9. El baile del solsticio #2
—Bueno —contestó Philip—, todo esto de invitarte fue muy apresurado, señorita. A penas nos conocimos ayer, y ahora aquí estamos.
—Entonces no hay razón para estar nervioso —dijo ella, y pensó que debería seguir su propio consejo—.
Deberíamos estar acostumbrados. Quiero decir, últimamente nos ha sucedido a todos muchas situaciones de forma precipitada e inesperada.
Yo, por ejemplo, acabo de perder a mis padres y.
.. —Se interrumpió de golpe, cayendo en la cuenta de sus propias palabras.
Philip la miró con fijeza.
—Yo también perdí a mis padres, no te preocupes —repuso él—. Te entiendo.
Mary abrió mucho los ojos al oírlo. Los padres de Philip debieron haber muerto hace mucho tiempo, supuso ella a tenor del apaciguado tono de sus palabras.
Los suyos, por el contrario, fueron brutalmente asesinados hace pocos meses.
La señorita Green los había encontrado despedazados en su lecho después de llevar a Mary y a Sam de paseo por el parque Greenway.
Aunque Mary solo había visto la escena de refilón, no podía evitar hacerse una horrible imagen mental sangrienta cada vez que recordaba que sus padres estaban muertos.
Como hacía siempre, sacudió la cabeza para despejar la imagen de su pensamiento, y esbozó una sonrisa.
Philip le devolvió el gesto de tal forma que le puso la piel de gallina a Mary, en el buen sentido.
En el pasado ningún muchacho la había mirado de la forma en la que lo hacía Philip.
Quizá era un efecto temporal causado por el elegante vestido, el maquillaje y el estilizado tocado que le había hecho Olee.
¿La miraría de igual forma sin tantos artificios?
—Estoy seguro de que tu hermano volverá pronto a tu lado —aseguró Philip mientras atravesaban el recibidor hasta la sala común.
De allí provenía la música—. Una vez se perdió el hijo menor de Henry Hornwood.
Y Andrew y los demás lo encontraron escondido en un hoyo a mitad del bosque; claro, los Hijos del Bosque ayudaron un poco.
«¿Podrían ayudarme a mí también?», quiso preguntar Mary. En el fondo ya sabía la respuesta.
—¿Quieres decir que mi hermano podría estar en un hoyo a mitad del bosque? En tal caso, debería ir allá de inmediato.
Philip, sin parar el paso, sonrió y le dedicó una mirada embobada. Era evidente que el comentario irónico de Mary le había causado mucha más gracia de lo que aparentaba; ella lo notó en el gesto contenido de su cara.
Entonces Philip se detuvo.
—Espera —dijo, nerviosamente—. No, no quise... —Parecía alarmado.
—¿Por qué no? —cuestionó Mary, medio en broma. Philip estaba tan tenso como las cuerdas de los violines que tocaban los músicos a un extremo del salón—. Olvídalo, no lo decía en serio.
Philip parpadeó; suspiró aliviado.
—No, no. Quise decir, o expresar, que... —La miró con el ceño levemente fruncido—. Lo hallarán sano y salvo.
—Eso esperamos todos. Yo más que nadie.
Resultaba difícil olvidar, o al menos apartar de su mente un instante, el constante recuerdo de la última mirada de su hermano antes de que esfumara en un torbellino de hollín con Mahlon West. Se preguntó, en éstas, ¿por qué, en primer lugar, había querido raptarla el nigromante?
Si tuvo oportunidad en Boston, ¿por qué no lo hizo entonces?
Fuera cual fuese el motivo, esperaba que aquello no alterase la búsqueda de Sam; y una vez lo encontrasen, la incursión no pusiera en riesgo la vida de su hermano .
—Sí, a eso me refería —dijo Philip, que parecía turbado—. Yo estaría como tú si algo les llegase a pasar a mis hermanos.
—Sí. La verdad, no quiero hablar más de eso. No ahora. Este no es el lugar ni momento indicado.
Philip asintió e insinuó una sonrisa turbada, sus mejillas se tornaron de un rojo pálido. A Mary le pareció tierno ver cómo se ruborizaba.
Estaban en la sala común. Si bien la recepción parecía haber acaparado toda la planta baja de la mansión, la sala común —ahora convertida en un fastuoso salón— era el sitio donde concurría la mayor parte de los invitados.
Ese mismo día, más temprano, Mary estuvo allí brevemente cuando los sirvientes empezaron a colocar los bellos arreglos florales e instalar las amplias mesas para el banquete.
Quedó fascinada, absorta, al verlo de nuevo.
Tal parecía que los Katterblack no escatimaban en gastos cuando de hacer fiestas se trataba.
Aunque, según Céline, los Reedstters realizaban festejos igual de lujosos por casi cada celebración del año —Pascuas, Víspera de Todos los Santos, Acción de Gracias, Nochebuena—, mientras que el baile del solsticio era un evento exclusivo de su familia.
Una iluminación un tanto opaca, íntima, llenaba el salón de extremo a extremo.
Del altísimo techo pendían cuatro candelabros de cristal que funcionaban a gas.
