6. Hechizos nocturnos #2
—En efecto, Mary —confirmó ésta—. Vallery sanó tus heridas tras el incidente que te dio la bienvenida a River Town; además, puso en ti un hechizo que te mantuvo saludable los días que estuviste inconsciente, aun cuando no podías comer o beber agua.
Por eso, cuando recobraste la consciencia, no parecías un cadáver andante.
Sonrió.
Su risa también contagió a Vallery, que sacudió una mano en el aire.
—Oh, Céline, ¡qué cosas dices!
Estaban en la sala común. Allí, Vallery —o como ella misma había insistido en que la llamara, Val — daba a las hermanas Katterblack sus erudiciones sobre las cuatro disciplinas ancestrales que todos los Seguidores de la luz debían conocer.
En realidad eran cinco disciplinas. Céline le había explicado que ella y Elise no estaban interesadas en aprender a combatir, y persuadieron a su padre para que relegara de las lecciones de combate durante su formación.
Mary preguntó:
—¿Y por qué yo debo recibir lecciones de Val? Al fin y al cabo no soy una seguidora de la luz.
Su prima, con una amplia sonrisa irónica, respondió que su padre tuvo la brillante idea. Dada su falta total de conocimiento sobre el mundo mágico, puntualizó. Mary quiso rebatir con que no era necesario. Con la Enciclopedia le bastaba. Al menos, eso pensaba.
Val volcó su atención en Mary; aquel brillo en sus ojos le resultaba familiar.
—Mary —dijo Val con un suspiro y una mirada cariñosa—.
A ti te daré clases particulares sobre idiomas mágicos; Elise y Céline ya han aprendido la lengua perdida de las hadas, y también el idioma erigido por los Primeros Seguidores, el que los seguidores de la luz utilizan para sus conjuros y hechizos.
Ahora están aprendiendo el más complejo: el dialecto de los Seres del Mar Oculto.
—¿Y qué son los Seres del Mar Oculto? —preguntó Mary. Todavía no había llegado a esa parte en la Enciclopedia.
—En su mayoría, sirenas y sirenos —respondió Val—.
También hay criaturas mágicas marinas, aunque la mayor parte son monstruos que habitan en las insondables profundidades del océano.
—Sonrió—. Pero, como te iba diciendo, comenzaré a enseñarte sobre la lengua perdida de las hadas la semana que viene.
El resto de las lecciones te las daré al acabar las mías con Abigail y Andrew.
—¿También los instruyes a ellos? —soltó Mary. Estaba sorprendida. Había pensado lo contrario por el tono que usó Andrew al decir: «lo más probable es que Mary comience a instruirse con la señorita Val junto a Céline y Elise».
—Así es, linda —dijo Val—. Por pedido especial del señor Katterblack.
—Sabes que son huérfanos, ¿verdad?, Abigail y Andrew —preguntó Céline, mirando a Mary.
Como era habitual, no esperó respuesta—.
Se supone que los padres seguidores de la luz deben comenzar a instruir a sus descendientes en las cinco disciplinas poco antes de que cumplan cierta edad (es decir, nueve o diez años).
—Y ¿por qué...? —Mary volvió la mirada lentamente hacia Val.
Ésta no pareció ofendida ni mucho menos. Sonrió.
—Lo cierto, Mary —intervino la mujer hada—, es que el señor Katterblack es un hombre muy ocupado, y como Céline y Elise no iban a instruirse en combate, decidió concertar mis servicios .
—¿También instruiste a Leonard?
Se refería a Leonard Katterblack. El primogénito de Richard y Alice. Vivía en Nueva Orleans con su reciente esposa y su bebé, hasta donde Mary sabía.
—Padre formó a Leonard personalmente en las cinco disciplinas —dijo Céline con naturalidad. Luego suspiró con dramatismo—. ¡Me salvé de leerme toda esa literatura Shakesperiana que padre siempre se empeña en querer enseñarnos! Leo no tuvo tanta suerte.
—Como Leo iba a ser combatiente debía saber cómo abrir la puerta del cuarto de armas —explicó Céline—. Tal y como viste, la puerta del Arsenal es un librero lleno de Shakespeare. Hay claves en los títulos que debes memorizar cada vez que vas al Arsenal. Si tomas el volumen equivocado, morirás.
