Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 9. El baile del solsticio #3
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9. El baile del solsticio #3

Sin saber cómo, Mary supo que se trataba de ella antes de volverse.

Su primo, Leonard Katterblack, se acercaba acompañado por su joven esposa.

Tenía los mismos ojos azul acero que su hermana Elise y que su padre.

Cabello negro como el carbón le caía lacio hasta los hombros; perfectas cejas gruesas y labios finos también como su padre.

La joven mujer que iba a su lado era delgada como una vara, aunque el amplio vestido rojo cereza compensaba su flaqueza y agregaba algo más de volumen a sus caderas.

Su mirada era amable, y sus labios, teñidos de rojo, trazaban una amplia sonrisa .

Leo se detuvo a escasos pasos de Mary, se inclinó y besó ligeramente el dorso de su mano enguantada.

—Me hace feliz volver a verte, prima —dijo. Se irguió y se reunió de nuevo con su esposa—. Hace pasado mucho tiempo. La última vez éramos solo un par de críos. Dudo que lo recuerdo.

—Vagamente. Y también me hace feliz volver a verte, Leonard —contestó Mary.

—Oh, no, Mary. —Sonrió—. Somos familia. Llámame Leo. Ahora eres casi como una hermana para mí.

—Está bien..., Leo. —Mary no pudo evitar contagiarse de la sonrisa del primogénito de Katterblack.

—Por cierto —siguió él, volviendo los ojos hacia la mujer que tomaba del brazo—. Ella es mi bella esposa, Coselin.

Ésta abrazó brevemente a Mary, pillándola por sorpresa.

—Es un placer conocerte, Mary —dijo, y se apartó—. He oído mucho de ti últimamente.

—Ah, ¿sí? —Mary sintió curiosidad. Observó que Leonard se ponía tenso como una tabla, y le echaba a su mujer una mirada desorbitada. Ella no le prestó atención.

—Sí —contestó, con menos entusiasmo y gracia que antes—. Lamento lo que ocurrió a tus padres... —Hizo una pausa—. Y a tu hermano.

—Coselin —murmuró Leonard.

—Está bien —intervino Mary. Compuso una sonrisa que sustentase sus palabras—. Estoy bien. Todos esperamos que Sam aparezca pronto. La tía Alice ha procurado que el señor Katterblack esté diligente con la búsqueda.

Leo se echó a reír.

—No lo dudo —dijo. Y agregó, tras una pausa e intercambiar una mirada con Coselin—: No opino que mi padre reciba ningún tipo de presión de mi madre, le basta con la suya.

Nuestros padres fueron grandes amigos, Mary, y en honor a esa amistad mi padre no desistirá en la búsqueda de Sam.

Y puedes llamarle tío . No señor Katterblack.

—Lo dijo con seriedad, si bien impregnada con la amabilidad que había mostrado desde el principio.

Mary pensó en las cartas de su padre. No había leído las suficientes para corroborar la «gran amistad» que hubo entre su padre y Richard Katterblack.

—Lo haré —le dijo a su primo, y pensó: «Cuando haya salvado a mi hermano y me haya dicho toda la verdad que estoy segura que me ha estado ocultando»—. Y gracias; tendré en cuenta todo lo que me has dicho.

—Leonard —oyeron decir a un voz grave no muy lejos. Era el señor Katterblack—. Leonard, ven aquí.

Leo miró a Mary con una mansa sonrisa. En cuanto se fue, seguido por Coselin, Philip reapareció.

Y no lo hizo solo. Con una expresión entre rabiada y avergonzada, tiraba de la oreja de un muchacho que no parecía mucho más joven que él.

Jason. Lo primero en lo que Mary se fijó en cuanto cruzó su mirada con Jason Holbrooke fueron sus ojos.

Eran de color jade como los de Sam y los sirvientes de la mansión Katterblack.

Si su deducción era correcta —y juraría que sí—, esto quería decir que los hermanos tenían sangre hadúna en sus venas.

Jason, además, tenía un impresionante cabello rubio platinado y un semblante tan apuesto como el de su hermano mayor, aunque sus rasgos eran más bien finos como los de una muchacha.

El brillo pendenciero que asomaba en sus ojos hizo comprender a Mary por qué Philip se había tensado al mencionar a su hermano.

—Jason, ella es la señorita Mary Cartwright —los presentó Philip—; señorita Cartwright, él es mi hermano Jason .

—Es un placer conocerla —dijo el hermano de Philip; hizo derroche de toda su galantería al inclinarse para besarle el dorso de la mano a Mary, sin quitarle los ojos de encima—. Eres la joven más hermosa que he visto en...

—Basta ya, Jason —lo cortó Philip—. La señorita Cartwright no tiene tiempo para tus...

—Mary —lo interrumpió ella a su vez—. Llámame Mary, Phil. Por favor.

Philip la miró fijo, y embobado, con la boca ligeramente abierta. Sus ojos marrones relucieron como gemas en las cuencas insondables de su cara. Mary apartó la mirada, en parte para que Phil no advirtiera el rubor en sus mejillas, en parte para precisar mejor a la joven que estaba con Abigail.

—¿Ella quién es? —preguntó discretamente.

—Son las alius —dijo Jason con tono burlón—. ¿O debería decir enamoradas ?

Mary lo miró sin entender. Si la mirada que Philip le echó a su hermano se tradujera en una tunda de guijarros, Jason estaría más que lapidado en ese momento. Le dio un tirón de oreja. Jason chilló.

