7. El cementerio #3
«Dos mil años antes de los catastróficos acontecimientos de la noche conocida como la Guerra del Eclipse Rojo en las tierras altas de Escocia, los nigromantes más poderosos de Europa Occidental —por entonces los más poderosos del mundo— alzaron en conjunto el Imperio Umbrío, para resguardar la magia oscura y a todos aquellos que la practicaban.
Al principio, eran cinco Grandes Amos...
, hasta que uno de ellos se rebeló contra los otros. Su nombre era Uron...»
Tocaron la puerta. Mary apartó la mirada.
Mientras dejaba el volumen sobre la mesita de noche y se ponía la bata, indicó a la persona —seguramente Olee, con algún quehacer por cumplir— que entrara.
Pero, pasado un minuto, se fijó en que nadie había entrado al dormitorio.
Qué raro, pensó Mary, quien quiera que fuese tal vez no la había escuchado. Se acercó a la puerta y abrió.
No era Olee.
—¿Andrew? —musitó.
Ninguno habló durante el recorrido a casa.
Philip pensó que ese era el viaje más largo de su vida.
Mantuvo sus sentidos distraídos de Horace —que lo observaba inmutablemente con sus brillantes ojos a través de la oscuridad que imperaba dentro del coche— mirando por la ventana, fijándose en las calles que ya conocía y en los escasos pobladores que deambulaban por el pueblo a esas horas.
No obstante, sentía la mirada de Horace clavándose en la piel de su rostro como alfileres.
Después de encontrarlo en aquella tumba vacía, Horace lo había sacado, y le fajó la herida del hombro con un trozo de tela que arrancó de la misma camisa de Phil, quien olvidó por unos segundos al hombre sombra que lo atacó.
Cuando lo recordó, se tensó y comenzó a menear la cabeza de un lado a otro.
—Tranquilo —le había dicho Horace. En aquel momento le estaba vendando el hombro; Philip, que estaba sentado en una enorme roca mientras su tío hacía lo suyo, se fijó en su mirada—.
Las sombras de este lugar no nos atacarán.
¿Acaso no sabes que, durante las noches, los cementerios son nidos de hombres sombras?
—Se cuadró hacia atrás luego de sellar el vendaje y volcó su atención en el muchacho, con extraña serenidad.
Suspiró—. ¿Por qué me estabas siguiendo, Philip?
Philip respondió con una pregunta.
—¿Por qué no? —Se esforzó para que su voz sonara firme; el hombro le dolía, pero no tanto—.
Siempre estás encerrado en el ático, no dejas que mis hermanos y yo entremos.
Y, de pronto, un día emerges y actúas la mar de tranquilo.
Lo cual resulta extraño. —Frunció el ceño y sacudió la cabeza—.
Además, ¿qué quieres decir con que las sombras no nos atacarán?
Horace inhaló, exhaló, y se pasó la mano por el semblante.
—Wallace es el encargado del cementerio —respondió con tono cansino.
Hizo una pausa. Un brioso grillo empezó a cantarle a la noche en ese instante—.
Como decía, el cementerio es un lugar tendencioso a convertirse en un nido de sombras sin origen; por ende, ellas le deben lealtad a Wallace, quien de alguna forma gobierna en este territorio, y las deja entrar a nuestro mundo.
Soy aliado de Wallace, y tú estás conmigo, de modo que no tienes nada que temer.
—Ah. —Phil pensó que era extraño que el viejo sepulturero tuviera relación con el Mundo de las Sombras y que nadie más, excepto Horace, lo supiera.
—Ahora, dime —inquirió Horace, más serio—, ¿qué alcanzaste a escuchar de nuestra conversación?
—Nada... No mucho —vaciló Phil. Sabía, cuando el auditus incantatores comenzó a fallar, que se había perdido de oír la parte más interesante de la conversación entre su tío y Wallace—.
Estaba lejos —añadió—. Apenas escuché lo que decías a mi padre.
Cuando Wallace apareció, el viento hendió las hojas, y no oí nada más.
—¿Lo juras? —soltó Horace de repente.
Philip no juraba en vano; sin embargo, en esa ocasión, las palabras le salieron con naturalidad.
—Lo juro.
No había nada más que decir. Los dos guardaron silencio al salir del cementerio y, mientras retornaban al pueblo, donde cogieron el coche que los llevaba a casa.
Philip pensó en lo que había dicho Horace a la tumba de sus padres: «Estoy seguro de que esto lo sabes, Lucas, pues tuviste un tiempo muy corto con ellos, el suficiente para saber que los tres son buenos muchachos.
Estarías orgulloso de ellos». Y luego, en las palabras del sepulturero: «El alcalde Oakwater, el sheriff Sawyer y Katterblack estuvieron de acuerdo en enterrar los cadáveres de los atacantes que asesinaron los Treddaway y su convoy fuera de los límites del pueblo.
Yo no tuve nada que ver». ¿Qué intereses podría tener Horace en los cadáveres de River Town?
Y, en éstas, ¿estaba de algún modo relacionado con lo que fuera que hacía en el ático? Tal parecía que sí.
Una hora después —bien podía ser una eternidad—, llegaron a casa.
Cuando cruzaron la puerta, aún en silencio.
Horace dejó su gabán en el perchero y, sin otra cosa, empezó a subir la escalera con la amplia espalda encorvada.
Jason había tenido razón antes, pensó Philip, sobre que si este hubiera dicho el nombre de su tío al entrar a la cocina, Phil seguramente se habría arrojado sobre él pensando que era un atacante o, mucho peor, Mahlon West en persona.
Phil lo llamó. Horace se detuvo a mitad del ascenso .
—¿Qué, Philip?
El muchacho olvidó de pronto lo que había querido decirle. Así que, sin más preámbulos, dijo lo primero que le vino a la cabeza.
—¿Tienes hambre?
Horace exhaló profundamente.
—No —dijo. Se pasó la mano por la cara—. Estoy cansado.
Philip preguntó:
—¿Te veré mañana?
Horace se lo quedó mirando fijamente, y esbozó leve una sonrisa. Su mirada era distante como un recuerdo.
—Eso espero —dijo, y continuó su camino hacia el ático.
El joven se arrojó sobre ella y le cubrió la boca.
Mary, forcejeando, balbució «¿qué haces aquí?
» con los labios cerrados por las manos de Andrew a la vez que éste la espoleaba ágilmente hacia dentro y cerraba la puerta.
Estaba tan cerca de él que podía oler su aliento impregnado de lo que parecía nuez moscada.
Su mirada la atravesó como una esquirla de hielo azul.
—Prométeme que no gritarás —dijo con tono agitado.
Mary podía sentir los furiosos pálpitos del corazón del muchacho contra su propio pecho.
Nerviosa y conmocionada, solo se limitó a asentir (si bien no estaba segura de querer cumplir esa promesa; quería gritar a todo pulmón). Sin embargo, no tenía miedo.
Si Andrew hubiera querido hacerle daño, pensó, había tenido ya mejores oportunidades que esa .
Aun así, había algo diferente en él...
«Se ha vuelto loco», pensó Mary.
—¡Prométemelo! —exigió.
Mary farfulló que «sí» con los labios aún cubiertos por la mano de Andrew. Como Andrew no comprendió, ella asintió varias veces.
El muchacho, por fin, quitó la mano despacio. Mary reculó uno, dos pasos. No gritó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó en cambio.
Andrew caminó junto a ella con las manos metidas en sus radiantes cabellos rubios. Desconfiada, Mary lo siguió con la mirada mientras él se acercaba a la ventana al otro lado de la habitación. Se preguntó, de pronto, si la habría visto allí parada hace un momento.
—¿Qué haces aquí? —repitió ella, procurando no alterarse demasiado... o no podría mantener por mucho tiempo su promesa.
—Quería hablar contigo. —Andrew habló con tono ceremonioso aunque le daba la espalda; Mary se fijó en que estaba tenso cuando dejó caer los brazos a los lados del cuerpo—. Me pareció que tú también lo querías. —Y se volvió hacia ella.
Mary frunció el ceño.
—¿Yo?
—Te he visto aquí hace un momento. —Señaló la ventana a su espalda—. Te vi.
—¿De qué quieres hablar? —inquirió ella, perdiendo la paciencia—. ¿No podía esperar hasta mañana, sea lo que sea?
Andrew se miró las manos. Pareció avergonzado e incluso tímido. Lo cual, dadas las circunstancias, era extraño. No, más bien parecía nervioso. Al cabo, Andrew alzó la cabeza y miró la cama con sus ojos azules. No la cama, en realidad.. .
—Lectura pesada, ¿eh? —Trazó una ávida sonrisa, y Mary le siguió la vista hacia la mesita de noche, donde estaba la Enciclopedia—. Veo que Katterblack te ha prestado su tomo.
Caminó despreocupadamente hacia la mesita, lo cogió y lo examinó.
Luego lo abrió donde sobresalía el marca páginas, una cinta de seda blanca que Mary se había traído de Boston.
Uno de los pocos objetos de su madre que aún conservaba su olor.
Se preguntó —tontamente, porque sabía la respuesta— qué pensaría su madre si descubriera que un muchacho con intenciones desconocidas se había colado a sus aposentos a mitad de la noche.
En cambio, no hacía falta preguntar acerca de lo que haría su padre, pensó Mary.
Como mínimo arrojaría a Andrew por la ventana.
Disimuló la risa, cubriéndose la boca con la mano y manteniendo la mirada fija en Andrew.
—El Imperio Umbrío, ¿eh? —dijo con la vista trabada en el capítulo en cuestión, y citó—: Uron era un nigromante feroz, sanguinario, que conquistó el feudo de la oscuridad más poderoso de la tierra asesinando a sus otras cuatro contrapartes.
Lo hizo únicamente con la ayuda de sus leales argones, que, según se dice, le fueron entregados por la propia Isidora.
Y Egon era el más fiel servidor de su amo; luego estaban Magon y Eynon .
—Sonrió—. Así fue. Asesinó a sus cuatro hermanos y se hizo con el Imperio Umbrío.
.. Pero su reinado acabó cuando se batió a duelo contra Deret’kh, descendiente directo de Rokar de la Isla de Man. ..
—¿Qué te causa tanta gracia? —lo interrumpió Mary.