9. El baile del solsticio #4
Y por primera vez Mary reparó en la mirada jocosa que le echaba Ian Reedstter.
—No vale la pena, Ian —dijo Caroline con tono cortante.
—Yo creo que sí —insistió muchacho. Era atractivo, de una manera misteriosa, letal.
Cabello negro, ojos azul hielo, pestañas y cejas oscuras muy pobladas, tez blanca y mejillas sonrosadas.
Posiblemente tenía la misma edad que ella, pensó Mary.
Ian se adelantó hacia Mary y le tomó la mano con suma delicadeza antes de besarle el dorso, que, gracias a Dios, tenía enguantado—. Me llamo Ian Reedstter, señorita.. .
—Cartwright —contestó. Sintió un escalofrío al contemplar de cerca los ojos de aquel muchacho. Disimuló—. Mary Cartwright, sobrina de Alice, la esposa de Richard Katter...
—Los detalles ya los sabemos —la cortó Caroline con tono enervado.
—¿Así que Alice Katterblack es tu tía materna? —siguió Ian.
—No. Alice es la hermana de mi padre.
—Oh, sí, lo recuerdo —convino el joven Reedstter—. Tu padre era gran amigo del nuestro. Michael Cartwright. Padre estuvo muy afligido después de enterarse de su muerte, ¿no fue así, Caroline?
—Sí —afirmó Caroline secamente; cruzaba los brazos.
—Mary —intervino Philip, colocándose entre ella e Ian Reedstter—. ¿Te gustaría bailar?
Mary parpadeó. La pregunta la había pillado por sorpresa. Sonrió. Claro que quería bailar, respondió. Más que nada, admitió en su fuero interno, porque quería alejarse lo más pronto posible de los afrentosos hermanos Reedstter.
Philip la condujo hasta el centro del salón, donde se unieron otras parejas.
Mary tuvo la impresión —más bien, la certeza— de que un millar de ojos se clavaban en ella.
Phil se acercó; le dijo que no apartara sus ojos de él.
Mary acató. El violín suspiró un acorde.
Philip tomó su mano y colocó la otra a la altura de su espalda; Mary, a su vez, le cogió la mano y puso otra en su hombro.
Empezaron a bailar. Paulatinamente. Adelante y atrás, un paso y luego otro.
Mary recordó las lecciones de baile que había recibido de su padre, que fue un bailarín innato.
Disimuló una sonrisita tonta ante aquel cómico y tierno recuerdo de su padre.
Danzaron. Philip guiaba, por supuesto. Lo hacía estupendamente.
Sus movimientos eran ágiles, etéreos, versados (¿ habría recibido Phil lecciones de su padre también?
En tal caso, no sería la primera cosa que tendrían en común si así fuera); su postura, recta; la mirada, reluciente.
Mary hizo lo posible por seguirle el compás.
Escuchó risas. Eran Céline y Roland, bailando animadamente.
Pensó que su prima, a ojos vistas feliz, no parecía importarle que su padre la viera con el muchacho negro que tanto despreciaba.
En éstas, ¿dónde estaría Richard Katterblack en aquel momento?
Leo y Coselin también se hallaban entre las parejas que danzaban en el centro del salón.
Mary, asimismo, divisó a la señora Reedstter, recia, bailando con su esposo, el también recio Stephen Reedstter.
Mientras Philip la hacía girar, Mary distinguió a Elise tras varios invitados, observándolos; pero cuando volvió a girar, ya no estaba.
Hubo un repentino cambio de parejas. Philip terminó con Veronica Sawyer y Mary, con el primo Leonard.
—Parece que te estás divirtiendo —observó éste.
—Sí. —Mary no supo qué otra cosa responder; era la verdad.
Bailó con el primo Leo por lo que parecieron cinco minutos antes de efectuarse otro cambio.
Mary terminó bailando con el señor Blackfell.
Éste era un hombre de gran tamaño, robusto, y de sonrisa afable, que se movía con mucho ímpetu a pesar de su pronunciada barriga y sus carnosas extremidades embutidas en el elegante traje que vestía. No hablaron. Se produjo otro cambio.
Mary ahogó un grito. «¿Quién...?»
El hombre que estaba frente a ella, si era un hombre, sonrió mientras aferraba sus manos.
Ella sintió un escalofrío; la envión de gritar volvió.
El rostro del desconocido —el más espantoso que Mary hubiese visto jamás— no habría pasado desapercibido de haberlo visto antes en la fiesta.
Dudaba que alguien más lo hubiera hecho.
Mary intentó zafarse. El desconocido la apretó fuerte y la atrajo más hacia él.
El tacto —frío— de sus manos atravesó la seda de sus guantes.
—¿No te agrada verme, preciosa Mary? —siseó.
