Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 7. El cementerio
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7. El cementerio

EL CEMENTERIO

Mary estaba en su habitación, sentada en la cama con la Enciclopedia abierta en el regazo. Su peso le confortaba como si, de alguna forma, la anclara a esta nueva, dolorosa, realidad. Lágrimas rodaban cuesta abajo por sus mejillas.

En aquel momento, leía sobre los Hijos del Bosque.

En concreto, sobre las Hadas. La Enciclopedia no solo contenía breves descripciones de todas las criaturas e instrumentos mágicos conocidos.

También narraba las leyendas más célebres de cada civilización formada por seres mágicos a lo largo de la historia.

El pueblo haduno incluido. En el compendio, Mary había corroborado algunos de los datos que la señorita Atwood mencionó en la sala común hace un rato.

Los seres hádunos eran las criaturas más perseguidas, por nigromantes, por los hijos de Isidora e incluso por la gente común.

Leyó sobre la Caída de Isidora (una reina hada malvada que gobernó tiempo atrás en el Reino de Escarcha) y como ésta, en venganza, invocó el poder del Primer Nigromante para crear a sus criaturas y conferirle poderes a sus sirvientas, las Banshees.

El final para la inicua Isidora y su brutal reinado arribó de la mano de un valiente seguidor de la luz —y su espada mágica— llamado Katter el Negro.

Katterblack. ¿Sería posible ?

En fin; tal como había dicho Vallery, las hadas eran constantemente perseguidas y asesinadas (en algunos casos, violadas o torturadas) por un variado grupo de depredadores .

Principalmente, nigromantes, que tomaban su sangre para aumentar sus fuerzas.

Según decía, el Reino de Escarcha sufrió, al menos, cinco rebeliones que involucraron a los hijos de Isidora mientras aún se terminaban de levantar los encantamientos de protección para salvaguardar su mundo.

En ese momento algunas cosas empezaron a tener sentido para Mary.

Como que su madre le había contado historias del Reino de Escarcha y sus habitantes a modo de cuentos infantiles cuando su padre no estaba cerca, y, en tal caso de que estuviera, no se lo tomara como una trasgresión a su decisión de mantener en secreto el mundo mágico.

No consiguió nada sobre los hechizos nocturnos que mencionó Val.

A lo mejor Katterblack tuviera en alguna parte otros volúmenes que trataran sobre la magia, pensó Mary.

La Enciclopedia hacía referencias sobre el Libro Blanco (uno de los más poderosos textos de hechizos y encantamientos creados por los Seguidores de la luz) y también sobre su contraparte, el libro Oscuro o «Grimorio», que contenía los grandes maleficios escritos por los Servidores de la oscuridad.

Sin embargo, lo que la Enciclopedia no decía era dónde estaba cada uno de ellos.

De pronto, alguien tocó la puerta. Mary cerró el libro.

Olee entró a la habitación un segundo después con la venia de Mary.

Le informó que los señores Katterblack la estaban esperando en el comedor para cenar todos juntos en familia, que era una estricta petición del señor Richard.

Mary no quería hacerle una afrenta a Katterblack y, mucho menos, a la tía Alice, que se preocuparía sin duda; de modo que se cambió y cardó la cabellera antes de salir de su alcoba.

Halló a Céline en el corredor, esperándola.

Sin mediar palabras, enfilaron juntas el comedor.

Mary, en su fuero interno, agradeció el silencio de su compañía pues apenas recordaba dónde quedaba la estancia; se habría perdido en el camino si hubiera tenido que acudir sola.

Se preguntó si Elise ya estaría allí.

No estaba. La amplia mesa estaba cubierta por una fina mantelería y cercada por cinco asientos.

Uno de ellos debió corresponder al primo Leonard antes de trasladarse a Nueva Orleans, pensó Mary; el otro puesto a pie enjuto era el de Elise, que no había salido de su habitación desde lo de Philip.

Mary ocupó el lugar que le correspondía a Leonard (¿o a Elise?), frente a Céline y junto al señor Katterblack, que ocupaba el sitio principal.

Alice estaba sentada en el lugar principal opuesto al de su esposo, al otro extremo de la mesa.

Frunció el ceño y meneó la cabeza de un lado a otro.

—¿Dónde está Elise? —preguntó.

—Se siente mal, madre —dijo Céline, con una reluciente y descarada sonrisa. Miró a Mary—. ¿Verdad?

Mary asintió tardía, tras cruzar una mirada cómplice con Céline.

—Oh —repuso Alice—. Entonces le diré a Tara que le lleve la cena a su habitación; luego pasaré a verla.

Las puertas del comedor se abrieron. Entraron las tres criadas —Tara, Olee y Giinet, la criada particular de Alice— y el mayordomo con la comida y los néctares.

Mary oyó cómo se embestían los cristales de la araña que refulgía sobre sus cabezas.

Después del platillo principal —estofado de cordero y judías—, sirvieron el postre: pastel de chocolate cubierto con lo que parecía una. .. pelusa púrpura .

Frunciendo el ceño, Mary la señaló con el tenedor.

—¿Qué es?

Céline rió.

