6. Hechizos nocturnos
HECHIZOS NOCTURNOS
—Andrew, ¡concéntrate! —vociferó el orador Greystar.
Andrew se inclinó, tal como le había dicho Lance que hiciera, y aun así la carga de su hermana le cruzó la mejilla.
Andrew osciló hacia atrás y cayó sentado sobre el suelo pastoso.
Abigail estalló en risas. El muchacho le lanzó una mirada asesina a su hermana, pero la sombra imponente de Lance se elevó ante él; le tendió una mano, que Andrew tomó a regañadientes.
Se puso en pie tras un tirón de impulso.
—¿Qué te sucede, Andrew? —le preguntó Lance.
—Sigue pensando en... —empezó a decir Abby entre carcajadas.
—¡Cállate! —gritó Andrew. Luego volcó su atención en el orador Greystar—. Lo siento, pero no tuve una buena noche.
Mentía. El desvelo no tenía nada que ver con su risible desempeño de ese día. Esperó que Abby no lo contradijera; ella siempre sabía lo que estaba pensando.
—No deberías desvelarte, Andrew —aconsejó Lance—. Abigail no será tu oponente toda la vida. Si te distraes o flaqueas un poco a mitad de un combate, morirás.
—Lo sé. No volverá a pasar —aseguró el muchacho .
Lance no pareció convencido. Pero asintió.
Andrew le echó una mirada rabiosa a su hermana en cuanto el orador se alejó.
Abby tenía una amplia sonrisa en la boca; estaba en posición de ataque, aguardando a por él, con las rodillas ligeramente inclinadas hacia adelante, el torso recto y los brazos extendidos al frente, en puños.
Andrew copió su postura y cargó contra ella.
Abigail lo esquivó con destreza; se inclinó para patearle desde abajo, pero Andrew atajó el golpe cogiéndola por la pantorrilla y arrojándola hacia atrás.
Esta vez fue su turno de reír mientras Abby lo miraba con enfado.
«No debes distraerte, o morirás». Y así fue.
Abby atacó de improvisto, y Andrew recibió una serie de golpes de costado, si bien, no tan fuertes como para lastimarlo, dolieron igualmente.
Fueron directos a su orgullo. Abby se enrolló, manos, brazos y pies, sobre él.
Combatieron bajo la sombra del gran roble en el jardín ulterior de la mansión Greystar y ante la atenta mirada de Lance, que estaba a cierta distancia con el ceño fruncido y los brazos cruzados ante el pecho.
Era tradición que los padres seguidores de la luz empezaran a entrenar a su prole cuando estos cumplían los nueve años.
Sin embargo, los padres de Andrew y Abigail o habían muerto o habían desaparecido misteriosamente poco tiempo después de iniciar sus adiestramientos en las cinco disciplinas.
Al quedar solos, el señor Katterblack les ofreció su apoyo, y, como él mismo decía, prácticamente los acogió, dándoles un techo para vivir, comida y un trabajo honesto.
Agustin Treddaway, el padre de los mellizos, había sido el jardinero de los Katterblack antes de esfumarse.
Así pues, tras su partida, Andrew le propuso a Katterblack que él y su hermana ocuparían su lugar para retribuirle de alguna forma su generosidad .
Más tarde, aquel mismo año, Lance Greystar, único hijo del señor Greystar, se había presentado ante la puerta de la cabaña para brindarles sus sapiencias en el arte del combate.
A la sazón Andrew y Abigail sólo poseían los escasos conocimientos que recibieron de su padre durante el tiempo previo a su desaparición.
Richard Katterblack no se quedó atrás: encargó que los mellizos recibieran erudiciones en las disciplinas de conocimiento, idioma, conjugación y dominación con la señorita Vallery Atwood, que era la oradora particular de sus hijas, Céline y Elise.
—Andrew, separa los pies sin perderla de vista —dijo Lance.
Alto y fornido, de cabello oscuro bien cortado y una espesa capa de vello cubriéndole la cuadrada barbilla; sus cejas eran gruesas como gusanos negros; tenía mejillas altas y pómulos hundidos.
A su lado estaban Lloyd Blackfell y Ulises Witheford, igualmente discípulos de Lance, aunque no eran huérfanos ni mucho menos.
Asimismo, sabía Andrew, Philip y Jason Holbrooke también eran adiestrados por Lance Greystar en las sesiones de la tarde.
Según había oído, Phil era el mejor combatiente que tenía Lance. Eso tenía que verlo.
Andrew acató las palabras del orador: separó un poco más los pies sin apartar la vista de los ojos de Abby, que no paraba de proyectar golpes rápidos.
Así y todo, sus intentos por evitarlo fueron en vano: el puño de su hermana lo alcanzó en el abdomen, y Andrew cayó sobre el pasto, otra vez.
Abby se mantuvo impasible ante su victoria; no rió, se le veía exhausta.
Lloyd y Ulises, por otro lado, estallaron en carcajadas.
—¡Lo has hecho terrible, Andrew! —exclamó Lloyd.
—¿Tú lo harías mejor? —le espetó Lance a regañadientes.
Lloyd paró de reír y apretó los labios .
