Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 8. La voz en el viento #3
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8. La voz en el viento #3

Henna encogió los hombros, un gesto impasible que Andrew no le había visto hacer antes.

Se volvió para ponerse en marcha seguida por Atar, la segunda al mando de los centauros, y Rumos, un centauro de aspecto feroz que lo miró como si quisiera ensartarlo con la lanza que aferraba con tanto ímpetu en ese momento.

Andrew amagó una sonrisa; Rumos bufó y se volvió.

—Deberías apurarte —dijo Lloyd, mirándolo con sensatez—. Es la Líder, no hay que hacerla esperar.

—Da igual.

—Lloyd tiene razón —insistió Ulises—. Si Loreen decide desproteger al pueblo por tu culpa, tú y Abigail serán expulsados.

—¿Hasta cuándo tengo que complacer los deseos de esa mujer hada?

—soltó Andrew, airado. Sin esperar respuesta, se alejó de sus amigos.

Si tan solo ellos supieran, pensó. La capa le hondeaba a la espalda con cada ráfaga de viento.

Se había puesto la capa verde, como sus amigos, poco antes de llegar al acceso principal del pueblo.

Al cabo, Andrew logró alcanzar a Henna y al resto de los centauros.

Rumos le lanzó otra mirada ínfimamente despreciable cuando advirtió su presencia.

Andrew no se amedrentó, de modo que hizo una mueca pizpireta y le sacó la lengua.

Rumos se detuvo de golpe; Henna y Atar, también.

El muchacho se quedó inmóvil como un palo.

Pensándolo ahora, nunca antes había luchado contra un centauro.

Debía ser una experiencia tediosa y exhaustiva.

.., quería decir, si el rival era nada más y nada menos que Rumos.

—¿Qué sucede, Rumos? —inquirió Henna.

—El chico... —empezó a decir el centauro.

Pero en aquel instante el viento hendió y las hojas de los árboles cantaron.

Aquello pareció asir la atención de todos por un segundo.

Después, Rumos le echó otra mirada asesina y se giró para continuar el paso a las centauras que ya habían retomado la marcha.

El bosque se alzaba en torno a él, hermoso, vivo, colmado de criaturas concebidas por la Madre, seres mágicos.

Empero, aquella preciosa efigie era corrompida de alguna forma por los colores tenues del solsticio, que le confería a todo la belleza tenebrosa de un retrato rococó.

Andrew podía oír el canto de los pajarillos, el zumbido de las abejas en una colmena distante, y los pasos del trote de los centauros claramente.

Como si estuviese encerrado en una burbuja de cristal.

Quizás eso era. El bosque estaba repleto de misterios.

Se preguntó qué querría decirle Loreen. Aunque una parte de él ya lo presumía.

Meses atrás, cuando Andrew, Abigail, Lloyd y Ulises empezaron con su labor de oteadores del pueblo, la Líder había mostrado un especial interés por él; lo atrajo con su belleza y con su voz seductora, el gesto etéreo de sus manos recorriendo sus brazos; le contó que llevaba viva desde antes de que el primer Treddaway —a quien, según ella, conoció en persona— se asentara en River Town.

También conoció a su padre, Agustin Treddaway, afirmó la líder.

Al escuchar esto, Andrew quedó anonadado (más, si cabe, que al oír hablar sobre el primer Treddaway).

Aquel asombro debió evidenciársele en el rostro, pues Loreen sonrió.

Dijo a Andrew que si le hacía... favores.

.. podría usar sus facultades de Líder para hallar a su padre.

Así había comenzado todo.

—Una noche contigo —había dicho Loreen aquella primera vez—. Quiero que seas mío, Andrew Treddaway.

Éste, a la sazón, había replicado que por qué no se lo pedía cualquier otro. Loreen rio de nuevo.

—Ningún humano o criatura en este bosque, ni en el pueblo, es tan hermoso, puro y sensible como tú, Andrew —dijo Loreen—.

Eres el humano más bello que he visto en muchas décadas.

—Ella se había acercado, ya desnuda, y tomó una mano, que seguido puso en su pecho, entre sus senos redondos y perfectos.

Andrew recordaba cómo su corazón empezó a latir tan fuerte y rápido que amenazaba con abrirle un boquete.

Entre tanto, los latidos de la mujer hada eran paulatinos, suaves como susurros contra su mano.

Loreen también percibió eso, su fascinación, supuso él, porque lo besó a continuación.

Entonces Andrew tenía quince y no había besado a nadie antes que a ella.

A decir verdad, no había hecho con nadie ninguna de las cosas que hizo con Loreen después de aquella vez.

El cielo se había opacado un poco cuando por fin salieron del entramado de ramas, hojas y lianas que circundaban el corazón del bosque.

Ante ellos se alzaba una pequeña colina coronada por un árbol sabino de tronco blanco, brillante como la madreperla, con las ramas desnudas y engarfiadas apuntando hacia arriba como si intentasen rasguñar el cielo ardiente.

El pasto que revestía la colina era verde amarillento y esponjoso como almohadones de pluma.

Mientras subía la colina, Andrew vio rostros conocidos: Ulloa, el cabecilla de los trolls, enfilando el bosque, seguido por varios de sus semejantes. Henna, Atar y Rumos se les unieron .

—Hola, Andrew —saludó Misa, una sátira de aspecto juvenil. Estaba acompañada por un séquito de hermanas sátiras que lo miraron con ojos enamoradizos—. ¿Dónde está tu hermana?