Se produjo un instante de silencio.
Al cabo, Vallery sonrió.
—Céline, querida, ¿dónde dejamos nuestra última lección de conjugación? —preguntó.
Céline reflexionó.
—Hechizos nocturnos —dijo por fin, abriendo mucho los ojos.
Vallery Atwood la imitó y sonrió más ampliamente.
—Oh, sí, ya recuerdo —convino—. Les estaba diciendo que la noche confiere poderes especiales a los seguidores de la luz; o, más bien, una especie de fuerza canalizada con la que pueden realizar los conjuros más poderosos. Como el hechizo de localización.
Mary frunció el ceño.
—¿Localización?
Vallery la miró .
—Sí —dijo—. Los seguidores de la luz más poderosos pueden hallar a sus pares a través de un hechizo de localización, el cual, como iba diciendo, sólo se puede llevar durante la noche. Por esa razón pertenece al grupo de Hechizos nocturnos.
Entonces arrugó el ceño. Calló. Mary giró la cabeza hacia Céline y la fulminó con la mirada. Estaba furiosa. Y tanto, porque durante toda su vida habían estado ocultándole secretos. Ahora incluso. Por supuesto que los Katterblack sabían de los hechizos localizadores. Se levantó del sofá de un bote.
—¿Por qué no me dijiste? —exclamó Mary.
Céline la miró sin entender.
—Decirte ¿qué?
—Que todo este tiempo podíamos encontrar a mi hermano con un... maldito hechizo localizador. —Mary pensó entonces: ¿Y si Katterblack ya lo había intentado? ¿Y si no dio resultado porque su hermano estaba muerto? Y si ese era el caso, ¿por qué no se lo había dicho aún?
Céline abrió la boca para responder, la cerró de inmediato. En cambio, Val habló:
—Mary, cariño, no funcionan los hechizos localizadores. —Su tono era tan dulce como el de una madre, su madre, y por primera vez ese día no sonreía. La miraba con sus enormes ojos jade, llenos de auténtica tristeza—. Siéntate y te lo explicaré.
Mary obedeció a regañadientes; se sentó en el sofá junto a la mujer hada.
—Fue horrible lo que les pasó a tus padres —continuó Vallery—. E igualmente lo es haber perdido a tu hermano en esas circunstancias. De verdad, lo siento mucho. Has pasado por mucho, y en tan poco tiempo, jovencita. Parece que la desgracia persigue a los de nuestra clase .
Mary pensó: «¿Qué quiere decir con eso?»
Como si hubiese oído este pensamiento, Val respondió:
—Verás. El pueblo haduno ha sido perseguido por nigromantes e hijos de Isidora desde tiempos inmemoriales; los nigromantes lo hacen porque nuestra sangre tiene propiedades que aumentan sus fuerzas, y los hijos de Isidora, porque es parte de su naturaleza cazarnos.
Por ello los Creadores, los seres hadúnos más poderosos conocidos de nuestra historia, erigieron el Reino de Escarcha.
»Pero no todos nacimos para vivir en el Reino de Escarcha.
Como yo y como tu madre. Las hadas siempre estamos expuestas a la muerte, y con frecuencia se llevan a nuestros hijos, hermanos y esposos y se alimentan de ellos, o sin más los asesinan brutalmente, como ocurrió con mi.
.. —Suspiró como si tuviera hielo pulverizado en los pulmones—.
En fin; lo que quiero decir es que cuando son llevados, no hay hechizo que nos pueda ayudar a encontrarlos o a salvarlos a tiempo.
Nuestra sangre lo evita. Además, aunque hay algunas hadas que pueden hacer magia, ninguna ha logrado hacer el hechizo localizador y vivir para contarlo.
El señor Katterblack me consultó al respecto mientras tú estabas inconsciente y murmurabas repetidamente el nombre de tu hermano.
»Y sí, esta fue mi difícil respuesta.
Mary no llegó a sentir que el aire de la sala se volvió más frío, o que la señorita Atwood había estado llorando silenciosamente mientras hablaba, igual que ella misma.
Ni siquiera advirtió en qué momento Céline tomó sus manos entre las suyas, su primer gesto genuino de cariño desde su llegada.
Ni sintió nada más durante un rato, salvo un vacío en su pecho.
—¿Qué huele así? —preguntó Philip al cerrar la puerta.
