Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 7. El cementerio #2
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7. El cementerio #2

Aun así, Philip lo esperaba. Se escondió tras el tronco de un roble, a buena distancia de Horace, que en ese momento se arrodillaba frente a un par de tumbas.

Phil había visitado muchas veces el último lecho de sus padres para saber que su tío estaba frente a ellos.

Su tío cayó sobre las rodillas con la cabeza gacha, como si se hubiera rendido ante aquellas lápidas de granito.

El viento sacudía la parte trasera de su gabán como una sombra viva.

Horace dividió el ramo de rosas blancas en partes iguales y las dejó en las tumbas. Después, pareció hablarles. Phil no alcanzaba a oír por la distancia y el rumor del viento.

Entonces recordó un hechizo. Cerró los ojos e inspiró profundo. Conjuró con los labios apretados, la voz bajísima. Se volvió de espalda contra el árbol y se sentó. Hecho esto, se concentró en oír las palabras de Horace.

—… lamento haber dejado que murieras —decía en aquel momento.

Lloraba—. Nunca debí irme, pero si no lo hacía este lugar me volvería loco.

—Otro sollozo—. Lamento no haber asistido al funeral.

He sido un hombre cruel, un hermano terrible, y he de merecer el castigo que los Primeros me hayan dispuesto.

—Sonrió de repente—. Estoy seguro de que esto lo sabes, Lucas, pues tuviste un tiempo muy corto con ellos, el suficiente para saber que los tres son buenos muchachos.

Estarías orgulloso de ellos. En especial de. ..

Alguien se acercaba. Philip abrió los ojos, se enderezó.

Un momento después, el individuo yacía a espaldas de Horace.

Phil se deslizó hacia adelante y dejó que la hierba que rodeaba el árbol lo resguardara.

El hechizo lo hizo capaz de auscultar — incluso— el sonido de las ramitas secas en el suelo al quebrarse cuando Horace se puso en pie sobre ellas; también oyó cuando su tío tragó saliva y sorbió por la nariz, como si estuviera borrando la evidencia del dolor de su cara.

Philip se irguió con mucho cuidado. Echó un vistazo en dirección a los hombres. Podía escucharlos. El auditus incantatores seguía funcionando.

—Creí que habías olvidado nuestro trato —dijo Horace. Su tono era adusto, carente de pena—. Todavía espero que sigas cumpliendo con mi encargo.

— Su encargo, querrás decir.

A esto, Horace no respondió.

El cielo era de un azul muy intenso. Sombras profusas imperaban en el camposanto.

Philip tuvo dificultades para reconocer al hombre que tapaba su visión de Horace.

Al cabo de unos segundos, logró descubrir de quién se trataba.

Una fuerte ráfaga de viento hendió las copas de los árboles; las hojas cantaron.

Recordó lo que Lucas le había dicho el día anterior.

Sobre el hombre de la mortaja. Se había preguntado qué había querido decir su hermanito con «mortaja»; y lo averiguó.

Una mortaja era, básicamente, el lienzo de tela donde se envolvían los cadáveres.

Pero, ¿en qué se relacionaba una mortaja con el celador del cementerio? ¿Y qué tenía que ver Horace con eso?

Philip siguió escuchando.

—Sé que es una pena para ti, Holbrooke —dijo el viejo sepulturero con una voz tan áspera como el roce de dos lijas—. Pero no ha muerto nadie en River Town en los últimos cuatro meses, desde el asesinato de Hornwood.

—No fue lo que yo escuché —contradijo Horace .

—¿Te refieres a la peripecia que ocurrió en el camino del bosque?

Horace debió asentir porque el sepulturero siguió hablando con su voz rasposa.

—El alcalde Oakwater, el sheriff Sawyer y Katterblack estuvieron de acuerdo en enterrar los cadáveres de los atacantes que asesinaron los Treddaway y su convoy fuera de los límites del pueblo —explicó—.

Yo no tuve nada que ver. Frederick Startclyde recogió en persona los cuerpos; los examinó y luego hizo que otros se deshicieran de ellos.

Horace profirió un gruñido.

—Maldita sea —exclamó.

—Calma, Holbrooke —farfulló el sepulturero con una risita ácida. Philip sintió un escalofrío—. Con Mahlon West merodeando cerca, es cuestión de tiempo. Y mañana mismo obtendrás... quieres…

—¿De... hablando?

—El baile... solsticio será...

Philip maldijo para sus adentros. El auditus incantatores comenzaba a desvanecerse.

Varias hojas empezaron a caer de la copa del árbol que le hacía de escondite.

Se trataba de una ardilla que correteaba por las ramas.

Suspiró profundo. ¿De qué estaría hablando el sepulturero?

¿Qué era aquello que Horace esperaba recibir de él?

Entonces se le ocurrió. Cometió un error al seguir a Horace, pensó.

En su lugar, debió haber intentado descubrir lo que urdía en el ático.

