Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 10. Hermoso caos
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10. Hermoso caos

HERMOSO CAOS

En el momento en que las puertas de la sala común se abrieron hacia adentro y los hombres vestidos de negro empezaron a entrar como una marea de brea brillante, Abby supo que sus habilidades por fin serían puestas a prueba.

«Maldición —pensó—. Ojalá hubiese traído mi arco».

Con frenesí y terror, los asistentes trataban de escapar por las mismas puertas que los hombres de negro utilizaban para ingresar.

El caos era tremendo. Sin embargo, los subordinados no hacían conato de atacar a la gente común.

Tal parecía, tenían órdenes de liquidar solamente a los seguidores de la luz.

Abby se inclinó para desenfundar el par de dagas que tenía ceñidas a la altura de los tobillos cuando la luz de los enormes candelabros volvió a resplandecer. Brevemente.

De nuevo, la oscuridad los arropó.

El bullicio de los invitados despavoridos se había movido a las estancias contiguas a través del pasillo que conducía al recibidor y a la salida principal.

En la sala común, el epicentro del baile del solsticio, sólo permanecieron los seguidores de la luz.

Unos ya cargaban contra los subordinados.

Otros empezaban a sacar sus armas para unirse a la pelea.

Abby se irguió con el par de nuxus en las manos.

El vaporoso resplandor de la noche se filtraba como un reflector a través de uno de los ventanales.

Al menos dos docenas de subordinados, quizás más, pululaban por el salón.

Sus ojos dispares —uno negro, otro brillante como un lucero— los hacía destacar en la sombría atmósfera.

— daxarus —escuchó rugir a Grace, que estaba a su lado desde antes del primer apagón.

— nuxus —murmuró Abigail; el par de dagas que empuñaba cobró vida emitiendo vastos destellos blanquecinos.

Se lanzó al ataque al tiempo que veía que Lance Greystar también cargaba contra los subordinados.

Grace le pisaba los talones. El corazón de Abby latía de bote y voleo.

Su primer adversario fue una mujer. Abby la golpeó en el abdomen; luego en el rostro, y remató cortándole el cuello de un tajo.

Reculó un paso, dos. De pronto, alguien le rodeó la garganta con un brazo e intentó estrangularla.

Abigail se encorvó hacia adelante, y golpeó al atacante en el estómago con el codo.

Él cayó hacia atrás y no se volvió a levantar.

«Debí traer mi arco», pensó Abby, enfadada.

Era mejor con el arco, eficaz con las flechas.

Pensó en el hermoso arco tallado de la madera de un enigmático olmo blanco que sólo prosperaba en el bosque de Olhe, en el Reino de Escarcha, que su padre le había obsequiado años atrás.

Nunca usado, Abby lo había confinado a un baúl tras la partida de su padre.

En cambio, utilizaba el arco de vara que le había entregado el orador Greystar cuando la acogió como su pupila, el mismo que negligentemente había dejado en casa.

Qué tonta. Como si no hubiera previsto que un ataque como ese podía ocurrir en vista de los recientes acontecimientos.

En fin, era demasiado tarde para intentar remediarlo.

«Andrew», recordó de repente Abigail. No tuvo tiempo de buscarlo con la mirada, en aquel instante un hombre de rostro curtido y cabello trenzado cargó contra ella blandiendo una enorme pica de hierro.

— Lagystux —vociferó alguien.

Se trataba de Oscar Witheford, que hendía magníficamente un látigo mientras este cobraba vida.

La serpiente luminosa rodeó el cuello del subordinado que blandía la pica y le seccionó la cabeza por completo.

Más tarde, vislumbró a Richard y a Leonard Katterblack, padre e hijo, luchando hombro con hombro contra un cuarteto de subordinados.

No muy lejos se encontraban el alcalde Oakwater, y junto a él, Frederick Startclyde, que empuñaba a la legendaria Sohorogrys .

La espada dejaba una estela purpúrea en su senda.

Un gruñido. Abigail reaccionó, y se volvió, justo a tiempo que un hombretón la atacaba por el frente.

Blandía una adamantus . Abigail se inclinó de lado, esquivándola por apenas centímetros.

Luego se volvió hacia él. La luz de las armas, de los candelabros y de la noche proyectaba una espantosa máscara de sombras sobre su rostro.

Echó a correr hacia ella, feroz, gruñendo como una bestia, levantando su sable.

.. pero, de súbito, una nuxus apareció de súbito en su semblante, deteniéndolo en el acto.

—Me pareció que necesitabas ayuda con eso. Era enorme.

Abby se dio vuelta.

—Ya lo tenía controlado —aseguró ella en tono cortante. La verdad sentía alivio de ver a su hermano sano y a salvo. La nuxus en la mano de Andrew iluminaba su rostro con una luz blanca a modo de máscara; sus ojos azules parecían absorber aquel fulgor.

—Con un simple «gracias» sería suficiente, hermana —repuso Andrew.

—Nunca es suficiente contigo .