—Ellas son Grace Startclyde y Abigail Treddaway —apuntó Phil—. ¿Ya las... conoces?

—Sí. Abigail y su hermano me salvaron de los atacantes en el camino del bosque, y conocí a la señora Startclyde en la reunión de té que organizó tía Alice, pero no a la hija... —Mary seguía preguntándose qué había querido decir Jason con «enamoradas», aunque tenía una idea aproximada.

—Ya veo —dijo Phil—. Bueno, Grace Startclyde no es de la clase de muchacha que le gusta cotillear en las reuniones de té. Ni siquiera le gusta el té. —Y, tras una pausa, agregó—: ¿Te gustaría saludarlas ?

Mary asintió.

Philip se volvió hacia su hermano.

—Sé respetuoso, o dejaré que el sheriff Sawyer te encierre en las celdas hasta que aprendas a serlo. ¿Entendido?

Jason asintió a regañadientes y se alejó entre los invitados.

Mary no pudo evitar sentir un poco de pena por Philip, puesto que, siendo tan joven, tenía que velar por el bienestar de sus hermanos, que no se metieran en problemas.

Como un padre. Pensó que ella tendría que desempeñar un papel igual cuando Sam regresara a su lado.

Si regresaba.

En efecto. La rubia que conversaba con Grace Startclyde era Abigail.

Mary no lo hubiese creído si no la tuviera al frente.

Vestía más acorde a una dama —es decir, no llevaba pantalones de hombre—; iba ataviada con un sencillo vestido de seda violeta grisácea con volados de encaje blanco en las mangas y en el cuello.

El brillante cabello dorado peinado hacia atrás cubierto con una redecilla de hilos de plata.

Cuando se giró, Mary se fijó que también llevaba maquillaje.

—Mary —exclamó Abby al verla.

—Qué sorpresa —dijo Mary—. Creí que no vendrías... —Entonces se le ocurrió, y comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, buscándolo—. ¿Tu hermano está aquí?

—No. —Abby amplió su sonrisa—. Andrew está con Lloyd, Ulises y los hijos del bosque resguardando los accesos al pueblo. Quizás te lo mencionó en algún momento.

«Sí —pensó Mary—. Anoche. Cuando irrumpió en mis aposentos sin mi venia». Se preguntó si Abby estaría al tanto.

—Sí. Lo hizo —respondió Mary—. Ahora recuerdo. —Abby asintió, sin quitarle los ojos de encima. ¿Acaso la joven estaba enterada de la visita nocturna de su hermano a la mansión Katterblack la noche anterior? Era probable .

La otra joven se aclaró la voz.

—Ah, sí, lo siento —repuso Abby con tono ceremonioso—. Mary, ella es Grace Startclyde; Grace, ella es Mary Cartwright, sobrina de la señora Katterblack.

—Sí, sé quién es. —La voz de Grace estaba provista de distinción—. En River Town no paran de hablar de tu trágica llegada. Lamento lo que ocurrió con tu hermano...

«Todo el mundo lo lamenta —quiso decir Mary—. Pero Sam aún no aparece». Calló.

—No hace falta que se lo digas, Grace. —Abigail miraba con fijeza a Mary con una tenue, extraña, sonrisa. Como si supiera lo que estaba pensando—. Ya se lo han dicho mucho últimamente, ¿o no? Y el chico aún no aparece.

Mary se limitó a guardar silencio. ¿O Abigail era asombrosamente intuitiva o, en efecto, había escuchado sus pensamientos?

—Tengo sed —anunció Abigail de pronto—. Ya vuelvo. —Se alejó con prisa, el rostro un poco contraído como si un doloroso relámpago hubiese restallado en su cabeza.

—¿Qué le sucede? —preguntó Philip.

—Ya sabes —dijo Grace—. Le resulta abrumador estar rodeada de tanta gente y sus voces mentales. La aturden cada tanto.

Mary no sabía de qué hablaba, pero, como antes, también tenía una idea aproximada. Guardó silencio. Si lo que decían de River Town era verdad —«Aquí no hay lugar para los secretos»—, entonces acabaría sabiendo la respuesta tarde o temprano.

—Caroline —saludó Grace, con la vista más allá del hombro de Mary.

Ésta se volvió, y allí estaban los Reedstter.

Según le había dicho Céline, eran tres los hermanos: Caroline era la mayor; Ian, el joven lascivo que Mary había visto con ella antes, era el que le seguía, y luego estaba un chico de nueve años, que, tal como el hermano menor de Phil, debía estar ausente en la fiesta.

Grace adoptó una pose más altiva cuando los Reedstter se acercaron.

Philip permanecía tan relajado y afable como siempre.

Sonreía. Mary empezó a sospechar que lo único capaz de perturbar a Philip Holbrooke era su hermano Jason.

Tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para no sonreír y conservarse serena ante la presencia de los Reedstter.

—Grace, querida, te sienta bien el azul. —Caroline miró de arriba abajo, con desgana, el vestido de la joven Startclyde, como si le hiciera una cortesía—. Y a ti también —dijo, enfocando esta vez a Mary—. No te lo dije antes, pero lamento profundamente la pérdida de tu pequeña hermana.

—Hermano —la corrigió Mary—. Y no tienes porqué sentirlo, Caroline. No fue tu culpa.

—No le dijiste eso a las señoras de River Town cuando pusieron sus corazones a tus pies durante la reunión del té ayer, ¿o sí?

—Era educada.

—Hermana, ¿no vas a presentarme a la señorita?