Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 8. La voz en el viento
30%

8. La voz en el viento

LA VOZ EN EL VIENTO

—¡No es justo! —profirió Lucas, enfurecido; fruncía el ceño y cruzaba los brazos ante el pecho.

Éste y Jason estaban sentados en la mesa de la cocina, desayunando, cuando el último bromeó sobre el baile al que Lucas no asistiría.

El chico, rojo como un tomate, aplicó un par de golpes en el hombro a Jason antes de que Philip ladeara bruscamente la cabeza y la silla de su hermano se trasladara de improviso hacia el otro extremo de la mesa.

Jason reía—. ¡No es justo! ¡No es justo! Quiero ir al baile, Phil.

—Lo siento, Lucas —intentó calmarlo Phil—.

Ya sé que no es justo, pero aún eres muy joven para asistir al baile del solsticio.

—Hubo un tiempo en el que el propio Phil estuvo en la misma posición que Lucas: había enfurecido porque, según su madre, era muy joven para asistir al baile que efectuaban cada año los Katterblack.

También Jason, siempre volátil, había estallado en cólera cuando Philip asistió al primer baile sin él—.

Pronto cumplirás los trece, luego catorce, y entonces podrás asistir.

Jason bufó.

—Acaba de cumplir los doce, Phil —dijo, riendo—. Todavía faltan dos años para que pueda asistir al baile de los Katterblack .

Era la primera vez que Jason asistía al baile. A ojos vistas se mostraba satisfecho. Con catorce años, estaba dando un paso hacia la adultez que tanto ansiaba.

Philip lo miró fulminante.

—Jason —espetó—. ¡Cierra la boca!

Jason paró de reír y le devolvió la mirada, desafiante.

—No eres mi padre —soltó.

—No empieces con eso otra vez —advirtió Philip—. Recuerda que si yo lo quisiera, tú no irías al baile. Yo estoy a cargo.

—No, no lo estás —replicó Jason, y llevó la mirada más allá del hombro de Phil.

—Buenos días.

Horace estaba de pie en el umbral de la cocina.

Lucía más desaliñado que el día anterior, tal y como Philip lo había visto pocas veces cuando le llevaba comida, o la ropa limpia, al ático.

Esa vez tenía sus circulares lentes de cristales relucientes con bordes metálicos.

Llevaba el oscuro cabello atado como cola de caballo, y vestía una holgada camisa que en otrora había sido blanca y que el tiempo había curtido; los pantalones que usaba también le quedaban desahogados.

Horace era de pecho imponente, amplio y hundido, pero en otras extremidades era tan flaco como un junco. Sonrió.

—Veo que han despertado con buen ánimo —dijo. A continuación, ocupó un sitio en la mesa junto a sus sobrinos; le alborotó el cabello a Lucas antes de enfocar la mirada en Philip y Jason con aire risueño—. Recuerdo esas mañanas en mi juventud.

Horace le lanzó una mirada divertida a Phil, que guardaba silencio.

«Estoy seguro de que esto lo sabes, Lucas, pues tuviste un tiempo muy corto con ellos, el suficiente para saber que los tres son buenos muchachos», había dicho a la tumba de su hermano el día anterior.

Phil había esperado que, tras el infortunado suceso en el cementerio, no volviera a salir del ático por un buen tiempo.

—¿Sucede algo, Philip? —preguntó su tío con ánimo, y alternó una mirada cómplice con Jason y Lucas.

Philip también pensó en estas otras palabras: «He sido un hombre cruel, un hermano terrible, y he de merecer el castigo que los Primeros me hayan dispuesto»—.

Parece que hubieran visto un fantasma —añadió.

En efecto, así era.

Philip se aclaró la garganta.

—No esperábamos verte esta mañana, Horace —dijo con tono categórico—. Sinceramente, no esperábamos verte aquí abajo pasados otros diez o quince años.

— Horace —repitió él con tono indignado—. Horace. Soy su tío, muchachos, aun si no estoy muy presente.

—Y tanto —comentó Jason por el rabillo, pero bajó la mirada y se centró en su desayuno al tiempo que Horace le echaba una mirada de soslayo. Lo había escuchado.

Horace enarcó una ceja.

—Espero poder cambiar pronto esa imagen que tienen de mí —indicó, al parecer, sinceramente—. Son los hijos de mi hermano. Debería cuidar de ustedes como él cuidó de mí cuando éramos chiquillos. De esa forma él lo hubiera querido, ¿no?

Un corto silencio, y Philip respondió:

—Sí. Supongo.

—Bien. —Horace se enderezó con una sonrisa satisfecha—. Zanjado el asunto, procedamos al desayuno. —Mientras tomaba un cuenco de pan, preguntó—: Y, en éstas, ¿de qué estaban hablando antes de que los interrumpiera ?

Philip y Jason cruzaron una mirada. Sobrevino un largo silencio.

—Del baile del solsticio —suspiró Lucas, al cabo, desanimado—. De eso estábamos hablando.

Otro día caluroso, pensaba Andrew. Iba por la calle East River hacia la salida del pueblo para continuar su ruta por el camino del bosque, evocando así los recuerdos de la noche que salvó a Mary de Mahlon West, y también algunos recuerdos más recientes de la noche anterior.