Abigail, jadeando, se acercó a su hermano y le ofreció su mano. Andrew la aceptó y se puso en pie.
—¿Qué es lo que tanto te desconcierta de ella?
—le preguntó Abigail en voz baja. Así los demás no podrían oírla.
Su hermana había recibido el donum lucis de su familia porque había nacido unos minutos antes que Andrew, por tanto podía oír los pensamientos de los demás; la de su mellizo incluso—. ¿Que sea tan bonita, quizá?
Andrew la miró con el ceño fruncido.
—No es eso —dijo—. Es... extraño, ya te conté.
—Sí, sí, lo de la nuxus —suspiró Abby—. Debe haber una explicación razonable...
—Eso pienso —convino Andrew con un bajo murmullo—. Solo un seguidor de la luz puede invocar la luz de la nuxus . Ella es mitad hada, según sé. Y Katterblack está casado con Alice Cartwright, de una familia de gente común que creció dentro de la magia, pero que sigue siendo eso: gente común.
—Bueno, he escuchado que los gnomos están intentando que nuestras armas también sean funcionales para los Hijos del Bosque de corazones puros tocados por la luz —afirmó Abby con ironía—.
Aunque nuestras armas son antiguas y fueron hechas especialmente para los de nuestra clase.
Quizás la explicación más sencilla sea la correcta: que por sus venas corre un amago de sangre de la luz. ..
—Sí, quizás. —Andrew se quedó pensativo; o era eso, o Katterblack estaba ocultando algo más.
La señorita Atwood, institutriz mágica de las hermanas Katterblack, no dejaba de sonreír. Cuando Mary le preguntó a Céline al respecto, por debajo de cuerda, ella respondió que era habitual que los seres hadúnos nacidos en el Reino de Escarcha sonrieran constantemente; que se acostumbraría.
Minutos después, Mary no estaba segura. Recordó las historias que le había contado su madre, y no podía creer que todo fuera cierto: Reino de Escarcha, hadas, hijos del bosque... Hacía unos días había pensado en lo estúpida que fue al creer todos esos cuentos cuando era niña.
Por otro lado, había un rasgo más de la institutriz que le inquietaba.
Tenía los mismos ojos color jade que su madre y que su hermano Sam; tal parecía que, en efecto, esta era otra característica de los seres hadúnos.
Mary no había parado de pensar en la última mirada de Sam antes de que. .. antes...
—Mary —dijo Céline; tenía el ceño fruncido—. ¿Estás bien?
—Sí —respondió, tardía—. Solo... divagaba.
Vallery soltó una risita.
—Descuida —dijo ésta—. A mí me pasa a menudo. A decir verdad, soy distraída como la que más. Por ejemplo, me acabo de dar cuenta que Elise no está con nosotras hoy.
—Elise se sintió un poco indispuesta después de su lección de piano esta mañana —mintió Céline con naturalidad. Para rematar, sonrió—. Ahora mismo está en su habitación.
—Oh. —Atwood formó un puchero infantil con los labios—. ¿Puedo verla?
—¡No! —soltó Céline. Recobró la compostura antes de agregar—: Quiero decir, Elise estará bien. No es necesario que utilices tu magia con ella.
Atwood, contrario a la ligera sonrisa que tremolaba en sus labios, no pareció convencida .
—Si tú lo dices, querida.
Lo cierto era que, tras la partida de Philip —el maestro de piano del que Elise estaba a ojos vistas enamorada—, Elise había echado a correr a su habitación como alma que lleva el diablo, de la misma forma que lo había hecho Mary después de que el señor Katterblack le revelara la verdad que su padre había querido esconderle toda su vida, y desde entonces no se le había visto.
Tardía, Mary consideró ir tras Philip para echarse a atrás sobre la propuesta de asistir juntos al baile del solsticio. Pero ya era tarde: Philip se había ido.
Mary solo esperaba poder conversar con Elise más tarde.
—¿También es sanadora? —preguntó Mary, mirando a Atwood—. Quiero decir, preguntó si podía verla.
Val suspiró, sin dejar de sonreír. Su rostro grácil y afilado al mismo tiempo.
Grandes ojos jade brillaban. Su cuerpo era esbelto, casi juvenil, aunque Mary le calculaba unos treinta y ocho años.
El cabello era color violeta claro como el cielo en el atardecer, y lo llevaba recogido en un suntuoso moño tal como Céline.
De pronto, Mary recordó un dato de los seres hadúnos que leyó en la Enciclopedia: su longevidad.
Quizás Vallery Atwood no aparentaba más de cuarenta y dos, pero tomando en cuenta su verdadera naturaleza bien podía tener más de cien años.
Y pensó en su propia madre, en cuántos años tenía realmente la última vez que la vio; y se preguntó si ella también tendría una vida tan larga por herencia materna.
—Todos los seres hádunos somos sanadores —respondió Vallery—. Hay quien dice que los que son mitad hada y mitad humano también tienen el don de la sanación . —Alzó una ceja y miró a Mary fijamente, como si estuviera insinuando algo. Por fin volvió los ojos hacia Céline—. ¿O no, Céline ?