Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 9. El baile del solsticio
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9. El baile del solsticio

EL BAILE DEL SOLSTICIO

El baile del solsticio empezó al caer la noche. No se llamaba así porque se celebrase durante las prolongadas horas del día que marcaban el solsticio, como había esperado Mary, sino porque el evento que todos esperaban ocurría tras el fenómeno celeste.

Mary estaba de pie frente al espejo mientras Olee le ajustaba el corsé.

Esta era una de las cosas a las que aún no acababa de acostumbrarse y que le hacían cuestionarse si alguna vez aquello sucedería: la servidumbre.

Aunque los Katterblack tenían mucho dinero y una de las propiedades más grandes del estado, la familia no gozaba de un número excesivo de empleados, solo los que eran estrictamente necesarios: tres criadas para atender las necesidades de la prole y las de la señora Katterblack; un cocinero; dos jardineros —Abigail y Andrew—; tres cocheros, y un mayordomo.

Mary había creído que habría el triple de servidumbre cuando vio aquella enorme mansión por primera vez.

Olee llevaba sobre la cabeza una cofia, uno de esos gorritos blancos que usaba la servidumbre.

Mary lograba ver un mechón de su peculiar cabello fucsia cayéndole a un lado del rostro.

Lucía un vestido largo y estilizado color plomo bajo el blanco y limpio mandil.

A Mary le parecía extraño que las hadas nunca dejaran de sonreír, como lo estaba haciendo Olee en ese momento.

Desde que la conoció la criada no había dejado de sonreír de una forma alegre y soñadora que le hacía sentir envidia a Mary de su constante buen ánimo; incluso ahora, ajustándole el corsé y en silencio, una amplia sonrisa se ensanchaba en sus gruesos y brillosos labios.

—Listo —anunció Olee, irguiéndose.

Mary se miró en el espejo. No era de la clase de joven que pasaba mucho tiempo admirándose (de hecho, si podía evitarlo tanto mejor) e intentando lucir perfecta para ir a cazar a un marido.

Con todo, debía reconocer que, en ese preciso momento, algo cambió en su interior en cuanto se admiró de arriba abajo en el espejo de cuerpo entero.

El vestido que le habían obsequiado era el más hermoso que Mary hubiese lucido jamás, y apenas podía creer que lo llevaba puesto.

La falda era amplia y pesada, y surgía más arriba de la cintura; sería difícil caminar, y mucho más bailar, pensó.

El corsé estaba terriblemente ajustado, pero su cintura parecía chica y esbelta, como tal se suponía era el efecto que debía conferirle.

Mary completó su atuendo con un par de guantes blancos de seda que encontró entre las pertenencias que le dieron sus primas.

La tela del vestido era de satén, tan suave como la seda de los guantes.

No podía creer que fuera ella, la joven que estaba en el espejo, mirándose.

Casi pudo imaginar el reflejo de su hermano viendo su vestido con fascinación y diciéndole lo hermosa que estaba.

Sam podía ser encantador cuando quería, de verdad.

Entonces su dicha se apagó.

—¿Sucede algo, señorita? —preguntó la criada.

Mary negó con la cabeza, e intentó sonreír. Pero simplemente no pudo .

Las puertas se abrieron en un estruendo, y las hermanas Katterblack ingresaron a los aposentos.

Céline quedó absorta al verla (como si no lo hubiera hecho esa misma tarde, de hecho); se llevó las manos a la boca y puso ojos de borrego.

Tenía el cabello oscuro recogido en un tocado suntuoso, e iba ataviada con un vestido azul oceánico ceñido al cuerpo con un escote cerrado al cuello; la falda era recta hasta el piso con un polisón en la parte posterior.

Llevaba guantes de seda de un tono azul claro.

—Luces hermosa —afirmó Céline, bajando las manos y mirando con asombro a la otra joven de arriba abajo—. Por primera vez desde que debuté, no seré yo quien se robe la atención de todos en el baile, y eso está bien para variar. —Se volvió hacia su hermana—. ¿Tú qué opinas, Elise?

El vestido de Elise era de color ocre con detalles en hilo de oro y un entramado en la cintura.

No llevaba puesto corsé, y Mary la envidió al notarlo.

Su cabello caía suelto por la espalda. Elise se acercó más tímidamente a Mary.

Parecía una dulce, frágil, muñeca de porcelana.

Cuando alzó sus ojos azul acero, Mary recordó la breve conversación que mantuvieron la noche anterior.

—Estás preciosa, Mary —dijo Elise, y sonrió.

—Gracias. —Le devolvió el gesto al sonreír—. A ti también, Céline. Lucen hermosas, las dos.

—Tu acompañante ya aguarda por ti abajo —indicó Céline—. Philip está guapísimo.

Mary lanzó una mirada a Elise.

—Espera por ti —convino ésta. Su sonrisa era más tenue, si cabe, que hace un segundo.

Antes de enfilar la salida de su dormitorio, Mary tenía que hacer una pregunta (sobre su hermano, alguna noticia, algo). Y la hizo .

Elise, con una mirada baja y turbada, dejó entrever su pena respecto al tema.