Allí, a mansalva, se hallaba la respuesta a todo y mucho más.

Como los ruidos que se oían por las noches y despertaban a Philip y a Jason.

¿Qué era lo que estaba haciendo allí arriba?

Fuera lo que fuese, estaría relacionado con el hombre de la mortaja.

Sabía que Horace no sería tan incauto para dejar desprotegida la entrada al ático.

Probablemente habría puesto hechizos de protección contra cualquier criatura viva —fisgona— que intentase pasar. Jason, por ejemplo.

Philip decidió que era hora de volver a casa.

Salió de su escondite con cuidado y, medio encorvado, empezó a alejarse en puntillas de los hombres que parlamentaban frente a las tumbas de sus padres.

Para ese momento, el cielo era casi negro, y la luna era un amago apenas distinguible.

Philip rodeó árboles tan altos y fornidos como hombres, y tumbas recientes y abandonadas con los años.

Intentó recordar la última vez que había llevado flores a sus padres, y pensó que no lo había hecho desde el otoño pasado, antes de que comenzara a dar lecciones de piano a Elise y se convirtiera, según el criterio de Lance, en un combatiente nivel Supeh .

A buen trecho de Horace y el sepulturero, se irguió y dejó de caminar en cuclillas.

De repente, escuchó un ruido..., ramas que se movían.

Estaba a cincuenta pasos del arco de bejucos que indicaba la salida del cementerio.

Quizás eran las hojas de los árboles, o más ardillas, pensó.

Se volvió y vio un destello. Apenas tuvo tiempo de evadirlo y echarse hacia atrás.

Se trataba de un Hombre sombra.

Éste se tongoneó velozmente hacia él aferrando una daga curvada.

Philip escasamente logró escapar de su roce, que le dejó un rasguño sangrante en el hombro.

Reculó en un intento por sacar tiempo para extraer su propia arma, pero tropezó con una piedra, y lo siguiente que pasó fue que se precipitó a una fosa vacía.

En el descenso se golpeó con rocas y ramas, y al final, con la dura superficie de tierra del fondo.

Gruñó entre dientes al erguirse. En aquel momento escuchó que algo (o alguien) se acercaba, y con impericia, buscó su daga hasta dar con ella.

— nuxus —susurró.

La hoja iluminó la oscuridad. Seguía sentado sobre la tierra, cuando notó que ya no oía nada. Alzó la cabeza, gimiendo de dolor, y vio el rostro de Horace alzándose ante él con la noche de fondo.

Más tarde, de vuelta en su habitación, Mary no sabría decir cabalmente cuánto tiempo estuvo con Elise; con un suspiro, se pegó de espaldas a la puerta y cerró los párpados un instante, los volvió a abrir. Entonces se fijó en el lienzo negro al otro lado de la ventana.

Había anochecido. Se apartó de la puerta y caminó hacia ella.

Allí contempló el cielo, los árboles y, después, la fuente, como lo había hecho la noche que vio el fantasma de su madre.

En el fondo una parte de ella albergaba la esperanza de verla de nuevo.

Quizá también viera el fantasma de su padre.

.. oh, como los extrañaba. Y a Sam. «No —dijo con firmeza para sus adentros—.

Sam no está muerto, de modo que no veré su fantasma».

No le había contado a nadie sobre aquel hecho sobrenatural, ni a Alice, al señor Katterblack ni a ninguna de sus primas.

Pensarían que había vuelto loca. No había encontrado nada sobre fantasmas en la Enciclopedia.

Se preguntó si Andrew se lo había dicho a alguien. Era probable que a Abigail. Si no ¿de qué otra forma le habría explicado el estado en el que halló a Mary, en el jardín, en las circunstancias en las que lo hizo ?

«Mañana será el baile», pensó, desvistiéndose.

Tras su conversación con Elise, ya no se sentía tan mal de concurrir con Philip Holbrooke.

Empero, sabía que cuando estuviera en el baile del brazo del joven maestro de piano, y su mirada se encontrara con la de su prima, iba a sentir un pinchazo en el corazón.

Mary buscó su camisón y se lo puso. Después, tomó la Enciclopedia y la dejó en su regazo al sentarse en la cama.

El tomo era pesado — una bendición de pesado , diría su madre—, con el volumen que tendrían cinco biblias juntas.

Al presente Mary ya había leído la mitad.

Desde niña había sido una ávida lectora; había devorado todas las novelas que su madre tenía recopiladas en un baúl al pie de su cama —Thomas Hardy, Jane Austen, R.

L. Stevenson, Miguel de Cervantes, por mencionar algunos—, la mayoría habían sido de romances y dramas oscuros, pero también contenía de aventuras, los favoritos de Sam y de Mary.

Ella misma le había leído varias de estas historias a su hermano tras la muerte de sus padres.

Su última lectura de la Enciclopedia había tratado de la historia del Imperio Umbrío. Allí lo retomó.

Leyó para sus adentros: