10. Hermoso caos #2
—Pues, parece que no me conoces —replicó Abigail.
Al mismo tiempo, derribó a la subordinada por detrás y le cortó el cuello con un único, limpio, tajo.
Sangre roja, humana, empezó a verterse en el suelo.
En ese momento entró al salón otra media docena de argones en tropel.
Los había por todos lados como cucarachas gigantes atacando un festín de migajas.
En cambio, ya no quedaba ningún subordinado en pie—.
¡Son demasiados! —dijo. «Y nosotros tan pocos», faltó decir .
Caroline Reedstter, a ojos vistas exhausta —propio de los seguidores de la luz con su don—, seguía arrojando llamaradas sobre las criaturas que la asediaban por los cuatro flancos.
En cambio su hermano, Ian, no estaba a la vista.
Stephen, el padre de Caroline, manipulaba el agua de los jarrones, que danzaba en el aire como serpientes, y arremetía contra los argones; algunas serpientes entraban por las fauces de las bestias y les sacaban los ojos desde dentro; otras, sin más, pasaban silbando a toda velocidad bajo sus cuellos y los cortaban al ras.
Philip Holbrooke estaba cerca del piano; alzaba y movía sus manos, controlando las pesadas cortinas de terciopelo rojo con su donum lucis .
Telequinesis, lo llamaban. Las cortinas engullían a las bestias con una fuerza arrolladora, y después las abatía contra el suelo, una y otra vez, hasta dejarlas inmóviles.
—¡GRACE! —aquella fue la voz de Frederick Startclyde.
Abby escuchó otro grito, que provenía del lado contrario del salón, cuando se disponía a volverse. Enfocó la vista.
Mientras la batalla continuaba a su alrededor, y sombras sangrientas se extendían en torno a los cadáveres, Abigail divisó con pavor que un hombre de calva impoluta y gabardina oscura de terciopelo intentaba llevarse a la fuerza a Mary Cartwright.
Céline, presa del pánico, hacía parte de los invitados que abandonaron la sala común en cuanto estalló el caos.
En aquel momento estaban en un pequeño estudio tras el recibidor.
Allí se habían escondido las esposas e hijas de los seguidores de la luz que a la sazón combatían en la sala común, y una que otra humana común e inocente, que solo había seguido el flujo pensando que era al azar y que estaría a salvo de los asaltantes de negro.
Fue idea de Barbara Reedstter mover muebles contra la puerta a modo de broquel, y todas habían cooperado pese al miedo que las embargaba.
Fuera, los hombres —y algunas mujeres— combatían con valentía contra el enemigo, fuera quien fuese.
Céline temía por las vidas de su padre y su hermano, que estaban entre los combatientes en el salón; también por la vida de Roland y el resto de sus conocidos.
La idea de que un hecho como este aconteciera durante el baile era inconcebible.
Ni siquiera con la amenaza potencial que suponía la presencia de Mahlon West en los derredores del pueblo.
«La oscuridad no puede entrar a nuestro hogar», esto le había dicho su padre la noche anterior.
Y, sin embargo, los subordinados y los argones lograron entrar con facilidad.
Alguien sollozaba en un rincón. Se trataba de la esposa de Leonard, Coselin, que se había confinado a una esquina de la salita, y lloraba con el rostro cubierto con las manos.
La madre de Céline intentaba calmarla; le rodeaba los hombros con su brazo y le susurraba «Todo va a estar bien, tranquila» al oído, pero su nuera no daba muestras de escucharla.
Asimismo, saltaba a la vista la inquietud de la propia Alice Katterblack por las vidas de su hijo y su esposo.
La señora Blackfell y la señora Oakwater entonaban un cántico en la lengua de los Primeros Seguidores para pedir por el bienestar de sus esposos e hijos.
Por otro lado, la señora Belwolf estaba reunida con un grupo de damas y oraban algo de la Biblia que a Céline le parecía más agradable que la ominosa lengua erigida por los Primeros Seguidores.
En la estancia no se oían más que las oraciones, el cántico y las voces de quienes hablaban en murmullos.
Ellen Witheford se hallaba cerca de la ventana observando el exterior, más nostálgica que preocupada mientras su esposo e hijo corrían peligro fuera. Céline la envidiaba.
Ella, en cambio, no podía con la inquietud que rondaba su mente sobre que faltaba alguien en ese lugar.
Ladeó la cabeza. Elise estaba con la joven Gina Witheford, que esa noche había hecho su debut en el baile del solsticio, intentando animarla, pues parecía mucho más afectada que su madre.
En algún momento, Céline y Elise cruzaron una mirada.
La última frunció el ceño virando la cabeza de un lado a otro como si no supiera dónde estaba y acababa de caer en la cuenta de ello. Sobre todo, parecía confundida.
También Céline lo estaba. Al principio creyó que por la misma razón que su hermana.
Y, después, recordó.
—¡Mary!
La sala común bullía. La batalla entre seguidores de la luz y argones parecía tanto irreal como interminable.