«Sabe mi nombre», pensó ella, alarmada.
—¿Q-Quién... eres? —titubeó.
El hombre sonrió, mostrándole dientes amarillos.
Su piel era blanca como la nieve, y parecía brillar bajo la atenuada luz que reinaba en la sala común.
No parecía un humano en absoluto; tenía protuberancias blancas en toda la cara, el mentón y el cuello.
Su cabeza no tenía una sola hebra de cabello, la coronilla era tan blanca como sus mejillas y el resto de su faz; sus ojos, negros como pozos profundos.
En resumen, parecía un fantasma vistiendo ropa negra elegante.
Mary intentó ver si alguien se fijaba en ellos, pero la pétrea mirada del hombre la tenía atrapada como una especie de hechizo que le impedía moverse más que para bailar.
—Un viejo amigo de tus padres —respondió el desconocido con una risita—. Pero esa no es la pregunta que quieres hacerme.
Mary tragó saliva.
—Yo... ¿no?
Desconocía qué fuerza era la que la mantenía al ritmo de la música, bailando; quizás la misma que le impedía mover la cabeza a los lados.
Entonces cayó en la cuenta de que no sonaba música, ni voces ni risas.
Solo su voz y la de aquel hombre en el inmenso salón.
Tuvo más miedo que en toda su vida. Su corazón latía a borbotones.
Una ráfaga de aire gélido le reptó súbitamente por la espalda cuando el extraño sonrió.
—Quieres saber, en realidad, qué estoy haciendo aquí .
—¿Qué estás...?
—He venido a por ti —la cortó el extraño con una voz que más parecía un siseo—. Tu hermano no me sirve para nada. No heredó el don de tu madre que tú sí, Mary. Fue una completa decepción. Y por eso debes venir conmigo. Con Sam.
—Sam... —murmuró Mary.
—Sí. Pobre Sam. Sufre tu ausencia tanto como tú la suya.
—¿Dónde está mi hermano?
—Vivo, si es eso lo que te interesa saber —respondió el extraño con voz áspera—.
Y lo seguirá estando mientras aceptes venir conmigo por propia voluntad.
—Movió la cabeza; Mary no pudo—. No podré sacarte de este lugar con tantos seguidores de la luz cerca.
Podrían matar a mi anfitrión. Lo estropearían todo.
No, no puedo arriesgarme así. —Sacudió la cabeza otra vez y sonrió, sin dejar de bailar—.
He preparado una sorpresa para ellos esta noche; he dispuesto un hermoso caos en tu honor, querida Mary.
—Mi hermano... —insistió ella.
—Pronto te reunirás con él —le aseguró el extraño—. Espera.
—¿Cu-cuál es... tu nombre? —preguntó Mary. Como si importara. En efecto importaba. Quería ponerle un nombre al captor de Sam, la criatura que dio la orden a Mahlon West de raptarlos en el camino del bosque…, al monstruo que tenía en frente.
Él sonrió.
—Llámame Darkling —respondió—. Solo Darkling.
«Darkling». Mary recordó cuando Leila le dijo a Mahlon West que Darkling sólo la quería a ella.
Sintió que perdía el aire.
—¿Tú asesinaste a mis padres? —preguntó ella, vacilante, temiendo oír la respuesta .
Darkling la miraba fijamente, una amplia sonrisa moldeaba sus fibrosos labios. Y la música se elevó de nuevo.
Ocurrió el cambio de parejas, y Philip volvió a estar delante de ella.
Mary siguió con la vista la espalda del extraño mientras éste se alejaba, y enseguida se perdía entre los invitados sin que estos repararan en su horrorosa apariencia.
Mary dejó de bailar. Lo hizo justo a tiempo que concluía la melodía.
—¿Qué sucede, Mary? —preguntó Philip, captando su mirada.
—Ese... hombre... —Se fijó en el rostro de Phil, distante. Le faltaba el aire de nuevo—. Él... tiene a mi hermano.
—¿De quién estás hablando?
—Él... —empezó ella. Pero se detuvo cuando notó que los invitados comenzaban a acopiarse en torno a los músicos. Frunció el ceño—. ¿Qué ocurre?
Philip la tenía tomada de la mano.
—Ha llegado la hora —murmuró. Parecía nervioso—. En un instante haré mi presentación.
Se acercaron al hemiciclo que rodeaba a los músicos y al piano.
En el centro se hallaba Richard Katterblack, elegante, de pie junto al banco del piano.
Golpeaba suavemente la copa de cristal que tenía en la mano con un tenedor.
Tin-tin-tín . Mary tuvo un mal presentimiento.
Ladeó la cabeza de un lado a otro. Estaba segura de que el extraño —Darkling— estaba en alguna parte.