Arreglos florales, con cálidos colores del verano en enormes jarrones, decoraban cada esquina.
A un costado estaban las amplias mesas del banquete bien ataviadas con fina mantelería de seda blanca y dorada; sobre ellas había, entre otros manjares, una fuente de chocolate, tortas de merengue, jaleas, panecillos, canapés, melindres, bollos polvoreados con azúcar glas, empanadillas, Crème Brûlée y pudines, todo servido en charolas de plata con elegantísimos acabados.
También había carne asadas de cerdo y res; o al espetón; piezas empalizadas de pollo frito; pavo al horno; pato guisado; ternera; y un chanchito dorado con una arrugada manzana en el hocico.
Las frutas hacían de decoración; algunas sandías habían sido picadas y convertidas en bol para salsas; otras formaban pequeñas figuras silvestres, como un venado, un caballo, un pequeño elefante, un pez hecho con bananas y cacahuates, y una tortuga hecha con mandarinas y limones.
En el extremo opuesta del salón estaban los músicos, que vestían elegantes trajes de tono verde olivo.
Tocaban violines, trompetas, platillos dorados y brillantes, chelos, que, desde el punto de vista de Mary, eran como los violines pero diez veces su tamaño.
También había un piano, pero nadie estaba sentado en el banco frente al teclado.
Ese lugar lo ocuparía Philip en algún punto de la velada, supuso.
Parejas bailaban en el centro del salón: las mujeres batían sus faldas como alas de mariposa, los caballeros guiaban el compás.
La música de los instrumentos reverberaba en el aire.
Algunos invitados estaban o dilapidando las mesas del banquete o cotilleando chistes y jocosidades en todos los flancos de la estancia.
Mary vislumbró a Caroline Reedstter junto a un joven atractivo y mirada arrogante —a mansalva su hermano— que parecía bastante interesado en el pronunciado escote de la joven que los acompañaba.
También Abigail, que departía con una chica de abundante cabellera negra, estaba allí.
Reconoció a los Falahee, aun sin conocerlos, cerca de los músicos.
Era difícil pasar por alto que eran la única familia de color en la fiesta.
La señora Falahee era una mujer de piel caoba notablemente más alta que su esposo, que era un hombre de piel más oscura aún y con un dorso imponente; junto a ellos estaban sus hijos, dos chicos, entre los catorce y los dieciocho años.
De nuevo, Mary no pudo evitar pensar en la conversación que tuvo con Elise la noche anterior. Se preguntó dónde estaba Céline.
Entonces la vio entrando al salón del brazo de su hermano Leonard, que también ceñía el brazo de su esposa.
Elise entró después, sonreía un poco más que antes.
La tía Alice los continuó; lucía despampanante con aquel vestido de seda lila y el collar de perlas que rodeaba su largo cuello.
Al verla, Mary pensó que, en efecto, tenía cierto parecido con su padre, Michael.
Richard Katterblack, elegante de traje negro a la medida, tomaba a Alice del brazo.
Sobrevino un corto silencio salvo por la música; la música no cesaba.
Sonaba por doquier, y una vez el salón pareció recuperar el aliento, se mezcló con las risas y el parloteo de los invitados.
Mary comenzó a sentirse en confort, menos tensa que antes; menos presionada, menos triste.
.. En el fondo, sin embargo, aún deseaba que Sam estuviera allí con ella.
—¿Tienes hermanos, dijiste? —le preguntó a Philip.
Él la miró y sonrió.
—Sí. Dos —respondió afablemente—. Jason, de catorce. Lucas, de doce.
—¿Y dónde están ahora?
—Bueno. Jason está en algún lugar, tratando de cortejar inadecuadamente a alguna joven dama.
—Phil sonrió de una manera contenida, tensa; Mary notó que un tendón en su cuello se prensó al decir el nombre «Jason»—.
En cambio, Lucas, a quien no se le permitió venir porque aún es muy joven, está en casa.
—¿Solo? —inquirió Mary, alarmada .
—No, por supuesto que no. —Philip intentó disimular una risa sin éxito—. Está con el tío Horace, el hermano de nuestro padre.
—¿Y Horace por qué no vino? ¿O es que acaso prefería quedarse en casa cuidando de su sobrino?
—Horace es un hombre un poco difícil —dijo Philip tras una pausa; parecía que intentaba sonar diplomático, sin lograrlo—. Pero no es malo ni cruel, y se lleva bastante bien con Lucas.
Se escuchó la queja de una joven entre las del grupo que estaba en una esquina a la entrada del salón. Philip subió la vista, la bajó y sonrió con crispación.
—¿Me disculpas? —dijo, mirándola—. Al parecer que las tácticas de sugestión de Jason no están marchando como deberían.
Mary asintió. A continuación, Philip fue a por su hermano.
Ella no pudo evitar una sonrisa mientras lo veía perderse entre los invitados.
Pensó que tenían mucho más en común de lo que había creído: ambos eran huérfanos de padre y madre; tenían hermanos menores a quienes cuidar, y habían quedado al cuidado de tíos excéntricos que no hacían más fácil adaptarse a la pérdida de sus padres.
—¡Ahí estás!