Mary, inclinada en el suelo en un rincón, observando la contienda, había perdido la noción del tiempo y el espacio en cuanto apareció la segunda falange de argones.
¿Cómo acabó en ese lugar? No lo sabía. O, más bien, no lo recordaba.
Pero allí estaba ella, mirándolo todo, entre fascinada y horrorizada. Su corazón latía rápidamente.
Vio a Abigail asistiendo a Grace Startclyde que combatía contra una subordinada de mayor tamaño; también a Frederick Startclyde alzando y hendiendo una magnífica espada que descosía una luz purpúrea; el señor Witheford y el alcalde Oakwater también combatían con armas que emitían un fulgor blanco; Leonard y su padre, Richard Katterblack, asimismo luchaban hombro con hombro.
A unos metros, se fijó Mary absorta, Caroline Reedstter proyectaba columnas de fuego contra las criaturas a las que Mary había reconocido por los enormes aguijones que asomaban en las puntas de sus colas.
Y, por si esto no fuera poco, el señor Reedstter manipulaba el agua volviéndola letales serpientes que arremetían contra los argones.
Y Philip... Phil parecía conducir el aire.
Resultaba, de cierta forma, maravilloso y aterrador verlo.
A espaldas del joven maestro de piano, las pesadas cortinas se elevaban como si cobrasen vida en la opacidad, y liquidaba al feroz enemigo con una embestida tanto potente como sencilla.
Un líquido espeso, negro como la brea, quedaba en torno a los argones muertos. Olía a azufre.
Mary apartó la vista. Tenía que salir de allí. Los accesos debían estar bloqueados, o puede que también hubiera más argones fuera esperando que algún seguidor desprevenido emergiera. Aun así, se dijo, tenía que intentarlo. Hizo conato de levantarse.
—¡GRACE! —gritó alguien; un sonido desgarrador.
Mary paró de súbito con un sobresalto. Cuando intentó levantarse de nuevo y ver de quién se trataba, una sombra se cernió sobre ella.
Darkling.
—Aquí estás, querida —dijo. El mismo vestuario anodino, el mismo rostro blanquecino carente de humanidad, la misma sonrisa amarilla espantosa.
Por Dios, pensó Mary. No lo había soñado.
Entonces gritó. En seguida, Darkling se inclinó hacia adelante y la tomó bruscamente por los hombros, obligándola a levantarse.
Mary resistió lo mejor que pudo. Aquel ser la abofeteó—.
Más te vale que vengas conmigo, Mary; o tus amigos sufrirán las consecuencias.
Mary pensó. Tal vez Darkling la llevaría al mismo lugar que Sam, volverían a estar juntos (¿por cuánto tiempo?), y nada más importaba.
Además, Darkling podría ordenarles a sus bestias que se retirasen de la mansión Katterblack, y a Mahlon West, de River Town.
Pero si no era el caso, entonces ¿qué sucedería después con ella?
Era evidente que aquel ser no la quería muerta.
—¡Aléjate de ella! —La voz vino de atrás.
Darkling se giró y, de nuevo, Mary acabó sentada en el piso entre jirones de su vestido.
Andrew emergió, hendiendo sus dagas — nuxus — contra el extraño.
Su fulgor era tan sublime como mortífero.
Ella misma había cogido una con sus manos y visto brillar al musitar su nombre.
Darkling, en absoluto, pareció fascinado al verla ni mucho menos, por supuesto.
Raudo, se inclinó y esquivó los dos ataques de Andrew con una agilidad impresionante.
Andrew sonrió, más divertido que impresionado.
Acto seguido, Darkling sacó aparentemente de la nada una espada de hoja tan curvada como un garfio, que, según la Enciclopedia, era otra de las armas distintivas de los seguidores de la luz.
Su nombre: Omophorys . El extraño atacó al muchacho; éste —ahora exhibiendo una mueca de auténtica sorpresa— contrarrestó la arremetida de perillas.
El acero cantó contra el acero. El arma de Darkling no brillaba, hasta que. ..
— Omophorys —susurró, y la hoja se encendió con un brillo casi enceguecedor .
Andrew se tambaleó hacia atrás. Mary ahogó un grito y se llevó las manos a la boca, presa del terror.
Andrew y el extraño reanudaron su contienda casi inmediatamente después de que la luz se ralentizara; cruzaron golpes tras golpe con sus armas; también patadas, golpes de codo, o de hombro ladeado; un rugido en la garganta de Andrew, una risa en los labios de Darkling, y el roce estridente del acero mágico de sus armas.
Mientras, en el otro costado del salón, se fijó Mary de pasada, el señor Startclyde y Abby llevaban entre ambos a alguien inconsciente fuera de la estancia. Era Grace.
De pronto, Abigail miró en su dirección —más bien en dirección a su hermano—, con los ojos crispados.
—¡ANDREW! —la oyó gritar.
Mary miró también. Andrew yacía en el suelo con un corte profundo en el hombro. Darkling, sonriente y aterrador, lo miraba desde arriba, apuntándolo con su espada.