—Es en efecto lo que parece —contestó—. Una pelusa.

Extrañada, Mary se fijó que aquella pelusa también estaba en los postres de los Katterblack.

—No te preocupes, Mary —repuso el señor Katterblack, risueño—. Es comestible. Es pelusa traída de los campos de Azur, el feudo más importante de los nueve que componen el Reino de Escarcha. Allí es un manjar entre los hádunos, y puedes comerla con cualquier alimento, o incluso sola.

Como muestra, la tomó con sus dedos y se la llevó a la boca.

—Vamos, pruébala, querida —instó Alice.

Mary bajó la mirada, pinchó la pelusa con el tenedor y, despacio, se la llevó a la boca y saboreó.

El manjar de las hadas, ¿eh?, pensó incrédula.

La pelusa le acarició la lengua con delicadeza antes de disolverse como agua azucarada en su boca.

Entrecerró los ojos. Suspiró hondo. Entonces escuchó un coro de risas a su alrededor.

También ella rió sin saber por qué. Al final, Mary sintió un leve cosquilleo en el estómago, que, supuso, debía ser parte de la experiencia de consumir la pelusa.

Como si tuviera un montón de mariposas dentro.

¿Acaso esa era la razón por la que la pelusa era considerada un manjar entre los seres hádunos? ¿Por la profunda sensación de felicidad que te producía desde la tripa?

Probablemente.

—Y bien, Mary —dijo Katterblack una vez acabaron las risas—, ¿has leído las cartas de tu padre?

—Solo la primera —respondió ella—. Son sólo diez cartas por los últimos diez años, así que he decidido no apresurarme. Es lo único que me queda de mi padre .

—Que sensato de tu parte, Mary —afirmó Alice con una sonrisa afable; a ojos vistas estaba conmovida—.

Céline nos contó que has estado leyendo las Crónicas de la Luz y la Oscuridad, la enciclopedia de la historia mágica.

.. Apuesto a que tienes muchas preguntas, y quiero que sepas que puedes acudir a nosotros siempre que lo desees, querida.

—Como ahora. ¿Hay algo que quieras saber? —inquirió el señor Katterblack, no tan afable como su esposa.

Mary pensó un instante. Con la enciclopedia y sus lecciones con la señorita Atwood, tenía más que suficiente para conocer sobre el Mundo Mágico sin sentirse abrumada. Al menos, eso creía. Aun así, la tía Alice tenía razón: tenía muchas preguntas, preguntas sobre sus padres y sobre el pasado.

En cambio, dijo:

—De momento ninguna.

Habló con seguridad. Katterblack asintió.

Al acabar la velada, Mary se dirigió a su habitación.

Cambió de opinión a último momento. Y, unos segundos después de apartarse de la puerta de su dormitorio, tocó la de Elise.

Toc, toc, toc. Nadie respondió. Quizás estaba dormida.

Volvió a tocar, y obtuvo la misma respuesta. Silencio. Resignada, Mary se volvió.

Entonces oyó que la puerta se abría a su espalda.

Cuando se giró de nuevo, Elise asomaba la cabeza por una rendija. Parecía somnolienta.

—¿Qué sucede? —preguntó ella, confundida.

Mary sonrió.

Una idea terrible. Eso pensó Philip minutos después de emprender su asechanza, sin pensar en las posibles consecuencias que le acarrearía si era pillado. Pero, en tal caso, ¿qué podría hacerle Horace? Y, en éstas, no planeaba que lo pillara.

El éxito de su empresa dependía de ello.

Si bien al principio había creído que era una terrible idea, después —a medida que progresaba en su faena y miraba los lugares donde Horace hacía paradas—, decidió que el hombre en efecto estaba metido en algo extraño y que debía averiguar qué. Y eso estaba intentando hacer.

Horace entró a una botica. Después, sosegado, visitó una floristería, de la que salió pasados unos quince minutos con un enorme ramo de rosas blancas.

Nadie se fijaba en él, notó Phil. Su apariencia no era de la clase que pasaría desapercibida.

Y era bien sabido que los forasteros siempre llamaban la atención en el pueblo.

Eso quería decir que su tío había utilizado algún encantamiento. Tal vez memoria deleatur . Daba igual.

A continuación, Philip lo siguió a las afueras del pueblo, a un paraje cubierto de pasto verde, abetos, robles y tumbas. El cementerio.

«¿Qué está haciendo?», pensó.

Por alguna razón, Philip recordó que Horace había llegado al pueblo un día antes de la muerte de la madre de sus sobrinos.

Sin embargo, había oído también Phil, no estuvo presente un par de años antes en el funeral de su hermano, que murió luchando contra el Amo Blackstarr.

Entonces, se le ocurrió que tal vez su tío había tenido una especie de iluminación divina —una epifanía — y que muchas cosas cambiarían a partir de ahora en la casa Holbrooke: que saldría más a menudo del ático, que cuidaría mejor a sus sobrinos, que terminaría de instruirlos debidamente en las cinco disciplinas como habría hecho el padre de los muchachos de estar vivo. ..

Qué tontería si de verdad creía tal cosa.