«Voy a ir con Philip Holbrooke». Sacudió la cabeza para despejar sus pensamientos.

—Estás distante —comentó Lloyd, que tenía el ceño fruncido cuando Andrew se volvió para verlo.

Junto a ellos pasó una carreta llena de flores que seguramente iban a terminar en la sala común de la mansión Katterblack.

Andrew la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista al cruzar hacia Yellowfield.

Entonces reparó en Ulises, que no había estado con ellos —Lloyd y Andrew— desde el principio.

Parecía casi tan distraído como el propio Andrew.

Este pensó que tal vez Ulises se estaba arrepintiendo de no asistir al baile.

—Estoy bien —le aseguró Andrew a Lloyd.

—Mi padre le advirtió al señor Katterblack que no era muy prudente realizar el baile de este año —comentó Ulises, como si alguien le hubiese preguntado al respecto.

Tal parecía que, después de todo, no estaba arrepentido, sino preocupado—.

Le dijo que Mahlon West merodeaba cerca.

Incluso le refirió sus sospechas sobre la muerte de Henry Hornwood para intentar persuadirlo .

—Olvídalo, Ulises —dijo Lloyd haciendo un ademán con la mano—. West no tuvo nada que ver con la muerte de Hornwood, Kenneth lo aseguró; dijo que fue una nigromante llamada Cateryna Dur quien le rajó el cuello a su padre.

—Mi padre cree que Dur y West son cómplices y que sirven al mismo Amo —insistió Ulises—. Como sea, yo estoy de acuerdo con mi padre: no es prudente que se haga el baile de este año..., al menos no hasta que capturen a Mahlon West.

—Entonces qué caso tendría que se llamara «el baile del solsticio» si, a la sazón, estamos más cerca del solsticio de invierno —repuso Lloyd con una sonrisa de medio lado. Meneó la cabeza—. Por cierto, ¿dónde está Abigail?

—Mi hermana ha decidido asistir al baile —respondió Andrew—. Con Grace.

Lloyd arqueó las cejas.

—Ah.

—Yo había invitado a Chelsea Paton —divagó Ulises con la cabeza gacha—. Pero, claro, tuve que cancelar.

—No tenías porqué venir, Ulises. —Pero le agradecía de corazón que lo hubiera hecho; Andrew le puso la mano en el hombro.

Sabía cuán afortunado era por tener amigos como ellos—.

Yo podría arreglármelas solo. Aparte, Richard Katterblack se reunió con Loreen y ella accedió a que los centauros vigilasen la entrada del bosque y los demás accesos al pueblo durante esta noche.

De verdad, no hacía falta que ninguno de los dos viniera.

—Yo habría invitado a Meredith Belwolf —dijo Lloyd, en voz baja, como si no lo hubiese oído—.

Pero mi padre coincide con el señor Witheford.

Cree que algo malo puede pasar esta noche, y prefiere que esté en el camino del bosque antes que en el baile.

Quizás mi padre no tenga buen juicio para determinar lo que puede o no ser más peligroso.

Sin embargo, esta vez algo me dice que a lo mejor no está equivocado. Llámenlo una corazonada.

—¿Y tú, Andrew? —preguntó Ulises, de repente, fijando la mirada en el aludido. Andrew alzó la vista y frunció el ceño como expresando «¿a qué te refieres?», aunque lo entendía—. ¿A quién habrías invitado al baile?

El día era caluroso, como era siempre con la llegada del solsticio de verano.

El pueblo estaba más tranquilo de lo habitual, las personas hacían compras o llevaban a cabo sus obligaciones diarias: algunos iban caminando mientras platicaban con emoción del baile al que no irían, pero del que seguramente escucharían cotilleos al día siguiente y, puede también, durante el resto de la semana o el mes; otras, que viajaban en sus coches tirados por caballos, hablaban más de lo mismo.

Andrew desvió la mirada.

—No lo sé —dijo por fin, y encogió los hombros. El viento se alzaba alborotándole los cabellos.

—Lucirás preciosa, Mary —auguró la tía Alice, que tenía sus brillantes ojos puestos en el vestido.

En aquel momento la modista, una robusta señora llamada Tawney, le estaba ajustando la parte baja del corsé.

Mary no había reparado, hasta que lo tuvo puesto, en el exquisito juego de pedrería que exhibían los bordes del polisón, en la parte trasera de la falda.

En su vida había vestido nada tan hermoso, pensó—.

Ese color —seguía diciendo la señora Katterblack, esta vez mirándola a la cara— resalta tu piel y tus ojos .

Mary tenía ojos verdes como el pasto en primavera, según su padre. El vestido era de color azul turquesa radiante, así que supuso que su tía debía tener razón.

Céline y Elise también se encontraban en la habitación, acompañadas por sus respectivas mucamas.

Giinet, la mucama particular de la tía Alice, por fin compartía la misma estancia que Mary por más de un minuto (la última vez fue la noche anterior durante la cena).

Su cabello era azul intenso. Un hada, naturalmente.

Como el resto del personal de la familia Katterblack excepto por Andrew y Abigail.