Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 7. El cementerio #4
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7. El cementerio #4

Andrew dejó de sonreír y arqueó una ceja.

Mary se acercó a él y le arrebató la Enciclopedia de las manos; la cinta de seda que hacía de marca página salió flotando en el aire y cayó en el suelo alfombrado.

Mary ahogó un grito, y se inclinó a recogerla, pero la mano de Andrew apareció un instante después, y sus frías pieles se rozaron.

Mary alzó los ojos y, durante unos segundos, los trabó en los de Andrew, que estaba tan próximo a ella como para un beso.

Entonces sintió un intenso latigazo castigando su brazo. Volvió en sí.

Sonrojada, le arrebató también la cinta al muchacho de la mano y se enderezó con ella y la Enciclopedia pegadas contra el pecho, dándole la espalda a Andrew para que no advirtiera el rubor en sus mejillas. Mary no había estado tan cerca de un muchacho antes. Y Andrew era tan osado.

Mejor andar con cuidado.

Andrew siguió allí, de pie a su espalda, en silencio. Mary alcanzaba a oír su respiración.

—¿De qué querías hablar con tanta urgencia, Andrew?

—preguntó ella, despacio. Dejó otra vez la cinta dentro de la Enciclopedia, y colocó el volumen sobre la mesita de noche.

No podía ni quería ver a Andrew, o enrojecería de nuevo cuando se vieran cara a cara.

Si él la veía sonrojarse, estaría perdida.

—Mañana —empezó él— será el baile del solsticio de los Katterblack y...

—No creí que te gustara ese tipo de eventos —dijo Mary.

Soltó una risita sardónica. Casi sin darse cuenta hizo acopio de valor y se volvió.

Al fin y al cabo, Andrew se encontraba al otro lado de la habitación, y un buen trecho los separaba.

Así y todo, ella se fijó que el muchacho parecía incómodo.

Iba vestido con una camisa de lino blanca holgada, un poco abierta en el pecho, y pantalones de un tono marrón tan oscuro que parecía negro.

El cabello revuelto. Sus insondables ojos azules reflejaban de alguna forma la luz de la noche que se colaba por debajo de cuerda al dormitorio .

—¿Por qué lo creías? —preguntó él, y frunció el ceño.

Mary suspiró, en parte para que no notara lo nerviosa que estaba. En parte, primordialmente, para sacar algo de tiempo y determinar el rumbo de la conversación. Un suspiro daba para mucho.

—Ayer, cuando prácticamente me echaste de tu casa —dijo ella—, dejaste muy claro que no te gustaba ser el protegido del señor Katterblack.

—No fue así —replicó Andrew, y se sentó en la cama.

Era un acto atrevido, pensó ella; y recordó la bofetada que le propinó al muchacho, el mismo que le había salvado la vida en el camino del bosque.

«Así es él —comprendió—. Atrevido, inculto, soez».

Quizás lo estaba juzgando mal, pero su madre le había dicho que la primera impresión determinaba la valía de una persona ante la sociedad—.

Tal vez no me expresé bien, Mary. Pero.. .

«Mary». Era la primera vez que se refería a ella de esa manera; no señorita Cartwright, ni señorita Mary. Solo Mary. Y le gustaba como sonaba en su voz. Andrew se levantó y se giró hacia ella. Mary había continuado de pie, del otro lado del lecho, como si fuera una estatua de jardín.

—Pero, ¿qué? —preguntó ella.

Andrew resopló.

—Nada —dijo airado—. Todavía siento ira por el... por mi padre. Él...

—Ya lo sé —se adelantó ella. Andrew, más que confundido, pareció ligeramente divertido.

—Ah, ¿sí? —La miró con una ceja levantada y una sonrisa de medio lado—. Supongo que Céline te ha informado bien de le tragedia de los Treddaway, ¿no ?

—No fue Céline —corrigió Mary; aunque su prima sí que le había hablado un poco al respecto—. Fueron las criadas.

—Ya. —Andrew asintió.

—¿Qué ibas a decirme sobre el baile?

Andrew abrió mucho los ojos y los clavó en ella. Mary sintió que el corazón le comenzaba a latir apresuradamente en el pecho. ¿Acaso quería invitarla?

—Yo... —empezó a decir él.

Mary se adelantó. De nuevo.

—Voy a ir con Philip Holbrooke —soltó.

Andrew la miró confundido.

—¿Philip? —dijo—. ¿Lo conoces?

—Ha sido hoy —respondió ella—. Céline me lo ha presentado cuando daba lecciones de piano a Elise; y mi prima pensó que sería buena idea que asistiera al baile con él.

A decir verdad, me pareció más que ella lo incitó a invitarme.

—Sin embargo, Phil había accedido con gusto, o al menos eso pareció; pero no creyó oportuno mencionarlo—. ¿Con quién irás tú?

Andrew parecía desorientado. Parpadeó.

—No voy a ir —dijo escuetamente—. Siempre voy con Abigail. Pero esta vez estaré de guardia en el camino del bosque con Lloyd y Ulises, para vigilar que ningún nigromante ingrese al pueblo mientras todos están en la velada. Mahlon West sigue cerca.

—Ah. —Mary no quedó convencida.

Sobrevino un incómodo silencio.

—Será mejor que me vaya —repuso Andrew—. No quiero que las criadas digan a Katterblack que me has dejado entrar a tu habitación. ¿Qué pensaría de nosotros? —Le guiñó un ojo .

Ella enrojeció, furiosa.

—Yo no te dejé entrar —espetó—. Tú mismo entraste sin mi venia. Recuerdo, si no me equivoco, que me cubriste la boca y me empujaste hacia dentro.

Andrew sonrió turbado. Sus ojos azules centellearon una vez más antes de darle la espalda y enfilar la puerta. Abrió y se detuvo un instante. La miró por encima del hombro, sin decir nada, y Mary sintió pena por él. En serio había querido invitarla.

—Buenas noches —dijo Andrew.

Mary no tuvo tiempo de responder, la puerta ya se había cerrado.