Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 8. La voz en el viento #2
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8. La voz en el viento #2

Céline, sentada en la cama, parecía absorta; más bien, risueña. Quizá por haber concertado la pareja entre Mary y Philip Holbrooke estando al corriente de los sentimientos que albergaba su hermana por su joven maestro de piano.

Elise, que estaba observando en silencio y con aire nostálgico por la ventana, se volvió al escuchar hablar a su madre. Mary se preguntó si estaría pensando en Philip, en el baile, o si aquel estado de aparente reflexión era habitual en ella.

—Este día ha sido especialmente caluroso —comentó la modista; en aquel momento estaba inclinada a la altura de la cintura de Mary, que era bastante baja—. Espero que esta ola de calor no afecte los bellos arreglos florales, mi señora. —Lanzó una mirada de reojo a la señora Katterblack.

Ésta abrió mucho los ojos.

—¡Oh, las flores! —exclamó—. El segundo encargo debía llegar hace media hora.

—Probablemente ya llegaron, madre —apuntó Céline, mirándose las uñas.

—Eso espero —dijo la señora Katterblack con enfado. Acto seguido, dejó la habitación con Giinet pisándole los talones .

—Qué extraño —comentó Céline, un minuto después, volcando su atención en su hermana que se acercaba a ellas. Elise bajó la mirada como si ya presintiera lo que la otra iba a decir—. Pensé que Philip te daría lecciones de piano hoy.

Elise no la miró al responder.

—Hoy es el baile, Céline —dijo—. Por tanto, como bien sabes, la sala común está atestada con los asistentes de nuestra madre.

La señora Oakwater también está allí, con varios de sus asistentes, como ha de esperarse, siendo la primera dama del pueblo.

—Por su forma de hablar tan templada, pensó Mary, su prima daba a entender que ya no estaba apenada por la mala acción de su hermana el día anterior; Céline pareció desconcertado con esto.

—Ya —dijo sucintamente—. ¿Y con quién irás al baile?

Pilló por sorpresa a Elise; Mary lo notó en el parpadeo casi mecánico de su prima al oír la pregunta.

—¿Qué? —farfulló, y observó de entrecejo a su hermana—. ¿Con quién irás tú?

—Yo pregunté primero.

—¿Eso qué importa?

—Soy la anfitriona del baile —contestó Céline, satisfecha consigo misma—. No necesito un acompañante.

—¿Ni siquiera a Roland Falahee? —acometió Elise.

Céline palideció. Sobrevino un largo, incómodo, silencio.

Despacio, Céline desplazó la vista hacia Mary, que la miraba fijamente, al mismo tiempo que pensaba en un lugar mejor que ese donde preferiría estar en aquel momento (cualquier lugar).

Elise le había contado la noche anterior sobre el asunto de Falahee con su padre, y al principio Mary había quedado asombrada al descubrir que Richard Katterblack tenía una actitud prejuiciosa hacia una respetable familia de color y, además, Seguidores de la luz .

—¿Se lo dijiste? —le preguntó Céline a su hermana.

—Sí. Mary fue muy amable al excusarse por tu desempeño de ayer. —Elise suspiró una risa casi violenta—. No era su culpa, así que tenía que saberlo.

—No tenías derecho —increpó Céline. Con los labios tensos y una mirada furibunda, observó fijamente a su hermana. La señora Tawney, que terminaba su labor con el vestido de Mary, se quedó inmóvil y expectante, mirando de un lado a otro.

Por último, Céline giró sobre sus talones y salió airada de la habitación, firme como un palo andante, y Olee fue tras ella.

Elise inhaló, exhaló.

—Lamento eso, Mary..., señora Tawney —se disculpó—. Pasa siempre.

—Te entiendo —habló Mary con la voz carrasposa; se la aclaró antes de continuar—. A menudo discutía con Sam por casi cualquier cosa..., oh, sí que era insoportable. A veces creía que me hacía enojar aposta; es una de las cosas que más extraño. —Sonrió ligeramente a su pesar.

Elise la imitó.

—Lo encontrarán, Mary —dijo—. Mi padre está haciendo todo lo posible.

—Lo sé. Y lo agradezco.

—¡Terminé! —anunció la modista. Parecía sobremanera aliviada.

Más tarde, sola en su habitación, Mary se acercó a la ventana y miró el jardín recién decorado.

Como aún faltaban un par de horas para que el baile empezara, cambió el elegante vestido por su ropaje habitual.

Elise le había asegurado que su madre pronto le conseguiría una mucama personal, aunque Mary había insistido —educadamente, claro— que no era necesario.

Sin agregar, a tenor de la educación, que le parecía un tanto abrumadora la mera idea de tener a alguien siguiendo sus pasos todo el tiempo.

Miró la fuente de piedra con la trucha. Pensó en el fantasma de su madre, allí parado, los brazos extendidos.

Se negaba a creer que había sido un sueño.

«Pero él estaba ahí. —Se refería a Andrew—.

Él me vio; me escuchó y me llevó a casa».

Y, según dijo también, sus ojos brillaron mientras se sacudía y gritaba, como un Visor.

