cabello enmarañado y un gesto enervado en el rostro.
Tal parecía que, luego de los recientes acontecimientos, hubiera envejecido veinte años de golpe. Lucía demacrado.
—No había notado tu presencia, Andrew —dijo Katterblack—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
El suficiente, quiso decir Andrew. Había estado junto a Mary cuando el extraño de la calva intentó llevársela a la fuerza y, después, cuando el argón la hirió.
Estuvo allí, sosteniéndola con su brazo, mientras Philip Holbrooke se hacía cargo de la criatura que la había atacado.
E incluso después, cuando Katterblack y su hijo aparecieron, y el primero cogió a Mary entre brazos y la llevó hasta su habitación en la segunda planta, donde estaban ahora.
Con la tonta excusa de querer asegurarse de que Mary estuviera bien, Andrew fue tras él.
Fue esa, más o menos, la historia que le contó al señor Katterblack.
—Así llegué aquí —finalizó Andrew—. Pero —frunció el ceño y bajó la voz—, ¿por qué le dijo a Sutr que ella no es humana? Creía que su padre lo era.
Katterblack volvió la vista hacia la muchacha que yacía inconsciente en el lecho; desde ese ángulo, Andrew no podía vislumbrar la mirada que le echaba, pero apostaría a que era anecdótica y afligida, con una pequeña cantidad de culpa, y bien merecida.
Su postura así lo ponía en evidencia: los hombros caídos, la cabeza gacha, la espalda levemente encorvada. ..
—Es una larga historia, muchacho —respondió por fin—. Una larga y complicada historia que prefiero reservarme. De momento.
—¿Por qué ?
—Por su padre —replicó Richard, un tanto melancólico; seguía dándole la espalda—. Michael no quería que su hija... su querida hija... supiera la verdad nunca, y yo no puedo relegar sin más su mayor deseo, ¿verdad? Si bien, puede que el destino se empeñe en lo contrario hasta conseguirlo.
«En River Town no hay lugar para los secretos», pensó Andrew, esperando que fuese cierto.
En ese momento, Richard Katterblack enfiló la puerta con una mirada taciturna.
—Andrew —dijo cuando llegó al umbral; el joven alzó la mirada, y Richard continuó—: No le digas nada, por favor.
El pedido de Katterblack pilló a Andrew por sorpresa; para empezar, nunca imaginó que llegaría el día en que las palabras «Andrew» y «Por favor» salieran juntas de la boca del todopoderoso Richard Katterblack.
Andrew asintió. Katterblack amagó una sonrisa y se fue.
Entonces solo quedaron ellos, Mary y Andrew.
Éste se levantó del sillón y se acercó la cama.
Percibía que el brazo recién sanado le colgaba del hombro como entumecido; apenas podía sentirlo.
Se limitó a mirar a la chica dormida. Sintió lástima por ella, huérfana, engañada toda su vida, sin conocer su verdadera naturaleza.
El cabello oscuro extendido a su alrededor sobre la almohada en la que reposaba su cabeza; las mejillas sonrosadas; los labios carnosos entreabiertos, y las blancas manos unidas sobre su pecho, que ascendía y descendía paulatinamente.
«Ella está marcada, Andrew —le había dicho Loreen—.
Si continúas con las mismas intenciones, su marca se corroerá hasta ti».
Andrew tuvo la impresión de oírla decir algo.
Se fijó en sus labios. Sí, estaba murmurando algo ininteligible.
Él pensó que quizás se trataba de otra visión como la que había tenido la otra noche junto a la fuente de la trucha.
Así pues, Andrew se acercó un poco más y se inclinó hacia adelante, alcanzando a percibir el aroma de su piel y de sus cabellos en un único suspiro; y la oyó decir, en voz muy baja y al ritmo acelerado de su corazón, una palabra.
—Darkling, Darkling, Darkling..., Darkling...