Jason se volvió hacia él y se encogió de hombros. ¿Cómo iba a saberlo si acababan de llegar de los entrenamientos?
—Quizás Lucas esté preparando la cena.
Olía delicioso; el aroma había golpeado las fosas nasales de Philip a penas al abrir la puerta.
Al cerrarla, el aroma se había condensado y empezado a danzar en torno a él como una estela rosada y dorada que lo conducía directamente hacia la cocina.
Sin embargo, temió lo peor. Cuando Jason mencionó a Lucas, Phil se estremeció al recordar la última vez que su hermano menor había intentado cocinar. Casi provocó un incendio.
—Espero que no —dijo Phil. Enfiló rápidamente la cocina con Jason pisándole los talones.
Philip era fácil de sorprender. Sus hermanos, que se valían de esto para gastarle bromas, darían fe de ello. Pero ninguna sorpresa sería tan imposible como la que recibió al entrar en la cocina. También Jason quedó boquiabierto.
—¿Horace? —masculló.
El hombre en cuestión estaba metiendo una amplia paleta de acero en el fogón. Después la sacó, extrayendo un par de brazos de pan que colocó sobre la encimera. Horace —si realmente era él— se giró hacia los dos jóvenes en el umbral y murmuró un ajá .
—Han llegado... pronto —añadió.
Philip pensó que esa era la primera vez que lo oía hablar desde que lo conocía, ni siquiera sabía que fuera capaz de decir ajá con aquella firmeza.
Aquel hombre —Horace Holbrooke en carne y hueso— tenía una voz carrasposa.
Era tan alto que Phil tenía que inclinar un poco la cabeza hacia atrás para verlo a la cara.
Sus ojos eran pardos y medio hundidos en su faz, que llevaba cubierta la mitad inferior por una espesa barba tan negra como la brea.
Parecía lúcido. Le dio a Philip la impresión de haberse bañado recientemente: su cara y su cabellera, que llevaba peinada hacia atrás, estaban húmedas. Y no llevaba sus anteojos.
Como nadie era capaz de contestar, Horace ladeó la cabeza.
—¿Qué dices tú, Lucas? ¿O estás muy ocupado para hablar? —Habló con jovialidad—. ¿Cuánto tiempo llevan allí?
Por primera vez, Jason y Philip se fijaron en que su hermano estaba sentado en la mesa de la esquina, devorando ávidamente un enorme emparedado.
—Acaban de llegar —contestó Lucas con la boca llena.
—Si no hubiera visto a Lucas sentado allí —dijo Jason por fin— te habría neutralizado con un movimiento de...
—Seguro que sí, muchacho —lo cortó Horace un tanto irónico—. Me recuerdas mucho a tu padre, tan osado. Él siempre pensaba en luchar y matar nigromantes, y nada más, cuando éramos jóvenes.
—¿En serio? —preguntó Jason mientras cruzaba la estancia y se sentaba en la mesa junto a Lucas.
Philip por fin salió de su estupefacción y adelantó un paso.
—¿Qué haces aquí?
Horace volvió gradualmente sus oscuros ojos hacia el mayor de sus sobrinos.
—Y tú eres el más perspicaz —dijo, en cambio, con una mirada sagaz—. Como yo.
Philip calló.
—Tengo que hacer un par de diligencias —siguió Horace—.
No creí correcto irme y dejar que Lucas, mi fiel ayudante, se quedara solo y muriéndose de hambre.
Además, Philip, el chico tiene doce años, y hace más de tres que debió empezar a entrenar contigo y Jason en la casa de Greystar. Ya es hora, ¿no?
Philip se inmutó. Esa misma tarde había hablado con Lance, y tenía buenas noticias para Lucas. Pero eso podía esperar.
—¿Qué tienes que hacer? —le preguntó a Horace.
Éste estaba masticando un trozo de pan. Tragó y dijo:
—Ya te lo dije, Phil. Diligencias. Y ya me tengo que ir. No quiero llegar tarde a mi cita.
Dicho esto, se quitó el mandil, lo arrojó en la mesa y, apresurado, salió de la cocina.
Philip se aproximó a Lucas, lo miró fijamente. Su hermano alzó la cabeza y le sostuvo la mirada, pero no dijo nada.
No hacía falta.