—En el baile —respondió él. Miró de reojo que Loreen estaba bajo la sombra del sabino acompañada por Salim, un viejo fauno tan blanco y aparentemente febril como el árbol que estaba junto a él.

—Tú no asistirás, por lo visto —dijo Misa.

—No —murmuró, y siguió caminando hacia la Líder.

Los ojos de Loreen se iluminaron al verlo aproximarse.

Lucía tan hermosa como siempre, con la larga melena de oro claro a los lados del rostro blanco e impoluto.

Sus ojos eran grandes piedras de jade. Iba descalza.

Vestía su habitual túnica blanca sostenida en un hombro y ajustada en la cintura y bajo los pechos con una cuerda de cáñamo.

—¿Eso era todo, Salim? —le decía al viejo fauno, con enfado, cuando Andrew se acercó.

—Sí, mi señora. —El fauno se fijó por primera vez en el muchacho sin inmutarse—. Nada podrá entrar o salir del bosque sin que usted lo sepa.

—Muchas gracias —susurró Loreen, se inclinó y confió un ligero beso en la fofa mejilla del fauno.

—Para servirle —dijo él. Y se marchó.

Entonces Loreen miró a Andrew. Bueno, siendo preciso, no había dejado de mirarlo desde que se detuvo a unos metros de ella.

La Líder se lanzó sobre él, lo abrazó y lo besó en las mejillas acaloradamente.

Andrew se tensó, incómodo, pensando que estaban puntualmente en el medio del bosque, rodeados por todos sus habitantes mágicos: sátiras, centauros, trolls, elfos, ogros, y demás.

«Todos lo saben —pensó él; y lo confirmó al notar la mirada que le echaba Misa mientras Loreen lo besaba y lo abrazaba con tanta efusividad—.

Todos saben de los favore s que le he hecho a su líder».

Hace meses que Andrew había dejado de encontrarse con Loreen de esa manera, la manera que lo hacían una mujer y un hombre cuando sus cuerpos ansiaban aquel calor que, tal parecía, solo el sexo podía proporcionarles.

Tardío, Andrew comprendió que Loreen en realidad no estaba dispuesta a revelarle el paradero de su padre a pesar de los innumerables momentos que habían compartido en su lecho dentro del hueco tronco del sabino.

—Has venido —dijo la Líder, sonriendo, cuando por fin se apartó.

—No me has dado otra opción —replicó Andrew con tono arisco. «Ulises tiene razón. Si Loreen decide desproteger al pueblo por mi culpa, Abigail y yo seremos expulsados. Y cosas peores», pensó, evocando las palabras de su amigo. Forzó una sonrisa.

—Oh, Andrew, ¡exageras! —dijo Loreen en cambio—. Nunca te he obligado a hacer nada que no quisieras.

«Pero sí me has manipulado», pensó él.

—No he dicho eso, Loreen —repuso.

—Lo insinuaste. —Ella sonrió y le rozó la mejilla con el dorso de la mano—. Como sea. Sé que preferirías estar con tus amigos, o en el baile de Katterblack con alguna jovencita recién llegada, pero aquí estás.

Andrew se mantuvo impasible, con una línea curveada en los labios.

No le sorprendía que ella lo supiera; Loreen lo llamaba «La voz de la Madre en el viento».

Una voz que solamente las líderes de los bosques podían oír cuando se necesitaba actuar para evitar el desastre a través de cierto conocimiento obtenido de forma oportuna.

Así esperaba saber Andrew el paradero de su padre. La voz en el viento.

—Prefiero estar aquí... contigo —afirmó él. Su voz sonó más áspera de lo normal.

Loreen carcajeó.

—Oh, Andrew, qué mal mientes. —Apartó la mano de la mejilla de Andrew. Éste aún sentía un cosquilleo allí donde los dedos de Loreen lo rozaron—. Creo que has olvidado que sé muchas cosas. El paradero de tu padre entre ellas —añadió con descaro.

—Ya no me interesa —replicó él, encogiendo los hombros.

Loreen suspiró risueña.

—Sigues mintiendo, Andrew, cariño. —Sus ojos de color jade verde lo miraron fijamente; él le sostuvo la mirada—. La voz en el viento me dijo que has visitado habitaciones ajenas esta pasada noche. Bueno, solo una habitación.

—¿Qué tiene de avieso que emplee con otra señorita alguno de los numerosos trucos que me enseñaste? —Andrew rio mordaz—. ¿Estás celosa?

—No; no estoy celosa en absoluto. —Loreen suspiró y le dio la espalda con los brazos cruzados sobre el pecho—.

Andrew, después de esta noche muchas cosas van a cambiar.

—Se volvió hacia él—. Sé que no fuiste a su habitación con ese propósito; fuiste para invitarla al baile de Katterblack.

Olvida a la muchacha, la voz me lo ha dicho. .. Sufrirás por su culpa, Andrew.

—No sé de qué hablas —soltó éste, y pasó junto a ella para irse.

Se detuvo al oír las siguientes palabras de Loreen.

—Ella está marcada, Andrew —dijo—. Si continúas con las mismas intenciones, su marca se corroerá hasta ti.

Andrew se volvió y la miró con entrecejo .

—¿De qué hablas?

Loreen avanzó un paso hacia él, y otro.

—Sé muchas cosas, te dije —respondió—. Y ese conocimiento tiene un precio.