Un trio de subordinados avanzaba hacia ellos en ese momento. Abby y Andrew unieron las espaldas y entraron en combate.

—Regresaste —dijo ella. No era una pregunta.

—Es evidente, ¿no? —replicó su hermano, lanzando y esquivando los tajos de un hacha.

—Pero ¿por qué has venido? —gritó Abigail.

Se inclinó, y rasgó un muslo con su daga, antes de alzarse y lanzar un tajo al cuello, que el subordinado esquivó con destreza.

Cogió a Abby por la muñeca de la mano que empuñaba el arma y se la retorció.

Ella profirió un gemido de dolor; la daga repiqueteó contra el suelo de mármol cuando la dejó caer.

Abby se enarboló hacia delante y proyectó una patada de revés al subordinado en la entrepierna, soltándose del impetuoso agarre de su mano.

—Loreen —dijo Andrew. Sonaba exhausto. Tal parecía que la joven subordinada con la que luchaba le estaba dando batalla—. Me advirtió lo que... pasaría aquí... Tenía que… hacer lo mismo con Katterblack y todos los invitados. Advertirlos.

Abigail divisó a Lloyd y a Ulises luchando al otro extremo del salón, cerca de los ventanales. Ulises cubría las espaldas a su padre, Oscar Witheford, que hendía un látigo mágico con el que seccionaba a los subordinados.

De nuevo, las puertas del salón se abrieron.

Causaron estruendo. Abby sintió que su corazón se detenía.

Gritos venían del exterior. Sombras y destellos danzaban alrededor.

Entonces, escuchó un gruñido: una extraña mezcolanza entre ladrido canino y el rugido de un oso.

Sintió que la poca comida que había probado en el banquete se convirtió en una masa endurecida en su estómago.

Eran argones; lo supo antes de que estos aparecieran por las puertas en una mesnada de criaturas negras y brillantes como el cristal quemado .

—No puede ser —exclamó Andrew, que acababa de neutralizar a la subordinada.

También Abby estaba sorprendida. Más bien, aterrada. Se preguntó si Mahlon West estaría merodeando cerca y, en tal caso, ¿qué era lo que intentaba conseguir con esta irrupción? ¿Acaso tenía que ver con Mary Cartwright?

Entonces los hijos de Isidora atacaron. Los seguidores respondieron con todo su arsenal, armas y dones mágicos, puede incluso que hasta con hechizos.

Abigail barrió el salón con la mirada. Caroline Reedstter despedía fuego de sus manos.

Sus llamas solo repelían a los argones temporalmente; en cambio, los subordinados quedaban abrasados en el acto.

Varias siluetas rondaban azarosamente alrededor.

Abby aferró sus dagas. En aquel momento, un argón se dirigía hacia su hermano por la espalda.

—¡Andrew! —gritó.

Andrew se volvió al mismo tiempo que la bestia le saltaba encima.

Muchacho y criatura cayeron sobre el suelo de mármol.

Andrew había alzado las piernas, y de ese modo consiguió impulsar el peso del argón hacia adelante.

La criatura cayó rodando a escasos pasos de Andrew.

Cuando éste alzó la cabeza, Abigail se fijó que su mirada se desviaba hacia otra dirección.

Mary. La pobre chica estaba tirada en el piso, en un rincón, hecha un ovillo en su pomposo vestido turquesa.

Miraba la batalla con profundo pavor. Abigail, no por primera vez desde que la conoció, sintió compasión por ella; Mary no había visto nunca nada como lo que estaba ocurriendo en ese preciso instante en la sala común de los Katterblack.

Y, sin embargo, aún permanecía allí, viendo como hombres con dones y armas mágicas se batían contra criaturas feroces que parecían sacadas de un cuento de terror para niños; quizás no por propia voluntad .

—Ve a por ella —le gritó a Andrew—. ¡Sácala de aquí! ¡Ahora!

—¿Qué? —Andrew la miró como si se hubiese vuelto loca mientras batallaba contra el argón.

Al momento de responderle, clavó la nuxus en el carnoso cuello de la criatura, única área vulnerable de su cuerpo acorazado.

El argón profirió un corto bramido como de perro regañado y se derrumbó en el suelo, sobre un reciente charco de sangre negra.

Andrew se enderezó y le lanzó una mirada embrollada bajo un dorado ceño fruncido—.

No pienso dejarte sola. Y, en tal caso, ¿por qué debo ir yo?

Buena pregunta. Abigail había escuchado, a pesar de la promesa que hizo de nunca hacerlo, los pensamientos de su hermano tras su visita a Mary la noche anterior.

No podía decirle a su hermano, sin revelar que había roto su promesa (no por primera vez, a decir verdad), que estaba al tanto de su interés por la señorita Cartwright.

Claro que no. Encogió los hombros con soltura y echó a correr hacia el subordinado o argón más cercano.

Fue una subordinada, que estaba a metro y medio de distancia combatiendo contra Grace.

—Oh, aquí estás —expresó Grace, cáustica—. Creí que habías huido con el resto de los invitados.