—Ninguno de los hombres que ha enviado nuestro padre ha regresado —le dijo—. Tampoco le han enviado informes sobre el asunto de la búsqueda, lo que puede significar que quizás estén en la parte más álgida de la causa, ¿no crees? —Miró a su hermana.

—Lo hallarán —aseguró Céline. La tomó del brazo—. Esta noche debes parecer feliz, radiante, perfecta. Ser una modelo. —Sonrió—. Ahora eres una Katterblack. Serás respetada y tratada como tal. A partir de este momento representarás nuestro apellido, y...

«¿Cómo hago eso? —estuvo a punto de preguntar Mary—. ¿Cómo me olvido de mi hermano y de Mahlon West?»

Elise pareció oír su pensamiento.

—¡Cierra la boca, Céline! —le espetó—. La estás poniendo más nerviosa.

Eso no es lo más importante. Sam está en peligro; asustado, seguramente.

¿A quién le importa un estúpido baile? Si Mary supiera dónde está su hermano, en este momento no estaría con nosotras, sino en camino a buscarlo, adonde fuera que estuviese él.

—Miró a Céline. Con tono de reproche, añadió—: Dudo que tú sepas de lo que estoy hablando.

Céline la miró boquiabierta, como quien recibe una bofetada.

—Elise, yo...

Tocaron la puerta. Gracias a Dios, pensó Mary. Sutr, el mayordomo, entró para informarles que el señor Katterblack lo enviaba a buscarlas. Dicho esto, se retiró.

—Vamos —apremió Céline, tomando a Mary otra vez del brazo, y actuando como si nada hubiera pasado .

Salieron de la habitación riendo. Escucharon las voces alegres en la planta baja en cuanto llegaron al tope de la escalera.

Mary sintió que se le aflojaban las piernas, como si llevara un peso abrumador sobre los hombros.

Su corazón latía de bote y voleo. Pensó que iba a desfallecer antes de, siquiera, llegar al salón.

—Está bien, Mary —dijo, de pronto, la suave voz de Elise—. Luces hermosa, y todos aguardan por ti.

«Eso es lo que me preocupa», pensó Mary; se limitó a esbozar una sonrisa.

Comenzaron a bajar. La escalera era amplia, de mármol rosa brillante.

A medida que descendían, los escalones se ensanchaban, confiriéndole el aspecto de la cola de un vestido de bodas.

Los pasamanos estaban decorados con guirnaldas llenas de ramas de amaranto, rosas amarillas, rojas, anaranjadas y azules, rodeado todo por una cinta de seda blanca que acababa en un lazo en la parte final.

Las tres bajaron despacio y elegantemente en una línea, de forma sincronizada, para sorpresa de Mary.

Ésta, con súbita valentía, alzó la vista y observó que todos los presentes en el recibidor las estaban viendo.

Reconoció algunas caras. Entre ellas, varias de las jóvenes que conoció en la reunión del té que organizó la señora Katterblack para presentarla a las mujeres estiradas del pueblo.

—Luce sublime, señorita Cartwright.

Philip aguardaba por ella en la parte inferior, extendiendo una mano que Mary aceptó educadamente.

Como la mayoría de los caballeros en el baile, el joven maestro de piano vestía un elegante traje negro con un holgado corbatín blanco en el cuello.

Sus cabellos cobrizos lucían brillantes, peinados hacia atrás.

Relucientes, sus ojos marrones se asentaron en ella, y Mary sintió que le ardían las mejillas .

—Gracias, Philip —contestó con tono cortés y la voz más débil de lo habitual—. Tú también luces apuesto.

Así era. Philip Holbrooke era apuesto, aun con ropa sencilla. Era evidente porqué Elise estaba prendada de él. Entonces Mary cayó en la cuenta, y se volvió hacia su prima. Elise tenía una sonrisa trémula en los pálidos labios. Céline, en cambio, los observaba con ávida emoción.

—¡Leo! —gritó ella, de repente, virando la cabeza hacia la entrada principal.

Bajó el resto de los escalones apresuradamente hacia un joven caballero que llevaba del brazo a una mujer igual de joven que él.

Mary supo al instante de quién se trataba: Leonard Katterblack.

Céline le echó los brazos al cuello a su hermano—. ¡Viniste!

Elise también se encausó al encuentro, no sin antes dedicarles una sonrisa fugaz a Mary y a Philip.

Mary se les quedó mirando por un momento; luego giró la cabeza y observó a los demás invitados.

Las damas iban ataviadas con trajes amplios como el de ella, pero en otros diseños y colores; algunas llevaban guantes de seda hasta los codos o un poco más arriba; otras lucían sombreros esplendorosos, llenos de plumas enormes, o arreglos con flores de colores llamativos, o velos que le cubrían la mitad del rostro; y había quienes llevaban abanicos, que agitaban con soltura.

—Confieso que estaba un poco nervioso antes de venir —empezó Philip. Mary volcó su atención en él. El joven, tal parecía, no le había quitado los ojos de encima desde que ella bajó las escaleras. Sus ojos castaños claros relucían bellamente; Mary podía ver su propio reflejo en ellos.

—¿Por qué? —preguntó, si bien aún tenía un nudo en la garganta .