—Agradezco la presencia de todos ustedes esta noche —enunció el señor Katterblack—.
Nuestra familia ha efectuado este baile ya por tres generaciones, casi ochenta años.
Muchos amigos han muerto en estos últimos años, meses.
Ellos, que estén en la gloria de los Primeros, jamás faltaron al baile del solsticio.
A pesar de los infortunios, nunca hemos dejado de celebrarlo.
Es nuestro legado. Una celebración que nos une a todos, distinguidos amigos, como una gran familia.
—Entonces cruzó una mirada fugaz con Mary como si todo ese tiempo hubiese estado hablando con ella; pero no era la única a la que Katterblack había mirado de esa forma durante su discurso, ¿verdad?
—. Así pues, la trágica pérdida de Henry Hornwood, un estimadísimo amigo de la familia, hace cuatro meses. ..
—Mary. ¿Estás bien? —Era Abigail.
—No —contestó ella, enajenada. Inhaló profundo. En el fondo estaba segura de que Abigail estaba al corriente, como nadie, de lo que le estaba pasando—. En el baile...
—¿De qué hablas?
Grace estaba detrás de Abby, con los brazos cruzados sobre el pecho, observándola con el ceño fruncido.
—Darkling...
—Esta noche, para rendir homenaje a los difuntos —seguía diciendo Richard—, nuestro estimado Philip Holbrooke nos deleitará a todos tocando el piano. Philip, acércate. —Hizo un gesto con la mano.
Philip se alejó de Mary y atravesó la multitud de invitados.
A ojos vistas nervioso, el muchacho le estrechó la mano a Richard Katterblack y procedió a ocupar el banco frente al piano.
Se produjo un suspiro general entre los presentes cuando las primeras notas fueron tocadas.
Philip se volvió el centro de atención, aunque, al cabo, no parecía darse cuenta de ello; estaba inmerso en su propio hechizo musical.
Alzaba los hombros y movía la cabeza de un lado a otro, siguiendo el trayecto de sus manos.
La música reverberó. Por un momento la propia Mary casi olvidó su reciente encuentro con el asesino de sus padres. Cerró los ojos. Y aquel rostro espeluznante destelló de nuevo tras sus párpados.
En aquel instante se dio cuenta que había escuchado aquella melodía en otro lugar. Su madre. Cuando era pequeña, y terribles pesadillas perturbaban su mente febril, su madre tarareaba aquella melodía para tranquilizarla. Pero, ¿cómo era posible que Philip la conociera?
—Oh, no puede ser —oyó murmurar a Abigail.
—¿Qué sucede? —preguntó Grace.
Mary observó que la joven estiraba el cuello y miraba hacia alguna parte entre los invitados. Allí, donde Richard Katterblack conversaba con alguien más, Mary entrevió una cabellera dorada entre la multitud. Y una capa verde.
—Andrew —murmuró Abby.
Mary abrió los ojos de golpe. Alzó otra vez la vista, y entonces lo vio.
Andrew estaba visiblemente tenso y exaltado, apurado, con las mejillas encendidas.
Le habló a Katterblack con premura y sin levantar la voz.
La música aumentó. Casi sin darse cuenta, Mary empezó a encaminarse hacia Richard Katterblack, que, a tenor de lo que le hubiera dicho Andrew, tenía una mirada crispada e intranquila, moviendo la cabeza de un lado a otro como si buscara algo, o a alguien.
Phil seguía tocando. Mary recibía miradas airadas mientras se abría paso hacia Andrew y Katterblack.
.. Alguien gritó entre los invitados; un grito agudo, probablemente femenino.
Después se oyó un estallido, y el salón quedó a oscuras.
La música paró. Los enormes candelabros flotaban sobre todos como fantasmas en el escenario de algún teatro, sin luz.
Otro grito rasgó la atmósfera. Un brillo contenido, como una estrella caída, cobró vida de repente entre la multitud.
Andrew, que empuñaba la daga, se abría paso entre le bataola de gente que corría hacia los accesos como almas que lleva el diablo .
Al mismo tiempo, una marea de hombres de negro ingresaba al salón.
Mary estaba asustada, inmóvil. Darkling podía aparecer en cualquier momento e intentar llevársela a la fuerza, pensó.
Tenía que huir ahora. Al menos intentarlo.
Echó a correr. Ni siquiera se detuvo al escuchar que alguien llamaba su nombre desde alguna parte.
Andrew, tal vez. Corrió más. Entonces tropezó con un hombre.
Un hombre que llevaba una especie de sable y cuyo rostro, enteramente ensombrecido, exhibía una pequeña luz titilante en la cuenca de su ojo derecho.
Mary reculó, cubriéndose la boca con la mano.
Después, gritó.