Visor. Quizás eso era. Se levantó de la cama con aire decidido y tomó la pesada Enciclopedia que estaba sobre la peinadora.

Se lo llevó hasta el sillón junto a la cama donde había encontrado a Elise su primera mañana consciente en la mansión Katterblack.

Puso el libro en su regazo y lo abrió donde lo había dejado antes de que aparecieran la tía Alice, sus primas, las criadas y la señora Tawney para arreglar y admirar su vestido.

Había terminado de leer la última historia de los Hijos del Bosque, específicamente de una especie casi extinta llamada «Analims», o animales parlantes.

A continuación, un apartado que exponía varios enigmas mágicos. Entre ellos, los Visores.

Mary colocó la cinta de su madre entre las páginas y empezó a leer: «Los Visores, o Visorios, competen a una rarísima clase de seres mágicos (no se encuentran entre los Seguidores de la Luz, los Hijos del Bosque, o Seres del Mar Oculto), pues solo nacen entre humanos y muy pocas veces esta característica vidente se presenta por herencia de sangre, o eso aseguran algunos.

No ha habido nunca un Visor en parte Seguidor de la Luz, ni un Visor en parte Hijo del Bosque o Ser del Mar Oculto.

Los Visorios desarrollan sus poderes a partir de los nueve años, en su mayoría.

Cuando tienen una visión (llamada también estado de avistamiento ), sus mentes se oscurecen para dar paso al futuro entre las tinieblas del tiempo y el espacio, la dimensión abismal; sus ojos se esconden tras sus párpados dejándolos completamente en blanco, y comienzan a balbucir frases ininteligibles que, a la postre, el Visor traduce al concluir el estado de avistamiento.

»Visorios más talentosos tienen la habilidad de transportarse a sus visiones cuando estas ocurren al presente, o cuando están a pocos instantes de ocurrir.

»Se ha sabido de sucesos trágicos en los que los visores pierden la vida en estado de avistamiento, en algunos casos porque sus visiones vienen con tanta potencia que les causan paros cardiacos o derrames cerebrales; en otros, porque han visto llegar su propia muerte...».

Mary siguió leyendo sobre el tema en las siguientes cuatro páginas.

Continuó con algunos dietarios de visores famosos como: Thomas Ady, que predijo la llegada de la Gangrena Negra a los puertos ingleses por lo que fue quemado vivo.

O Nostradamus, un astrólogo del siglo XVI, que hacía exuberantes predicciones sobre el devenir de la humanidad.

Mary seguía sin comprender por qué sus ojos habían brillado como le había dicho Andrew; el libro no decía nada al respecto.

Lo cerró de golpe. Suspiró profundo. Se levantó del sillón.

La puerta de su habitación se abrió de repente, sobresaltándola.

Olee entró, sonriente como siempre.

—¿Qué sucede? —le preguntó Mary a la criada.

—La señorita Céline me ha pedido que le ayudase a vestirse.

—¿Quién le ayudará a ella?

Mary frunció el ceño. No daba crédito a que Céline le hubiera cedido la asistencia de su mucama tras lo ocurrido hace un rato. Pero allí estaba la prueba. Olee dijo :

—La señorita Céline y la señorita Elise arreglaron sus diferencias. Como suelen hacer. —Sonrió—. Ahora mismo ambas están en la habitación de la señorita Elise, ayudándose una a la otra. Tara está con ellas. —Terció la cabeza hacia la ventana—. Además, mire usted, ha comenzado el solsticio.

El cielo era una mezcolanza de colores fuego: nubes amarillas con bordes rosados centellantes sobre un fondo naranja intenso y un sol rojo como un hoyo al infierno.

Estos colores también cubrían el entorno, desde el camino de tierra, los árboles que lo flanqueaban y las criaturas que anadeaban bajo el impetuoso solsticio de verano.

De la misma forma el viento, que presidía el evento celeste, vertía sobre los admiradores una oleada de calor tan profundo que por un momento Andrew sintió que se ahogaba.

La sensación no duró mucho: de improviso (más bien, como por arte de magia) dejó de sentir calor y el aire se tornó fresco.

Una fuerte brisa hendió las copas de los árboles y estos cantaron.

Andrew y sus amigos habían sido recibidos en los límites del bosque por Henna, la líder del clan de los Centauros, y un pequeño grupo de sus semejantes.

—La Líder de los Hijos me ha enviado a por ti, joven Andrew —dijo Henna, con la voz suave de una madre.

Andrew pensó que era una de las pocas mujeres (bueno, más o menos) a la que tenía que contemplar desde abajo; la centaura era el doble de alta que él, de rasgos bellos y una mata de cabello negro como la brea neta que le caía por la espalda, los hombros y los pechos desnudos.

Una vez Andrew había tenido que soportar una regañina de Henna cuando se le quedó viendo los senos a Cleo, su joven hija—. Desea verte antes de que acabe el día.

—¿A mí? —Ciertamente no le extrañaba a Andrew; cada vez que podía, la Líder utilizaba sus facultades para atraerlo hacia ella—. ¿Por qué?